C. Marx

Contra la Iglesia. Movilización en Hyde Park

Traducción: Ricardo Abduca en Razón y Revolución nro. 5, 1999. Las aclaraciones entre corchetes fueron agregadas por el traductor.

Vieja máxima, históricamente establecida: las obsoletas fuerzas sociales, aunque
nominalmente estén todavía en posesión de todos los atributos de poder y continúen
vegetando duraderamente después de haberse podrido su base de existencia; en la medida
en que los herederos riñen mutuamente sobre el legado aún antes de que el obituario esté
impreso y esté leído el testamento, estas fuerzas una vez más reúnen todo su vigor antes de
su agonía de muerte, pasan de la defensa al ataque; en vez de colapsar, están desafiantes,
buscando deducir las conclusiones más extremas a partir de premisas que no sólo han sido
ya cuestionadas sino condenadas.

Tal es el caso de la oligarquía inglesa. Tal es el caso de la Iglesia [Anglicana], su
hermana gemela. Incontables intentos de reorganización se han hecho dentro de la
Established Church, tanto en la Alta Iglesia como en la Baja, intentos de llegar a un
entendimiento con los disidentes [Dissenters] para erigir una fuerza compacta capaz de
oponerse a la masa profana de la nación. Ha habido una rápida sucesión de medidas de
coerción religiosa. El piadoso conde de Shaftesbury, previamente conocido como Lord
Ashley, se lamentó, en la Cámara de los Lores, que cinco millones de personas -sólo en
Inglaterra- no solamente se han vuelto totalmente refractarios a la Iglesia, sino a la misma
cristiandad. "Compelle intrare", responde la Established Church. Le deja a Lord Ashley y
a disidentes, sectarios e histéricos pietistas, la tarea de sacarle las castañas del fuego.

La primer medida de coerción religiosa fue la Beer Bill, la cual cerró todos los
lugares de entretenimiento público los domingos, salvo de 6 a 10 pm. Esta ley fue metida
de contrabando en la Cámara al final de una sesión escasamente concurrida, después de
que los pietistas hubiesen comprado el apoyo de los grandes propietarios de tabernas de
Londres al garantizarles la continuidad del sistema de licencias -esto es: que el gran capital
seguiría conservando su monopolio. Entonces apareció la Sunday Trading Bill, la cual ha
pasado ahora su tercer tratamiento en la Cámara de los Comunes; cláusulas sueltas se han
discutido recientemente en ambas Cámaras. Esta nueva medida coercitiva aseguró el voto
del gran capital, ya que sólo pequeños comerciantes abren los domingos, y los propietarios
de negocios grandes tienen plena voluntad de acabar con la competencia dominical de los
peces chicos por medios parlamentarios. En ambos casos la Iglesia conspira con el capital
monopólico y con leyes penales religiosas contra las clases bajas, para arreglar las
conciencias de las clases privilegiadas a la hora de su descanso. La Beer Bill estuvo tan
lejos de afectar los clubes aristocráticos como lo estuvo la Sunday Trading Bill de afectar
las ocupaciones domingueras de la sociedad gentil. Los trabajadores cobran sus jornales al
caer el sábado; es por ellos que los negocios están abiertos en domingo. Son los únicos
obligados a hacer sus compras, pequeñas como son, en domingo. El nuevo bill está por lo
tanto exclusivamente dirigido en su contra. En el siglo XVIII la aristocracia francesa decía:
1844 y OME, vol. 5).

Para nosotros, Voltaire, para el pueblo, misas y diezmos. En el siglo XIX la aristocracia
inglesa dice: Para nosotros, frases pías, para el pueblo, práctica cristiana. El clásico santo
de la cristiandad mortificó su cuerpo para salvar las almas de las masas; el educado santo
moderno mortifica los cuerpos de las masas para la salvación de su propia alma.

Esta alianza entre una aristocracia disipada, decadente y hedonista y una iglesia
apuntalada por las ganancias sucias de los grandes destiladores y minoristas monopólicos
fue ayer ocasión de una movilización de masas en el Hyde Park, de una magnitud que
Londres no había visto desde la muerte [en 1830] de Jorge IV, "primer gentleman de
Europa". Fuimos espectadores desde el principio al fin, y pensamos que no exageramos al
decir que la revolución inglesa comenzó ayer en el Hyde Park. Las últimas noticias de [la
guerra de] Crimea actuaron como fermento eficaz de esta movilización "no parlamentaria",
"extraparlamentaria" y "antiparlamentaria".

