Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nº 361, 6 de agosto de 1855]

Londres, 3 de agosto. La “Morning Post” de anteayer notifica al público inglés, en una fraseología visiblemente embarazosa, que el general Simpson depondrá pronto su mando bajo el pretexto de salud debilitada y no tendrá sucesor. En otras palabras: el ejército inglés será colocado bajo el mando supremo francés. De este modo, el ministerio descargaría la responsabilidad de la dirección de la guerra de sí mismo sobre “nuestro glorioso y gran aliado”. El Parlamento pierde el último atisbo de control. Al mismo tiempo se habría descubierto el medio infalible para transformar la alianza entre Inglaterra y Francia en la más enconada discordia entre las dos naciones. Vemos la misma mano maestra en acción, bajo cuya presión demasiado tosca se rompió la *Entente cordiale* en 1839.

El Parlamento termina su sesión de manera digna: con escándalos. *Primer escándalo*: la retirada del proyecto de ley sobre responsabilidad limitada en las compañías comerciales *privadas* (no por acciones) a instancias de los *grandes* capitalistas, ante cuyo ceño fruncido tiembla incluso el olímpico Palmerston. *Segundo escándalo*: aplazamiento *sine die* del proyecto de ley para la regulación de las relaciones de arrendamiento irlandesas, que lleva cuatro años errando por ambas cámaras del Parlamento; un cobarde compromiso en el que la Cámara de los Comunes consiente en retirar su propio trabajo, el gabinete en romper su palabra y el partido irlandés en mantener la cuestión abierta para su explotación en las tribunas electorales. *Escándalo final*: la moción del comandante Reed, que debía obligar al gabinete a convocar a la Cámara en caso de que se concluyera la paz durante sus vacaciones. Reed es un bufón, notoriamente al servicio de Palmerston. Su propósito era obtener subrepticiamente un voto de confianza de la Cámara por medio de su “moción de desconfianza”. Pero la Cámara se rió de su moción, se rió de Palmerston y se rió de sí misma. Ha llegado al punto en que la “risa” es el último refugio de la abyección, el desecharse a sí misma.