Friedrich Engels

Crítica del artículo napoleónico del «Moniteur»

[«Neue Oder-Zeitung» n.º 177 del 17 de abril de 1855]

Londres, 14 de abril. El público, incluso en Francia, parece haber penetrado los misterios del asedio de Sebastopol. Por ello Luis Bonaparte, en su calidad de redactor en chef <redactor jefe> del «Moniteur», ha soltado de nuevo un largo artículo de fondo sobre este asunto. Con él se persiguen varios fines: en general, consolar al público sobre el fracaso de la empresa; en particular, descargar la responsabilidad del fiasco de los hombros del sucesor de Napoleón; en detalle, responder al panfleto de Bruselas. En ese estilo medio confidencial, medio solemne, característico del hombre que escribe a la vez para los campesinos franceses y para los gabinetes europeos, se ofrece una suerte de historia de la campaña con supuestas razones para cada paso. El documento es sumamente impolítico, porque es en extremo débil e insuficiente. Sin embargo, la «pressure from without» <«presión desde fuera»> debe de ser inquietantemente fuerte para que Bonaparte se vea obligado a presentarse de este modo y a defenderse a sí mismo.

Tras una introducción premiosa, se comunica una parte de las instrucciones que Saint-Arnaud recibió al comienzo de la campaña, explicando por qué las tropas aliadas fueron llevadas primero a Galípoli. Los rusos, se dice, podían cruzar el Danubio por Rustchuk y, bordeando las líneas de Varna y Shumla, atravesar los Balcanes y marchar sobre Constantinopla. De todas las razones que debían hablar a favor del desembarco en Galípoli, ésta es la peor. En primer lugar, Rustchuk es una fortaleza y no una ciudad abierta, como parece imaginarse el ilustre editor del «Moniteur». Esto recuerda el

error histórico que el «Moniteur» cometió no ha mucho en su necrología del emperador Nicolás, en la que, entre otras cosas, confunde el tratado de Adrianópolis con el de Kutchuk-Kainardji. En cuanto al peligro de semejante marcha de flanco rusa, cabe recordar que un ejército turco de 60.000 hombres, firmemente establecido entre 4 poderosas fortalezas, no podía ser dejado atrás impunemente sin destacar un fuerte cuerpo para tenerlo ocupado; que esa marcha de flanco exponía a los rusos, en las gargantas de los Balcanes, a la suerte de Dupont en Bailén y de Vandamme en Kulm, y que, en el mejor de los casos, solo podían llevar 25.000 hombres a Adrianópolis. Quien considere un ejército así peligroso para Constantinopla puede ilustrarse mejor en las obras del mayor Moltke sobre la guerra ruso-turca de 1828-1829. Sigamos escuchando. En caso de que Constantinopla no corriera peligro, los aliados debían adelantar algunas divisiones a Varna para rechazar todo intento de asedio de Silistria. Hecho esto, se ofrecían dos operaciones ulteriores: desembarcar en las cercanías de Odesa o apoderarse de Crimea. Ambas habían de ser consideradas sobre el terreno por los generales aliados. Las instrucciones terminan con unos cuantos sanos consejos militares en forma de máximas y apotegmas:

«Manteneos siempre informados de lo que hace el enemigo. Mantened reunidas vuestras tropas, no las dividáis; pero si tenéis que dividirlas, disponedlo de manera que podáis reunirlas de nuevo en un punto dado en 24 horas, etc.»

Todo esto, en verdad, reglas de conducta muy valiosas, pero tan terriblemente trilladas, tan indeciblemente triviales, que hay que concluir de inmediato que Saint-Arnaud pasaba a los ojos de su amo por un perfecto ignorante para necesitar tan buenos consejos. Y de pronto, las instrucciones se interrumpen inesperadamente con esto:

«¡Tenéis toda mi confianza, mariscal! Id, pues estoy seguro de que bajo vuestra experta dirección el águila francesa conquistará nueva gloria.»

En cuanto al punto principal, la expedición a Crimea, Bonaparte confiesa que fue su plan favorito y que más tarde envió a Saint-Arnaud un segundo paquete de instrucciones referentes a ella. Pero niega haber elaborado el plan en detalle y haberlo remitido al cuartel general. Según él, los generales quedaban en libertad de preferir el desembarco en Odesa. Como prueba, se comunica un pasaje de estas nuevas instrucciones. Bonaparte propone

en ellas un desembarco en Feodosia (Kaffa), en consideración al seguro y espacioso fondeadero que, según dice, ofrecía para las flotas, las cuales debían constituir siempre la base de operaciones del ejército. Lo que es una base de operaciones, ya había tratado de explicárselo al célebre mariscal en la primera instrucción, con la mayor prolijidad y del modo más elemental. Desde ese punto —Kaffa— el ejército había de marchar sobre Simferopol, arrojar a los rusos hacia Sebastopol, ante cuyas murallas probablemente se libraría una batalla, y finalmente sitiar Sebastopol. «¡Desgraciadamente», este plan no fue seguido por los generales aliados! Este «desgraciado» incidente es tanto más afortunado cuanto que le permite a Bonaparte sacudirse toda la responsabilidad por el enojoso asunto y echársela sobre los hombros de los generales. El plan de desembarcar con 60.000 hombres en Kaffa y marchar desde allí sobre Sebastopol es, en efecto, original. Admitiendo como regla general que la fuerza ofensiva de un ejército en país enemigo disminuye por lo menos en la misma proporción en que aumenta la distancia de su base de operaciones, ¿cuántos hombres habrían llevado los aliados a Sebastopol después de una marcha de más de 120 millas? ¿Cuántos hombres habrían tenido que dejarse en Kaffa? ¿Cuántos para ocupar y fortificar puntos intermedios? ¿Cuántos para proteger los transportes y limpiar el país? No habrían podido concentrarse bajo los muros de una fortaleza ni 20.000 hombres, cuando ésta requiere el triple de esa cifra para su mero bloqueo. Si Bonaparte marcha alguna vez personalmente a la guerra y la conduce según estos principios, entonces, sin duda alguna, la misma familia representará el antagonismo más asombroso de la historia militar.

