Friedrich Engels

Los planes de guerra de Napoleón

Escrito hacia el 15 de junio de 1855.

[«New-York Daily Tribune» nº 4431 del 2 de julio de 1855, artículo de fondo]

El gobierno francés ha vuelto a considerar oportuno dar, en las columnas del parisino «Constitutionnel», una nueva indicación a la opinión pública mundial acerca del modo en que la guerra proseguirá en los próximos meses. Estos expuestos se vuelven ahora no sólo modernos, sino también periódicos; y aunque se contradicen entre sí, no por ello dejan de ofrecer una imagen bastante cabal de las posibilidades favorables que en el momento dado se le presentan al gobierno francés. En conjunto, constituyen una colección de todos los planes de campaña posibles de Luis Bonaparte contra Rusia. Como tales, merecen alguna atención, pues a ellos van unidos el destino del Segundo Imperio y la posibilidad de un renacimiento nacional de Francia.

Parece, pues, que con 500.000 austriacos y 100.000 franceses en el Vístula y el Dniéper no habrá ninguna «grande guerre» («guerra grande»), ni tampoco ninguna insurrección general de esas «minorías oprimidas» que miran constantemente hacia Occidente. Ejércitos húngaros, italianos y polacos no comparecen ante la llamada mágica del hombre que derribó la República Romana. Todo eso pertenece al pasado. Austria ha cumplido con su deber hacia Occidente. Prusia también. El mundo entero también. Todos están satisfechos los unos de los otros. Esta guerra es cualquier cosa menos una gran guerra. No está destinada a renovar la gloria de las antiguas luchas de los franceses contra los rusos, aunque eso es precisamente lo que dice Pélissier de pasada en uno de sus despachos. Las tropas francesas no han sido enviadas a Crimea para cosechar los más altos laureles de la victoria; están allí sencillamente para prestar servicios de policía. La cuestión que reclama una decisión tiene un significado puramente local: la supremacía sobre el mar Negro… y será resuelta precisamente en ese espacio en cuestión. Sería insensato dar a la guerra dimensiones mayores. «Con respeto, pero con firmeza», los aliados aplastarán toda tentativa de los rusos de oponer resistencia en el mar Negro y en sus costas; y cuando eso se haya hecho… sí, entonces ellos, o Rusia, o todos juntos, harán la paz, como es natural.

De este modo, una vez más ha sido destruida una de las autoilusiones bonapartistas. Los sueños del Rin como frontera de Francia, de la adquisición de Bélgica y de Saboya, se han desvanecido, y en su lugar ha aparecido una sobria modestia de una envergadura insólita. No luchamos para restablecer a Francia en la posición que le corresponde en Europa. Lejos de ello. Ni siquiera luchamos por la civilización, como solíamos decir hace poco. Somos demasiado modestos para aspirar a algo de tal grandeza. ¡Luchamos por… bien, luchamos por nada más que la interpretación del tercer punto del Protocolo de Viena! De este lenguaje se sirve ahora Su Majestad Imperial Napoleón III, por la gracia del ejército y gracias a la tolerancia de Europa, Emperador de los franceses.

¿Y en qué viene a parar todo esto? Se nos dice que la guerra se conduce con el fin de resolver una cuestión de significado puramente local y que podría llevarse a feliz término con medios puramente locales. Arrebatad a Rusia la supremacía efectiva sobre el mar Negro, y el objetivo estará alcanzado. Una vez que seáis dueños del mar Negro y de sus costas, conservad lo que habéis conquistado, y Rusia muy pronto cederá. Éste es el último de todos los muchos planes de campaña trazados en el cuartel general de París. Pasemos a examinarlo un poco más de cerca.

Tomemos las cosas tal como están en este momento. Toda la costa, desde Constantinopla hasta el Danubio por un lado, y dando la vuelta por la costa circasiana, Anapa, Kerch, Balaklava hasta Eupatoria por el otro, ha sido arrebatada a los rusos. Kaffa y Sebastopol son los únicos puntos que aún resisten; el primero, duramente acosado; el segundo, en tal situación que tendrá que ser abandonado en cuanto se vea seriamente amenazado. Y eso no es todo: las flotas aliadas surcan el mar de Azov; sus buques ligeros han llegado hasta Taganrog y han atacado todo lugar de importancia. De ninguna parte de la costa puede decirse que permanezca en manos de los rusos, excepto la franja de tierra desde Perekop hasta el Danubio, aproximadamente la decimoquinta parte de sus posesiones en esta costa. Supongamos ahora incluso que Kaffa y Sebastopol hayan caído y que Crimea se halle en manos de los aliados. ¿Entonces qué? Que Rusia en esta situación no concertará la paz, ya lo ha proclamado en voz alta. Sería una locura si lo hiciera. Equivaldría a abandonar la batalla justo cuando su vanguardia ha sido rechazada en el preciso momento en que sus fuerzas principales se están acercando. ¿Qué pueden hacer, pues, los aliados, después de haberse asegurado estas ventajas a un precio enorme?

