_Neue Oder-Zeitung._
Núm. 325, 16 de julio de 1855.
Edición del mediodía

X. Londres, 13 de julio. (_Desde el Parlamento._) Quienes no están iniciados en los misterios de la jurisprudencia difícilmente comprenden cómo en el litigio más simple surgen de pronto cuestiones de derecho que no deben su existencia a la naturaleza del litigio, sino a las prescripciones y fórmulas del reglamento procesal. La manipulación de estas ceremonias jurídicas hace al abogado, como la manipulación de las ceremonias eclesiásticas hace al brahmán. Como en el desarrollo ulterior de la religión, así también en el desarrollo ulterior del derecho la forma se convierte en contenido. Y lo que el reglamento procesal es para los tribunales, lo son el orden del día y el reglamento para los cuerpos legislativos. La historia de las leyes agrarias demuestra que los viejos oligarcas romanos, inventores de la chicana en el procedimiento judicial, fueron también los primeros en introducir la chicana procesal en la legislación. En ambas direcciones, Inglaterra los ha superado con creces. Las dificultades técnicas para llevar una moción al orden del día, las diversas metamorfosis que un proyecto de ley tiene que recorrer para transformarse en ley; las fórmulas que permiten al adversario de una moción o de un proyecto de ley no dejar entrar al uno en la Cámara y no dejar salir al otro de ella: todo esto constituye un arsenal inagotable de chicana, rabulistería y táctica parlamentarias. Sin embargo, antes de Palmerston ningún otro ministro inglés ha conferido a la Cámara de los Comunes de un modo tan acabado el aspecto, el tono y el carácter de una _Court of Chancery_. Allí donde la diplomacia no basta, se refugia en la chicana. Bajo su mano, todo debate sobre una moción mal recibida se convierte en un debate preliminar acerca del día en que el debate realmente debe tener lugar y el caso debe pleitearse. Así con la moción de Milner Gibson, así con la moción de Layard, así ahora con la moción de Bulwer. Con el orden del día atestado al final de la sesión, Bulwer sólo pudo presentar su moción un día en que la Cámara se convierte en un _Committee of Supply_, es decir, cuando el ministerio presenta demandas de dinero a la Cámara de los Comunes. El viernes suele estar destinado a este asunto. Pero depende naturalmente del ministerio cuándo pide dinero a los Comunes y, por tanto, cuándo la Cámara se transforma en un _Committee of Supply_. Palmerston declaró en el acto a Bulwer que él no iría este viernes a _Supply_, como reza la expresión técnica, sino que seguiría adelante con el proyecto de ley sobre la responsabilidad limitada de las compañías mercantiles. Que Bulwer se buscase él mismo "su día". Disraeli anunció por eso el martes pasado que apelaría a la Cámara el jueves siguiente (ayer) para eliminar esta chicana. Palmerston se le adelantó. Se levantó en la sesión de ayer y declaró, entre las risas generales de la Cámara, que ciertamente no había sido su propósito demorar el debate sobre el voto de censura de Bulwer e impedir que la honorable Cámara dictara su fallo mediante dificultades técnicas. Pero los documentos complementarios sobre la Conferencia de Viena, a pesar de todos los esfuerzos, no habían podido ser puestos a disposición de los miembros de la Cámara antes de mañana, ¿y cómo iban a emitir un juicio sin examinar los autos del proceso? Él estaba dispuesto a conceder el lunes para la discusión de la moción de Bulwer. Disraeli subrayó que "los documentos complementarios" no guardaban relación alguna con la moción de Bulwer. El proyecto de ley sobre la responsabilidad limitada de las compañías mercantiles era, en su género, muy importante. Pero lo que la nación sabía reclamar ahora era: "¿es el gabinete solidariamente responsable de sus actos, o rige también aquí el principio de la responsabilidad limitada?" Quería conocer, ante todo, las condiciones bajo las cuales los socios de la firma de Downing Street llevaban sus negocios. Bulwer declaró aceptar el lunes como día del debate. Russell, por su parte, aprovechó este incidente para un vano intento de atenuar