["Neue Oder-Zeitung" Nº 371 del 11 de agosto de 1855]

Londres, 8 de agosto. El debate sobre la India en la Cámara de los Comunes en el día de ayer, motivado por el informe financiero de Vernon Smith (actualmente Gran Mogol y Manu en una sola persona) acerca del Imperio británico en Asia, y por la moción de Bright de presentar en adelante este importante asunto a los Comunes en un momento "debatible", este debate lo dejamos de lado por ahora, ya que durante el receso parlamentario pensamos ofrecer un esbozo detallado de las condiciones de la India oriental.

Lord John Russell no habrá de dejar que se aproxime el inminente cierre de la sesión parlamentaria sin hacer un intento de sacar capital político de su situación embarazosa. Él no está ya en el ministerio, él no está aún en la oposición: he ahí la situación embarazosa. En la oposición tory la plaza de líder está ocupada, y Russell no tiene nada que buscar por ese lado. En la oposición liberal, Gladstone se empuja hacia la cúspide. Gladstone, en su último discurso, modélico desde su punto de vista —con ocasión del empréstito turco—, abogó hábilmente por la paz con Rusia, demostrando que la guerra era una guerra a costa de Turquía y de las nacionalidades en lucha, particularmente Italia. Russell presiente terribles infortunios durante el receso, y con ellos clamor por la paz a la vuelta de la reunión del Parlamento. Presiente que la paz habrá de ser clamada con pretextos liberales, tanto más cuanto que los tories se han empecinado en la posición del partido de la guerra por excelencia. ¡Italia, pretexto para la conclusión de la paz con Rusia! Russell envidia a Gladstone por esta ocurrencia, y ya que no puede anticiparlo en esta plausible posición, decide absorberlo, traduciendo el discurso de Gladstone del estilo elevado al estilo llano. La circunstancia de que no está ya, como Palmerston, en el ministerio, y no está aún, como Gladstone, en la oposición, promete hacer rentable el plagio. Russell se levantó por tanto ayer por la noche y comenzó con la afirmación: "él no quería ni disminuir ni agravar la responsabilidad del ministerio". Pero grande era esta responsabilidad. Sólo este año se habían votado 45.000.000 de libras esterlinas para la guerra, y la hora de rendir cuentas por esta enorme suma se aproximaba. En el Mar Báltico la flota no había hecho nada y probablemente haría aún menos. En el Mar Negro las perspectivas no eran más prometedoras. La cambiada política de Austria permitía a Rusia hacer rodar sus ejércitos desde Polonia, etc., hacia Crimea. En la costa asiática aguardaban catástrofes al ejército turco. La perspectiva de enviar allí una legión extranjera de 20.000-30.000 hombres en su reemplazo se había desvanecido. Lamentaba que sus despachos de Viena no hubieran sido presentados al Parlamento. El enviado turco había coincidido por entero con él sobre la admisibilidad de una paz sobre la base de las últimas propuestas austriacas. Si se continuaba la guerra contra la voluntad de Turquía, en lo sucesivo ya no se trataría de garantías de empréstitos, sino de subsidios. El Piamonte se había adherido a las potencias occidentales, pero por ello exigía también con razón un cambio en las condiciones de Italia. Roma estaba ocupada por los franceses, los Estados Pontificios por los austriacos, ocupación que mantenía en pie al despotismo aquí y en las Dos Sicilias e impedía al pueblo italiano seguir el ejemplo de España. La ocupación rusa de los Principados del Danubio era el pretexto de la guerra actual. ¿Cómo conciliar con ello la ocupación franco-austriaca de Italia? La independencia del Papa y, con ella, el equilibrio europeo estaban amenazados. ¿No podría llegarse a un entendimiento con Austria y Francia sobre modificaciones en la forma de gobierno papal que posibilitaran la evacuación de los Estados Pontificios? Por último, el consejo trivial: los ministros no debían concluir una paz deshonrosa, pero tampoco dejar escapar oportunidad alguna para negociaciones de paz.

Palmerston respondió "que él no era como otra gente, que asumía la gran responsabilidad de declarar una guerra, y luego retrocedía temblorosa ante la responsabilidad de conducirla. Un hombre así no era él." (Él sabe bien, en efecto, qué hay de la "responsabilidad".) Las condiciones de paz dependían de los resultados de la guerra, y los resultados de la guerra dependían de las circunstancias más variadas, es decir, del azar. (El azar, por tanto, es responsable de los resultados de la guerra, y los resultados de la guerra son responsables de las condiciones de paz.) Según sabía él (Palmerston), Turquía coincidía por completo con las opiniones de Francia e Inglaterra. Pero aunque no fuese así, Turquía era mero medio, no fin, en la lucha contra Rusia. Las "ilustradas" potencias occidentales debían saber mejor lo que conviene que la decadente potencia oriental. (Un excelente comentario esto a la declaración de guerra contra Rusia, en la que la guerra fue calificada de mera "guerra defensiva" por Turquía; a la célebre Nota de Viena, que las "ilustradas" potencias occidentales querían imponer a Turquía, etc.) En lo que concernía a Italia, ése era un punto delicado. En Nápoles imperaba un estado de cosas espantoso, pero ¿por qué? Porque era aliada de Rusia, un Estado despótico. En cuanto a la situación de la Italia ocupada por Austria y Francia (¿Estados no despóticos?), "el gobierno allí ciertamente no concuerda con los sentimientos del pueblo", pero la ocupación era necesaria para mantener el "orden". Por lo demás, Francia había reducido el número de tropas en Roma y Austria había evacuado por completo Toscana. Finalmente, Palmerston se congratuló por la alianza con Francia, que era ahora tan íntima, que a este y al otro lado del Canal regía en realidad un solo gabinete. ¡Y justo acababa de denunciar a Nápoles por su alianza con un Estado despótico! ¡Y ahora congratula a Inglaterra por ello! El chiste del discurso de Palmerston fue que supo cerrar con peroratas bélicas una sesión que supo mantener tan libre de acciones bélicas.

Russell, naturalmente, no reparó en convertir ahora a Italia en el falso pretexto de la paz, del mismo modo que, a su regreso de Viena, había convertido a Polonia y Hungría en el falso pretexto de la guerra. No se avergonzó de olvidar que él, como Primer Ministro entre 1847 y 1852, había permitido a Palmerston contribuir primero a alborotar a Italia con falsas promesas, para luego abandonarla a Bonaparte y al rey Fernando, al Papa y al Emperador. Eso no le importó. Lo que le importó fue arrebatarle el "pretexto italiano" a Gladstone y apropiárselo.