Neue Oder-Zeitung.
Nr. 295, 28 de junio de 1855.
Hoja del mediodía

X. Londres, 25 de junio. (Agitación eclesiástica.) Vieja e histórica es la enseñanza de que poderes sociales sobrevividos, que nominalmente aún se hallan en posesión de todos los atributos del poder después de que el fundamento de su existencia se ha podrido hace tiempo bajo sus pies —vegetando aún porque entre los herederos ya ha estallado la disputa sobre la aceptación de la herencia antes de que se haya impreso la partida de defunción y abierto el testamento—, se rehacen una vez más antes de la última agonía, pasan de la defensiva a la ofensiva, desafían en vez de eludir, y tratan de extraer las conclusiones más extremas a partir de premisas que no solo han sido puestas en tela de juicio, sino ya condenadas. Así ahora la oligarquía inglesa. Así la Iglesia, su hermana gemela. Innumerables son los intentos dentro de la Iglesia estatal, de la alta y de la baja, de reorganizarse, los intentos de conciliarse con los disidentes y establecer así, frente a la masa profana de la nación, un poder compacto; rápidamente se suceden las medidas religiosas coercitivas —el piadoso conde de Shaftesbury, antes conocido como Lord Ashley, constató lamentándose en la Cámara de los Lores que solo en Inglaterra 5 millones de personas están completamente enajenadas no solo de la Iglesia, sino del cristianismo—. «Compelle intrare», responde la Iglesia estatal. Deja a Lord Ashley y a fanáticos devotos disidentes, sectarios e hiperexcitados semejantes la tarea de sacar las castañas del fuego, las que ella piensa comerse. El primer medio religioso coercitivo fue la *Beer Bill*, que cerraba todos los lugares públicos de esparcimiento los domingos, con excepción de las 6 a las 10 de la noche. Fue introducida subrepticiamente en una Cámara rala, al final de la sesión, después de que los beatos hubieran comprado el apoyo de los grandes cerveceros de Londres garantizándoles la continuación del sistema de patentes, es decir, del monopolio de los grandes capitales. Luego vino la *Sunday Trading Bill*, que acaba de pasar en tercera lectura en los Comunes y cuyas cláusulas particulares se debatieron precisamente en el comité de toda la Cámara. En esta nueva medida coercitiva quedó asegurado de nuevo el voto del gran capital, porque solo los pequeños tenderos comercian el domingo y los grandes almacenes están del todo dispuestos a eliminar por la vía parlamentaria la competencia dominical de las pequeñas boutiques. En ambos casos, conspiración de la Iglesia con el monopolio del capital, pero en ambos casos leyes penales religiosas contra las clases bajas para la tranquilización de la conciencia de las clases distinguidas. La *Beer Bill* afectó tan poco a los clubs aristocráticos como la *Sunday Trading’s Bill* afecta a las ocupaciones dominicales de la nobleza. La clase obrera recibe su salario tarde el sábado; solo para ella existe, pues, el comercio dominical. Solo ella está forzada a hacer sus pequeñas compras el domingo. Solo contra ella está, pues, dirigida la nueva *Bill*. En el siglo XVIII decía la aristocracia francesa: Para nosotros Voltaire, para el pueblo la misa y el diezmo. En el siglo XIX dice la aristocracia inglesa: Para nosotros la frase beatifica, para el pueblo la práctica cristiana. Los santos clásicos del cristianismo mortificaban su cuerpo por la salvación del alma de la masa; los santos modernos, educados, mortifican el cuerpo de la masa por su propia salvación del alma. Esta alianza de una aristocracia licenciosa, decadente y ávida de goces con la Iglesia, apoyada en los sucios cálculos de ganancia de magnates cerveceros y de grandes comerciantes monopolizadores, provocó ayer una manifestación de masas en Hyde Park como Londres no la ha vivido desde la muerte de Jorge IV, el «primer gentleman de Europa». Fuimos espectadores desde el comienzo hasta el fin, y no creemos exagerar si aseguramos que ayer en Hyde Park comenzó la Revolución inglesa. Las últimas noticias de Crimea constituyeron un fermento esencial de esta manifestación «imparlamentaria», «extraparlamentaria» y «antiparlamentaria». Lord Robert Grosvenor, el autor de la *Sunday Trading Bill*, había respondido a la objeción de que su ley solo estaba dirigida contra las clases pobres, no contra las ricas, con las palabras: «la aristocracia se abstiene en gran medida de ocupar a sus sirvientes y a sus caballos los domingos». En los últimos días de la semana pasada podía leerse en todas las murallas de Londres el siguiente cartel, impreso en grandes letras, procedente de los cartistas: «Nueva *Sunday Bill* para la supresión de periódicos, afeitado, tabaco, comida y bebida, y toda clase de alimento y recreo, corporal o espiritual, de los que actualmente goza todavía el pueblo pobre. Un meeting al aire libre de artesanos, obreros y de los ‘estamentos bajos’ de la capital se celebrará en Hyde Park, el domingo por la tarde, para ver cuán religiosamente observa la aristocracia el *Sabbath* y cuán ansiosa está de no poner en obra a sus sirvientes y a sus caballos ese día. Veáse el discurso de Lord Robert Grosvenor. El meeting está convocado para las 3 en punto, en el lado derecho de la Serpentine (riachuelo en Hyde Park), hacia los jardines de Kensington. ¡Venid! ¡Y traed a vuestras mujeres y familias con vosotros! Para que se aprovechen del ejemplo que les dan sus ‘superiores’».

