Neue Oder-Zeitung.
Núm. 273, 15 de junio de 1855.
Edición del mediodía

X. Londres, 12 de junio. (Crítica de las operaciones de Crimea.) El parte telegráfico que anunciaba la reanudación del bombardeo de
Sebastopol el 6 de junio se basaba en un error.

Se trataba únicamente de un cañoneo dirigido a puntos determinados, con
el fin de tomarlos inmediatamente. Las obras exteriores, construidas por los rusos el 23 de febrero y el 12 de marzo en el frente oriental de su línea de defensa —las redoutes de Selenginsk, Wolynsk y Kamchatka—,
habían mantenido a distancia hasta entonces a los sitiadores y sus baterías. En el frente occidental, el ataque izquierdo de los aliados, no existían tales
obras exteriores, y los franceses se habían atrincherado aquí casi al borde mismo
del foso de las obras de defensa. Así, el progreso realizado por este
flanco sobrepasaba con mucho al del ataque derecho. Puesto que el
plan de sitio de los aliados considera los dos grandes sectores de la línea —la
ciudad al oeste del puerto interior y el arrabal de Karabelnaya en
su lado oriental— como dos fortalezas separadas que
deben ser atacadas simultáneamente, se hacía preciso impulsar el ataque derecho con más
energía y forzar las obras exteriores, a fin de situar de nuevo a los aliados por este flanco en línea con
sus paralelas avanzadas en el ataque izquierdo. Para lograr esto, era preciso tomar las redoutes arriba mencionadas y algunos atrincheramientos menos significativos situados en una cantera, que flanquea la redoute de Kamchatka por el lado derecho. En consecuencia, tras
un cañoneo de 36 horas, en la tarde del 7 de junio los franceses asaltaron
las dos redoutes de Selenginsk y Wolynsk a través de la bahía de Kielholz y
la redoute del Mamelon (llamada Kamchatka por los rusos), mientras
los británicos asaltaban la cantera. De este modo, en este flanco se encuentra ahora
todo aproximadamente en el mismo estado que antes del 22 de febrero. De las
redoutes asaltadas por los aliados, la del Mamelon es la más importante.
Fue construida el 12 de marzo y en los días siguientes. Esta obra de campaña, levantada apresuradamente, frenó el avance de los sitiadores en una

mitad de las líneas durante 88 días, un período dos veces mayor que el que
se requeriría en sitios corrientes para tomar una fortaleza bien situada. ¿De dónde procede este fenómeno extraordinario, que en la historia de los sitios sólo encuentra dos paralelos: uno en la defensa de Colberg por los prusianos (1807) y el otro en la
defensa de Danzig por los franceses (1813-1814)?

Con el crecimiento de los ejércitos en campo abierto, las fortificaciones, generalmente pequeñas, de la época de Vauban perdieron su importancia. Eran dejadas atrás impunemente por ejércitos victoriosos
y apenas observadas por cuerpos volantes, hasta que la reserva del
ejército se acercaba y hallaba tiempo para tomarlas. Pero si esos ejércitos considerables topaban en su marcha con grandes fortalezas, eran
detenidos invariablemente. Tal fue el caso de Napoleón en Mantua
en 1797 y en Danzig en 1807. La razón es clara. Una gran fortaleza de este tipo, con
una guarnición de 15.000 a 25.000 hombres, constituía el nudo central de la defensa de toda una provincia, podía destacar en cualquier dirección y a
considerable distancia un fuerte cuerpo de tropas que, en
caso de un ataque superior, tenía asegurada una retirada segura.
Observar una fortaleza semejante era casi tan difícil como tomarla. Pues bien, las viejas fortalezas, al modo de Vauban y Cormontaigne,
concentraban todos sus medios de defensa en torno al recinto principal y en el
foso principal. Todas sus tenazas, lunetas, contraguardias, etc., están de tal modo
acumuladas que sólo forman una línea de defensa. Por consiguiente, tan pronto como en algún punto se abría en ella una brecha, toda la línea quedaba rota en pocos
días y la plaza caía. Semejante sistema era manifestamente
inadecuado para grandes fortalezas, las únicas que podían detener en
su avance a grandes ejércitos de invasión. Hubo que recurrir a otro sistema, el de las obras avanzadas. El general francés Montalembert, maestro de Carnot, fue el primero en declararse,
desafiando los estruendosos prejuicios de su profesión, en favor de los fuertes destacados;
pero el método de enlazar grandes fortalezas con fuertes destacados, de modo que en conjunto formen un sistema de defensa completo, fue desarrollado
hasta su actual perfección en Alemania, particularmente por el general prusiano Aster. Con el sistema de los fuertes destacados cambió el modo de defensa de las fortalezas. Las
guarniciones de las grandes fortalezas se engrosaron hasta convertirse en pequeños ejércitos; la fortaleza
y el espacio a su alrededor, en la medida en que era dominado por los fuertes destacados,
se transformó en un campo atrincherado o una base para las operaciones de campaña de la guarnición; la defensa, hasta entonces más pasiva, se volvió activa
y cobró un carácter ofensivo. Un sitio, que desde Vauban había sido una operación de corta duración, cuyo desenlace podía casi calcularse de antemano

