Friedrich Engels

La batalla del Tchernaya

Escrito el 31 de agosto de 1855.

[“New-York Daily Tribune” n.º 4494 del 14 de septiembre de 1855, artículo de fondo]

Contrariamente a lo que esperábamos, en el correo del «Africa», que recibimos el pasado miércoles por la noche, no se hallaba ningún parte del príncipe Gortschakow sobre la batalla librada el día 16 del pasado mes a orillas del Tchernaya. No obstante, los partes franceses e ingleses que publicamos ayer proporcionan suficiente información para una apreciación bastante exacta de este lance. El parte francés sorprende por la ausencia de esa tendencia a la fanfarronería tan propia con demasiada frecuencia de los espadachines franceses y que tan llamativamente se manifestó en los primeros boletines de Pélissier. El viejo general se muestra ahora inusitadamente claro, profesional y objetivo; incluso reconoce el arrojo desplegado en esta ocasión por los rusos, y su parte contrasta muy favorablemente con los divertidos cálculos del general Simpson sobre el número de fuerzas empeñadas, según los cuales unos 15.000 franceses y sardos habrían derrotado a 60.000 rusos sin ningún esfuerzo especial. Los hechos parecen haber ocurrido más o menos así:

En la mañana del 16 de agosto, antes del amanecer, los rusos descendieron de las alturas Mackenzie y tomaron posición en el borde de las colinas que bajan hacia el Tchernaya. Los mandaba en persona el príncipe Gortschakow; bajo su mando, el general Read dirigía el ala derecha (7.ª y 12.ª divisiones), mientras que Liprandi con la 5.ª división parece haber ocupado el centro, y la 17.ª división formaba el ala izquierda rusa. Partes de las 4.ª y 6.ª divisiones también estaban presentes, al parecer en calidad de reservas. La 5.ª división, al igual que las tropas pertenecientes a la 4.ª y 6.ª, son parte del segundo cuerpo (de Panjutin), que acababa de llegar a Crimea; el resto lo formaban viejas tropas de Crimea, que debieron de actuar con efectivos muy reducidos.

El terreno en la orilla opuesta del Tchernaya es en su mayor parte llano, una continuación de la llanura de Balaclava hacia el río; pero cerca de sus orillas esta llanura queda interrumpida por dos grupos de pequeñas colinas que ascienden gradualmente desde el lado de Balaclava, pero que caen hacia el Tchernaya, formando así una buena posición defensiva contra un enemigo que cruce el río. Entre estos dos grupos de colinas se encuentra el valle en que cargó la caballería ligera británica en la batalla de Balaclava. El grupo oriental de colinas, que constituía el ala derecha de la posición, estaba ocupado por La Marmora con sus dos divisiones sardas; el otro, al noroeste, por tres divisiones francesas, que formaban así el centro y el ala izquierda de la posición. Los franceses estaban mandados por el general d'Herbillon, quien había situado la división de Camou en la izquierda, la suya propia en el centro y la división de Faucheux en el ala derecha, donde enlazaba con la división sarda de Trotti. La posición ganaba en fuerza por dos obstáculos situados inmediatamente delante de su frente: primero, el Tchernaya, que aunque a la sazón era vadeable, obligaba no obstante a los rusos a cruzarlo solo por ciertos puntos y con un frente estrecho; segundo, el acueducto, excavado en la roca en la mayor parte de los lugares, que aun después de ser pasado presentaba un escarpado murallón rocoso que escalar. En el borde de las colinas, los franceses y piamonteses habían levantado algunos ligeros parapetos, lo bastante para resguardar su artillería. Los dos grupos de colinas formaban, por así decirlo, distintos bastiones que se flanqueaban mutuamente con su artillería. Al otro lado del Tchernaya, que era cruzado por puentes en Tschorgun, en el extremo ala derecha sarda, y junto a un mesón (llamado en ruso Traktir) frente al centro francés, los piamonteses tenían dos compañías de avanzadas, mientras que el puente del Traktir estaba cubierto por una débil cabeza de puente ocupada por los franceses. Los puestos avanzados franceses se encontraban más atrás.

