Karl Marx

Layard

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 107 vom 5. März 1855]

Londres, 2 de marzo. Layard, el gran erudito de Nínive, ha publicado anteayer en un discurso a sus electores de Aylesbury un interesante capítulo para caracterizar, por un lado, la manera en que la oligarquía distribuye los más importantes cargos del Estado y, por otro, la posición sumamente equívoca de los llamados miembros liberales e independientes del Parlamento frente a esa oligarquía.

Lord Granville, cuenta Layard, lo nombró subsecretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, donde sirvió 3 meses, hasta que cayó el ministerio de Russell y se formó el gabinete Derby. Derby le propuso permanecer en su puesto hasta que su sucesor designado, lord Stanley (hijo de Derby), regresara de la India. Después quería encomendarle (a Layard) una misión diplomática en el extranjero.

“Todos mis amigos políticos”, cuenta Layard, “eran de la opinión de que yo debía aceptar la oferta, con excepción de lord Russell, que manifestó una opinión contraria, a la cual yo no dudé en atender.”

Layard, pues, rechazó el ofrecimiento de Derby. ¡Bien! Lord Russell vuelve a ser ministro, y Layard no queda olvidado. Russell lo invita entonces a un banquete ministerial, en el que habrá de ocupar su puesto como subsecretario del “Board of Control”, es decir, del Ministerio para la India. Layard acepta. Pero de repente a Russell le viene a la memoria que un señor de edad, un gentleman whig, llamado sir Thomas Redington, que antes había estado encargado de asuntos irlandeses, pero nunca de asuntos asiáticos, está “todavía sin acomodo” (literalmente). Así pues, le insinúa a Layard que no se interponga en la colocación del señor entrado en años. Layard renuncia de nuevo. Russell, alentado por la abnegada modestia del erudito,

le insinúa entonces que se aparte por completo del camino y acepte un puesto de cónsul en Egipto. Esta vez Layard se enfurece, rechaza y se hace notar en el Parlamento con importantes discursos contra la política oriental del ministerio.

Palmerston, tan pronto como ha formado su gabinete, trata de compensarlo con el cargo de secretario de la Junta de Artillería. Layard lo rechaza, porque no entiende absolutamente nada de artillería, etc. ¡Qué ingenuidad! ¡Como si el secretario saliente –el señor Monsell, uno de los traficantes de la Brigada Irlandesa– hubiera sido capaz alguna vez de distinguir un mosquete ordinario de un fusil de aguja! Palmerston le ofrece entonces la subsecretaría en el Ministerio de la Guerra. Layard acepta, pero a la mañana siguiente Palmerston descubre que Frederick Peel –esa nulidad burocrática– es en este momento indispensable en el Ministerio de la Guerra, de cuyas funciones notoriamente Peel no entiende nada. Como compensación, le ofrece finalmente a Layard, en nombre de Russell, la subsecretaría en el Ministerio de Colonias. Layard considera las circunstancias demasiado difíciles para ponerse en este momento a hacer estudios sobre 50 colonias, con las que nunca se ha ocupado. Rechaza, y con esto concluye esta edificante historia.

La única moraleja que sacan de ella los periódicos ministeriales es: que Layard es todavía muy inexperto en el rodar del mundo y ha malbaratado vilmente su fama asiria.