Pueden, se nos dice, destruir Odessa, Jersón, Nikoláiev; pueden incluso desembarcar un gran ejército en Odessa, fortificarse allí de tal manera que puedan sostenerse contra cualquier número de rusos, para luego actuar según las circunstancias. Además, pueden destacar tropas hacia el Cáucaso y aniquilar casi por completo al ejército ruso que, al mando del general Muraviov, defiende Georgia y los demás países transcaucásicos. Supongamos que todas estas cosas se llevan a cabo; y preguntamos de nuevo: ¿qué sucederá si, también después de todo esto, Rusia se niega a concertar la paz, cosa que ciertamente hará en tales circunstancias? No hay que olvidar que Rusia no se halla en la misma situación que Francia o Inglaterra. Inglaterra puede permitirse concertar una paz miserable. En efecto, tan pronto como John Bull se canse de las agitaciones y de los impuestos de guerra, sólo pensará en salir de este aprieto y en abandonar a sus caros aliados a su suerte. El verdadero poder y la fuente de fuerza de Inglaterra no se hallan precisamente en esta dirección. También Luis Bonaparte podría encontrarse en una situación en la que prefiriese una paz sin gloria a una guerra a muerte. Pues no hay que olvidar que en una causa desesperada, para un aventurero semejante, la posibilidad de prolongar su dominación otros seis meses prevalece sobre cualquier otra consideración. Es seguro que, en el momento decisivo, Turquía y Cerdeña, con sus propios y míseros recursos, serán abandonadas a su suerte. Al menos esto es seguro. Sin embargo,
Rusia, al igual que la antigua Roma,
no puede
concertar la paz mientras el enemigo se halle en su territorio. En los últimos ciento cincuenta años, Rusia jamás ha concertado una paz en la que perdiera territorio. Incluso la paz de Tilsit aumentó su territorio, y esa paz se concertó antes de que un solo francés hubiera puesto el pie en suelo ruso. Concertar la paz mientras un gran ejército avanza en suelo ruso, una paz que implique una pérdida territorial o al menos una limitación de la soberanía del Zar en su propia esfera de dominio, significaría al mismo tiempo la ruptura con una tradición de ciento cincuenta años. No se puede esperar semejante paso de un Zar que acaba de subir al trono y que es nuevo para el pueblo, y cuyas acciones son celosamente vigiladas por un poderoso partido nacional. Una paz así no podría concertarse antes de que todas las fuerzas ofensivas y (sobre todo) defensivas de Rusia hayan sido puestas en juego y se haya comprobado que son demasiado débiles. Ese día llegará sin duda, y Rusia se verá obligada a ocuparse de sus propios asuntos; pero eso se hará por medio de otros enemigos distintos de Luis Bonaparte y Palmerston, y como resultado de luchas mucho más decisivas que la ejecución «local» que se está ejecutando en sus posesiones del mar Negro. Pero supongamos que Crimea ha sido conquistada y ocupada por 50.000 aliados, que el Cáucaso y todo lo que se halla más al sur ha sido limpiado de tropas rusas, que un ejército aliado mantiene a raya a los rusos en el Kubán y en el Térek, que Odessa ha sido tomada y transformada en un campamento fortificado en el que se hallan –digamos– 100.000 soldados anglo-franceses, y que Nikoláiev, Jersón e Izmaíl han sido destruidos u ocupados por los aliados. Supongamos incluso que, fuera de estas luchas «locales», se hayan conseguido en el mar Báltico resultados más o menos importantes, aunque basándonos en la información de que disponemos es difícil decir en qué podrían consistir. ¿Entonces qué?

¿Se limitarán los aliados a mantener sus posiciones y a desgastar las fuerzas de los rusos? Sus soldados, en Crimea y en el Cáucaso, se consumirán por la enfermedad más rápidamente de lo que podrán ser reemplazados. Su ejército principal, por ejemplo en Odessa, tendrá que ser abastecido por la flota, porque la tierra en cien millas a la redonda de Odessa no produce nada. El ejército ruso, con sus destacamentos de cosacos, más útiles en estas estepas que en ninguna otra parte, si no puede establecer una posición permanente en algún lugar de los alrededores de la ciudad, hostigará continuamente a los aliados en cuanto se muestren fuera de sus atrincheramientos. En tales circunstancias, no es posible obligar a los rusos a librar una batalla; su gran ventaja consistirá siempre en que pueden atraer a los aliados hacia el interior del país. A cada avance de los aliados responderán con una lenta retirada. Sin embargo, no se puede mantener por mucho tiempo a un gran ejército en la inactividad dentro de un campamento fortificado. El progresivo aumento del desorden y de la desmoralización obligaría a los aliados a emprender alguna acción decidida. También las enfermedades les harían insoportable el terreno. En una palabra: ocupar los puntos principales de la costa y esperar allí el momento en que Rusia considere necesario capitular es un juego que nunca sale bien. Hay tres probabilidades contra una de que los aliados sean los primeros en cansarse de ese juego y de que las tumbas de sus soldados en las costas del mar Negro se cuenten pronto por centenares de miles.

