Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 85 vom 20. Februar 1855]

Londres, 16 de febrero. La farsa de la reelección de Mr. Sidney Herbert como diputado por la división meridional de Wiltshire tuvo lugar ayer en el salón municipal de Salisbury. Wilts es notoria incluso entre los condados ingleses por una concentración de la propiedad territorial que ha convertido toda su superficie en propiedad de menos de una docena de familias. Salvo algunos distritos del norte de Escocia, en ninguna parte ha sido la tierra tan a fondo «limpiada» de habitantes ni se ha aplicado tan consecuentemente el sistema de la agricultura moderna. Si no estallan casualmente disputas familiares entre sus escasos propietarios, Wilts no conoce luchas electorales.

No se había presentado ningún candidato rival contra Sidney Herbert. El alto sheriff, que presidía la elección, lo declaró, por tanto, inmediatamente después de abrirse la sesión, formal y legalmente reelegido. Sidney Herbert se levantó entonces y dirigió algunos lugares comunes de lo más manidos a sus arrendatarios y vasallos. Entretanto, se había ido reuniendo en el salón municipal un público urbano sin derecho a voto, al que la Constitución inglesa satisface con el privilegio de aburrir a los candidatos en las tribunas electorales. Apenas se hubo sentado Sidney Herbert, cuando una lluvia de interpelaciones zumbó en torno a su consagrada cabeza. «¿Qué pasa con los granos de café verde que se les han servido a nuestros soldados?», «¿Dónde está nuestro ejército?», «¿Qué decía ayer el 'Times' de usted?», «¿Por qué perdonaron ustedes Odesa?», «¿Posee su tío, el príncipe ruso Vorontsov, palacios en Odesa?», etc. Naturalmente, no se hizo el menor caso a esos interpelantes no parlamentarios. Sidney Herbert aprovechó más bien el primer momento de amaine del ruido para proponer un voto de gracias para el sheriff, que había dirigido las «deliberaciones» de modo tan «imparcial». Esto fue aceptado entre los aplausos del público parlamentario y los silbidos y gruñidos del público no parlamentario. Luego siguió una segunda salva de preguntas bruscas: «¿Quién hizo pasar hambre a nuestros soldados? ¡Que vaya él mismo a la guerra! etc.». Resultado el mismo que la primera vez. El sheriff declaró entonces terminada la función, que había durado poco más de media hora, y cayó el telón.

Los primeros pasos del ministerio renovado no son acogidos en absoluto con aprobación. Dado que Lord Panmure, el nuevo ministro de la Guerra, es un inválido, la carga principal de su administración recae sobre el subsecretario de Estado de la Guerra. El nombramiento de Frederick Peel, el hijo menor del difunto Peel, para este importante puesto causa tanto mayor escándalo cuanto que Frederick Peel es una medianía notoria. A pesar de su juventud, es la viva imagen de la rutina. A otras personas las convierten en burócratas. Él ha nacido burócrata. Frederick Peel debe su puesto a la influencia de los peelitas. Fue necesario, por tanto, echar en el otro platillo de la balanza a un whig. Sir Francis Baring ha sido nombrado, por tanto, canciller del Ducado de Lancaster. Fue el canciller del Exchequer de la administración whig de Lord Melbourne y llevaba entonces el bien merecido sobrenombre de «Mr. Déficit». Los nombramientos militares más recientes se mantienen todos fieles al sistema de la gerontocracia. Así, Lord Seaton, de más de 80 años, ha sido nombrado comandante en jefe en Irlanda. Lord Rokeby, viejo, aquejado de gota, sordo, ha sido enviado a Crimea como comandante de la brigada de Guardias. El mando de la segunda división allí —antes bajo Sir de Lacy Evans— ha recaído en el general Simpson, que no es ningún Sansón, sino que más bien se encontraba, como veterano teniente gobernador de Portsmouth, en el adecuado puesto de descanso. El general Somerset, ya brigadier en 1811, ha sido embarcado rumbo a la India Oriental como comandante en jefe. Por último, el almirante Boxer, ese viejo «anarca», como lo llama el 'Times', que en Constantinopla sumió todo el servicio de transportes, etc., en el mayor desorden, ha sido ahora destinado a Balaklava para poner el puerto de allí «en orden».

«Tememos —dice el 'Times'— que hemos de buscar en otra parte energía ministerial. Sería inútil apelar contra un despilfarro tan cruel y frívolo de los mejores recursos de la nación a los mismos que llevan a cabo tales cosas. Si no estuvieran engañados por la larga posesión del poder, que ha pasado siempre de una parte de su propia clase a la otra, se habrían guardado cuando menos de elegir precisamente este momento para poner en exhibición un egoísmo tan caprichoso y miope. El instinto de conservación les enseñaría algo mejor, pero nosotros preguntamos solemnemente al pueblo de Inglaterra si está dispuesto a permitir que sus compatriotas sean así sacrificados en el altar de la apatía cruel o de la incapacidad impotente.» El 'Times' amenaza: «No es el Gobierno, ni siquiera la Cámara de los Comunes, es la Constitución británica la que está siendo juzgada.»

Las últimas noticias de la India Oriental son importantes porque presentan como desolador el estado de los negocios en Calcuta y Bombay. En los distritos manufactureros la crisis avanza lenta pero seguramente. Los propietarios de hilaturas finas de Manchester acordaron en una reunión celebrada anteayer que, a partir del 26 de febrero, sus fábricas solo trabajarán 4 días a la semana y, en el ínterin, invitar a los fabricantes de los alrededores a hacer lo propio. En las fábricas de Blackburn, Preston y Bolton ya se ha anunciado a los obreros que en adelante se trabajará solo «jornada reducida». Las quiebras serán tanto más numerosas y cuantiosas cuanto que el año pasado muchos fabricantes, para forzar los mercados, se encargaron personalmente del negocio de exportación sin pasar por las casas de comisión. El 'Manchester Guardian' del pasado miércoles reconoce que existe sobreproducción, no solo de productos fabriles, sino también de fábricas.