En la mañana del 16, después de que los rusos hubieran colocado su artillería en posición sobre las alturas al este del Tchernaya, enviaron sus tropas avanzadas valle abajo. Aún no había amanecido y una densa niebla facilitaba una sorpresa como la de Inkerman. Los puestos avanzados aliados fueron rechazados en un instante, y al amanecer la cabeza de puente y toda la orilla oriental del río estaban en sus manos, mientras combatían con dos regimientos franceses en torno al paso del puente. A continuación, las divisiones rusas 7.ª y 12.ª, directamente situadas frente a las divisiones francesas de Camou y de d'Herbillon, descendieron al valle en dos columnas cerradas; allí formaron sus columnas de ataque y avanzaron en dos masas distintas. La 7.ª división cruzó el río y el acueducto en parte vadeando y en parte tendiendo puentes volantes improvisados a toda prisa, y marchó contra Camou, mientras que la 12.ª división, de la que una parte quedó como reserva, avanzó contra d'Herbillon por el puente del Traktir, cuyos defensores fueron arrollados al instante por las abrumadoras masas de los rusos. Avanzaron con mayor rapidez y ardor del que los rusos habían mostrado jamás, trepando por el acueducto y las laderas de las colinas. La 7.ª división rusa se había acercado bastante al borde de la colina cuando las tropas de Camou, desplegadas en línea, les hicieron una descarga y luego las atacaron con tal violencia por el flanco y la retaguardia que los rusos dieron media vuelta inmediatamente y volvieron a cruzar el río bajo un fuego mortífero. Si damos crédito a Pélissier, esta 7.ª división no volvió a aparecer durante la batalla. En el centro, la 12.ª división logró escalar las alturas y hacer retroceder a varios regimientos franceses. Durante un instante la suerte de la batalla pareció dudosa, cuando d'Herbillon destacó una brigada de la división de Faucheux para que atacase el flanco izquierdo de las columnas rusas y, tras un breve combate, los rusos fueron empujados ladera abajo, seguidos por los franceses, que por corto tiempo volvieron a tomar el puente.

Pero Gortschakow había preparado un nuevo ataque. El resto de la 12.ª división y la 5.ª división habían descendido al valle, apoyando a los fugitivos, que volvieron a formar sus filas, y ahora toda la 12.ª y la 5.ª división avanzaban para un segundo ataque. Pasaron el puente muy a su derecha e izquierda y avanzaron con gran ímpetu contra el centro aliado (divisiones de d'Herbillon y de Faucheux). Pero para entonces los franceses habían colocado toda su artillería en posición; hacían fuego de frente contra las columnas rusas, al tiempo que la artillería sarda las tomaba de flanco. Pese a este fuego mortífero, avanzaron constante y rápidamente y volvieron a alcanzar las alturas. Allí encontraron a los franceses concentrados, desplegados en línea algo por detrás de los bordes de la colina. Apenas las cabezas de las columnas llegaron al borde, los franceses les hicieron una descarga y luego las atacaron a la bayoneta, de frente y por los flancos. La lucha fue tan breve como la anterior. Los rusos cedieron y huyeron en desorden al otro lado del río, perseguidos por el fuego de mosquetería y artillería de los aliados. Esta segunda derrota de los rusos decidió de hecho la batalla. Los rusos habían empeñado tres quintas partes de su infantería y no podían esperar recibir refuerzos frescos en el campo de batalla. Los aliados, aunque también habían empeñado tres de sus cinco divisiones, recibieron a toda prisa tropas frescas en su apoyo procedentes del campamento ante Sebastopol. Pélissier había mandado llamar otras dos divisiones de línea y una división de la Guardia, y se pusieron en movimiento. Esto ocurría alrededor de las 8 de la mañana.

No obstante estos reveses, Gortschakow se decidió por un nuevo ataque. La 17.ª división fue enviada adelante para formar el núcleo de aquella parte de las tropas batidas que todavía fuese capaz de ser conducida contra el enemigo. La línea de ataque se desplazó de nuevo hacia la izquierda. Esta vez los rusos cayeron sobre la división de Faucheux. Pero en vano. El fuego cruzado de la artillería francesa y sarda los diezmó antes de que pudieran alcanzar la cima de las colinas; de nuevo las líneas francesas rompieron sus columnas y las arrojaron al otro lado del río, mientras los piamonteses (división de Trotti) las atacaban por el flanco y completaban la victoria. Solo quedaban intactas las tropas de las divisiones 4.ª y 6.ª, que juntas sumaban aproximadamente la fuerza efectiva de una división. Lanzarlas al ataque habría sido totalmente inútil. La derrota era inconfundible; y en consecuencia los rusos, adelantando su artillería, comenzaron la retirada. Su propia posición era tan fuerte que Pélissier consideró imposible un ataque contra ella; por lo tanto, solo fueron hostigados por la artillería y los tiradores. Las pérdidas de los rusos en esta ocasión fueron enormes en comparación con las de los aliados. Los primeros perdieron unos 5.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros; los segundos solo unos 1.500. La razón hay que buscarla en que los rusos tuvieron que llevar a cabo todos sus ataques bajo el violento fuego de la artillería aliada y en especial bajo el de los piamonteses, cuyos cañones de 16 libras —piezas muy poco movibles pero, una vez en posición, de la mayor eficacia.

