Neue Oder-Zeitung.
Núm. 263, 9 de junio de 1855.
Hoja del mediodía

X. Londres, 6 de junio. (Parlamentario.) Palmerston ha vuelto a acreditar su vieja maestría en manejar la diplomacia mediante el parlamento y el parlamento mediante la diplomacia. La política del ministerio debía ser discutida sobre la base de las enmiendas de Baring, Heathcote y Lowe. Las enmiendas descansaban todas ellas sobre la base de la Conferencia de Viena. Durante la semana de Pentecostés, Palmerston escamotea la Conferencia de Viena, apelando frente a Austria al pasado debate parlamentario, y frente al parlamento nuevamente reunido escamotea el debate, apelando a la pasada conferencia, que sólo existe ya en la leyenda. Con la Conferencia de Viena caen las enmiendas que descansan sobre su presupuesto, con las enmiendas cae la discusión sobre la política del ministerio, con esta discusión la necesidad de que el ministerio se declare sobre la tendencia, el fin y el objeto de la «nueva» guerra. Este fin, asegura David Urquhart, alias Daoud Bey, no es otro que familiarizar a las tropas aliadas con las enfermedades estivales de Crimea, después de haber puesto a prueba las enfermedades invernales de Crimea. Y si Urquhart no lo entiende todo, entiende a su Palmerston. Sólo que se engaña respecto al poder de la intención secreta sobre la historia pública. Así pues, Palmerston declara al parlamento nuevamente reunido que ya no hay objeto alguno sobre el que deliberar y que la cámara no puede hacer nada mejor que dirigir una arenga bélica a la corona, es decir, otorgar un voto de confianza al ministerio. De momento naufraga ante la obstinación de los parlamentarios, que han estudiado largos discursos sobre las enmiendas y quieren colocar su mercancía. Pero, mediante la disolución de la conferencia, él ha quebrado la punta a esos discursos, y el horror vacui, el aburrimiento, empujará al parlamento a la aceptación de su arenga. Para salvarse de los discursos, echará mano de la arenga.

La enmienda de Lowe había cambiado de sentido con la situación cambiada. Originalmente significaba ruptura de la Conferencia de Viena. Ahora significa sanción de la Conferencia de Viena y de la diplomacia ministerial, en la medida en que eleva la reducción del poderío naval ruso en el Euxino, formulada por Russell, a fin último, a verdadero objeto de la guerra. Piedra de escándalo para el partido de la paz, en la medida en que es demasiado, para el partido de la guerra, en la medida en que es demasiado poco, es piedra de escándalo para el ministerio, en la medida en que exige sin más un objeto, un objeto confesado de la guerra. De ahí el fenómeno de que hombres de la paz y tories estuvieran ahora a favor, y el ministerio en contra, de la continuación del debate sobre la enmienda de Lowe; de ahí el intento de Palmerston de echarla por la borda. El intento fracasó. Por ello aplazó el debate hasta el jueves por la noche. Un día de tiempo ganado. Entretanto, el protocolo de despedida de Viena está impreso. Será presentado a la cámara. Surge un nuevo punto incidental, y Palmerston puede esperar, con sus dissolving views, sustraer a la vista del debate el verdadero objeto de que se trata.