Cuando a Lord Robert Grosvenor, padrino del Sunday Trading Bill, se le reprochó
el alcance de esta medida dirigida únicamente contra las clases pobres, no contra las ricas,
replicó que "la aristocracia era muy reacia a emplear a sus sirvientes y a sus caballos en
domingo". Los últimos días de la semana pasada, el siguiente afiche, hecho por los
cartistas y pegado en toda pared de Londres, anunciaba en grandes caracteres:

"La nueva Sunday Bill prohíbe los diarios, el afeitarse, fumar, comer y beber y toda clase
de recreación y mantenimiento sea corporal o espiritual, que los pobres aún gozan hasta el
día de hoy. Un mitin al aire libre de artesanos, trabajadores y pueblo bajo en general [lower
orders] de la capital tendrá lugar en el Hyde Park la tarde del domingo, para ver cuán
religiosamente está observando la aristocracia el sabbath y cuán ansiosa está en no emplear
a sus sirvientes y caballos ese día, como Lord Robert Grosvenor dijo en su intervención. El
mitin está convocado para las tres en punto en la orilla derecha del Serpentine" (un
pequeño lago en el Hyde Park) "mirando a los jardines de Kensington. Vengan y traigan a
sus esposas y niños para que ellos puedan beneficiarse con el ejemplo que sus 'superiores'
[betters] le dan".

Téngase en cuenta que el sendero que recorre el Serpentine en el Hyde Park es a la
alta sociedad inglesa lo que [el hipódromo de] Longchamps es para los parisinos: el sitio
donde por las tardes, sobre todo en domingo, ellos hacen marchar sus magnificentes
caballos y carruajes con todos sus enjaezados, seguidos por un enjambre de lacayos. Se
notará, del afiche expuesto arriba, que la lucha contra el clericalismo asume en Inglaterra el
mismo carácter que toda otra lucha seria: de una lucha de clases emprendida por los pobres
contra los ricos, el pueblo contra la aristocracia, el "bajo pueblo" contra sus "superiores".

A las tres en punto unas 50.000 personas se habían reunido en el punto fijado en la
orilla derecha del Serpentine en los inmensos prados del Hyde Park. Gradualmente la
multitud trepó a un total de por lo menos 200.000, debido a engrosamientos de gente de la
otra orilla. Arremolinados grupos de personas podían verse de un lado a otro. La policía,
que se hizo presente por las malas, estaba obviamente embarcada en privar a los
organizadores del mitin de aquello que pedía Arquímedes para mover la tierra: un punto de
apoyo. Finalmente, una multitud más bien grande hizo pie y el cartista Bligh se constituyó
en orador sobre un pequeño promontorio en medio de la multitud. No bien empezó con su
arenga el inspector de policía Banks, al frente de 40 oficiales de justicia [constables]
blandiendo palos, le explicó que el parque era propiedad privada de la Corona y que allí no
iba a haber ningún mitin. Tras algunos pourparlers en los cuales Bligh buscó demostrarle
que los parques eran propiedad pública, donde Banks insistió que tenía estrictas órdenes de
arrestarlo si se mantenía en sus trece, Bligh gritó, en medio del rugido de las masas que lo
rodeaban:

"La policía de su majestad declara que el Hyde Park es propiedad privada de la Corona
y que Su Majestad no tiene voluntad de permitir que sus tierras sean usadas por el
pueblo para sus mitines. Entonces nos vamos al Oxford Market."

Con el irónico grito: "Dios salve a la Reina" la multitud irrumpió en dirección al
Oxford Market. Pero entretanto Finlen, un miembro del ejecutivo cartista, se disparó hacia
un árbol más lejano, seguido por una multitud que en un instante formó un círculo tan
cerrado y compacto en su derredor que la policía abandonó su intento de ir por él.

"Seis días por semana" -dijo- "nos tratan como esclavos, y ahora el Parlamento nos
quiere robar el poquito de libertad que todavía tenemos en el séptimo. Estos oligarcas y
capitalistas, aliados con párrocos santurrones quieren hacer penitencia -donde nosotros
nos mortificamos en lugar de ellos- por el desatinado asesinato de los hijos del pueblo
en Crimea"

