Karl Marx/Friedrich Engels

Crítica de la conducción francesa de la guerra

["Neue Oder-Zeitung" núm. 133 del 20 de marzo de 1855]

Londres, 17 de marzo. Después de que el panfleto de Jérôme Bonaparte (junior) revelara que la expedición de Crimea es invención original de Luis Napoleón, que él la elaboró en todos sus detalles sin consultar a terceros, que la envió de su propio puño y letra a Constantinopla para evitar las objeciones del mariscal Vaillant... desde que todo esto se sabe, una gran parte de los más estridentes disparates militares de esta expedición queda explicada por las necesidades dinásticas de su autor. En el consejo de guerra de Varna, tuvo que ser impuesta a los generales y almirantes presentes mediante la apelación directa de Saint-Arnaud a la autoridad del "emperador", quien, a su vez, estigmatizó públicamente las opiniones contrarias como "consejos temerosos". Una vez en Crimea, el consejo realmente "temeroso" de Raglan de marchar hacia Balaclava fue adoptado con afán por Saint-Arnaud, ya que, si no conducía directamente al interior de Sebastopol, al menos llevaba cerca de sus puertas. Los febriles esfuerzos por acelerar el asedio, aunque sin medios suficientes; la avidez de abrir el fuego, que hizo que los franceses descuidaran la solidez de sus obras hasta tal punto que sus baterías fueron silenciadas por el enemigo en un par de horas; el agotamiento de las tropas en las trincheras, que, según está probado, ha contribuido tanto a la ruina del ejército británico como la intendencia, el servicio de transporte, el departamento médico, etc.; el irreflexivo e inútil cañoneo del 17 de octubre al 5 de noviembre; el descuido de todas las obras defensivas... todo esto queda ahora suficientemente aclarado. La dinastía Bonaparte necesitaba la toma de Sebastopol y en el plazo más breve; el ejército aliado tenía que ejecutarla. Canrobert, si triunfaba, sería mariscal de Francia, conde, duque, príncipe, lo que deseara, con plenos

poderes en materia financiera. Si fracasaba, su carrera tocaría a su fin. Raglan era lo bastante apocado para ceder ante su interesado colega.

Éstas, sin embargo, no son las consecuencias más significativas del imperialista plan de operaciones. Nueve divisiones francesas u 81 batallones han sido empeñados en esta empresa sin esperanza. Se la reconoce casi desesperada; los mayores esfuerzos, los más prodigiosos sacrificios no han conducido a resultado alguno; Sebastopol es más fuerte que antes; las trincheras francesas, como sabemos ahora por fuente auténtica, distan aún 400 yardas cabales de las obras rusas, y las británicas otro tanto de distancia. El general Niel, enviado por Bonaparte para inspeccionar los trabajos de asedio, declara que no cabe pensar en un asalto; ha trasladado el punto principal del ataque del lado francés al británico, provocando con ello no sólo una demora en el asedio, sino también que el ataque principal se haya dirigido contra un arrabal que, aun siendo tomado, sigue estando separado de la ciudad por el puerto interior. En suma, proyecto tras proyecto, artimaña tras artimaña, para mantener en pie no la esperanza, sino la mera apariencia de esperanza de éxito. Y mientras las cosas han llegado a este punto, mientras se avecina una guerra general en el continente, mientras se prepara una nueva expedición al mar Báltico, una expedición que esta vez debe hacer algo y, por tanto, ha de disponer de muchas más tropas de desembarco que en 1854..., en este momento, Bonaparte envía 5 nuevas divisiones de infantería al pantano de Crimea, donde los hombres desaparecen y los regimientos se consumen como por ensalmo. Sí, está decidido a ir él mismo, e irá, a menos que una paz inverosímil o acontecimientos significativos en la frontera polaca decidan otra cosa. Ésta es la situación a la que el primer experimento estratégico de Bonaparte ha reducido a su propio país, a la Francia "imperial". No es sólo terquedad lo que lo impulsa, sino el instinto fatalista de que la suerte del Imperio francés se decide en las trincheras ante Sebastopol. Hasta ahora, ningún Marengo ha justificado la segunda edición del 18 de Brumario.

