Neue Oder-Zeitung.
Nr. 29, 18 de enero de 1855.
Edición del mediodía

X. Londres, 15 de enero. (Para la valoración de los cuatro puntos.) «Por la
vía diplomática nada más puede ocurrir hasta el 1 de febrero. (Hasta el 5 o 6
de febrero, dice el corresponsal vienés del Times.) Mientras tanto, el zar tiene
un mes entero por delante para mover sus fuerzas adonde quiera. El mes
ganado mediante la aceptación de los cuatro puntos puede ampliarse a dos
meses, disputándose paso a paso sobre cada punto, a lo cual probablemente
apuntan las instrucciones del enviado ruso, en tanto que no es en absoluto
improbable que se hagan los más denodados intentos por contentar a Austria
con condiciones que son inaceptables para Inglaterra y Francia. Separar a las
tres potencias es un propósito de lo más plausible.» Así, la Morning Post.

Más importante que el parloteo de la prensa inglesa sobre las secretas
intenciones de Rusia es su abierta confesión (con la excepción, naturalmente, de los órganos ministeriales) de que la base de las negociaciones, los cuatro
puntos, no merece negociación alguna. «Cuando comenzó la lucha», dice la
Sunday Times, «se trató de hacer creer al mundo que el asunto de que se
trataba era el desmembramiento del Imperio ruso o, cuando menos, la conquista de garantías materiales para el mantenimiento de la paz europea. Para
la consecución de uno u otro fin no se ha hecho nada ni se hará nada en caso
de que se concluya la paz sobre la base de los llamados cuatro puntos. Si aquí
puede hablarse de algún triunfo, es solo del triunfo que Rusia se ha llevado.»
«El ministerio de todas las incapacidades», dice el Leader, «no puede ir más
allá de los cuatro puntos; merece pasar a la posteridad con el título de: El
ministerio de los cuatro puntos. ¡Basta ya de esta aburrida comedia de una
guerra sin objeto! Una paz sobre la base de los cuatro puntos solo puede
concluirse por miedo a que, en el tumulto de la guerra, los propios pueblos
cobren demasiada importancia; quizá también para impedir que los ingleses
recuperen los derechos que Cromwell conquistó para ellos. Solo esto podría
ser el motivo para remendar de nuevo la vieja conspiración con Rusia y
devolverle el permiso para renovar, bajo la protección de la bandera de la paz,
sus usurpaciones en Europa.» El Examiner, que entre los semanarios de la
clase media ocupa indiscutiblemente el primer rango, publica un extenso
artículo sobre la «base» de las negociaciones de paz, del cual resumimos
brevemente lo esencial. «Si tales concesiones», se dice, entre otras cosas,
«como las que pueden derivarse incluso de la interpretación más dura y más
rigurosa de los cuatro puntos, se consideran equivalentes por los tesoros que

Inglaterra ha despilfarrado en esta lucha y la sangre que ha sacrificado,
entonces el emperador de Rusia fue un gran estadista cuando inició la guerra.
Rusia no tendrá siquiera que pagar penitencia por las grandes sumas que
anualmente nos ha extorsionado mediante la inobservancia del Tratado de
Viena. La desembocadura del Danubio, que, según la correspondencia oficial
recientemente publicada, ella se esforzaba por cerrar al comercio inglés por
todos los medios, ha de quedar en su mano. El punto relativo a la libre
navegación del Danubio equivale en la práctica al statu quo, pues Rusia nunca
ha negado que las estipulaciones del Tratado de Viena referentes a la navegación fluvial son también determinantes para el Danubio. La abolición de los
tratados de Kainardji y Adrianópolis tiene poca importancia, ya que se conviene por todas partes en que dichos tratados no autorizaban a Rusia a las
exigencias que plantea a Turquía. Si, por otra parte, consideramos que Rusia
ha de ser una de las 5 potencias que ejerzan un protectorado conjunto sobre
los principados danubianos y los súbditos cristianos del sultán, creemos que
las ventajas que se esperan de este cambio son de todo punto ilusorias, pues
acarrea indiscutiblemente la enorme desventaja de dar un carácter legal a las
maquinaciones de Rusia para el reparto de Turquía. Se nos recordará, naturalmente, que los cuatro puntos incluyen, entre otras estipulaciones, una
revisión del tratado de 1841, y precisamente una revisión en interés del equilibrio de las potencias. La expresión es bastante indeterminada y misteriosa,
y, después de todo lo que ha trascendido últimamente, no estamos en modo
alguno convencidos de que la innovación proyectada no sea desigualmente
más amenazadora para la independencia de nuestro aliado (Turquía) que para
la supremacía de nuestro enemigo. ... Habríamos desechado por absolutamente increíble toda posibilidad de una “base” como la que en este momento
parece debatirse en Viena, si Lord John Russell, en respuesta al discurso de
Cobden, no hubiera declarado solemnemente en el Parlamento que el gobierno no deseaba en absoluto despojar a Rusia de ninguno de sus territorios.»
Este último punto es, ciertamente, del todo decisivo, pues, por ejemplo, la
propia libertad de navegación del Danubio solo podría asegurarse si Rusia
perdiera el «territorio» en las desembocaduras del Danubio, del cual se ha
apoderado, en parte mediante el tratado de Adrianópolis con violación del
tratado de Londres de 1827, y en parte mediante un ukase de febrero de 1836
con violación del tratado de Adrianópolis. El punto que el Examiner omite
destacar se refiere al tratado de los Dardanelos de 1841. Este tratado se
distingue del tratado concertado en 1840 por Lord Palmerston solo por la
circunstancia de que Francia se adhirió como parte contratante. El contenido
es el mismo. Aún hace pocos meses, Lord Palmerston declaró el tratado de
1840, y por tanto también el tratado de los Dardanelos de 1841, como una
victoria de Inglaterra sobre Rusia, y a sí mismo como el artífice del tratado.

¿Cómo es posible que, de repente, la anulación de un tratado que era una
victoria de Inglaterra sobre Rusia sea una derrota de Rusia ante Inglaterra?
O bien, si Inglaterra fue engañada entonces por sus propios ministros y creía
actuar contra Rusia mientras actuaba a favor de esta, ¿por qué no ahora?
Durante la última sesión parlamentaria extraordinaria, d’Israeli exclamó:
«Nada de cuatro puntos». Por los anteriores extractos se ve que ha encontrado
eco en la prensa liberal; el asombro de que Rusia, con o sin reserva, haya
aceptado los cuatro puntos comienza a dejar paso al asombro de que Inglaterra los haya propuesto.