Karl Marx

Lord John Russell

Escrito entre el 25 de julio y el 12 de agosto de 1855.

I

["Neue Oder-Zeitung" núm. 347 del 28 de julio de 1855]

Londres, 25 de julio. Es un viejo axioma whig, que a lord John Russell le gustaba citar, que «los partidos se asemejan a los caracoles, en los cuales es la cola la que mueve la cabeza». Difícilmente sospechaba él que la cola, para salvarse, habría de cortar la cabeza. Si no era la cabeza del «último de los gabinetes whigs», era indiscutiblemente la cabeza del partido whig. Dijo Burke en una ocasión:

«El número de bienes, fincas rústicas, castillos, bosques, etc., que los Russell han arrancado al pueblo inglés es sencillamente increíble» (quite incredible).

Más increíble sería la fama de que goza lord John Russell y el papel destacado que se ha atrevido a desempeñar durante más de un cuarto de siglo, si el «número de bienes» que su familia ha usurpado no brindara la clave del enigma.

Durante toda su vida, lord John no pareció sino correr tras los cargos y aferrarse a los cargos conquistados con tal tozudez que perdía toda pretensión de poder. Así sucedió entre 1836 y 1841, cuando le correspondió el puesto de líder de los Comunes. Así entre 1846 y 1852, cuando se llamó a sí mismo primer ministro. La apariencia de autoridad que lo rodeaba como director de una oposición dispuesta a asaltar el tesoro público se esfumó cada vez el mismo día en que llegó al poder. Tan pronto como de out (opositor) pasaba a ser in (miembro del gobierno), se acabó lo que se daba. En ningún otro estadista inglés la autoridad se convirtió jamás en impotencia en el mismo grado. Pero ningún otro supo tampoco elevar nunca su impotencia a la categoría de poder.

Aparte de la influencia de la familia ducal de Bedford, de la que lord John era hijo menor, el poder ficticio del que periódicamente disponía estaba sostenido por la carencia de todas las cualidades que normalmente capacitan a un hombre para gobernar sobre otros. Su visión diminuta de todas las cosas se comunicaba a los demás como por contagio y contribuía más a confundir el juicio de sus oyentes de lo que habría podido lograr la tergiversación más genial. Su verdadero talento consiste en la facultad de reducir todo cuanto toca a sus propias dimensiones enanas, de contraer el mundo exterior a una escala infinitesimal y de transformarlo en un vulgar microcosmos de su propia invención. Su instinto para empequeñecer lo grandioso solo es superado por su arte para hacer que lo mezquino parezca grande.

La vida entera de lord John Russell fue una vida de falsos pretextos: falsos pretextos de reforma parlamentaria, falsos pretextos de libertad religiosa, falsos pretextos de librecambio. Tan sincera era su fe en la suficiencia de los falsos pretextos, que consideró perfectamente factible no solo ser estadista británico a base de falsos pretextos, sino también poeta, pensador e historiógrafo a base de falsos pretextos. Solo así es posible dar cuenta de la existencia de naderías tales como su tragedia «Don Carlos, o la persecución» o su «Ensayo sobre la historia del gobierno y la constitución de Inglaterra desde el reinado de Enrique VII hasta la actualidad» o sus «Memorias sobre los asuntos de Europa desde la paz de Utrecht». A la estrechez egoísta de su espíritu, cualquier objeto no le ofrece más que una tabula rasa en la que es libre de escribir su propio nombre. Sus opiniones no dependieron nunca de la realidad de los hechos, sino que, para él, los hechos mismos dependen del orden en que los dispone en frases hechas. Como orador, no ha legado una sola ocurrencia digna de mención, ni una máxima profunda, ni una observación sólida, ni una descripción imponente, ni un pensamiento hermoso, ni una alusión viva, ni un cuadro humorístico, ni una emoción verdadera. La «más insípida medianía», como confiesa Roebuck en su historia del ministerio reformista, sorprendía a sus oyentes incluso cuando llevó a cabo el mayor acto de su vida pública, al presentar su llamada Ley de Reforma en la Cámara de los Comunes. Posee una manera peculiar de combinar su disertación seca, premiosa, monótona, a modo de pregón de subasta, con ilustraciones de colegial tomadas de la historia y con una cierta jerga solemne sobre «las bellezas de la constitución», las «libertades generales del país», la «civilización» y el «progreso». Solo cae en un verdadero calor cuando se le irrita personalmente o cuando sus adversarios, sacándolo de su actitud hipócrita de arrogancia y autosuficiencia, lo azuzan hasta hacerle mostrar todos los síntomas de una debilidad apasionada. En Inglaterra se ha convenido generalmente en explicar sus innumerables desaciertos por una cierta precipitación instintiva. En realidad, también esta precipitación no es más que un falso pretexto. Se reduce al inevitable roce de los subterfugios y recursos improvisados, calculados solo para la hora presente, con la constelación desfavorable de la hora siguiente. Russell no es instintivo, sino calculador; pero pequeño, como el hombre, es su cálculo, siempre mero expediente para la hora inmediata. De ahí continuas oscilaciones y artimañas, rápidos avances, retiradas ignominiosas, palabras desafiantes, prudentemente vueltas a tragar, orgullosas prendas mezquinamente rescatadas y, cuando ya nada más sirve, lágrimas y sollozos para ablandar al mundo. De ahí que toda su vida pueda considerarse, o bien como un sham (engaño) sistemático, o bien como un desatino ininterrumpido.

