New-York Daily Tribune.
Nr. 4366, 17. April 1855

Que la disciplina en el ejército francés se disuelve rápidamente lo confirman a diario nuevas pruebas. Han llegado al Ministerio de la Guerra en París informes, tanto de Oriente como de las guarniciones del interior, de que en este aspecto el ejército se está convirtiendo en una mera banda de pretorianos y jenízaros. El respeto hacia los comandantes, especialmente hacia los generales, ha desaparecido por completo. Aquellos oficiales y viejos soldados, cuyos hábitos militares les hacen lamentar este estado de cosas, suspiran por el retorno de los buenos viejos tiempos, cuando Bugeaud, Changarnier, Lamoricière, Bedeau —hombres cuyas hazañas constituyen aún hoy el tema principal de conversación en el ejército francés—, con una sola palabra, con un mero gesto, podían contener regimientos enteros. Pero ésos son tiempos pasados, y la política militar del Bajo Imperio está recogiendo sus propios frutos. En efecto, ¿qué otra cosa que la desorganización puede esperar el hombre que adulaba a los soldados de todas las maneras posibles, los llama la élite de la nación, la nación verdadera misma, la única nobleza real del país, y luego pone a su frente a una caterva de aventureros y harapientos, que se ganaron sus puestos, no por victorias, sino por actos de traición contrarios a todo honor militar, como Lespinasse, o por una carrera de bajeza indescriptible, por complicidad en los robos a gran escala de su jefe, como St. Arnaud y Magnan?