Nr. 407, 1. September 1855.
Mittagblatt

X. Londres, 23 de agosto. (El uniforme y el equipo del soldado británico) son un modelo de todo lo que no deberían ser. Hasta este momento, el uniforme que el ejército solía llevar hasta 1815 está en uso corriente, modificado solo superficialmente por un nuevo reglamento de vestuario que dio a la casaca roja el corte prusiano, a la infantería el schako o quepis austriaco y a la caballería el casco prusiano. Solo Inglaterra ha conservado en su ejército la casaca roja, la “proud red coat” (la orgullosa casaca roja), como la llama Napier. Los daneses y los hannoverianos solían llevarla antes. La primera campaña en Schleswig demostró a los daneses qué excelente blanco ofrece al enemigo.

No obstante, se ha introducido en el ejército británico una mejora que deja muy atrás a todo lo similar en otros países: el armamento de toda la infantería con el fusil Minié mejorado por Pritchett. No cabe duda de que el fusil Minié, por la mortífera seguridad de su puntería, decidió la jornada de Inkerman a favor de los ingleses.

La caballería se compone de hombres hermosos, bien montados y provistos de sables de excelente modelo; lo que puede hacer lo ha demostrado en Balaclava. Pero, por término medio, los hombres son demasiado pesados para sus caballos, y unos meses de campaña activa resultan, por tanto, destructivos para la caballería británica. Como los caballos están demasiado cargados, tienen que desplomarse antes de que puedan ser utilizados con éxito contra el enemigo. Crimea ha suministrado un nuevo ejemplo de ello.

La artillería se compone también de hombres demasiado grandes. El material de artillería es de primer orden. Los cañones son los mejores de Europa, la pólvora está reconocida como la más potente del mundo, y las balas poseen una lisura de superficie como en ningún otro lugar. El material de artillería es el producto de la Inglaterra moderna, industrial, mientras que los oficiales de artillería son producto de la vieja Inglaterra. Lo primero está, por tanto, tan por encima como lo segundo está muy por debajo del nivel de los ejércitos europeos. La educación de los oficiales de artillería británicos se queda, por lo general, en los meros elementos de la ciencia artillera, y en la práctica, en el manejo, además imperfecto, de los cañones de campaña. Dos cualidades distinguen a la artillería británica, tanto en soldados como en oficiales: una vista excepcionalmente aguda y gran sangre fría durante la acción.

En conjunto, la eficacia del ejército británico está considerablemente menoscabada por la ignorancia teórica y práctica de los oficiales. El examen a que han sido sometidos últimamente es, en verdad, ridículo: ¡un capitán es examinado sobre los tres primeros libros de Euclides! Pero el ejército británico ha sido creado principalmente para colocar a los hijos menores de la aristocracia y de la gentry en situaciones respetables. El nivel de educación de sus oficiales debe regularse, por tanto, no según las exigencias del servicio, sino según la escasa información que por término medio se espera de un «gentleman» inglés. En lo que respecta al conocimiento militar práctico del oficial, es igualmente insuficiente. El oficial británico no conoce más que un deber: conducir a sus hombres directamente contra el enemigo el día de la batalla y darles ejemplo de bravura. No se espera de él habilidad en el manejo de las tropas, aprovechamiento de las ocasiones favorables, etc., y mucho menos el preocuparse por sus hombres y sus necesidades; semejante idea le parecería completamente irreverente y heterodoxa. La mitad de los reveses del ejército británico en Crimea se originaron de esta incapacidad general de los oficiales. Poseen, no obstante, una cualidad que los capacita para sus funciones. Siendo en su mayoría, desde la juventud, apasionados cazadores, comparten la percepción instintiva y rápida de las ventajas del terreno que la práctica de la caza produce en mayor o menor grado. La incompetencia de los oficiales no causa en parte alguna mayores estragos que en el estado mayor. No existe un cuerpo de estado mayor educado con arreglo a las normas. Cada general forma su propio estado mayor con sus parientes y protegidos entre los oficiales de los regimientos, sin consideración alguna a los conocimientos especiales. Un estado mayor semejante es evidentemente peor que ninguno. Los reconocimientos, en particular, tienen que ejecutarse, por tanto, siempre del modo más deficiente.

La educación de los demás cuerpos especiales es algo mejor, pero muy por debajo del nivel de otras naciones, y, en general, un oficial inglés en cualquier otra parte pasaría por ignorante entre personas de su rango. De ello da testimonio la literatura militar británica. La mayoría de las obras están llenas de burdos errores que en otras partes no se perdonarían a un candidato al grado de teniente. Las más ridículas afirmaciones de libros extranjeros se aceptan y adoptan, por tanto, sin más ni más. Véase, por ejemplo, la obra del coronel (hoy general) Chesney sobre armas de fuego, y Chesney pasa por ser uno de los mejores oficiales de artillería de Inglaterra. No debemos olvidar, sin embargo, que existen algunas excepciones honorables, entre las que ocupan el primer lugar la «Guerra de la Península» de W. Napier y la «Artillería naval» de Howard Douglas.

Hemos señalado repetidas veces con anterioridad el estado lamentable de la intendencia, del transporte y de otros departamentos auxiliares. En la campaña de Crimea se han derrumbado literalmente. Aparentemente se están haciendo esfuerzos para mejorarlos y también para centralizar la administración, pero poco bueno puede esperarse mientras la administración civil, o más bien el poder gubernamental, permanezca en las mismas manos. Con todos estos defectos enormes, el ejército británico consigue sacar adelante cada campaña, si no con éxito, al menos sin deshonra. Una pérdida de vidas humanas, un grado de desgobierno, un conglomerado de errores y desatinos que nos dejan asombrados cuando los comparamos con el estado de otros ejércitos en circunstancias semejantes, pero ninguna pérdida de honor militar, derrotas raras, derrota total casi nunca. Es a la gran valentía personal y la tenacidad de las tropas, a su disciplina y a su obediencia incondicional a lo que se debe este resultado. Torpe, desconcertado e indefenso como es el soldado británico cuando se ve aislado de sus propios recursos o cuando tiene que prestar servicio de tropas ligeras, nadie le supera en una batalla propiamente dicha, donde actúa en masas. Su fuerza es la acción en línea. Una línea de batalla inglesa hace lo que apenas ha sido hecho por ninguna otra: recibir a la caballería en línea, mantener cargados sus mosquetes hasta el último instante y solo entonces descargar una lluvia de balas cuando el enemigo se ha aproximado a 30 yardas, casi siempre con el mayor éxito. El fuego de la infantería británica supera tal vez al de cualquier otra tropa, pues se ejecuta con fría calma incluso en el momento más crítico. Así, los highlanders en línea rechazaron a la caballería rusa en Balaclava. La indomable tenacidad de esta infantería nunca brilló con mayor esplendor que en Inkerman, donde los franceses, en las mismas circunstancias, habrían sido seguramente arrollados; pero, por otra parte, los franceses nunca habrían permitido ser sorprendidos en una posición semejante, sin vigilancia y sin protección. Esta solidez y tenacidad en el ataque y en la defensa constituyen la gran cualidad compensadora del ejército británico, y solo ella lo ha salvado de más de una derrota bien merecida y casi provocada intencionadamente por la incapacidad de sus oficiales, lo absurdo de su administración y la torpeza de sus movimientos.