Puede parecer prodigioso que ningún personaje público haya sobrevivido a tales ejércitos de medidas nacidas muertas, proyectos abatidos y planes abortados. Pero, así como el pólipo medra mediante la amputación, lord John Russell medra mediante el aborto. La mayoría de sus planes no se proponían sino apaciguar el descontento de sus aliados, los llamados radicales, mientras que un entendimiento con sus adversarios, los conservadores, le aseguraba el burking (la supresión) de esos planes. Desde los días del parlamento reformado, ¿quién podría nombrar una sola de sus «medidas amplias y liberales», de sus «grandes pagos a cuenta de la reforma», de cuyo destino hubiera hecho depender el destino de su gabinete? Al contrario. Lo que más que nada contribuyó a mantener y prolongar su ministerio fue el proponer medidas para satisfacer a los liberales y el retirarlas para satisfacer a los conservadores. Hay épocas en su vida en las que Peel lo mantuvo deliberadamente en el timón, para no verse obligado a hacer cosas que sabía que Russell se limitaría a parlotear. En semejantes épocas de acuerdo secreto con el adversario oficial, Russell desarrollaba un descaro frente a sus aliados oficiales. Se volvía valiente… a base de falsos pretextos.

Echaremos una mirada retrospectiva a sus ejecutorias desde 1830 hasta ahora. Bien lo merece este genio de la cotidianeidad.

II

["Neue Oder-Zeitung" núm. 359 del 4 de agosto de 1855]

Londres, 1 de agosto.

«Si yo fuera pintor», dijo Cobbett, «allí colocaría la constitución inglesa bajo la imagen de una vieja encina, podrida en la raíz, con la raíz muerta, el tronco hueco, tambaleándose en su base, zarandeada de un lado a otro por cada ráfaga de viento, y aquí sentaría a lord John Russell, en la persona de un reyezuelo, afanándose por ponerlo todo en orden picoteando algún resto de insectillos en la corteza semipodrida de una de las ramas más bajas. Algunos sospechan incluso que roe las yemas, bajo el pretexto de limpiar la corteza de insectos dañinos».

Así de diminutos fueron los intentos de reforma de Russell en su periodo antediluviano de 1813-1830; pero, diminutos como eran, ni siquiera eran sinceros. No vaciló un instante en renegar de ellos ante el simple olor de un cargo ministerial.

Desde 1807 los whigs habían suspirado en vano por participar en la función devoradora de impuestos, cuando en 1827 la formación del gabinete de Canning, con quien afirmaban simpatizar respecto a cuestiones de comercio y de política exterior, pareció brindarles la oportunidad largamente buscada. Russell tenía entonces una de sus mociones de reyezuelo a favor de la reforma parlamentaria en el orden del día, cuando Canning declaró su firme determinación de resistir hasta el final de su vida a toda reforma parlamentaria. Se levantó lord John y retiró su moción.

«La reforma parlamentaria», dijo, «era una cuestión sobre la cual reinaba gran diversidad de opiniones entre quienes la defendían, y los líderes whigs siempre habían sido reacios a reconocerla como cuestión de partido. Sería esta la última vez que planteaba la cuestión».

Terminó su discurso con la insolente declaración: «El pueblo ya no desea la reforma parlamentaria». Él, que siempre había alardeado de su ruidosa oposición a las infames seis leyes coercitivas de Castlereagh de 1819, se abstuvo ahora de toda votación sobre una propuesta de Hume para la derogación de una de aquellas leyes, que exponía a un hombre al transporte de por vida por cualquier impreso en el que se encontrara siquiera la tendencia a exponer al desprecio a cualquiera de las cámaras del parlamento.

Así, al final del primer periodo de su vida parlamentaria, encontramos a lord John Russell desmintiendo con hechos sus profesiones reformistas de más de diez años y concordando plenamente con la afirmación que Horace Walpole, ese prototipo de los whigs, hizo a Conway:

«Las leyes populares nunca se proponen en serio, sino siempre solo como instrumento de partido, ¡no como prenda para la realización de ideas tan extravagantes!».

Así pues, no fue en modo alguno culpa de Russell si, en lugar de presentar la moción de reforma en mayo de 1827 por última vez, tuvo que repetirla cuatro años más tarde, el 1 de marzo de 1831, bajo la forma de la famosa Ley de Reforma. Esta ley, sobre la que todavía funda su derecho a la admiración del mundo en general y de Inglaterra en particular, no le tenía en absoluto por autor. En sus rasgos principales —la disolución de la mayor parte de los burgos podridos (Wahl-Boroughs), la adición de representantes de los condados, el derecho de voto para copyholders, leaseholders y las veinticuatro ciudades comerciales y fabriles más importantes de Inglaterra— era una copia del proyecto de ley que el conde Grey (jefe del ministerio reformista de 1830) había presentado en la Cámara de los Comunes en 1797, cuando estaba en la oposición, pero que prudentemente había olvidado cuando se encontró en el gabinete en 1806. Es el mismo proyecto, superficialmente modificado. La expulsión de Wellington del gabinete por haberse declarado contra la reforma parlamentaria, la revolución francesa de julio, las amenazadoras grandes uniones políticas formadas por las clases medias y trabajadoras en Birmingham, Manchester, Londres, etc., la guerra campesina en los condados agrícolas, el gallo rojo que paseaba su fuego por los distritos más fértiles de Inglaterra... todas estas circunstancias obligaron a los whigs a proponer algún proyecto de reforma. Cedieron, de mala gana, vacilantes, después de repetidos y vanos intentos de asegurar sus puestos mediante un compromiso con los tories. Se lo impidieron a la vez la temible actitud del pueblo y la rígida intransigencia de los tories. Sin embargo, apenas la Ley de Reforma fue promulgada y puesta en práctica, el pueblo, para usar las palabras de Bright (del 6 de junio de 1849), «comenzó a sentir que había sido estafado».

Tal vez nunca un movimiento popular poderoso y, según todas las apariencias, exitoso, se ha disuelto en resultados ficticios más diminutos. No solo las clases trabajadoras quedaron excluidas de toda influencia política, sino que las propias clases medias descubrieron pronto que no era una figura retórica cuando lord Althorp, el alma del gabinete reformista, gritó a sus adversarios tories:

«¡La Ley de Reforma es la medida más aristocrática que jamás se haya ofrecido a la nación!».

