New-York Daily Tribune.
Nr. 4511, 4 de octubre de 1855

Contra lo que esperábamos, el vapor *Pacific* no trae confirmación alguna del rumor que el anterior vapor había transmitido desde París, según el cual los comandantes aliados, apenas ocupadas las abandonadas obras rusas en Sebastopol, habían comenzado a enviar un ejército a Eupatoria para tomar a los rusos por el flanco y obligarlos a librar una batalla en campo abierto o a abandonar de inmediato Crimea. Si tal movimiento ha tenido lugar, se lo ha ocultado cuidadosamente no solo al público europeo, sino al comandante en jefe ruso, cuyos despachos llegan hasta el 17 del mes último y quien declara que en Sebastopol no se había producido cambio alguno. Hasta donde alcanzan todos nuestros informes del campo aliado, pareciera que los generales quedaron tan abrumados por su repentino e inesperado éxito que no tuvieron la menor idea de darle seguimiento; mientras que la importante tarea de clasificar los cañones y contar los proyectiles hallados en Sebastopol parece no dejarles tiempo para operaciones ulteriores; de hecho, Pélissier no parece tener nada mejor que hacer que imitar a Mario sobre las ruinas de Cartago.

Es posible, sin embargo, aunque no probable, que bajo este silencio del telégrafo, y a pesar de la ignorancia de Gorchakoff, se haya puesto en marcha uno de los dos movimientos que son los únicos que parecen prometer una rápida terminación de la campaña. En ese caso, el próximo vapor debe traer la noticia de un súbito ataque contra la línea de comunicaciones de la que dependen los suministros del ejército ruso en el Fuerte Norte y en las alturas de Mackenzie. Pero, como decimos, tal demostración no es probable. Si realmente se la hubiera emprendido, difícilmente habríamos dejado de estar informados de ello. Bien puede calificarse de imposible mover 50.000 o 70.000 soldados sin conocimiento de un general enemigo acampado en una altura dominante, a la vista de uno de los puertos de embarco y con sus avanzadillas a la vista del otro. Es, por tanto, una conclusión razonable que una completa inacción reinó en las líneas aliadas del 9 al 17 del mes último; y esto es un grave error militar por parte de los generales.

He aquí un ejército de unos 240.000 hombres, ampliamente provisto de caballería y artillería de campaña, enardecido por la victoria, habiendo obtenido un éxito que no tenían derecho alguno a esperar de manera tan súbita, enfrentado a un ejército seis veces derrotado, inferior en número, en carácter moral y en movilidad táctica… y, sin embargo, ¡este ejército superior y victorioso se limita al pequeño trozo de terreno al que se aferró cuando era la parte más débil! En verdad que el difunto corresponsal de *The London Herald* en Crimea nos da una formidable descripción de la posición rusa en las alturas de Mackenzie y sostiene que no hay manera de envolverla debido a la falta de caminos; pero, incluso si ese fuera el caso, allí está Eupatoria, una cabeza de puente por la que los aliados pueden desembocar con 60.000 o incluso 100.000 hombres sobre la retaguardia rusa. Además, todo lo que se alega sobre lo intransitable del terreno en los alrededores de Yalta es de oídas, ya que ningún oficial aliado ha reconocido jamás ese terreno, y los mapas existentes muestran multitud de senderos y caminos de ovejas. Además, las colinas calcáreas de Crimea no se parecen en nada a los Alpes o los Pirineos en cuanto a intransitabilidad. El largo, perezoso y soporífero asedio parece haber producido, en particular en el campo inglés, una suerte de somnolencia e inmovilidad que haría a generales y subalternos casi aborrecer una campaña en campo abierto. Cada vez que se habla de un avance, se suscitan centenares de dificultades, y el movimiento más sencillo se hace aparecer casi como imposible. El sistema de carromato, tan inherente al ejército británico, parece haber tomado completamente las riendas e incluso haber contagiado a los franceses. El coraje gastado en el ataque a Sebastopol parece haber drenado tanto los recursos morales de los aliados que el sentido instintivo que a cualquiera sugiere un inmediato seguimiento de la victoria parece haber estado completamente ausente en sus consejos de guerra. ¿Será el caso que se han apegado por tanto tiempo y con tanta terquedad a un solo objeto que, una vez alcanzado ese objeto, han perdido todo poder de iniciativa y no aprecian su propia posición?

