Karl Marx/Friedrich Engels

Conflictos entre la policía y el pueblo —

Sobre los acontecimientos en Crimea

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 313 vom 9. Juli 1855]

Londres, 6 de julio. Desde el lunes hasta la noche de ayer, Londres fue testigo de una serie ininterrumpida de conflictos entre la policía y la “turba”, provocando la primera con sus porras y respondiendo la segunda con piedras. Vimos representarse en Marlborough Street y las calles adyacentes escenas que recordaban vívidamente a París. Duncombe solicitó anoche en la Cámara de los Comunes una investigación sobre la conducta “villana y brutal” de la policía el pasado domingo. Las masas se proponen visitar pasado mañana los clubes de Pall Mall. Los cartistas proyectan una procesión armada (no con sables y fusiles, sino con herramientas de trabajo y bastones) desde el puente de Blackfriars hasta Hyde Park, con banderas que llevarán la inscripción: “No Mayne law” (“Ninguna ley Mayne”). Se trata de una ambigüedad deliberada. La *Maine law* es, como es sabido, el nombre de la ley puritana norteamericana que excomulga las bebidas espirituosas. Mayne es el nombre del jefe de la policía de Londres.

Por informes anteriores se ha podido ver <Véase el presente volumen, págs. 318-327 y 341-344> cómo las manifestaciones de Hyde Park fueron improvisadas por el instinto de las masas. La efervescencia fue luego incrementada y consolidada por la brutalidad provocadora de la policía, cuyo jefe, Sir Richard Mayne, se mostró digno de la condecoración que había recibido de París. En este momento, sin embargo, ya se pueden distinguir diversos partidos que tratan de impulsar, dirigir y utilizar el movimiento de masas para fines más amplios. Estos partidos son:

Primero: el propio gobierno. Durante la presencia de Bonaparte en Londres, desaparecieron como por arte de magia todos los carteles dirigidos contra él. Ahora la policía deja que los más violentos pasquines permanezcan tranquilamente pegados en sus sitios. Todo revela una intención oculta: la brutalidad ordenada a los constables, el lenguaje provocador de los abogados del gobierno ante el Marlborough court <tribunal de Marlborough Street>, la aplicación ilegal de los detenidos a la treadmill <rueda de molino>, el tono insultante de los periódicos oficiales, la actuación vacilante del gabinete en el Parlamento. ¿Necesitaría Palmerston un pequeño golpe de Estado para conservar su ministerio, o grandes desórdenes internos para desviar la atención de Crimea? Conociendo a este temerario estadista, que oculta bajo una aparente frivolidad un cálculo profundo e implacable, le consideramos, como Voltaire a Habacuc, “capable de tout” <“capaz de todo”>.

Segundo: los reformistas administrativos. Tratan de explotar el movimiento de masas, en parte para intimidar a la aristocracia, en parte como medio de ganar popularidad propia. De ahí que Ballantine compareciera en su nombre y por cuenta de ellos ante el police-court <tribunal de policía> de Marlborough Street como defensor de los encarcelados el último domingo. De ahí que ayer rescataran a todos los condenados depositando el importe de las multas. De ahí que sus periódicos defiendan a la “turba” (como el gubernamental “Globe” llama al pueblo) y ataquen a la policía y al ministerio.

Tercero: los cartistas, cuyos fines son evidentes.

Los informes oficiales y privados sobre el desgraciado ataque del 18 de junio han aparecido por fin. La publicación de los despachos oficiales se irá demorando durante varios días, y sin duda había motivo para ello. De todas las chapucerías en el asunto de Oriente, esta es ciertamente la muestra más acabada.

Las trincheras avanzadas francesas se hallaban a 400-500 yardas de las baterías rusas, y las inglesas a 500-700 yardas. Estas distancias representan la longitud del trecho que las columnas de asalto, sin cobertura frente al fuego ruso y apoyadas por el fuego de su propia artillería, tenían que recorrer a la carrera en una carga que debía destruir todo vestigio de orden y dejarlas expuestas sin defensa al fuego de fusilería durante 3 a 5 minutos, un lapso plenamente suficiente para desorganizarlas por completo. Este solo hecho caracteriza todo el plan. Antes de que el fuego enemigo hubiera sido completamente silenciado y la acumulación de grandes masas de tropas en las obras enemigas hubiera sido efectivamente impedida mediante un violento bombardeo vertical, faltaba la más mínima posibilidad de éxito.

Los rusos parecen haber juzgado correctamente los planes de los aliados, a no ser que, como suponía Pélissier, hubieran sido informados de antemano.

Respondieron débilmente al fuego aliado el día 17, retiraron sus cañones tras los parapetos durante el día y adoptaron en general tales precauciones que apenas resultó necesario ningún preparativo para la jornada siguiente. Durante la noche volvieron a colocar los cañones en sus posiciones y se apostaron las columnas y reservas destinadas a la defensa.

El plan originalmente acordado entre Pélissier y Raglan consistía en reanudar el fuego al amanecer del día 18, proseguirlo con toda la violencia posible durante algunas horas y, luego, lanzar repentina y simultáneamente hacia adelante siete columnas de asalto: una (francesa) contra el bastión próximo a la bahía de Kielhol, dos (francesas) contra el bastión Malachow, tres (inglesas) contra el Redan y una (inglesa) contra el amasijo de casas y el cementerio, entre el Redan y la cabeza del puerto interior. Si es que había de llevarse a cabo un asalto, este plan era bastante sensato. Su ejecución habría silenciado el fuego ruso y dispersado las masas rusas concentradas para la defensa antes de que empezara el verdadero ataque. Por otra parte, las tropas aliadas habrían sufrido ciertamente el fuego ruso mientras se apiñaban en las trincheras, y los defensores probablemente habrían descubierto pronto la presencia de las columnas destinadas al ataque a la bayoneta contra la posición. Este era, sin embargo, el mal menor. Con todos sus defectos, el plan original seguía siendo el mejor en las circunstancias dadas. Cómo fue frustrado, cómo se marchitaron los laureles anticipados de Pélissier, cómo el ejército aliado bajo las águilas protectoras del Imperio restaurado vivió una “Balaklawa de la infantería”, de eso mañana.

El actual verano parece reservar duras pruebas a los “santos”. El primer cambista de Londres, la cabeza visible de los cuáqueros, el tan rico como piadoso Gurney (un hijo de Bunsen se ha casado con una de sus hijas) aparece gravemente comprometido en la fraudulenta bancarrota de Strand. Descontó a Strahan y Cía. 37.000 libras esterlinas en letras de cambio, a sabiendas de que estaban en bancarrota, capacitándolos así durante algunos meses para seguir estafando al público, y supo salir él mismo sin pérdida. La prensa profana se regodea en consideraciones maliciosas sobre la pecaminosidad incluso de los elegidos.