La nueva representación rural superó con mucho el aumento de votos concedido a las ciudades. Este derecho de voto, otorgado a los arrendatarios a voluntad del propietario, convirtió los condados aún más por completo en instrumentos de la aristocracia. La sustitución, en lugar de los contribuyentes del escote y la talla, de los propietarios de viviendas cuyo alquiler anual fuera de 10 libras esterlinas, privó de su derecho de voto a una gran parte de la población urbana. La concesión y revocación del derecho electoral se calculó, en conjunto, no para aumentar la influencia de las clases medias, sino para excluir la influencia tory y fomentar la whig. Mediante una serie de las más extraordinarias artimañas, trucos y fullerías se mantuvo la desigualdad de los distritos electorales y se restauró la enorme desproporción entre el número de representantes y la población e importancia de los cuerpos electorales. Si bien se suprimieron unos 56 burgos podridos, cada uno con un puñado de habitantes, condados enteros y ciudades populosas se transformaron en burgos podridos. El propio John Russell confiesa en una carta a sus electores de Stroud «sobre los principios de la Reform Bill» (1839), que «el derecho de voto de las 10 libras quedó maniatado por toda clase de regulaciones, y el registro anual de los electores se convirtió en una fuente de vejámenes y gastos». Donde la intimidación y la influencia tradicional no pudieron perpetuarse, fueron sustituidas por el soborno, que, desde la aprobación de la Reform Bill, se convirtió en la piedra angular de la constitución británica. Ésta era la Reform Bill, de la que Russell fue el trompetero, sin ser su autor. Las únicas cláusulas que probadamente se deben a su invención son la cláusula que exige a todos los freeholders, con excepción de los eclesiásticos, un año de posesión de su propiedad, y la otra cláusula por la cual Tavistock, el «burgo podrido» de la familia Russell, conserva intactos sus privilegios.

Russell no era más que un miembro subalterno del ministerio reformista (de 1830 a noviembre de 1834), a saber, pagador del ejército sin voto en el gabinete. Era acaso el más insignificante de sus colegas, pero, pese a todo, el hijo menor del influyente duque de Bedford. Se acordó, pues, dejarle el honor de presentar la Reform Bill en la Cámara de los Comunes. Un obstáculo se interponía en este arreglo de familia. Durante el movimiento reformista anterior a 1830, Russell había figurado constantemente como «Henry Broughams little man» (el hombrecito de Henry Brougham). No se podía encargar a Russell la presentación de la Reform Bill mientras Brougham estuviera sentado a su lado en la Cámara de los Comunes. El obstáculo se eliminó arrojando al vanidoso plebeyo a la Cámara de los Lores, sobre el saco de lana. Al pasar pronto a la Cámara alta los miembros más importantes del gabinete reformista original (así Althorp en 1834), o morir, o pasarse a los tories, no sólo recayó en Russell la entera herencia del ministerio reformista, sino que pronto pasó por ser el padre de la criatura a cuyo bautizo había asistido. Medró sobre el falso pretexto de ser el autor de una Reform Bill que era ella misma una falsificación y un escamoteo. Por lo demás, durante los años 1830-1834 sólo se distinguió por la enojosa acritud con que se opuso a toda investigación sobre la lista de pensiones.

III

[«Neue Oder-Zeitung» n.º 363 del 7 de agosto de 1855]

Londres, 3 de agosto. Volvemos a la caracterización de Russell. Nos detendremos más en él, primero porque es el representante clásico del whiggismo moderno, y segundo porque su historia, al menos desde un lado, encierra la historia del parlamento reformado hasta la actualidad.

En su introducción a la Reform Bill, Russell hizo, respecto al voto secreto (elección por bolas) y a los parlamentos breves —los whigs, como es sabido, transformaron los parlamentos anuales de Inglaterra en trienales en 1694 y en septenales en 1717—, la siguiente declaración:

«No cabe duda de que el voto secreto tiene mucho de recomendable. Las razones aducidas en su favor son tan agudas y contundentes como las que jamás haya oído aducir sobre cualquier punto controvertido. No obstante, la Cámara debe guardarse de adoptar una resolución precipitada [...] La cuestión de los parlamentos breves es de la mayor importancia. Dejo a otro miembro de la Cámara el planteársela en el futuro, porque no debo recargar con detalles mi gran objeto.»

El 6 de junio de 1833 afirmó «haberse abstenido de proponer estas dos medidas para evitar una colisión con la Cámara de los Lores, aunque opiniones (!) arraigadas profundamente en su pecho. Estaba convencido de que eran esenciales para la dicha, la prosperidad y el bienestar del país.» (Aquí se tiene a la vez un ejemplo de su manera retórica.)

A consecuencia de esta «convicción profundamente arraigada», se mostró durante toda su carrera ministerial como enemigo constante e implacable del voto secreto y de los parlamentos breves. En el momento en que se hicieron estas declaraciones, sirvieron de doble expediente: aplacaban a los demócratas desconfiados de la Cámara baja; amedrentaban a los aristócratas recalcitrantes de la Cámara alta. Pero una vez que Russell se hubo asegurado de la nueva corte de la reina Victoria (véase la respuesta de Brougham a la carta de Russell a los electores de Stroud, 1839) y se creyó un inmortal propietario del cargo, dio a luz su declaración de noviembre de 1837, en la cual justificaba «el extremo alcance que había tomado la Reform Bill» con el argumento de que cerraba la posibilidad de todo avance ulterior.

«El fin de la Reform Bill», dijo, «era aumentar la preponderancia del interés de la propiedad territorial, y fue concebida como la solución permanente de una gran cuestión constitucional.»