La discusión parlamentaria de dos días fue tan aburrida, pesada y confusa como sólo cabe esperar de discursos cuya punta ha sido quebrada de antemano. Ofreció, sin embargo, el espectáculo característico de que, si antes de la votación sobre la resolución de Disraeli los hombres de la paz coqueteaban con el ministerio, ahora coqueteaban con la oposición, queremos decir la oposición de oficio. Mostró, además, la entente cordiale entre los peelitas y la escuela de Manchester. Los peelitas se halagan abiertamente con gobernar Inglaterra después de la paz, a la cabeza de la burguesía industrial. De ese modo, los peelitas habrían encontrado por fin, tras largas peregrinaciones, un partido real detrás de sí, y los industriales habrían encontrado por fin estadistas profesionales. Si los hombres de la paz han ganado así a Gladstone, a Graham y compañía, han perdido al «radical» sir William Molesworth, un amigo de más de veinte años. Molesworth debe de haber leído en el Hobbes que él ha editado «que el entendimiento entra por los oídos». Por eso no apeló al entendimiento, sino a los oídos. Hizo lo que Hamlet prohíbe hacer al actor. Tiranizó en exceso al tirano, fue más Russell que el mismo Russell. También había leído en su Hobbes que todos los hombres son iguales, porque cada cual puede quitar la vida al otro. Y como a él le importa prolongar su vida ministerial, habló en el sentido de los hombres que pueden quitársela. Siguió siendo extraño ver ditirambizar a esa máquina de calcular. Ni siquiera Babbage lo habría sospechado en su «Filosofía de las máquinas».

Milner Gibson, el baronet de las cercanías de Manchester, fue monótono, soporífero, reseco y resecante. De la metrópoli vecina de la industria inglesa ha aprendido evidentemente a suministrar lo máximo posible con los menores costes de producción posibles. Es un hombre cuya entera apariencia delata que se aburre. ¿Por qué iba a esforzarse en divertir a sus prójimos? ¡Como tú a mí, así yo a ti! Además, cuenta claramente el ingenio, el chiste, la vida entre los faux frais de production, y es la primera ley de la escuela económica a la que pertenece evitar los «falsos costes». Bulwer fluctuaba entre el temple heroico de su «Hacedor de reyes» y el contemplativo de su «Eugen Aram». En el primero arrojaba a Rusia el guante de desafío y en el segundo trenzaba una corona de mirto en torno a la cabeza de Metternich. Milner Gibson, Molesworth y Bulwer fueron los corifeos de la primera velada; Cobden, Graham y Russell, los de la segunda. Sólo el discurso de Cobden merece un análisis, que el espacio y el tiempo no permiten en este momento. Señalemos únicamente que afirma que Bonaparte estaba dispuesto a aceptar las últimas propuestas austríacas. El Dirty Boy del difunto sir Robert Peel, que últimamente se ha dedicado a los «sentimientos», los «corazones rotos» y el «amor a la verdad», pronunció una autoapología de su prójimo, a saber, de sir James Graham. Él había prohibido a Napier actuar en el mar Báltico hasta que llegara la estación en que toda acción resulta ruinosa para la flota inglesa. Había prohibido a Dundas bombardear Odesa. Así había neutralizado la flota inglesa tanto en el mar Báltico como en el mar Negro. Se justifica con la magnitud de las flotas que ha pertrechado. La mera existencia de esas flotas era la prueba del poderío inglés. Su acción era, por tanto, superflua. Napier ha dirigido hace unos días una lacónica carta a un amigo de Urquhart, que Urquhart leyó en el mitin de Stafford. Esa carta dice literalmente: «¡Señor mío! Tengo a sir J. Graham por capaz de cualquier vileza. Ch. Napier.»

Russell, por último, se superó a sí mismo. Declaró al comienzo de su discurso que la gran cuestión que se planteaba era la siguiente: «Si queremos hacer la paz, ¿qué condiciones de paz podemos obtener? Si queremos continuar la guerra, ¿con qué fines la continuamos?» En lo que concierne a la primera cuestión, su respuesta se encontraría en los protocolos de Viena. En lo que concierne a la segunda, el objeto de la guerra, su respuesta tenía que ser muy general, a saber, ninguna. Si se quisiera tomar la frase «seguridad para Turquía» como una respuesta, él no tendría nada que objetar. Una interpretación de esa «seguridad» se había dado en la nota de Viena; otra en los cuatro puntos; encontrar una tercera no era asunto de Russell, sino de la guerra. Era principio de Napoleón que la guerra debe costearse a sí misma; es principio de Russell que la guerra debe encontrar por sí misma su objeto.