Sería también un error militar. Para dominar una costa no basta con poseer sus puntos principales. Sólo la posesión del territorio interior garantiza el dominio de la costa. Como hemos visto, precisamente las circunstancias que se derivan de su implantación en la costa de la Rusia meridional obligan a los aliados a avanzar hacia el interior del país. Y aquí comienzan las dificultades. Hasta las fronteras de las gobernaciones de Podolia, Kiev, Poltava, Járkov, el país forma una llanura casi sin cultivar, muy escasamente regada, en la que sólo crece hierba, y después del calor del verano ni siquiera eso. Suponiendo que Odessa, Nikoláiev, Jersón se conviertan en base de operaciones, ¿hacia qué objetivo operacional podrían entonces dirigir los aliados sus esfuerzos? Hay pocas ciudades, y éstas se hallan muy distantes entre sí; ninguna de ellas tiene una importancia tan considerable como para que su ocupación confiera un carácter decisivo a la operación. Hasta Moscú no hay ningún punto decisivo semejante, y Moscú se halla a 700 millas. Para una marcha hacia Moscú se necesitarían 500.000 hombres, pero ¿de dónde sacarlos? La situación es, naturalmente, que de este modo la guerra «local» jamás podrá alcanzar un resultado decisivo; y no confiamos en que Luis Bonaparte, con toda su exuberante imaginación estratégica, halle otro camino.

Todos estos planes, sin embargo, no presuponen únicamente la neutralidad estricta, sino también el apoyo moral de Austria. Pero ¿de qué lado se halla esta potencia en el momento presente? En 1854, Austria y Prusia declararon que considerarían un avance del ejército ruso sobre los Balcanes como un casus belli <motivo de guerra> contra Rusia. ¿Dónde está la garantía de que en 1856 no considerarán un avance francés sobre Moscú o incluso sobre Járkov como un motivo de guerra contra las potencias occidentales? No debemos olvidar que todo ejército que avance desde el mar Negro hacia el interior de Rusia tendrá un flanco igualmente descubierto frente a Austria que un ejército ruso que penetre desde el Danubio en Turquía, y que por tanto, a cierta distancia, su comunicación con la base de operaciones, es decir, su propia existencia, dependerá de la gracia de Austria. Para tranquilizar a Austria, aunque sólo sea por algún tiempo, hay que comprarla mediante la entrega

de Besarabia a sus tropas. Una vez en el Dniéster, Odesa estará tan completamente dominada por el ejército austríaco como si esa ciudad estuviese ocupada por los austríacos. ¿Podría, en semejantes circunstancias, el ejército aliado osar una persecución tan insensata de los rusos hacia el interior de su país? ¡Eso sería un disparate! Pero —recordémoslo— este disparate es la consecuencia lógica del último plan de Louis Bonaparte, el de una «conducción local de la guerra».

El primer plan para la campaña era la «grande guerre», en alianza con los austríacos. Habría hecho al ejército francés numéricamente inferior al austríaco y de hecho dependiente de él, tal como ocurre ahora con el ejército inglés frente al francés. Habría entregado la iniciativa revolucionaria a Rusia. Louis Bonaparte no podía hacer ninguna de las dos cosas. Austria se negó a actuar; el plan fue abandonado. El segundo plan era la «guerra de las nacionalidades». Este habría provocado una tempestad entre alemanes, italianos y húngaros, por un lado, y la insurrección eslava, por el otro, lo que habría tenido que repercutir inmediatamente sobre Francia y habría destruido el Bajo Imperio de Louis Bonaparte en menos tiempo del que se había necesitado para edificarlo. El falso «hombre de hierro» que se hace pasar por Napoleón retrocedió espantado ante ello. El tercero y más modesto de todos los planes es la «guerra local por objetivos locales». Su absurdidad salta inmediatamente a la vista. Hemos de preguntar de nuevo: ¿y ahora qué? Por lo demás, es mucho más fácil convertirse en emperador de los franceses, favorecido por todas las circunstancias concomitantes, que actuar como tal, por más que Su Majestad, mediante largos ensayos ante el espejo, se haya familiarizado por completo con el aspecto teatral del asunto.