En suma, se presentó con su declaración de finalidad, que le valió el título de «Finality-John». Sin embargo, no iba más en serio con la «finality» <«finalidad»>, con el detenerse, que con el avanzar. Es cierto. Se opuso en 1848 a la moción de reforma parlamentaria de Hume. Con el poder unido de los whigs, los tories y los peelitas, volvió a derrotar a Hume cuando éste presentó una moción similar en 1849, por una mayoría de 268 contra 82. Envalentonado por la reserva conservadora, desafió con arrogancia:

«Cuando elaboramos y propusimos la Reform Bill, deseábamos adaptar la representación de esta Cámara a los demás poderes del Estado y mantenerla en armonía con la constitución. El señor Bright y sus correligionarios son tan extraordinariamente estrechos de espíritu, su juicio y su entendimiento están recluidos en límites tan estrechos, que resulta formalmente imposible hacerles comprender los grandes principios sobre los que nuestros antepasados fundaron la constitución del país, y que nosotros, sus sucesores, admiramos con humildad y tratamos de imitar. La Cámara de los Comunes, en los 17 años transcurridos desde la Reform Bill, ha satisfecho todas las expectativas justas. El sistema existente, aunque un tanto irregular, funciona bien, y funciona bien precisamente por su irregularidad.»

Mas como Russell sufrió en 1851 una derrota con motivo de la moción de Locke King de extender el derecho de voto en los condados a los propietarios de un rendimiento anual de 10 libras esterlinas, y se vio obligado a dimitir por unos días, su entendimiento «amplio de espíritu» comprendió de repente la necesidad de una nueva Reform Bill. Se comprometió ante la Cámara a presentarla. Calló en qué debía consistir su «medida», pero libró una letra sobre ella, pagadera en la próxima sesión del parlamento.

«El derecho del actual ministerio al puesto que ocupa», declaró entonces la «Westminster Review», órgano de los llamados radicales aliados de Russell, «se había convertido en la consigna del escarnio y del reproche, y al final, cuando su caída y la aniquilación de su partido parecían inevitables, Lord John salió con la promesa de una nueva Reform Bill para 1852. Manteneos en vuestros puestos, exclama, hasta aquel plazo, y satisfaré vuestro anhelo con una ancha y liberal medida de reforma.»

En 1852 propuso, en efecto, una Reform Bill, esta vez de su más personal invención, pero de contornos tan singularmente liliputienses que ni los conservadores consideraron que valiera la pena atacarla, ni los liberales defenderla. En todo caso, el aborto de reforma ofreció al hombrecito el pretexto, cuando al fin tuvo que abandonar el ministerio, para lanzar, en la huida, un dardo escita a su victorioso sucesor, el conde de Derby. Hizo su salida con la pomposa amenaza de que «insistiría en la ampliación del derecho de sufragio». La ampliación del sufragio se le había convertido ahora en «cosa del corazón». Apenas arrojado del gabinete, este hijo del expediente, apodado ahora por sus propios partidarios «Foul weather Jack» (Juan Mal Tiempo), invitó a su residencia privada de Chesham Place a las distintas fracciones de cuyo matrimonio salió el débil monstruo de la coalición. No se olvidó de enviar por los «extraordinariamente estrechos de espíritu» Bright y Cobden para, en asamblea solemne, disculparse ante ellos de su propia amplitud de espíritu, y librarles una nueva letra por un importe de reforma «más grande». Como miembro del gabinete de coalición, en 1854, divirtió a los Comunes con otro proyecto de reforma, del que sabía que estaba destinado a ser sacrificado, otra Ifigenia, por él, otro Agamenón, en pro de otra expedición troyana. Realizó el sacrificio al estilo melodramático de Metastasio, con los ojos llenos de lágrimas, las cuales, no obstante, se secaron tan pronto como la cartera «insustancial» que ocupaba en el gabinete se cambió, mediante una mezquina intriga contra el señor Strutt, uno de sus propios partidarios, por la presidencia del gabinete, con un sueldo de 2.000 libras esterlinas.

El segundo plan de reforma debía apuntalar su gabinete en caída; el tercero, hacer caer al gabinete tory. El segundo fue un subterfugio, el tercero una triquiñuela. Dispuso el segundo de tal modo que nadie quisiera aceptarlo; presentó el tercero en un momento en que nadie podía aceptarlo. En ambos demostró que, si el destino lo ha hecho ministro, la naturaleza lo ha destinado a remendón de calderos, como a Christopher Sly. Incluso de la primera y única Reform Bill realizada, sólo comprendió el truco oligárquico, no la artimaña histórica.

IV

[«Neue Oder-Zeitung» n.º 365 del 8 de agosto de 1855]

Londres, 4 de agosto. Con el estallido de la guerra antijacobina, la influencia de los whigs en Inglaterra entró en un período de reflujo que fue cayendo más y más hondo. Volvieron, pues, sus ojos a Irlanda, decidieron echarla en la balanza y escribieron en su bandera de partido: emancipación irlandesa. Cuando en 1806 llegaron por un instante al gobierno, presentaron, en efecto, una pequeña ley de emancipación irlandesa a la Cámara de los Comunes, la llevaron hasta la segunda lectura y luego la retiraron voluntariamente para adular el beato idiotismo de Jorge III. En 1812 intentaron imponerse al príncipe regente (luego Jorge IV), aunque en vano, como los únicos instrumentos posibles de reconciliación con Irlanda. Antes y durante la agitación reformista, se arrastraron ante O’Connell y en torno a él, y las «esperanzas de Irlanda» les sirvieron como poderosa máquina de guerra. No obstante, en la primera reunión del primer parlamento reformado, el primer acto del ministerio reformista consistió en una declaración de guerra contra Irlanda, en la medida «brutal y sangrienta» de la «ley de coerción», que sometió a Irlanda al estado de excepción. Los whigs cumplieron sus viejas promesas «con fuego, prisión, deportación y hasta con la muerte». O’Connell fue perseguido y condenado por rebelión. Entretanto habían los whigs la

