Nr. 387, 21 de agosto de 1855.
Mittagblatt

X. Londres, 18 de agosto. (La guerra anglo-francesa contra Rusia.)
En Crimea, el asedio se arrastra adormilado. Durante todo el mes de julio, franceses e ingleses han trabajado en sus nuevos avances contra el Redán y Malakoff, y aunque continuamente oíamos que se habían acercado «muy estrechamente» a los rusos, ahora sabemos que el 4 de agosto la cabeza de la zapa no estaba más cerca de la trinchera principal rusa que a 115 metros, y tal vez ni siquiera tan cerca. Es ciertamente satisfactorio ver al impetuoso Pelissier llevado a confesar que su «sistema de asaltos» ha fracasado y que las obras regulares de asedio deben abrir el camino a sus columnas. No obstante, sigue siendo un método peculiar de guerra tener a 200.000 hombres tranquilamente en sus tiendas y, mientras esperan la terminación de las trincheras, dejarlos morir entretanto de cólera y fiebre. Si no se puede cruzar el Chernaya, en vista de la posición inexpugnable de los rusos al otro lado —según afirman los periódicos parisinos—, una expedición por mar a Eupatoria y un intento de obligar a los rusos en ese lado a presentar batalla en campo abierto, para averiguar su fuerza real y el estado de sus recursos, podrían siempre producir algún resultado provechoso. Tal como están las cosas, los ejércitos turco, sardo y, en parte, francés e inglés están reducidos al papel de espectadores pasivos. Una gran parte de ellos podría, por tanto, emplearse en diversiones. Pero las únicas diversiones de las que tenemos noticia se representan en el Anfiteatro de Astley, en los Jardines de Surrey y en los Jardines de Cremorne, donde los rusos sufren cada noche espantosas derrotas entre el estruendo de aplausos de los patrióticos cockneys.

Los rusos deben de haber recibido en este momento todos sus refuerzos y, para el futuro inmediato, haber alcanzado el máximo de su fuerza. Los ingleses envían algunos regimientos más; los franceses han despachado entre 10.000 y 15.000 hombres, más siguen a continuación, y en total se añadirán entre 50.000 y 60.000 hombres de tropas frescas a las fuerzas aliadas en Crimea. Además, el gobierno francés ha matriculado o

La guerra anglo-francesa contra Rusia

comprado un gran número de vapores fluviales (las cifras varían de 50 a 100) que han de emplearse todos en una expedición en el mar Negro. Si están destinados al mar de Azov o a la entrada del Dniéper y del Bug, donde Ochákov, Kinburn, Jersón y Nikoláiev ofrecerían los objetivos de ataque, está por verse. Ya hemos señalado anteriormente que hacia mediados de agosto se producirían sangrientos choques, pues para entonces los rusos, tras recibir los refuerzos, tomarían de nuevo la iniciativa. En efecto, bajo el mando del general Liprandi, han realizado una salida contra los franceses y sardos apostados en el Chernaya y han sido rechazados con grandes pérdidas. No se indican las pérdidas de los aliados, por lo que han de haber sido muy considerables. Se necesitan más que noticias telegráficas para entrar en detalles sobre este asunto. Por fin, en el mar Báltico «se ha asestado un gran golpe». A great blow has been struck! Véase la prensa inglesa. ¡Bombardeo de Sweaborg! ¡Destrucción de Sweaborg! ¡Todas las obras de tierra y otras están en ruinas! ¡En realidad, Sweaborg ha dejado de existir! ¡Glorioso triunfo de los aliados! ¡La flota se halla en un estado de entusiasmo indescriptible! Y véase ahora el hecho mismo. Las flotas aliadas —6 navíos de línea, 4 o 5 grandes fragatas (blockships) y alrededor de 30 bombardas y cañoneros— zarparon de Reval hacia Sweaborg el 7 de agosto. El día 8 tomaron posiciones. Los buques de poco calado pasaron los bancos de arena y las rocas al oeste de la fortaleza, por donde los navíos mayores no pueden pasar, y se situaron, al parecer, a gran distancia de tiro de las islas sobre las que se asienta Sweaborg. Los grandes navíos permanecieron fuera y, hasta donde podemos juzgar, fuera del radio de tiro de las fortificaciones. Luego, los cañoneros y las bombardas abrieron fuego. No parece haberse intentado el fuego directo, sino solo el lanzamiento de bombas en la trayectoria más elevada que permitían los cañones. El bombardeo duró 45 horas. Se causó cierto daño, que sin embargo es imposible evaluar sin informes detallados de ambas partes. El arsenal y varios polvorines (evidentemente de menor importancia) fueron destruidos. La «ciudad» de Sweaborg (que sepamos solo unas cuantas casas, habitadas por personas ocupadas en la flota o en las fortificaciones) fue incendiada. El daño infligido a las propias fortificaciones no puede ser sino insignificante, pues las flotas, según declaran ambos almirantes, no contaron ni un solo muerto, solo unos pocos heridos y ninguna pérdida material. La mejor prueba de que se mantuvieron a buen recaudo, y, siendo así, pudieron bombardear, pero no actuar mediante fuego directo, que es lo único que puede destruir las fortificaciones. Dundas, mucho más discreto y mesurado en su despacho que el almirante francés (al menos según el texto aparecido en el Moniteur, tal vez coloreado en París), confiesa que el daño causado se limita, de las 7 islas que forman Sweaborg, a las 3 situadas al oeste del canal principal de entrada a la bahía de Helsingfors. Ni siquiera parece haberse intentado un ataque a la entrada principal. Los grandes navíos parecen haber permanecido como espectadores inactivos, y el acto decisivo en un ataque semejante —el desembarco de tropas para tomar posesión y destruir las obras— ni siquiera se planteó. Así, el daño infligido recae exclusivamente sobre provisiones y almacenes, es decir, sobre cosas fácilmente reemplazables. Si los rusos aúnan tiempo y medios, Sweaborg puede encontrarse en tan buen estado como siempre en tres semanas. Militarmente hablando, no ha sufrido en absoluto; y toda la historia se reduce a un acto cuyos resultados materiales apenas valen sus costos de producción, emprendido solo en parte porque la flota del Báltico tenía que haber hecho algo antes de regresar a casa, y en parte porque Palmerston quería cerrar la sesión parlamentaria con unos fuegos artificiales. Por desgracia, para ese fin el acontecimiento llegó 24 horas tarde. Tal es la gloriosa destrucción de Sweaborg por las flotas aliadas. Volveremos sobre este asunto tan pronto como se disponga de informes detallados.