Karl Marx

[Los cuatro puntos]

[*Neue Oder-Zeitung* Nr. 20, del 13 de enero de 1855]

Londres, 9 de enero. El despacho telegráfico de Viena sobre la aceptación de los cuatro puntos por parte de Rusia provocó, por un lado, una subida de los cónsules en la Bolsa local —por un momento un 2 ½ por ciento por encima de la cotización del sábado— y, por otro, un verdadero pánico en los mercados de sebo, aceite y semillas, donde un pronto acuerdo de paz daría la señal de enormes bancarrotas. Hoy ha desaparecido de nuevo la excitación entre los hombres de la City, que ahora consideran, con bastante unanimidad, las negociaciones sobre los cuatro puntos como una segunda edición de las negociaciones sobre la «Nota de Viena». Según el *Morning Chronicle*, periódico enteramente ministerial, fue precipitado hablar de una aceptación real de las garantías exigidas por parte de Rusia. Ésta se habría limitado a declararse dispuesta a negociar sobre la base de las mismas, tal como fueran interpretadas conjuntamente por las tres potencias. El *Times* cree poder celebrar una victoria de la política occidental y declara con este motivo:

«No podemos rechazar con suficiente energía la suposición de que esta guerra haya de producir una llamada revisión del mapa de Europa mediante conquistas o revoluciones en las que este país, al menos, no tiene absolutamente ningún interés.»

«Los aliados —dice el *Morning Post*— han hecho lo suficiente para poder retirarse con honor del teatro de la guerra si se aceptan sus condiciones.»

Según el *Daily News*, Rusia, al reanudar las negociaciones, pretende consolidar la fe de Prusia en su moderación, sembrar la discordia entre las potencias alemanas y aflojar la relación de las potencias occidentales con Austria. Lo importante en los cuatro puntos sería únicamente el artículo adicional, según el cual el Tratado de los Dardanelos del 13 de julio debería revisarse «en el sentido de una limitación del poder naval ruso en el Mar Negro». En la City se murmura que el ministerio está dispuesto a dejar caer este artículo adicional. El *Morning Advertiser*, por último, declara que el último paso ruso fue acordado con Austria para dar a ésta la oportunidad de desembarazarse de sus obligaciones frente a las potencias occidentales. Según un despacho recién llegado, se ha estipulado que las negociaciones no interrumpan las operaciones bélicas.

[*Neue Oder-Zeitung* Nr. 23, del 15 de enero de 1855]

Londres, 12 de enero. La aceptación incondicional de los «cuatro puntos» —y precisamente de los «cuatro» puntos en el sentido de las «tres» potencias— por parte de Rusia se ha revelado ahora como un *hoax* (una patraña periodística) del *Morning Post* y del *Times*. Tanto más inclinados estábamos a creer en el *hoax* cuanto que sabemos, por los despachos secretos de Pozzo di Borgo, hechos públicos a raíz de la insurrección de Varsovia, que este maestro de la diplomacia establece el principio:

«Rusia debe, en todos los casos de colisión, dejarse imponer sus propias condiciones por las grandes potencias europeas.»

Y en los «cuatro» puntos no podemos ver sino cuatro *pointes* rusas. Si Rusia no los acepta por ahora, también encontramos la explicación en el maestro Pozzo di Borgo. Rusia, explica éste, sólo puede hacer tales concesiones aparentes a Occidente desde un campamento victorioso. Esto es necesario para conservar el «prestigio» en que descansa su poder. Y hasta ahora Rusia sí ha logrado un «campamento», pero todavía ninguna «victoria». Si hubiera caído Silistria, los «cuatro puntos» habrían sido presentados hace tiempo. Según el *Times* y el *Morning Post*, los «cuatro puntos» en el sentido de las «tres potencias» se habían aceptado como base de las negociaciones para avanzar a partir de ellos como mínimo. Ahora resulta que el príncipe Gorchakov los entiende como un máximo problemático, a partir del cual más bien se debe regatear a la baja, o que, en general, sólo tienen la función de proporcionar el pretexto para una segunda «Conferencia de Viena». El *Morning Post* nos confía hoy, en un ampuloso y oracular artículo de fondo (*leader*), que las reuniones provisionales de los diplomáticos en Viena sólo constituyen la antesala de la conferencia real, que no se reunirá hasta el 1 de febrero y que ciertamente no dejará de sorprender al mundo en mayor o menor medida.