La Coercion Bill para Irlanda no fue presentada ni aprobada sino en virtud del compromiso expreso de presentar otro proyecto de ley, un proyecto de ley sobre la
Iglesia estatal inglesa en Irlanda.
Este proyecto de ley — según el ulterior compromiso contraído — debía contener una cláusula que pusiera ciertos
excedentes
de las rentas de la Iglesia estatal en Irlanda a disposición del Parlamento. El Parlamento, a su vez, dispondría de ellos en interés de Irlanda. La importancia de esta cláusula residía en el reconocimiento del principio de que el Parlamento posee el poder de expropiar a la Iglesia estatal, principio del cual Lord John Russell debía estar tanto más convencido cuanto que toda la inmensa fortuna de su familia procede de antiguos bienes eclesiásticos. Los whigs prometieron mantenerse en pie o caer con aquel proyecto de ley eclesiástico. Pero tan pronto como la Coercion Bill fue votada, retiraron, so pretexto de evitar una colisión con la Cámara de los Lores, la cláusula antes mencionada, la única que daba valor a su proyecto eclesiástico. Derrotaron por mayoría su propia propuesta y la echaron por tierra. Esto ocurrió en 1834. Sin embargo, hacia finales del mismo año, una sacudida eléctrica pareció reanimar las simpatías irlandesas de los whigs. Y es que en el otoño de 1834 se habían visto obligados a ceder el gabinete ante Sir Robert Peel. Fueron arrojados de nuevo a los bancos de la oposición. Y en seguida encontramos a nuestro John Russell activamente ocupado en la obra de reconciliación con Irlanda. Fue el agente principal en las negociaciones para el Tratado de Lichfield House, concluido en enero de 1835. En él, los whigs ceden a O'Connell el patronazgo (provisión de cargos, etc.) en Irlanda, mientras O'Connell les asegura los votos irlandeses dentro y fuera del Parlamento. Pero se necesitaba un
pretexto
para expulsar a los tories de Downing Street. Russell, con característico «descaro», eligió las
rentas eclesiásticas
de Irlanda como campo de batalla, y como consigna de lucha la misma
cláusula
— vuelta infame bajo el nombre de
cláusula de apropiación
— que él y sus colegas del ministerio reformista
ellos mismos
habían retirado y sacrificado poco antes. Peel fue efectivamente derrotado bajo la consigna de la «cláusula de apropiación». Se formó el gabinete Melbourne, y Lord John Russell se instaló como ministro del Interior y líder de la Cámara de los Comunes. Entonces se gloriaba de sí mismo, por una parte, por su firmeza intelectual, porque, aunque ahora en el cargo, seguía aferrado a sus
opiniones
sobre la cláusula de apropiación; por otra parte, por su moderación moral, porque se abstenía de
obrar
según esas opiniones. Nunca las ha traducido de palabras en actos. Como primer ministro, en 1846, su moderación moral triunfó hasta tal punto sobre su firmeza intelectual, que también renegó de la «opinión». Exclamó que no conocía medidas más fatales

que aquellas que amenazaban a la Iglesia estatal en su raíz sustancial, sus ingresos.

En febrero de 1833, John Russell denunció, en nombre del ministerio reformista, la agitación irlandesa por la
derogación de la Unión [Repeal].

«Su verdadero propósito», gritó a los Comunes, es «echar por tierra sin más el Parlamento unido y poner en lugar del Rey, los Lores y los Comunes del Reino Unido un parlamento cuyo jefe y caudillo sería O'Connell».

En febrero de 1834, la agitación por la derogación fue nuevamente denunciada en el discurso del trono, y el ministerio reformista propuso una moción de respuesta para

«declarar de la manera más solemne que es la resolución irrevocable del Parlamento mantener inviolada e inalterada la unión legislativa de los tres reinos.»

Pero apenas arrojado a los bancos de arena de la oposición, John Russell declaró:

«En lo que respecta a la
derogación de la Unión,
este asunto está sujeto a enmienda y a debate como cualquier otro acto de la legislatura»,

es decir, ni más ni menos que cualquier ley sobre la cerveza.

En marzo de 1846, John Russell derriba la administración de Peel mediante una coalición con los tories, que ardían en deseos de castigar la deserción de su jefe respecto a las leyes de cereales. El pretexto lo proporcionó la
«Ley de Armas»
irlandesa de Peel, contra la cual Russell, moralmente indignado, protestó de manera incondicional. Se convierte en primer ministro. Su primer acto consiste en proponer la misma «Ley de Armas». Sin embargo, se cubre de ridículo inútilmente. O'Connell acababa de convocar monstruosos meetings contra el proyecto de Peel, había hecho firmar peticiones de 50.000 firmas; se encontraba en Dublín, desde donde hacía jugar todos los resortes de la agitación. El King Dan (el Rey Dan, título popular de Daniel O'Connell) perdía reino y renta si en ese momento aparecía como cómplice de Russell. Así pues, notificó amenazadoramente al hombrecillo que retirara de inmediato su ley de armas. Russell la retiró. O'Connell, como dominaba magistralmente a pesar de su juego secreto con los whigs, añadió a su derrota la humillación. Para que no quedara duda sobre
a orden de quién
se tocaba retirada, el 17 de agosto anunció en Dublín a los partidarios de la derogación en la Conciliation-Hall la retirada de la Ley de Armas, el
mismo
día en que John Russell la anunciaba a la Cámara de los Comunes. En 1844, Russell había denunciado a Sir Robert Peel porque «había llenado Irlanda de tropas y no gobernaba el país, sino que lo ocupaba militarmente».