En cuanto al fondeadero seguro de Kaffa, cualquier marinero del Mar Negro sabe, y cualquier carta náutica muestra, que Kaffa es una rada abierta, protegida sólo contra los vientos del norte y del oeste, mientras que las tormentas más peligrosas del Mar Negro amenazan con vientos del sudeste y del sudoeste. Así, por ejemplo, la tempestad del 14 de noviembre. Si las flotas hubieran estado entonces ancladas en Kaffa, indudablemente habrían sido arrojadas a la costa de barlovento.

Ahora viene la parte más difícil de la obra. Luis Bonaparte, según cree, ha descargado felizmente la responsabilidad que el panfleto de Bruselas le echa encima. Pero no llega a sacrificar a Raglan y a Canrobert. Por consiguiente, para probar la competencia de susodichos generales, se esboza

un bosquejo del arte del asedio. Sin embargo, este bosquejo solo sirve para mostrar cómo
no
debe tomarse Sebastopol, pues se desenvuelve con la afirmación de que todas esas reglas eran inaplicables a Sebastopol.

«Por ejemplo —se dice—, en un asedio ordinario, cuando se ataca un frente, la longitud de la última paralela sería de unos 300 mètres <metros> y la longitud total de las trincheras de aproximación no pasaría de 4.000 mètres. Aquí, en cambio, la extensión de la paralela es de 3.000 mètres y la longitud lineal total de las trincheras, de 41.000 mètres.»

Cierto, pero precisamente esa es la cuestión: ¿Por qué se ha adoptado esta enorme extensión del ataque, cuando todas las circunstancias exigían la mayor concentración posible del fuego sobre uno o dos puntos determinados? La respuesta es:

«Sebastopol no es como otra fortaleza. Tiene un foso solo somero, ninguna escarpa de mampostería, y estas obras defensivas están reemplazadas por
abatis
<
empalizadas de árboles
> y
empalizadas
. Así, nuestro fuego apenas podía tener efecto sobre los parapetos de tierra.»

Puesto que esto no puede haber sido escrito para el mariscal Saint-Arnaud, que quizás lo habría creído, ha de haber sido escrito exclusivamente para provecho y beneficio de los campesinos franceses, pues cualquier suboficial del ejército francés se reirá de semejante galimatías. Las empalizadas, si no están en el fondo de un foso o al menos fuera del campo visual del enemigo, muy pronto son deshechas a metralla. Los abatis pueden ser incendiados. Tienen que estar al pie del glacis, aproximadamente a 60-80 yardas de los parapetos, porque de lo contrario estorban el fuego de los cañones. De dónde la madera para esos abatis —árboles largos, tendidos en el suelo, con las ramas puntiagudas vueltas hacia el enemigo, todo firmemente unido—, de dónde había de salir esa madera en esta tierra sin árboles, es cosa que el «Moniteur» calla.

Que las empalizadas representen un progreso respecto a las escarpas de mampostería es, ciertamente, una novedad; pues estas defensas de madera pueden ser incendiadas con mucha facilidad y permiten así un asalto tan pronto se ha silenciado los cañones enemigos.

Por último, se nos dice, el expuesto arriba esbozado ha de probar que los generales aliados han hecho cuanto era posible, es más, más de lo que, en las circunstancias dadas, cabía esperar de ellos; más aún, que incluso se han cubierto de gloria. ¡Mal asunto para la gloria, que tiene que ser
demostrada
y que se demuestra de este modo! Si los señores generales no pudieron cercar Sebastopol, si no pudieron expulsar al ejército ruso de observación, si aún no están en Sebastopol... ¡pues bien, solo se debe a que no eran bastante fuertes! En efecto, no lo eran. Pero, si no lo eran, ¿quién es responsable de este
mayor de todos los errores
? Nadie sino Bonaparte. Esa es la conclusión necesaria a que conduce el artículo de fondo del «Moniteur». La impresión que ha causado en París la muestra el siguiente extracto de la carta del corresponsal parisiense del «Times», por lo común tan servil:

«Muchas personas consideran este artículo meramente como un prefacio a la evacuación total de Crimea. En un círculo legitimista se dice: Se nos hizo esperar una guerra à la Napoleón; pero parece que ahora tendremos una paz à la Luis Felipe. Por otra parte, impresiones de naturaleza análoga predominan en el ánimo de la clase trabajadora del Faubourg <arrabal> Saint Antoine. Interpretan el artículo como una confesión abierta de debilidad impotente.»

Variantes textuales

En la «New-York Daily Tribune» n.º 4377 del 30 de abril de 1855, esta frase se presenta del siguiente modo: «Si Bonaparte marcha alguna vez personalmente a la guerra y la conduce según estos principios, haría mejor en pedir inmediatamente habitación en el Hotel Mivarts, de Londres, pues no volverá a ver París.»

En la «New-York Daily Tribune» sigue aquí la frase: «La falta de escarpas de mampostería nada tiene que ver con el prolongado asedio, pues, incluso según la exposición del “Moniteur”, solo entran en juego una vez que las baterías de brecha están establecidas en la cima del glacis, una posición de la que los aliados aún están muy lejos.»