Ayer estaba fijado en Lloyd’s House el siguiente comunicado del Almirantazgo:

«En referencia al último párrafo de mi carta del 8 de noviembre (1854), que contenía la comunicación de que los almirantes franceses e ingleses en el Mar Negro habían recibido órdenes de sus respectivos gobiernos de extender el bloqueo de las bocas del Danubio a todos los puertos del Mar Negro y del Mar de Azov que aún se hallan en posesión del enemigo, he sido instruido por los lores del Almirantazgo para hacer saber a usted, a fin de que llegue a conocimiento del público comercial, que los gobiernos de Inglaterra y Francia han decidido, además, que el bloqueo en cuestión entrará en vigor el 1 de febrero (1855) y a partir de esa fecha, y que en la *Gazette* de Londres se dará la debida notificación del bloqueo de los puertos particulares tan pronto como dicho bloqueo sea puesto en vigor. Firmado:
W. A. B. Hamilton.»

Aquí se reconoce, pues, abiertamente, que las flotas aliadas hasta ahora sólo han bloqueado a sus propios aliados en la desembocadura del Danubio, pero ni los puertos rusos del Mar Negro ni los del Mar de Azov. Y sin embargo, el ministerio había declarado repetidamente en el Parlamento —en abril, en agosto y en octubre— que había dado las «órdenes más estrictas» para el bloqueo de los puertos y costas de Rusia. Todavía el 21 de diciembre declaró lord Granville a la Cámara de los Lores, en nombre del ministerio,

«que Odesa estaba bloqueada por cinco buques de guerra que cruzaban constantemente ante el puerto y de los cuales el gobierno recibía continuamente informes».

En una carta dirigida a un diario, un conocido panfletista inglés resume así las consecuencias de las medidas de bloqueo adoptadas por la coalición, o más bien *no* adoptadas:

«1. El gobierno inglés suministra desde Inglaterra al enemigo de Inglaterra los medios financieros para continuar la guerra contra ella. 2. Se bloquea el Danubio para empobrecer a los Principados y cortarnos a nosotros mismos los suministros de grano. 3. Odesa, Taganrog, Kerch, etc., permanecen sin ser molestadas para abastecer de refuerzos, municiones y provisiones a las tropas rusas en Crimea. 4. El bloqueo fingido arruina a nuestros comerciantes mientras enriquece a los comerciantes griegos, rusos y austríacos.»

También el *Times* aprovecha el anuncio del señor Hamilton para lanzar violentos ataques contra la «diplomacia del bloqueo» del ministerio. Característico del tronar de Printing-House-Square (plaza de Londres, sede de la redacción del *Times*) es que sus truenos siempre han sido lanzados *post festum* (a posteriori). Desde el 26 de marzo de 1854 hasta hoy, el *Times* defendió la «diplomacia del bloqueo». Hoy, cuando su estruendo no desbarata ninguna medida ministerial pero le gana popularidad, se convierte de repente en clarividente.

El ministro de Marina, o como aquí se le llama, el Primer Lord del Almirantazgo, Sir James Graham, es suficientemente conocido en el continente por aquella hazaña en el gabinete negro que llevó a los hermanos Bandiera al cadalso. Menos difundido será probablemente el hecho de que Sir James Graham, en 1814, cuando el emperador Nicolás desembarcó en la costa inglesa, no se atrevió a estrechar la mano imperial que se le tendía, sino sólo a besarla. (Véase *Portfolio*, 2.ª serie, año 1844.)

[*Neue Oder-Zeitung* Nr. 29, del 18 de enero de 1855]

Londres, 15 de enero. Para juzgar los cuatro puntos:

«Por la vía diplomática no puede ocurrir nada más hasta el 1 de febrero.» (Hasta el 5 o 6 de febrero, dice el corresponsal vienés del *Times*.) «Entretanto, el zar dispone de un mes entero para mover sus fuerzas a donde quiera. El mes ganado con la aceptación de los cuatro puntos puede ampliarse a dos meses, regateando paso a paso sobre cada punto, a lo que probablemente apuntan las instrucciones del embajador ruso, mientras que no es en modo alguno improbable que se hagan los más denodados esfuerzos para contentar a Austria con condiciones inaceptables para Inglaterra y Francia. Dividir a las tres potencias es un objetivo muy plausible.»

Así el *Morning Post*.

Más importante que los dimes y diretes de la prensa inglesa sobre las intenciones secretas de Rusia es su confesión abierta (con excepción, naturalmente, de los órganos ministeriales) de que la base de las negociaciones, los cuatro puntos, no merece la pena de ser negociada.

«Cuando comenzó la lucha —dice el *Sunday Times*— se trató de hacer creer al mundo que el asunto en cuestión era el desmembramiento del Imperio ruso o, al menos, la conquista de garantías materiales para el mantenimiento de la paz europea. Para alcanzar uno u otro objetivo nada se ha hecho, ni nada se hará si se llega a la paz sobre la base de los llamados cuatro puntos. Si aquí se puede hablar de algún triunfo, es sólo de un triunfo cosechado por Rusia.»