1848, Russell ocupó Irlanda militarmente, decretó sobre ella la ley de alta traición, proclamó la suspensión del habeas corpus y se jactó de las «medidas enérgicas» de Clarendon. También esta energía era un falso pretexto. En Irlanda estaban, por un lado, los o'connellitas y los curas, en secreto entendimiento con los whigs; por el otro, Smith O'Brien y sus partidarios. Estos últimos eran simplemente
dupes

V

["Neue Oder-Zeitung" núm. 369, del 10 de agosto de 1855]

Londres, 6 de agosto. Las
leyes de cereales
fueron introducidas en Inglaterra en 1815, porque tories y whigs se habían puesto de acuerdo para elevar su renta de la tierra mediante un impuesto a la nación. Esto no se logró sólo porque las leyes de cereales —las leyes contra la importación de cereales del extranjero— elevaron artificialmente en algunos años los precios del grano. Considerando el período medio de 1815 a 1846, quizá fue aún más importante la ilusión de los arrendatarios de que las leyes de cereales eran capaces de mantener los precios del grano a una altura determinada
a priori
en todas las circunstancias. Esta ilusión repercutió en los contratos de arrendamiento. Para mantenerla constantemente viva, vemos al Parlamento constantemente ocupado con nuevas y mejoradas ediciones de la ley de cereales de 1815. Si los precios del grano se mostraban díscolos, si caían a pesar de los dictados de las leyes de cereales, se nombraban comités parlamentarios para investigar las causas de la «agricultural distress» (la penuria en los distritos agrícolas). La «agricultural distress», en la medida en que fue objeto de las investigaciones parlamentarias, se limitaba en realidad tan sólo a la desproporción entre los precios que el arrendatario pagaba al propietario de la tierra y los precios a los que vendía sus productos al público: a la
desproporción entre la renta de la tierra y los precios del grano.
Por consiguiente, se solucionaba de manera sencilla reduciendo la renta de la tierra, la fuente de ingresos de la aristocracia terrateniente. En lugar

de eso, ésta prefirió naturalmente «rebajar» los precios del grano por vía legislativa; una ley de cereales era desplazada por otra ligeramente modificada; el efecto contraproducente se explicaba por detalles no esenciales que un nuevo acta del Parlamento podía corregir. Si de este modo, bajo ciertas circunstancias, se mantenía el precio del grano por debajo de su nivel natural, el precio de la
renta de la tierra
se mantenía en todas las circunstancias por encima de su nivel natural. Como se trataba de «los intereses más sagrados» de la aristocracia terrateniente, del ingreso contante y sonante, sus dos fracciones, tories y whigs, estaban igualmente dispuestas a venerar «las leyes de cereales» como estrellas fijas situadas
por encima
de su lucha de partidos. Los whigs resistieron incluso la tentación de abrigar «opiniones» liberales sobre este asunto, tanto más cuanto que entonces la perspectiva parecía remota de resarcir eventuales pérdidas en la renta territorial mediante la recuperación del arrendamiento hereditario de los puestos gubernamentales. Ambas fracciones, para asegurarse el voto de la aristocracia financiera, votaron la ley bancaria de 1819, por la cual las deudas del Estado contraídas en moneda depreciada debían ser amortizadas en moneda de pleno valor. La nación, que quizás había recibido prestadas 50 libras esterlinas, tenía que devolver 100. Así se compró el consentimiento de la aristocracia financiera a las leyes de cereales. Aumento fraudulento de la renta estatal a cambio de un aumento fraudulento de la renta de la tierra: tal fue el acuerdo entre la aristocracia financiera y la aristocracia terrateniente. No sorprenderá entonces que Lord
John Russell
en las elecciones parlamentarias de 1835 y 1837 anatematizara toda
reforma de las leyes de cereales
como perjudicial, absurda, impracticable e innecesaria. Desde el comienzo de su carrera ministerial rechazó toda propuesta semejante, primero con altanería, luego con apasionamiento. En su defensa de elevados aranceles cerealeros dejó muy atrás a Sir Robert Peel. La perspectiva de hambruna en los años 1838 y 1839 no alcanzó a conmoverle ni a él ni a los demás miembros del gabinete Melbourne. Lo que no logró el estado de necesidad de la nación, lo logró el estado de necesidad del gabinete. Un déficit en el tesoro público de 7.500.000 libras esterlinas y la política exterior de Palmerston, que amenazaba con provocar una guerra con Francia, llevaron a la Cámara de los Comunes, a propuesta de Peel, a aprobar una moción de censura contra el gabinete Melbourne. Esto ocurrió el 4 de junio de 1841. Los whigs, siempre tan ávidos de atrapar puestos como incapaces de desempeñarlos y reacios a abandonarlos, intentaron, aunque en vano, escapar a su destino mediante una disolución del Parlamento. Entonces despertó en el alma profunda de John Russell la idea de escamotear la agitación contra las leyes de cereales, del mismo modo que había ayudado a escamotear el movimiento reformista. Se declaró, por tanto, repentinamente a favor de un «derecho fijo moderado» en lugar de la escala móvil de aranceles —amigo como es

de la «moderada» castidad política y de las «moderadas» reformas. No tuvo empacho en desfilar por las calles de Londres en una procesión de candidatos gubernamentales, acompañado de portaestandartes que llevaban ensartados en sus astas dos panes, en chillante contraste entre sí: un pan de dos peniques con la inscripción
«Hogaza Peel»
, y el otro un pan de un chelín con la inscripción
«Hogaza Russell».
Pero esta vez la nación no se dejó engañar. Sabía por experiencia que los whigs prometían panes y pagaban piedras. A pesar del ridículo desfile carnavalesco de Russell, las nuevas elecciones dieron al gobierno whig una minoría de 76. Tuvo que levantar el campo por fin. Russell se vengó del mal servicio que el derecho fijo moderado le había prestado en 1841, dejando que la «escala móvil» de Peel cristalizara tranquilamente en ley en 1842. Desde entonces despreció el «derecho fijo moderado»; le volvió la espalda; lo dejó caer sin dejar caer una palabra sobre él.

