*Neue Oder-Zeitung.*
Núm. 33, 20 de enero de 1855.
Edición del mediodía

X. Londres, 16 de enero. (Sobre la crisis comercial.) El *London Economist*
observa, con referencia a la presente crisis comercial e industrial:
«Cualquiera que sea el resultado en la exportación de otros artículos, no se extiende a la maquinaria. En vez de disminuir, el valor
de la exportación de maquinaria ha aumentado en 1854 comparado con 1853. Otros países, pues, hacen actualmente uso de nuestra maquinaria. A este respecto no poseemos ya ventaja alguna sobre ellos. Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza y los Estados
Unidos son ahora todos grandes países manufactureros y algunos de ellos poseen ventajas sobre nosotros. Tenemos que correr una carrera, y no podemos hacerlo con éxito si nos atamos las piernas. La experiencia ha convencido a todo el mundo de que las restricciones inventadas para ventaja
del terrateniente, a él mismo le perjudicaban; de que las restricciones inventadas en favor de los fabricantes se volvían contra ellos
mismos; y poco a poco también los obreros fabriles descubrirán
que las restricciones legales existentes en su favor solo pueden
perjudicarlos. Cabe, sin embargo, esperar que lo descubran antes de que los países arriba mencionados hayan hecho progresos tales que puedan excluir a Inglaterra de sus propios mercados y de los terceros
mercados y reducir a nuestros obreros fabriles a la más extrema miseria.»
El señor Wilson, redactor del *Economist* y factótum en el
ministerio de finanzas del ungido y untuoso Gladstone, apóstol de la libertad y cazador de puestos en una sola persona, un hombre que en una
columna de su periódico niega la necesidad del Estado en general y en la otra demuestra la indispensableidad del ministerio de coalición
en particular – el señor Wilson, pues, comienza su homilía con
un hecho intencionadamente falseado. Las listas de exportación de 1854 contienen, en efecto, una doble rúbrica sobre la exportación de maquinaria. La primera,
concerniente a locomotoras para ferrocarriles, demuestra que en 1853 se exportó por
443 254 libras esterlinas y en 1854, en cambio, por 525 702 libras esterlinas, lo que

ciertamente supone un incremento de 82 448 libras esterlinas. La segunda rúbrica, por el contrario, en la que se incluye toda la demás maquinaria aplicada en las fábricas y, en general, cualquier otra clase
de maquinaria excepto las locomotoras, muestra para 1853:
1 368 254 libras esterlinas, frente a 1 271 503 libras esterlinas para 1854, por tanto, una disminución
de 96 524 libras esterlinas. Reunidas ambas rúbricas, resulta, pues, una
disminución de 14 076 libras esterlinas. Este detalle caracteriza a los señores
de la escuela de Manchester. Consideran, en efecto, el momento actual
como adecuado para abolir la «restricción» existente en favor de los obreros fabriles, a saber, la limitación legal del tiempo de trabajo para los jóvenes

menores de 18 años, para las mujeres y para los niños menores de 12 años. Para alcanzar un fin tan elevado, bien se permite falsear unas cuantas
cifras. Pero, según el *Manchester Examiner* –
órgano especial del cuáquero Bright – y la totalidad de las circulares comerciales de los distritos fabriles, «los mercados exteriores, los
canales tradicionales de salida para el excedente de nuestras manufacturas, gimen bajo el peso de nuestra sobreproducción y sobreespeculación». Si tal saturación del mercado mundial se ha alcanzado,
a pesar de la improvisación de dos nuevos mercados de oro – Australia y
California – a pesar del telégrafo eléctrico, que ha transformado a toda Europa en
una gran bolsa comercial; a pesar de los ferrocarriles y los barcos de vapor, que han acrecentado la comunicación, y por tanto el intercambio, hasta lo increíble
– ¿cuánto tiempo habría tardado en presentarse la crisis
si los fabricantes hubiesen tenido libertad para hacer trabajar 18 horas en vez de 11? El cálculo es demasiado simple para necesitar solución.
La aceleración proporcional de la crisis no habría constituido, empero,
la única diferencia. Toda una generación de trabajadores habría perdido el 50 por ciento de su fuerza física, de su desarrollo espiritual
y de su capacidad vital. ¡La misma escuela de Manchester,
que nos responderá sobre este escrúpulo:

«¿Debiera atormentarnos esta pena,
ya que acrece nuestro goce?»,
brama en Inglaterra con sentimental lamento sobre los sacrificios humanos que
la guerra con Rusia, que toda guerra cuesta! Oiremos al señor Cobden dentro de unos días en Leeds, protestando contra la mutua
matanza de seres cristianos. Le oiremos dentro de unas
semanas en el Parlamento, protestando contra las «restricciones» que
frenan el demasiado rápido consumo de seres humanos en las fábricas.
¿Acaso, de todas las hazañas heroicas, solo considera legítima una, la de Herodes?

Coincidimos con la escuela de Manchester en que las coercitivas
restricciones legales del tiempo de trabajo no denotan precisamente un alto grado del
desarrollo social. Pero no encontramos el defecto
en las leyes, sino en las condiciones que las hacen necesarias.