con certeza si el procedimiento no sufría perturbaciones externas, quedó
ahora sometido a todos los azares de la guerra de campaña. La artillería en las

murallas pasó a tener sólo un interés secundario, y la artillería de campaña tomó
la primacía sobre ella, incluso en la defensa de una plaza. La
suerte del ingeniero ya no dependía exclusivamente del modo de reparar
los daños causados durante el sitio; ahora, como en campaña, tenía que elegir posiciones ante los fuertes y
fortificarlas, tomar de flanco las obras enemigas mediante contraobras, cambiar súbitamente el frente de la defensa y, por consiguiente,
obligar al enemigo a cambiar el frente del ataque. La infantería se convirtió
en la piedra angular en las guerras de sitio, al igual que en campaña, y la caballería pasó a ser
un ingrediente indispensable de casi toda guarnición. Por consiguiente, ya no era
posible determinar de antemano la duración de un sitio, y las reglas de Vauban para el ataque de una plaza, aunque en conjunto siguieran siendo importantes
para los detalles del ataque artillero, se hicieron
totalmente inaplicables para el conjunto de un sitio.

Los rusos en Sebastopol no tuvieron tiempo, tras la notoria
marcha de flanco de los aliados, de levantar obras destacadas. Se vieron
obligados de momento a proceder según el viejo método de fortificación. Erigieron un recinto principal como primera defensa, y esto era en efecto
lo más urgente. Tras este recinto erigieron una segunda y una tercera línea de defensa, mientras tanto proseguían reforzando la primera.
Luego avanzaron más allá del recinto, construyeron las
redoutes de Selenginsk y Wolynsk y finalmente la obra sobre el
Mamelon y una larga serie de trincheras, mientras que en el
frente occidental, donde estaba apostada la masa principal de los franceses,
sólo pudieron levantar unas pocas lunetas justo junto al foso principal
y algunas trincheras que tampoco estaban adelantadas mucho más.
Para acercarse en el ataque derecho a la posición dominante y decisiva
del bastión Malakoff, los sitiadores tuvieron que tomar primero el

Mamelon; pero el Mamelon, al tiempo que defendía el Malakoff, era
defendido a su vez por todas las obras en su propia retaguardia.
De qué índole era esta defensa se vio en el segundo bombardeo, donde
Canrobert no se atrevió a atacarlo en serio.

La reanudación del fuego por los aliados y la energía
con que el general Pélissier, sin reparar en sacrificios humanos, persigue toda coyuntura
favorable contra la defensa, vienen acompañadas de un completo estancamiento de las operaciones en el Chernaya. Este modo de proceder nos muestra
el carácter de Pélissier, enteramente conforme a su anterior renombre:
obstinado, empecinado y desconsiderado. Dos caminos se le ofrecían: o bien lanzarse al campo, cercar
Sebastopol por el lado norte

y luego reanudar el sitio con redoblada energía y cuádruple perspectiva
de éxito. Esto era tanto más de esperar cuanto que no sólo los refuerzos, sino también
Omer Pachá con 25.000 turcos, habían llegado a Balaklava. O bien tenía que seguir arrastrándose por el viejo camino errado de los últimos 8 meses, aferrado encarnizadamente al lado sur, destruir cada piedra del mismo y expulsar
a los rusos de una plaza que Pélissier, aun en el caso de que la tome, no puede mantener con
sus propias tropas debido a las baterías del
lado norte. Con las mismas pérdidas a las que Pélissier expone ahora continuamente a
su ejército en los asaltos, podría obtener en campaña resultados incomparablemente
mayores y más decisivos. Tomar el lado sur,
sin tener siquiera cercado el lado norte, por el cual es dominado, es un proceder
incomprensible. Puede ser que a Pélissier le falten todavía medios de transporte para operaciones en campo abierto. O puede que las contraaproches
de los rusos hayan hecho necesario rechazarlos a sus
líneas originales y dejar sentir la superioridad de los sitiadores antes de emprender
operaciones de campaña. Pero, en cualquier caso, con la toma del Malakoff cesa la última razón.
Si Pélissier se mostrase lo bastante obcecado como para proseguir los ataques serios contra el núcleo
principal de la plaza, en lugar de quebrantar la fuerza del ejército ruso en
campaña con todas las fuerzas disponibles, la ruina del ejército
que tiene bajo su mando no es en absoluto improbable, tanto más
cuanto que la plaza, en la que tan grandes masas humanas están encerradas, es un único cementerio, cuyos miasmas mortíferos despertará el primer calor del verano.