Durante los años 1841-1845, la Liga contra las Leyes de los Cereales creció hasta alcanzar dimensiones colosales. La vieja alianza entre la aristocracia terrateniente y la aristocracia financiera ya no aseguraba las leyes de los cereales, toda vez que la burguesía industrial se había convertido, cada vez más, en el componente dirigente de las clases medias en lugar de la aristocracia financiera. Para la burguesía industrial, empero, la abolición de las leyes de los cereales era cuestión de vida o muerte. Reducción de los costes de producción, expansión del comercio exterior, incremento de la ganancia, disminución de la principal fuente de ingresos y, por tanto, del poder de la aristocracia terrateniente, aumento de su propio poder político: la derogación de las leyes de los cereales era todo eso para la burguesía industrial. En el otoño de 1845, encontró terribles aliados en la enfermedad de la patata en Irlanda, la carestía de los cereales en Inglaterra y una mala cosecha en la mayor parte de Europa. Sir Robert Peel, intimidado por las amenazadoras coyunturas, celebró por ello a finales de octubre y en las primeras semanas de noviembre de 1845 una serie de consejos de gabinete, en los cuales propuso la suspensión de las leyes de los cereales e incluso aludió a la necesidad de su revocación definitiva. Una demora en las resoluciones del gabinete fue causada por la obstinada resistencia de su colega Stanley (hoy lord Derby).

John Russell, que se hallaba a la sazón, durante las vacaciones parlamentarias, en un viaje de placer en Edimburgo, tuvo viento de lo que ocurría en el gabinete de Peel. Decidió aprovechar la demora causada por Stanley para anticiparse a Peel en una posición popular, darse a sí mismo la apariencia de haber determinado a Peel y despojar así de todo peso moral el previsible acto de este. En consecuencia, dirigió el 22 de noviembre de 1845 desde Edimburgo a sus electores de la City una carta llena de coléricas y malévolas alusiones a Peel, bajo el pretexto de que los ministros tardaban demasiado en llegar a una decisión sobre el estado de necesidad irlandés. La periódica hambruna de Irlanda en los años 1831, [18]35, [18]37 y [18]39 nunca había logrado quebrantar la fe de Russell y sus colegas en las leyes de los cereales. Pero ahora él era todo fuego. Incluso un infortunio tan inmenso como el hambre de dos naciones no conjuraba ante los ojos del hombrecillo más que visiones de ratoneras para el rival "en el puesto". En su carta trataba de ocultar el motivo real de su súbita conversión al librecambio bajo la siguiente confesión de pecador contrito:

"Confieso que, sobre el tema en general, mis puntos de vista han experimentado un gran cambio en el curso de 20 años. Yo solía ser del parecer de que el trigo constituía una excepción a las reglas generales de la economía política; pero la observación y la experiencia me han convencido de que debemos abstenernos de toda injerencia en el suministro de alimentos."

En esa misma carta reprochaba a Peel no haberse injerido aún en el suministro de alimentos a Irlanda. Peel cazó al hombrecillo en su propia trampa. Dimitió, pero dejó a la reina una esquela en la que prometía a Russell su apoyo, en caso de que este asumiera la tarea de llevar a cabo la abolición de las leyes de los cereales. La reina llamó a Russell a su presencia y le requirió para formar un nuevo gabinete. Él vino, vio — y se declaró incapaz, incluso con el apoyo de su rival. Así no era como él se lo había propuesto. Para él, no era más que un falso pretexto, ¡y ahora amenazaban con tomarle la palabra! Peel volvió a su puesto y abolió las leyes de los cereales. El partido tory quedó quebrado y disuelto por su acto. Russell se alió con él para derrocar a Peel. De ahí sus pretensiones al título de "ministro del librecambio", con el que aún hace pocos días se pavoneaba en el Parlamento.

VI

[Neue Oder-Zeitung, n.º 377 del 15 de agosto de 1855]

Londres, 12 de agosto. Volvemos una vez más a lord John Russell para concluir su caracterización. Al comienzo de su carrera adquirió una suerte de renombre bajo el pretexto de la tolerancia, y al final de su carrera bajo el pretexto de la beatería; la primera vez mediante su moción en pro de la "Derogación de las Actas de Prueba y Corporaciones", la segunda vez mediante su "Ecclesiastical Titles Bill" (Proyecto de ley sobre títulos eclesiásticos). Las Actas de Prueba y Corporaciones impedían a los disidentes asumir cargos estatales. Eran ya letra muerta desde hacía mucho tiempo cuando Russell presentó su conocida propuesta de derogación en 1828. La defendió basándose en que estaba convencido de que "la revocación de dichas actas aumentará la seguridad de la Iglesia oficial". Un escritor contemporáneo nos informa: "Nadie quedó más asombrado de que prosperase la propuesta que el propio proponente." El enigma se resuelve simplemente con la observación de que el ministerio tory propuso por sí mismo, un año más tarde (1829), el proyecto de emancipación católica y, por tanto, debía desear a toda costa librarse por el momento de las "Actas de Prueba y Corporaciones". Por lo demás, los disidentes no han recibido de lord John más que promesas, cada vez que él se hallaba en la oposición. En el ministerio, se opuso incluso a la abolición del impuesto eclesiástico (church rates).

