Karl Marx

Un mitin

[«Neue Oder-Zeitung» N.º 141, del 24 de marzo de 1855]

Londres, 20 de marzo. El «Morning Advertiser» había trabajado durante meses en poner en pie una sociedad de agitación bajo el nombre de «Asociación Nacional y Constitucional», con el objeto de derribar el régimen oligárquico. Después de muchos trabajos preparatorios, llamamientos, suscripciones, etc., se convocó por fin, para el viernes pasado, un mitin público en la London Tavern. Debía ser el día del nacimiento de la nueva asociación, tantas veces anunciada. Mucho antes de abrirse el mitin, la gran sala estaba repleta de obreros, y los líderes autodesignados del nuevo movimiento, cuando por fin aparecieron, solo con dificultad hallaron sitio en la plataforma. El señor James Taylor, nombrado presidente, leyó cartas de Layard, sir De Lacy Evans, Wakley, sir James Duke, sir John Shelley y otros, que aseguraban su simpatía por los fines de la asociación, pero al mismo tiempo declinaban, con diversos pretextos, la invitación a comparecer personalmente. A continuación se leyó un «Discurso al pueblo». Se arrojan en él algunos destellos sobre la conducción de la guerra en Oriente y la crisis ministerial. Sigue la declaración

«de que hombres prácticos de todas las clases, pero especialmente de la
clase media
, poseen los atributos necesarios para asumir el gobierno».

Esta torpe alusión a las pretensiones particulares de la clase media fue acogida con un fuerte siseo.

«El propósito principal de esta asociación —se dice más adelante— será destruir el monopolio aristocrático del poder gubernamental y de los cargos, tan funesto para los mejores intereses del país. Entre los propósitos secundarios figura la
abolición de la diplomacia secreta
. Será la misión especial de la sociedad dirigirse a

los electores del Reino Unido y advertirles que miren con esmero en qué manos confían los recursos y las libertades del país, y en particular que no entreguen por más tiempo sus votos a la apariencia de la aristocracia y de la riqueza ni a sus criaturas.»

Seguidamente, el señor
Beales
se levantó y apoyó en un extenso discurso la primera propuesta:

«El peligroso estado de los asuntos públicos y la evidente desesperanza de toda mejora bajo el actual sistema oligárquico, que usurpa las funciones del gobierno, monopoliza cargos y privilegios y atrae vergüenza y desgracia sobre el país, hacen necesaria una unión del pueblo para romper la perpetuación del viejo sistema… Por consiguiente, debe formarse una sociedad bajo el nombre de la
Asociación Nacional y Constitucional
.»

El señor
Nicholay
, una de las lumbreras de Marylebone, secundó la propuesta. Así mismo
Apsley Pellatt
, miembro del Parlamento:

«El pueblo emprenderá su obra de reforma del gobierno con la firmeza, moderación, perseverancia y resolución de los
Ironsides
(hombres de hierro; aquí:
dragones de hierro
) de
Cromwell
. Los cuerpos electorales de Inglaterra tienen en sus propias manos el corregir cualquier abuso, si se decidieran a enviar hombres honrados
gratis
al Parlamento, pero nunca podrían esperar verse honestamente representados cuando un hombre como lord Ebrington entra en el Parlamento por Marylebone con un coste de 5.000 libras esterlinas, mientras que su desdichado rival se habría ahorrado 3.000 libras esterlinas.»

El señor
Murrough
, miembro del Parlamento, se adelantó entonces, pero tras considerable oposición se vio obligado a ceder el puesto a George Harrison (obrero y cartista de Nottingham).

«Este movimiento —dijo Harrison— es un intento de la clase media de apoderarse del gobierno en sus propias manos, repartirse entre sí cargos y pensiones y dar vida a una oligarquía peor que la ahora existente.»

Leyó luego una
enmienda
en la que denunciaba por igual a la aristocracia de la tierra y a la del dinero como enemigas del pueblo, y declaraba que el único medio de regenerar la nación era la introducción de la
Carta del Pueblo
con sus 5 puntos: sufragio universal, votación por bolas, distritos electorales iguales, parlamentos anuales y abolición del requisito de propiedad.
Ernest Jones
(el jefe cartista, perteneciente a una familia sumamente aristocrática) apoyó la enmienda y observó, entre otras cosas:

«El pueblo destruiría su propia posición si apoyase este movimiento de la clase media para apoderarse del poder y de los cargos. En la plataforma se encuentran, sin duda, muchos primeros ministros hambrientos» (cheers [aplausos]), «muchos cazadores de cargos in partibus [sin cargo]» (cheers). «El pueblo, sin embargo, no debe aliarse con los Bright, los Cobden y los intereses del dinero. No es la aristocracia terrateniente, sino el interés del dinero el que se ha opuesto a una ley fabril humana, ha rechazado el proyecto de ley contra los stoppage of wages (descuentos sobre el salario nominal), ha impedido la aprobación de una buena ley de asociación, y es el interés del dinero y de la fábrica el que ante todo se esfuerza por mantener oprimido y envilecido al pueblo. Por su parte, está en todo momento dispuesto a sumarse a un movimiento cuyo fin sea quebrantar la influencia del duque de Devonshire, etc., pero no quiere hacerlo para poner en su lugar la del duque de Polvo de fábrica y los lores del huso.» (Aplausos y risas.) «Se ha dicho que el movimiento obrero, el movimiento cartista, está muerto. Él declara aquí, ante los señores reformadores de la clase media, que la clase obrera está bastante viva para matar cualquier movimiento. No permitirán que la clase media se mueva si no se decide a incluir en su programa la Carta del Pueblo y sus 5 puntos. Que no se engañe a sí misma. Una repetición de los viejos engaños está fuera de cuestión.»

Tras alguna discusión más, en medio de un considerable tumulto, el presidente intentó desembarazarse de la enmienda declarando que no era una enmienda; sin embargo, se vio movido a cambiar de decisión. La enmienda se pone a votación y salió aprobada por una mayoría de al menos 10 a 1, entre fuertes aclamaciones y agitación de sombreros. El presidente, después de declarar que la enmienda había sido aprobada, constató en medio de sonoras risas que él seguía creyendo que la mayoría de las personas presentes era partidaria de fundar la «Unión Constitucional y Nacional». Por lo tanto, proseguirán con su organización y más adelante dirigirán otro llamamiento al público —insinuando, aunque de forma velada, que, para evitar oposición en el futuro, solo se admitiría a personas provistas de tarjetas de miembro—. Los cartistas, del mejor humor, cumplimentaron al presidente con un voto de gracias y el mitin se disolvió.

No se puede negar que la lógica estaba del lado de los cartistas, incluso desde el punto de vista de los principios públicamente proclamados por la asociación. Esta quiere derribar la oligarquía. Apelando del ministerio al Parlamento. Pero ¿qué es el ministerio? La criatura de la mayoría parlamentaria. O quiere derribar el Parlamento apelando a los cuerpos

electorales. Pero ¿quién es el Parlamento? El representante libremente elegido de los cuerpos electorales. No queda, pues, más que la ampliación de los cuerpos electorales. Si se niega a ampliarlos, mediante la adopción de la Carta del Pueblo, hasta las dimensiones del pueblo mismo, se confiesa que se aspira a sustituir la vieja aristocracia por una nueva. Frente a la oligarquía existente, se querría hablar
en nombre del pueblo
; pero al mismo tiempo se evita que el pueblo aparezca en persona cuando se le llama.