Dejamos este grupo para acercarnos a otro, donde un orador tendido en el suelo se
dirigía a la audiencia en posición horizontal. Repentinamente, se escucharon gritos de
todas direcciones: "¡Vamos al camino, a los carruajes!" Ya había empezado el tropel de
insultos sobre los jinetes y ocupantes de carruajes. Los oficiales de justicia, que estaban
recibiendo constantes refuerzos desde la ciudad, alejaban a los peatones del camino para
carruajes. No obstante, así contribuyeron a que el otro lado quedase repleto de gente, desde
Apsley House hacia Rotten-Row a lo largo del Serpentine hasta tan lejos como los jardines
de Kensington; una distancia de más de un cuarto de hora. Los espectadores eran cosa de
dos tercios de trabajadores y un tercio de miembros de la clase media, todos ellos con
mujeres y niños. A la procesión de elegantes damas y caballeros, "comunes y lores" en sus
altos coches de cuatro caballos con lacayos de librea al frente y por detrás se le unieron
algunos reverendos a caballo -que por cierto estaban algo chispeados por el vino. Ya no
pasaban revista, pero involuntariamente jugaron el rol de actores a quienes les tiraron el
guante. Una Babel de mofas, puyas sarcásticas, discordantes interjecciones, para las cuales
no hay lenguaje tan rico como el inglés, pronto los penetró desde ambos costados. Fue un
concierto improvisado, a falta de instrumentos. El coro sólo tenía a disposición sus propios
órganos, y debió restringirse al género vocal. ¡Y qué endiablado concierto que fue eso: una
cacofonía de gruñidos, silbidos, castañeteos, aullidos...![1] Una música que podría conducir
a un loco y mover una roca. Debe agregarse a estos estallidos de genuino humor
old-English peculiarmente mezclado con rabia efervescente y largamente contenida.
"¡Váyanse a la iglesia!" fueron los únicos sonidos articulados que podían distinguirse. Una
dama, apaciguadora, extendía su mano ofreciendo un libro de oraciones de ortodoxa
encuadernación. "¡Dáselo a leer a tus caballos!" fue la respuesta atronadora, hecha eco por
mil voces. Cuando los caballos empezaron a espantarse, encabritarse, corcovear y, por
último, a huir, arriesgando las vidas de sus gentiles cargas, el desdeñoso clamor devino
más fuerte, más amenazante, más despiadado. Nobles lores y damas, Lady Granville entre
ellas -esposa de un ministro y presidente del Privy Council- quedaron forzados a
desmontar y usar sus propias piernas. Cuando caballeros mayores, gastando sombreros de
ala ancha y cosas por el estilo -con que se ataviaban para exhibir su perfeccionismo en
cuestiones de creencia-, se escaparon, los estridentes estallidos de furia se extinguieron,
como obedeciendo una orden, dando lugar a una risa inextinguible. Uno de estos caba-
lleros perdió la paciencia. Como Mefistófeles, hizo un rudo gesto, sacándole la lengua al
enemigo. "¡El parlamentario es un charlatán! ¡Pelea con sus propias armas!" gritó alguien
al otro lado del camino. "¡Es un santo cantando salmos!" contesta el coro en el lado
opuesto. Entretanto, el telégrafo eléctrico metropolitano había informado a todas las
estaciones de policía que un motín estaba por estallar en el Hyde Park y la policía fue
enviada al teatro de operaciones militares. Pronto, a través de la doble fila de gente, desde
Apsley House a Kensington Gardens, un destacamento atrás del otro marchaba en cortos
intervalos. Cada uno fue recibido con una cancioncita popular:

Where are the geese?

Ask the police!

Esto aludía a un notorio robo de gansos recientemente cometido por un oficial de
justicia en Clerkenwell.

El espectáculo duró tres horas. Sólo pulmones ingleses pudieron haber hecho cosa
así. Durante la función, opiniones como: "¡Esto es sólo el principio!" "Éste el primer
paso!" "¡Los odiamos!", y otras por el estilo fueron coreadas por los distintos grupos.
Mientras la rabia se inscribía en las caras de los trabajadores, se pintaban sonrisas de
deleite en las fisonomías de clase media, de un modo que nunca hemos visto antes. Poco
antes del final, la movilización se puso más violenta. Les tiraban latas a los carruajes y a
través de la marejada de ruidos disonantes se escuchaba: "¡sinvergüenzas!". Durante las
tres horas celosos cartistas, hombres y mujeres, se metieron por la multitud distribuyendo
panfletos que rezaban, en letra grande:

"¡Reorganización del cartismo!

"Un gran mitin público se llevará a cabo el próximo martes, 26 de junio, en el Instituto
Científico y Literario en Friar Street, Doctors' Commons, para elegir delegados a la conferencia para la reorganización del cartismo en la capital. La admisión es libre."

La mayoría de los diarios de Londres de hoy sólo traen un breve relato de los
acontecimientos del Hyde Park. No hay todavía artículos relevantes, salvo en el Morning
Post, de Lord Palmerston.

Se queja que "un espectáculo tan desgraciado como extremadamente peligroso se
desarrolló en el Hyde Park; una violación abierta de la ley y la decencia; una interferencia
ilegal por la fuerza física en el libre accionar de la Legislatura." "No se debe permitir que
esta escena se repita, como se amenazó, el próximo domingo" urge.

De todos modos, al mismo tiempo declara que el "fanático" de Lord Grosvenor es
el único "responsable" por este desorden, al ser el hombre que provocó la "justa
indignación del pueblo". ¡Como si el parlamento no hubiera adoptado el bill de Lord
Grosvenor en tres sesiones! ¿O no será acaso que también él utilizó su influencia para
resistir "mediante la fuerza física en el libre accionar de la Legislatura"?

Notas

[1](Nota del traductor) Como malos traductores, conservamos la traducción de esa lengua "más rica", la inglesa: «... a cacophony of grunting, hissing, whistling, squeaking, snarling, growling, croaking, shrieking, groaning, rattling, howling, gnashing sounds!»