Karl Marx

Una política singular

Escrito el 19 de junio de 1855.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 4437, del 10 de julio de 1855, artículo de fondo]

En su libro sobre el «Congrès de Vienne», el abate de Pradt acusa con razón a ese congreso danzante, como lo llamara el príncipe de Ligne, de haber sentado las bases de la supremacía rusa en Europa y de haberle dado, además, su sanción.

«Pues así —exclama— ha sucedido que la guerra por la independencia de Europa contra Francia terminó con el sometimiento de Europa por Rusia. No valía la pena esforzarse tanto por semejante resultado.»

Como la guerra contra Francia fue al mismo tiempo una guerra contra la Revolución, una guerra antijacobina, condujo naturalmente a un desplazamiento de la influencia política de Occidente a Oriente, de Francia a Rusia. El Congreso de Viena fue el vástago natural de la guerra antijacobina, el Tratado de Viena el producto legítimo del Congreso de Viena y la supremacía rusa el hijo natural del Tratado de Viena. Por eso no se puede permitir a la multitud de escritores ingleses, franceses y alemanes que echen toda la culpa a los prusianos, porque Federico Guillermo III, con su ciega devoción al emperador Alejandro y con las instrucciones categóricas dadas a sus embajadores de marchar de acuerdo con Rusia en todas las cuestiones importantes, desbarató los planes astutamente trazados por el infame triunvirato —Castlereagh, Metternich y Talleyrand— de levantar barreras territoriales aseguradas contra las intromisiones rusas en los derechos ajenos, y de conjurar así las consecuencias desagradables pero inevitables del sistema que tan afanosamente impusieron al continente. Ni a semejante cónclave sin escrúpulos le fue dado falsear la lógica de los acontecimientos.

Dado que la preponderancia de Rusia en Europa es inseparable del Tratado de Viena, una guerra contra esta potencia, si no se proclama desde un principio la abolición del Tratado, no puede ser otra cosa que un mero entrelazamiento de fraude, bribonada y connivencia secreta. La guerra actual, sin embargo, no se emprende con el objetivo de abolir el Tratado de Viena; más bien se libra para consolidarlo mediante la inclusión adicional de Turquía en el Protocolo de 1815. De ello se espera que alboree el reino milenario conservador y que el esfuerzo unido de los gobiernos permita dedicarse exclusivamente a la «pacificación» de la opinión europea. De los siguientes pasajes notables, traducidos del folleto del mariscal prusiano Knesebeck, «relativo a la situación del equilibrio de Europa en el momento de reunirse el Congreso de Viena», se verá que incluso en la época de ese congreso los protagonistas principales eran plenamente conscientes de que la conservación de Turquía es un componente tan integrante de su «sistema» como la partición de Polonia.

«¡Los turcos en Europa! ¿Qué os han hecho, pues, los turcos? Son un pueblo robusto y honrado. Durante siglos han permanecido tranquilos en su sitio, con tal que los dejéis en paz. Inspiran confianza; ¿acaso os han engañado alguna vez, no son acaso rectos y francos en su política? Son valientes y belicosos, ciertamente; sí, pero por más de una razón esto es saludable y bueno. Son el mejor baluarte contra el empuje de la superpoblación asiática; y precisamente por tener un pie en Europa, contienen ese empuje. Si se les expulsara, serían ellos mismos los que empujarían. Imaginad que desaparecieran. ¿Qué sucedería? O Rusia o Austria se apoderarían de esos países, o se fundaría allí un Estado griego particular. ¿Queréis, pues, hacer a Rusia aún más poderosa y echaros sobre el cuello al coloso también por este lado? ¿No estáis aún satisfechos de que haya adelantado su pie del Volga al Niemen, del Niemen al Vístula, y de que probablemente lo ponga ahora hasta el Warta? Y si no es eso, ¿queréis imprimir a la fuerza de Austria la dirección hacia Asia, tornándola así débil o indiferente para la conservación del centro, para el empuje desde Occidente? Recordad tan solo la situación de antaño, los tiempos de Juan Sobieski, Eugenio de Saboya y Montecuccoli. ¿Por qué ganó Francia la primera ventaja sobre Alemania sino porque la fuerza de Austria tenía que hacer frente constantemente al empuje de Asia? ¿Queréis restablecer este estado de cosas y agravarlo todavía acercando a Asia aún más? ¡Fundar, pues, un Estado griego o bizantino propio! ¿Mejoraría con ello la situación de Europa? ¿Acaso no tendría que estar Europa, a causa de la flojedad en que ha caído ese pueblo (los griegos), por el contrario, siempre en armas para protegerlo contra los turcos que regresasen? ¿Acaso no haría la influencia de Rusia sobre ese Estado, por la religión, el comercio y el interés, de Grecia una mera colonia rusa? Dejad, pues, a los turcos donde están, y no despertéis la fuerza inquieta cuando reposa.