Puede considerarse como ironía histórica que, por mucho que el Imperio restaurado se afane en imitar a su modelo, se vea obligado a hacer en todas partes lo contrario de lo que hizo Napoleón. Napoleón atacaba el corazón de los Estados contra los que guerreaba; la Francia actual ha atacado a Rusia en un callejón sin salida. No se apuntaba a grandes operaciones militares, sino a un golpe de mano afortunado, una sorpresa, una

aventura. En esta distinta intención reside toda la diferencia entre el primer y el segundo Imperio francés y entre sus respectivos representantes. Napoleón solía entrar como vencedor en las capitales de la Europa
moderna
. Su sucesor, bajo diversos pretextos —protección del Papa, protección del Sultán, protección del rey de los helenos—, ha trasladado guarniciones francesas a las capitales de la Europa
antigua
: a Roma, Constantinopla y Atenas; de hecho, no un incremento de poder, sino sólo una dispersión de fuerzas. El arte de Napoleón consistía en la concentración; el de su sucesor, en la dispersión. Cuando Napoleón se veía obligado a hacer la guerra en dos teatros diferentes, como en sus guerras contra Austria, concentraba la parte con mucho más importante de su fuerza militar en la línea de operaciones decisiva (en las guerras con Austria, la línea de Estrasburgo a Viena), mientras dejaba una fuerza relativamente escasa en el teatro de guerra secundario (Italia), seguro de que, incluso si sus tropas eran batidas allí, sus propios éxitos en la línea principal frenarían el avance del ejército enemigo con más certeza que cualquier resistencia directa. Su sucesor, por el contrario, dispersa la fuerza militar de Francia en muchos puntos y concentra una parte de ella en el punto donde los menores resultados, cuando no nulos, tienen que comprarse con los mayores sacrificios. Aparte de las tropas en Roma, Atenas, Constantinopla y Crimea, se supone que un ejército auxiliar será enviado a Austria, a la frontera polaca, y otro al mar Báltico. El ejército francés tendría así que actuar en por lo menos tres teatros de guerra, separados entre sí por un mínimo de mil millas. Según este plan, se habría dispuesto ya de la casi totalidad de las fuerzas militares francesas
antes
de que la guerra hubiera comenzado seriamente en Europa. Napoleón, cuando encontraba irracional una empresa comenzada (como en Aspern), en lugar de persistir en ella, sabía hallar algún nuevo giro, conducir sus tropas de improviso hacia un nuevo punto de ataque y, mediante una maniobra brillante coronada por el éxito, hacer aparecer la derrota momentánea incluso como dirigida hacia la victoria definitiva. Sólo en los días de su decadencia, después de que en 1812 se quebrara su confianza en sí mismo, la energía de su voluntad se trocó en obcecada terquedad que le hizo mantener posiciones (como en Leipzig) que su juicio militar rechazaba. Pero su sucesor está
obligado
a comenzar con aquello con lo que el predecesor terminó. En uno fue resultado de derrotas inexplicables lo que en el otro es resultado de inesperados golpes de suerte. En uno, el propio genio se convirtió en la estrella en la que creía; en el otro, la fe en la estrella tiene que suplir al genio. El uno venció a una

revolución real, porque era el único hombre capaz de realizarla; el otro, a la reminiscencia recién revivida de una época revolucionaria pasada, porque llevaba el nombre del único hombre, es decir, era él mismo una reminiscencia. Sería fácil demostrar cómo en la administración interior del segundo Imperio se refleja la pretenciosa mediocridad de su conducción de la guerra; cómo también aquí la apariencia ha ocupado el lugar de la esencia, y cómo las campañas "económicas" no fueron en modo alguno más exitosas que las militares.