A saber, hay que saber que lo que Longchamps es para los parisinos, el camino de Hyde Park a lo largo de la Serpentine lo es para la *haute volée* inglesa: el lugar donde por la tarde, especialmente los domingos, pasan revista a sus carrozas de lujo y sus atavíos, y hacen caracolear sus corceles, seguidos de enjambres de lacayos. Se verá por el cartel arriba citado cómo la lucha contra la clerigalla asume el mismo carácter que toda lucha seria en Inglaterra, el carácter de lucha de clases de pobres contra ricos, pueblo contra aristocracia, de los rangos «bajos» contra los «superiores». A las 3 se habían reunido en el lugar anunciado, en la orilla derecha de la Serpentine, en las inmensas praderas de Hyde Park, aproximadamente 50.000 personas, que poco a poco, mediante accesos también desde la orilla izquierda, se engrosaron hasta por lo menos 200.000. Se veían pequeños nudos humanos desplazarse de un punto a otro. Los numerosos *constables* apostados trataban visiblemente de sustraer a los autores del meeting lo que pedía Arquímedes para sacar al mundo de sus goznes: un punto fijo de apoyo. Finalmente, un grupo más grande tomó posición y Bligh, el cartista, se constituyó en presidente sobre una pequeña altura en medio del grupo. Apenas había comenzado su arenga, cuando el inspector de policía Banks, al frente de 40 *constables* que blandían garrotes, le declaró que el parque era propiedad privada real y que allí no se podía celebrar ningún meeting. Después de algunos *pourparlers*, en los que Bligh trató de demostrarle que los parques son propiedad del público y Banks replicó que tenía órdenes precisas de arrestarlo si persistía en su propósito, en medio del enorme estruendo de la masa circundante, Bligh proclamó: «La policía de Su Majestad declara que Hyde Park es propiedad privada real y que Su Majestad no quiere prestar su suelo a su pueblo para sus meetings. Aplacemos, pues, la reunión para Oxford Market». Bajo el grito irónico: «¡God save the Queen!», el nudo se deshizo para peregrinar hacia Oxford Market. Pero entretanto, Finlen, miembro del comité central cartista, se había lanzado hacia un árbol que estaba más lejos; masas lo siguieron y lo rodearon en un instante en un círculo tan estrecho y denso que la policía renunció al intento de abrirse paso hasta él. «6 días a la semana estamos esclavizados, y el Parlamento quiere robarnos el poco de libertad del séptimo. Quieren hacer penitencia, no consigo mismos, sino con nosotros, esos oligarcas y capitalistas coligados con curas ojerosos, por el asesinato sin conciencia con que han sacrificado a los hijos del pueblo en Crimea.»