«El ministerio de todas las incapacidades —dice el *Leader*— no puede ir más allá de los cuatro puntos; merece pasar a la posteridad con el título de: El ministerio de los cuatro puntos. ¡Basta ya de esta aburrida comedia de una guerra sin objetivo! La paz sobre la base de los cuatro puntos sólo podría concertarse por miedo a que, en el tumulto de la guerra, los pueblos mismos se vuelvan demasiado importantes; quizá también para impedir a los ingleses reconquistar los derechos que Cromwell había conquistado para ellos. Sólo esto podría ser el motivo para remendar la vieja conspiración con Rusia y devolverle el permiso de renovar sus usurpaciones en Europa bajo la protección de la bandera de la paz.»

El *Examiner*, que entre los semanarios de la clase media ocupa indiscutiblemente el primer rango, trae un extenso artículo sobre la «base» de las negociaciones de paz, del cual resumimos brevemente lo esencial.

«Si tales concesiones —se dice, entre otras cosas—, como las que pueden derivarse incluso de la interpretación más dura y más rigurosa de los cuatro puntos, se consideran equivalentes de los tesoros que Inglaterra ha derrochado en esta lucha y de la sangre que ha sacrificado, entonces el emperador de Rusia fue un gran estadista al comenzar la guerra. Rusia ni siquiera ha de pagar una compensación por las grandes sumas que anualmente nos ha arrancado mediante la inobservancia del Tratado de Viena. La desembocadura del Danubio, que, según la correspondencia oficial recientemente publicada, intentaba cerrar al comercio inglés por todos los medios, ha de permanecer en sus manos. El punto relativo a la libre navegación por el Danubio equivale en la práctica al statu quo, pues Rusia nunca ha negado que las estipulaciones del Tratado de Viena referentes a la navegación fluvial son también determinantes para el Danubio. La abolición de los tratados de Kainardschi y Adrianópolis importa poco, ya que se conviene por todas partes en que esos tratados no facultaban a Rusia para las exigencias que plantea a Turquía. Si, por otra parte, consideramos que Rusia será una de las cinco potencias que ejercerán un protectorado colectivo sobre los principados del Danubio y sobre los súbditos cristianos del sultán, creemos que las ventajas que se esperan de esta modificación son absolutamente ilusorias, porque acarrea indiscutiblemente la desventaja inmensa de dar un carácter legal a las maquinaciones de Rusia para el reparto de Turquía. Naturalmente se nos recordará que los cuatro puntos incluyen, entre otras estipulaciones, una revisión del tratado de 1841, y precisamente una revisión en interés del equilibrio de las potencias. La expresión es bastante indeterminada y misteriosa, y, tras todo lo que ha trascendido desde hace poco, no estamos en modo alguno convencidos de que la innovación pretendida no sea incomparablemente más amenazante para la independencia de nuestro aliado (Turquía) que para la supremacía de nuestro enemigo… Habríamos descartado como absolutamente increíble toda posibilidad de tal “base”, tal como parece debatirse en este momento en Viena, de no ser porque Lord John Russell, respondiendo al discurso de Cobden, declaró solemnemente en el Parlamento que el gobierno no deseaba en modo alguno despojar a Rusia de ninguno de sus territorios.»

Este último punto es, ciertamente, decisivo por completo, ya que, por ejemplo, la libertad de la navegación por el Danubio solo podría asegurarse si Rusia perdiese el «territorio» en las bocas del Danubio del que se apoderó, en parte por el tratado de Adrianópolis con violación del Tratado de Londres de 1827 y, en parte, por un ukase de febrero de 1836 con violación del tratado de Adrianópolis. El punto que el Examiner omite destacar se refiere al Tratado de los Dardanelos de 1841. Este tratado se distingue del concertado en 1840 por Lord Palmerston únicamente por la circunstancia de que Francia se adhirió como parte contratante. El contenido es el mismo. Aún hace pocos meses Lord Palmerston declaraba el tratado de 1840 y, por tanto, también el Tratado de los Dardanelos de 1841, como una victoria de Inglaterra sobre Rusia, y se proclamaba autor del tratado. ¿Cómo, de repente, la anulación de un tratado que fue una victoria de Inglaterra sobre Rusia podría ser una derrota de Rusia ante Inglaterra? O bien, si entonces Inglaterra fue engañada por sus propios ministros y creía actuar contra Rusia mientras actuaba en favor de esta, ¿por qué no ahora? Durante la última sesión extraordinaria del Parlamento, Disraeli exclamó: «Nada de cuatro puntos». Por los extractos que anteceden se ve que encontró eco en la prensa liberal; la extrañeza de que Rusia haya aceptado, con o sin reservas, los cuatro puntos comienza a ceder paso a la extrañeza de que Inglaterra los haya propuesto.