Sus alaridos antipapistas son, con todo, aún más característicos de la vacuidad del hombre y de la pequeñez de sus motivos. Hemos visto cómo en los años 1848 y 1849 aplastó las propuestas de reforma de sus propios aliados mediante una unificación de los whigs con los peelitas y los tories. Tan así dependiente de la oposición conservadora, su ministerio se tornó muy precario, vacilante, en el año 1850, cuando la bula papal para el establecimiento de una jerarquía católica romana en Inglaterra y el nombramiento del cardenal Wiseman como arzobispo de Westminster provocaron una superficial agitación entre la parte más hipócrita y necia del pueblo inglés. Russell, de cualquier modo, no fue sorprendido por los pasos del Papa. Su suegro, lord Minto, se encontraba en Roma cuando la Gazzetta di Roma publicó el nombramiento de Wiseman en 1848. De hecho, del "Llamamiento al pueblo inglés" del cardenal Wiseman se desprende que ya en 1848 el Papa había comunicado a lord Minto la bula para el establecimiento de la jerarquía en Inglaterra. El propio Russell dio algunos pasos preparatorios, haciendo que Clarendon y Grey reconocieran oficialmente los títulos del clero católico en Irlanda y en las colonias. Ahora, sin embargo, en consideración a la debilidad de su gabinete, inquieto por el recuerdo histórico de que los alaridos antipapistas arrojaron a los whigs del gobierno en 1807, temiendo que Stanley pudiera imitar a Perceval y anticipársele a él mismo durante la ausencia del Parlamento, tal como él había tratado de anticiparse a Sir Robert Peel con la derogación de las leyes de los cereales — perseguido por todas estas aprensiones y fantasmas, el hombrecillo saltó con un salto mortal a una desenfrenada pasión protestante. El 4 de noviembre de 1850 publicó la infame "Carta al obispo de Durham", en la que manifiesta al obispo:

"Coincido con usted en considerar el último ataque del Papa a nuestro protestantismo como insolente e insidioso, y por ello me siento tan indignado como usted pueda estarlo por este asunto."

Habla de "los activos intentos que en este momento obran para restringir el espíritu y esclavizar el alma". Llama a las ceremonias católicas "mascarada de superstición, que la gran masa de la nación contempla con desprecio", y promete finalmente al obispo promover nuevas leyes contra la usurpación papal, si las antiguas resultaran insuficientes. El mismo lord John había declarado en 1845, cuando, ciertamente, estaba fuera del cargo:

"Creo que podemos derogar aquellas cláusulas que impiden a un obispo católico romano atribuirse títulos que ostentan los obispos de la Iglesia oficial. Nada puede ser más absurdo y pueril que mantener tales distinciones."

En 1851 presentó su proyecto de ley sobre títulos eclesiásticos para afirmar estas "absurdas y pueriles distinciones". Pero, como en ese año fue derrotado por una combinación de la Brigada Irlandesa con peelitas, partidarios de la escuela de Mánchester, etc. — con ocasión de la moción de Locke King para la extensión del derecho de sufragio —, se evaporó su celo protestante y prometió una enmienda del proyecto, que de hecho vino al mundo como nonato.

Así como su celo antipapista fue un falso pretexto, también lo fue su celo por la emancipación de los judíos. Todo el mundo sabe que su Jewish Disabilities Bill (Proyecto de ley sobre la incapacidad legal de los judíos) es una farsa anual — cebo para los votos de que dispone en la City el barón austríaco Rothschild. Falso pretexto, sus declaraciones antiesclavistas.

"Su oposición", le escribe lord Brougham, "contra todas las propuestas en favor de los negros y su resistencia incluso al mero intento de frenar la reinstaurada trata de esclavos, vino a ensanchar la brecha entre usted y el país. La imaginación de que usted, el adversario de todas las mociones antiesclavistas en el año 1838, el enemigo de toda injerencia en las asambleas coloniales compuestas por esclavistas, imagine que usted de repente se ha enamorado tanto de los negros como para arriesgar sus puestos en el año 1839 por un proyecto de ley en su favor, revelaría una notable propensión al autoengaño."

Falso pretexto, sus reformas legales. Cuando el Parlamento votó en 1841 una moción de censura contra el gabinete whig y la inminente disolución de la Cámara de los Comunes prometía poco éxito, Russell intentó hacer pasar a toda prisa por la Cámara un proyecto de ley sobre el Tribunal de la Cancillería, con el fin de

"sanar uno de los males más acuciantes de nuestro sistema, la dilación en los tribunales de equidad, mediante la creación de dos nuevos jueces de equidad".

Russell llamó a este su proyecto "un gran pago a cuenta de la reforma legal". Su verdadero propósito era colocar de contrabando a dos amigos whigs en los puestos de nueva creación antes de la previsible formación de un gabinete tory. Sir Edward Sugden (ahora barón St. Leonards), que le caló, presentó la enmienda de que el proyecto no entrara en vigor hasta el 10 de octubre (es decir, después de la reunión de la Cámara recién elegida). Aunque no se introdujo la menor modificación en el contenido del proyecto, que Russell consideraba tan "acuciante", él mismo lo retiró inmediatamente tras la aprobación de la enmienda. Se había convertido en una "farsa" y había perdido su sal.

Reformas coloniales, esquemas educativos, "libertades de los súbditos", prensa pública y reuniones públicas, entusiasmo bélico y anhelo de paz — todo son falsos pretextos para lord John Russell. El hombre entero es un falso pretexto, su vida toda una mentira, toda su actividad una cadena continua de pequeñas intrigas para la consecución de mezquinos fines — la devoración de fondos públicos y la usurpación de la mera apariencia del poder. Nadie ha corroborado nunca de manera tan contundente aquel pasaje bíblico según el cual ningún hombre puede añadir una pulgada a su estatura. Colocado por nacimiento, conexiones y azares sociales sobre un enorme pedestal, siguió siendo siempre el mismo homúnculo — un enano que danza sobre la punta de una pirámide. La historia quizás nunca ha exhibido otro hombre — tan grande en la pequeñez.

Variantes textuales

En la New-York Daily Tribune, n.º 4479 del 28 de agosto, siguen aquí las palabras: "que pagan anualmente un contrato de arrendamiento de 50 libras esterlinas".

En la New-York Daily Tribune, el final de esta frase se recoge del siguiente modo: "... en una declaración de guerra civil contra Irlanda, en una medida 'brutal y sangrienta', el proyecto de coerción, el 'proyecto de ley sobre el Tribunal de las Casacas Rojas', en virtud del cual se nombraba a oficiales en Irlanda en lugar de jueces y jurados".