Dejamos el grupo para acercarnos a otro, en el que un orador, tendido cuan largo era sobre el suelo, arengaba a su auditorio en esta posición horizontal. De repente resonó por todos lados: «¡Al camino de carruajes, a las carrozas!». Entretanto, ya había comenzado el insulto a las carrozas y a los jinetes. Los *constables*, que recibían constantes refuerzos de la ciudad, expulsaban a los paseantes del camino de carruajes. Contribuyeron así a formar, a ambos lados del camino, densos cordones humanos, desde Apsley House, por Rotten Row, a lo largo de la Serpentine hasta Kensington Gardens, en una extensión de más de un cuarto de hora. El público estaba compuesto en sus ¾ partes por obreros, y en ¾ por miembros de la clase media, todos con mujeres y niños. Los actores contra su voluntad, elegantes señores y damas, «comunes» y «lores» en altos carruajes de estado, servidumbre galoneada por delante y por detrás, algunos señores entrados en años, acalorados por el oporto, a caballo, no pasaban revista esta vez. Corrían baquetas. Una batahola de todos los sonidos burlones, provocadores, mal sonantes, en los que ninguna lengua es tan rica como la inglesa, los envolvía pronto desde ambos lados. Como el concierto era improvisado, faltaban los instrumentos. El coro tenía, pues, que hacer uso de sus propios órganos y limitarse a la música vocal. Y era un concierto diabólico, de gruñidos, siseos, silbidos, resuellos, bufidos, murmullos, graznidos, chillidos, gemidos, crujidos, chirridos, rechinidos. Una música capaz de enfurecer a los hombres y de hacer cobrar conciencia a las piedras. Extraña mezcla, además, de explosiones de auténtico humor viejo-inglés y de cólera largo tiempo contenida, en ebullición. «¡Go to the church!» (¡id a la iglesia!) era el único sonido articulado que se podía distinguir. Una *lady* sacaba aplacadoramente del carruaje un *prayerbook* (libro de oraciones) ortodoxamente encuadernado. «¡Give it to read to your horses!» (¡dádselo a leer a vuestros caballos!), tronó el eco de mil voces de vuelta. Cuando los caballos se espantaban, se encabritaban, se plantaban, salían huyendo, amenazando con peligro de muerte a su elegante carga, el griterío burlón se alzaba más alto, más amenazador, más inexorable. Nobles lores y ladies, entre otros la condesa de Granville, esposa del ministro y presidente del Consejo Privado, fueron obligados a apearse y a hacer uso de sus propios pies. Cuando pasaban cabalgando *gentlemen* entrados en años, cuyo atavío, en particular el sombrero de alas anchas, delataba particulares pretensiones de perfección en la fe, todos los sonidos de ira se apagaban, como a una orden, en incontenible carcajada. A uno de estos *gentlemen* se le agotó la paciencia. Hizo, como Mefistófeles, un gesto indecoroso, sacó la lengua al enemigo. «¡He is a wordcatcher! a parliamentary man! He fights with his own weapons!» (¡Es un trapacero, un parlamentario, lucha con sus propias armas!) resonó desde un lado del camino. «¡He is a Saint! he is psalm singing!» (¡Es un santo, canta salmos!) fue la antistrofa del otro lado. Entretanto, el telégrafo eléctrico metropolitano había anunciado a todas las estaciones de policía que se avecinaba un disturbio en Hyde Park y las había destacado al teatro de guerra. En cortos intervalos desfiló, pues, una sección de policía tras otra a través del doble cordón humano, desde Apsley House hacia Kensington Gardens, cada vez recibida con la canción popular:

«Where are gone the geese?
Ask the police!»
(¿A dónde se han ido las ocas?
¡Preguntadle a la policía!)

con alusión al notorio robo de un ganso cometido recientemente por un agente de policía en Clerkenwell. Tres horas duró este espectáculo. Sólo pulmones ingleses son capaces de un tour de force semejante.
Durante la representación se oía en los diversos grupos: «¡Esto no es más que el comienzo!» «¡Es el primer paso!» «¡Los odiamos!», etc. Mientras que en los rostros de los obreros se leía la furia, nunca habíamos visto reflejarse en las fisonomías de las clases medias una sonrisa tan complacida y satisfecha de sí misma. Poco antes del final se intensificó la violencia de la manifestación. Se blandían bastones contra los carruajes y la interminable disonancia de voces halló su expresión en el grito de: «You rascals!» (¡Canallas!) Durante aquellas tres horas, celosos chartistas, hombres y mujeres, no dejaron de recorrer la masa, distribuyendo hojas impresas en las que podía leerse en grandes letras: «¡Reorganización del cartismo! Una gran reunión pública se celebrará en el Instituto Literario y Científico de Friar Street, Doctor Commons, el próximo martes 26 de junio, para elegir delegados a una conferencia para la reorganización del cartismo en la capital. No se exige tarjeta de entrada.»
La prensa londinense no trae hoy, por lo común, sino una breve reseña del suceso de Hyde Park. Ningún artículo de fondo todavía, a excepción del Morning Post de Lord Palmerston. «Un espectáculo —dice— en sumo grado vergonzoso y peligroso ha tenido lugar en Hyde Park, una abierta violación de la ley y de las buenas costumbres —una injerencia ilegal, mediante la fuerza física, en la libre acción del poder legislativo. La escena no debe repetirse el próximo domingo, como se ha amenazado.» Pero al mismo tiempo declara al «fanático» lord Grosvenor como el único «responsable» autor de los desórdenes, ¡y el provocador de la «justa exasperación del pueblo»! ¡Como si el Parlamento no hubiese aprobado el proyecto de ley de lord Grosvenor en tres lecturas! ¿Acaso él ha «influido también, mediante la fuerza física, sobre la libre acción de la legislatura»?