Pero —exclama un filántropo bienintencionado— ¡allí se maltrata a la humanidad! ¡La parte más bella de la tierra, la antigua Atenas y Esparta, está habitada por bárbaros!

Es verdad, amigo mío; la humanidad es estrangulada ahora, o lo fue hasta hace poco, allí; pero también en otras partes se la sigue azotando con el knut, apaleando, flagelando y vendiendo. Antes de que cambies algo, reflexiona si lo mejorarías, si el knut, la baqueta y la falsedad griega serían más suaves en sus golpes que el cordón de seda y un firman. Elimina, pues, primero esas cosas y la trata de esclavos de Europa, y tranquilízate respecto a la rudeza del turco. Su rudeza tiene fuerza, su fe da coraje, y necesitamos fuerza y coraje para ver con tranquilidad al moscovita avanzar hasta el Warta.

Así, pues, ¿los turcos deben ser conservados, pero los polacos perecer como nación? Sí, nada distinto. Lo que tiene fuerza para mantenerse en pie, permanece; donde todo está carcomido, perece. Y así es. Preguntémonos tan solo: ¿qué subsistiría si la nación polaca se mantuviera independiente en su carácter natural? La embriaguez, la glotonería, la bajeza servil, el desprecio de todo lo mejor y de todos los demás pueblos, la petulancia que se mofa de todo orden y costumbre, el derroche, la liviandad, la venalidad, la astucia, la falsedad, una vida desenfrenada desde el palacio hasta la choza: he ahí el elemento en que existe el polaco. Para eso canta su canción, toca el violín y la guitarra, besa a su muchacha y bebe de su zapato, desenvaina su sable, se acaricia el mostacho, monta su caballo, va a la guerra con Dumouriez y Bonaparte o con cualquier otro sobre la tierra, se excede con el aguardiente y el ponche, se bate valerosamente con amigos y enemigos, maltrata a su mujer y a su campesino, vende sus haciendas, se va al extranjero, pone en revuelta a medio mundo y jura por Kosciuszko y Poniatowski: esto no debe perecer, tan cierto como que es polaco. He ahí lo que queréis conservar cuando habláis de que Polonia debe ser restablecida.

¿Merece existir semejante nación? ¿Está maduro semejante pueblo para una constitución? Una constitución presupone un sentido del orden, pues no hace sino ordenar, asignar a cada miembro de la sociedad el lugar que le corresponde. Por eso determina los estamentos de que debe componerse el Estado, y el lugar, rango, orden, derechos y deberes de cada estamento, así como la marcha de la máquina estatal y los rasgos principales de su administración. Intente alguien poner orden donde nadie quiere orden. Ya un rey polaco (Stefan Báthory) exclamó: “¡Polacos! —no al orden—, no lo conocéis; —no al gobierno—, no respetáis ninguno; a un mero azar debéis vuestra conservación”. Y aún sigue siendo así. El desorden, la vida desenfrenada, son el elemento del polaco. No, ¡dejad que esa gente pase bajo el knut, la Providencia así lo quiere, y el cielo sabe lo que conviene al hombre!

¡Por ahora, pues, no más Polonia!»

Así, pues, las opiniones del viejo mariscal Knesebeck deben ser realizadas por la guerra actual, por una guerra que se libra en pro de la ampliación y consolidación del Tratado de Viena de 1815. Durante todo el período de la Restauración y de la Monarquía de Julio en Francia, estaba difundida la ilusión de que el napoleonismo significaba la abolición del Tratado de Viena, el cual había colocado a Europa bajo la tutela oficial de Rusia y a Francia bajo la «surveillance publique» de Europa. Ahora, el actual imitador de su tío, acosado por la ironía implacable de su situación fatal, demuestra al mundo que el napoleonismo significa guerra, no para liberar a Francia del Tratado de Viena, sino para someter también a Turquía al Tratado. ¡Guerra en interés del Tratado de Viena y bajo el pretexto de mantener a raya el poder de Rusia! Ésta es la verdadera «idée napoléonienne» en la interpretación de los resurreccionistas de París. Dado que los ingleses son orgullosos aliados del segundo Napoleón, se sienten naturalmente autorizados a tratar los dichos del viejo Napoleón como su sobrino trata sus ideas. Por tanto, no deberíamos asombrarnos al leer en un reciente autor inglés (Dunlop) que Napoleón predijo que la próxima lucha con Rusia implicaría la gran cuestión de si Europa debía ser «constitucional o cosaca». Antes de los días del Bajo Imperio, se dice que Napoleón dijo: «republicana o cosaca». Pero el mundo vive y aprende. Y porque la «Tribune» sabe apreciar la gloria del Tratado de Viena y del «sistema» europeo que en él se basa, ¡se la acusa de infidelidad a la causa del derecho del hombre y de la libertad!