New-York Daily Tribune.
Nr. 4524, 19 de octubre de 1855

Quienes esperaban que el *Atlantic*, llegado ayer, trajera noticias decisivas de Crimea se han visto defraudados. Es cierto que sabemos que la flota ha zarpado de frente a Sebastopol en una expedición secreta, a la que la conjetura asigna como destino Odesa o Nicolaieff, y que un cuerpo de la caballería francesa ha tenido un encuentro exitoso con parte de la caballería rusa en un lugar a quince millas al norte de Eupatoria, en el cual tomaron seis cañones y ciento sesenta prisioneros, con una pérdida de seis muertos y veintisiete heridos del lado francés. Sobre este suceso carecemos de detalles y de cualquier información que muestre que haya sido algo más que un choque accidental entre un puesto avanzado del ejército aliado en torno a Eupatoria —que se dice asciende a unos cuarenta mil hombres— y una fuerza rusa similar. Con todo, es muy probable que este asunto sea la apertura de un movimiento poderoso en esa dirección, especialmente porque las partidas de reconocimiento enviadas sobre el flanco izquierdo ruso hacia Ai-Todor y las salidas superiores del valle de Baidar informan que no hay posibilidad de envolver a los rusos por esa obra, pues todos los pasos están atrincherados y fuertemente custodiados.

Por otra parte, los rusos se afanaban en evacuar ciertos almacenes del lado norte de Sebastopol; pero, como éstos estaban expuestos al fuego de las baterías francesas, esta operación no puede tomarse como síntoma seguro de retirada. Muchos indicios, sin embargo, tienden a mostrar que el grueso de las tropas rusas ha ocupado una posición más central cerca de Simferópol y Bajchisarái, desde la cual puede moverse con igual rapidez hacia la posición de Mackenzie, el Belbek superior o el Almá, según las circunstancias. Este paso se ha hecho necesario por la caída del lado sur de la fortaleza y la consiguiente liberación de todo el cuerpo de asedio aliado. Mientras el lado sur resistió, ése fue el punto en el que ambas partes tuvieron que concentrar sus energías; ahora ya no existe un centro semejante para la lucha, y la larga línea desde Mackenzie hasta la costa sur, cerca de Yalta, se convierte en el frente de defensa de los rusos. Una línea larga, sobre todo en un terreno tan accidentado como este rincón de Crimea, solo puede defenderse situando el cuerpo principal tan a retaguardia que esté en condiciones de alcanzar con igual facilidad todo punto susceptible de ser atacado; en este caso, sin embargo, la proximidad a la retaguardia rusa de una base hostil como Eupatoria los obliga a retirar su cuerpo principal aún más hacia atrás. Pues, con sus flotas de vapor, los aliados podrían en una sola noche reforzar de tal modo el ejército de Eupatoria que lo habilitasen para emprender una ofensiva muy enérgica contra las comunicaciones rusas, a menos que el grueso de los rusos, agrupado en algún

punto alrededor de Simferópol, pudiera enviar refuerzos al pequeño cuerpo de
observación que ahora se encuentra frente a esa localidad. La cuestión ahora es si
el deseo de situar la fuerza principal de manera que pueda socorrer todos los
puntos con igual facilidad no ha hecho necesario su traslado a una distancia tal
de Mackenzie, Ai-Todor y el Belbek superior, que un ataque vigoroso contra uno
de esos puntos, combinado con demostraciones bien dirigidas contra los otros,
pudiera desbordar los destacamentos allí situados antes de que el cuerpo principal
pudiera llegar. Para decidir esto, sin embargo, habría que conocer la dislocación
exacta del ejército ruso.
De que los rusos se hallen en un movimiento efectivo de retirada hacia
Perekop no tenemos prueba directa alguna, pero la suspensión del envío de
suministros desde Odesa y la detención de la marcha hacia adelante de los
refuerzos de aquella vecindad son fuertes indicios de la intención de no
comprometer por ahora más recursos de Rusia en Crimea. Muy probablemente,
todos los movimientos decisivos estén detenidos hasta que el Emperador haya
llegado y se haya celebrado un gran consejo de guerra para decidir la dirección
de la guerra durante el invierno. Entre tanto, las reservas disponibles e incluso el
primer cuerpo de ejército, el único, salvo los guardias, que seguía intacto, están
marchando hacia el sur y son reemplazados en sus posiciones anteriores por la
milicia.
El _Atlantic_ nos trae algunos documentos rusos sobre los últimos acontecimientos decisivos en Sebastopol, incluido el diario de asedio de Gorchakoff
hasta el 7 de septiembre, víspera del asalto. Una parte del mismo se traslada a
nuestras columnas, mostrando cuán acaloradamente se disputó cada pulgada de
terreno durante el último mes del asedio. Durante este tiempo, los rusos admiten
haber perdido entre quinientos y mil hombres diariamente, o sea, unos veintidós
mil en total. Añádanse a éstos los ocho mil perdidos en el Chórnaya y diez mil
probablemente perdidos durante el asalto, y llegamos a cuarenta mil hombres
inutilizados o muertos, ¡lo que equivale aproximadamente a la fuerza efectiva de
un cuerpo de ejército ruso! Semejante pérdida en un solo mes, y solo en combate
(al margen de los hombres perdidos por enfermedad), justifica ciertamente a
Gorchakoff para decir que ya antes del asalto había resuelto abandonar el lado
sur. Sebastopol se estaba volviendo con toda certeza demasiado costosa para
Rusia. Una historia detallada de este último y más severo período del asedio
resultará sumamente interesante cuando alguna vez se publique. El fuego de mil
doscientos a mil quinientos cañones, la guerra de trincheras de fusilería en todo
el largo frente, la guerra subterránea de minas llevada a cabo con una energía que
recuerda los tiempos anteriores a Vauban, el empuje de las trincheras hasta el
borde mismo del foso en cuatro o cinco lugares distintos: todo esto es tan colosal
en comparación con los asedios corrientes que figuran en la historia militar que,
aun con los muchos errores cometidos por ambas partes, este asedio constituirá

uno de los acontecimientos militares más memorables de todos los tiempos. Su
mayor importancia, sin embargo, estriba en esto: en que ha demostrado para
siempre la inmensa fuerza de las grandes fortalezas, que constituyen en sí
mismas un pivote para un ejército. Si Sebastopol pudo hacer esto, ¡qué no podría
hacer París!

Las fortalezas, cuando no tienen una importancia meramente local, no podrán
en el futuro sino formar los núcleos de grandes campamentos atrincherados,
protegidos en la mayoría de los casos por fuertes destacados de construcción
permanente. Las fortalezas, y en especial los grupos de fortalezas, tendrán valor
sólo mientras puedan servir de pivotes para un ejército en campaña, que a su vez
las proteja del bloqueo permanente. Los escritores teóricos habían reconocido
esto hace ya mucho, pero la práctica jamás había mostrado un ejemplo de una
defensa que lo demostrara a gran escala. Sebastopol lo ha hecho, y de ahí su gran
importancia para la historia militar.