y tergiversar el sentido de su declaración del viernes pasado. Pero la segunda edición, mejorada, llega demasiado tarde, como lo demuestra de manera contundente el _Times_ de hoy. El _Times_, desde hace varios días, pone todo su arte en juego para salvar al gabinete Palmerston a costa de Russell, apoyado incansablemente en ello por el simple del _Morning Advertiser_, que cada vez recobra toda su fe en Palmerston tan a menudo como el Parlamento amenaza con perderla. Palmerston, entretanto, ha ganado algunos días de plazo para una maniobra. Cómo explota cada uno de esos días lo demostró la refriega irlandesa que tuvo lugar ayer en la Cámara Baja. Desde hace dos años, como es sabido, vagan por el Parlamento 3 proyectos de ley destinados a regular las relaciones entre terratenientes y arrendatarios irlandeses. Uno de estos proyectos de ley determina la compensación que el arrendatario, en caso de que el terrateniente le rescinda el contrato, debe estar facultado a reclamar por las mejoras realizadas en la tierra. Hasta ahora, las mejoras del suelo introducidas por los arrendatarios irlandeses (casi todos arrendatarios temporales por un año) sólo servían para habilitar al terrateniente a exigir rentas más elevadas al término del arrendamiento. El arrendatario pierde así o bien la granja, si no quiere renovar el contrato en condiciones demasiado desfavorables, y con la granja su capital invertido en las mejoras, o bien se ve obligado a pagar al _landlord_ réditos por las mejoras hechas con su capital, por encima de la renta originaria. El apoyo a los proyectos de ley arriba mencionados fue una de las condiciones que compraron al ministerio de coalición los votos de la brigada irlandesa. Por eso pasaron en 1854 en la Cámara Baja, pero en la Cámara Alta, con la secreta cooperación de los ministros, se aplazaron para la siguiente sesión (la de 1855) y luego se remendaron de tal modo que se les quebró su punta, y en esa forma mutilada se reenviaron a la Cámara Baja. Aquí, el jueves pasado, la cláusula principal del proyecto de ley de compensación fue sacrificada en el altar de la propiedad territorial, y los irlandeses descubrieron con asombro que votos pertenecientes en parte al ministerio, en parte directamente vinculados con él, habían dado el golpe decisivo contra ellos. El furibundo ataque del sargento Shee contra Palmerston amenazó con un tumulto en el "barrio irlandés" del Parlamento, cuyas consecuencias eran inquietantes justo en ese momento. Palmerston, por lo tanto, media a través de Sadleir, ex miembro de la coalición y corredor de la brigada irlandesa, y promueve una diputación de 18 parlamentarios irlandeses que anteayer le fueron a presentar sus respetos con la pregunta de si él quería emplear su influencia para anular el voto parlamentario y hacer pasar la cláusula en una nueva votación en la Cámara. Él se declaró, como es natural, dispuesto a todo, con tal de asegurarse los votos irlandeses contra el voto de censura. La explosión prematura de esta intriga en la Cámara Baja dio ocasión a una de esas escenas escandalosas que caracterizan la decadencia del Parlamento oligárquico. Los irlandeses disponen de 105 votos. Sin embargo, resultó que la mayoría de la diputación de los 18 no había otorgado plenos poderes. En general, Palmerston ya no puede utilizar del todo a los irlandeses en las crisis ministeriales como en la época de O'Connell. Con la disolución de todas las viejas fracciones parlamentarias, también el barrio irlandés se ha desgarrado, astillado. En todo caso, el incidente prueba cómo Palmerston utiliza el plazo ganado para trabajarse a las diversas camarillas. Al mismo tiempo, espera alguna noticia favorable del teatro de guerra, algún pequeño acontecimiento que pueda ser explotado parlamentariamente —si no militarmente—. El telégrafo submarino ha arrancado la dirección de la guerra de las manos de los generales y la ha subordinado a las dilettantes ocurrencias astrológicas de Bonaparte, así como a las intrigas parlamentario-diplomáticas. De ahí el carácter inexplicable y sin paralelo de la segunda campaña de Crimea.