Entre tanto, el Zar declara en una carta al Rey de Prusia —cuyo resumen publicamos en otra sección— que Rusia no concertará la paz tras la derrota; y todo el resto de sus tropas disponibles recibe orden de marchar al Sur. Es muy probable que el primer cuerpo de ejército siga ocupando Polonia; pero la Guardia se halla ya para estas fechas en marcha, e incluso se dice que el Emperador Alejandro y sus dos hermanos irán ahora al teatro de la guerra. Pero, por otra parte, los franceses se afanan en embarcar tropas en Marsella y Tolón; un regimiento tras otro es despachado tan pronto llegan los vapores, y la prisa es tal que reciben orden de dirigirse directamente a Kamiesh sin tocar Constantinopla. Hay, además, una gran reserva de caballería francesa que se formará en aquella capital, mientras que las reservas de caballería inglesas han de concentrarse en Escútari. La atención prestada a esta arma parece indicar que se contempla una campaña en Besarabia para el próximo año.

En cuanto a la propia Crimea, las noticias llegadas por este vapor presentan su pérdida total para los rusos como menos cierta de lo que parecía antes. Han sufrido un golpe terrible no solo en lo que respecta al honor y a otros puntos de los que Falstaff se burlaba, sino también en lo tocante a la fortaleza militar y al valor de cambio. El peligro de ulteriores calamidades para ellos es asimismo de lo más inminente, y sin embargo es posible que logren escapar de él. En un par de semanas las cosas allí pueden cambiar grandemente. La depresión moral de los rusos puede cesar cuando vean que sus oponentes carecen de la prontitud de resolución que es la única que asegura los frutos de la victoria. Las vituallas, que quizás hayan faltado por un tiempo, pueden al fin y al cabo llegar, y con ellas no dejarán de hacer su aparición los Granaderos y el resto del segundo cuerpo. En la guerra los asuntos cambian a menudo y con rapidez, y quien pierde el momento propicio puede perder una campaña o, al menos, los resultados de una victoria. Como la posición rusa es inatacable de frente, y los aliados se hallan siempre bajo la necesidad de mantener sus comunicaciones con la meseta de Sebastopol, su base de operaciones, los rusos gozan de la ventaja de la posición central. Para envolverlos, los aliados tienen que dividirse y, no obstante, mantener un ejército de reserva suficientemente fuerte para la defensa de la larga línea que va de Inkermann a Balaclava; de modo que, estando esta línea enfrentada al inatacable frente ruso, unos 80.000 o más soldados aliados permanecerán casi inútiles hasta que los rusos abandonen las alturas de Mackenzie.

Repetimos: la posición es inexpugnable de frente. Pero puede ser envuelta por ambos flancos, ya sea por Eupatoria o por la costa sur, por no hablar de la ruta sinuosa de Kerch. Y si tal envolvimiento se intenta de inmediato, con aquella fuerza que los aliados pueden ahora asignarle, repetimos, habrá de tener éxito. Pero si no se intenta, o demasiado tarde, o con fuerzas insuficientes, nadie puede responder del resultado. Mas, ocurra lo que ocurra, la cuestión del avituallamiento del ejército ruso tiene que desempeñar el papel más importante. No tenemos pruebas directas acerca del estado en que a este respecto se halla, y la falta de todo detalle completo respecto a la toma del lado sur de Sebastopol y de las circunstancias con ella vinculadas hace imposible juzgar por el momento. En tanto, pues, no recibamos noticias precisas sobre ese particular, todas las especulaciones sobre los inminentes acontecimientos militares en Crimea tienen un valor solo relativo.