Los rusos hicieron aquí un simple ataque frontal. Flanquear el ala izquierda francesa por Inkerman parecía imposible, porque las baterías francesas emplazadas en la cima de la cresta dominaban aquel espacio. Para envolver a los aliados por la derecha, el grueso de los rusos habría tenido que descender al valle de Baidar, donde el terreno es a todas luces demasiado difícil para tropas tan pesadas. Por eso prefirieron el ataque frontal y obraron con toda razón al intentar una sorpresa. La sorpresa se logró en parte, pero no fue ejecutada con la energía debida. Una vez que los rusos dominaron los pasos del Tchernaya, deberían haber impulsado sus tropas —tal como se encontraban en ese momento— para explotar la ventaja conseguida antes de que los franceses pudieran reponerse del primer golpe. En lugar de ello, dieron a sus adversarios el tiempo necesario para colocar sus tropas y su artillería en posición, y la sorpresa, que podía haber entregado a los rusos las alturas francesas, cesó de hecho casi por completo apenas alcanzaron el Tchernaya. Esta es una nueva prueba de lo difícil que resulta poner en movimiento a las tropas rusas en circunstancias en que se requieren una acción rápida y la intervención autónoma de los jefes subalternos.

Los franceses siempre fueron célebres por un cierto desprecio del servicio de avanzadas. Incluso en sus mejores épocas, un enemigo activo podía sorprender cada noche sus puestos avanzados y sembrar la alarma en sus campamentos sin correr gran riesgo. En esta ocasión, los franceses demostraron que hasta los rusos, de movimientos lentos, eran capaces de ello. Su posición principal se hallaba tan cerca del Tschornaja que sus tropas avanzadas debieran haber sido adelantadas mucho más o —si el terreno no lo permitía— reforzadas en tal medida que hubiesen podido resistir hasta que el campamento estuviera sobre las armas. Pero los franceses habían montado su campamento sin asegurarlo mediante una adecuada vanguardia, y en consecuencia los rusos pudieron avanzar contra su posición principal antes de que ellos mismos estuviesen en condiciones de poner en juego toda su fuerza de resistencia. Adversarios más activos que los rusos habrían lanzado hacia adelante tropas numéricamente superiores con tal rapidez que hubieran asaltado las alturas ocupadas por los franceses antes de que se hubiera podido oponer una resistencia regular y sistemática. Pero los propios rusos temieron arriesgar una o dos divisiones de sus tropas en un combate durante el crepúsculo, y así perdieron todas las ventajas de la sorpresa que habían obtenido.

Los éxitos decisivos y fácilmente obtenidos por los franceses al rechazar a las columnas rusas, cuando estas ya habían escalado las alturas, se deben a un sistema táctico que hasta ahora no habían empleado con frecuencia. Evidentemente, han aprendido esta forma de hacer la guerra de los ingleses, que son maestros en ella. En la defensa de una serie de colinas, la gran ventaja consiste en que se puede ocultar las tropas directamente detrás de la cresta de la colina, donde, desplegadas en líneas completamente protegidas, esperan la aparición de las columnas enemigas. Tan pronto como las cabezas de las columnas asoman por encima de la cresta, la línea les dispara una salva, a la que estas solo pueden responder con algo de fuego de mosquete, y luego las ataca de frente y de flanco con la bayoneta. Así combatieron los ingleses en Bussaco, Pamplona, Waterloo y en otras batallas, con éxito constante. Pero las tropas del continente europeo parecen haber olvidado esta manera absolutamente infalible de defender una cadena de colinas. En los manuales de táctica se expone ciertamente, pero en la práctica casi había desaparecido a causa de la predilección general por las columnas cubiertas por tiradores. Hay que reconocer altamente a los franceses el haber adoptado de sus viejos adversarios esta sencilla y eficaz maniobra. Si hubieran estado apostados en columnas, no cabe apenas duda de que los rusos habrían tenido sobre ellos una superioridad mayor y tal vez habrían incluso vencido. Pero tal como estaban las cosas, el fuego de una infantería desplegada en líneas, que actuaba contra un enemigo desorganizado por un eficaz fuego de artillería y fatigado por la escalada de una colina empinada, resultó abrumador; y un decidido avance a la bayoneta bastó para rechazar a las masas que ya habían perdido el valor antes de que el acero reluciente estuviera próximo a ellas.

Esta es la tercera batalla campal librada en esta guerra, y al igual que la del Alma y la de Inkerman, también se distinguió por su duración relativamente breve. En las guerras de Napoleón, un rasgo característico era que muchas escaramuzas daban comienzo a la batalla; cada bando tanteaba al enemigo antes de entrar en combate con él en los puntos decisivos y con masas decisivas; y solo después de que cada bando había empeñado la mayoría de sus tropas, se asestaba el golpe decisivo.

En contraste con ello, vemos aquí que no se pierde tiempo, no hay escaramuzas para fatigar al enemigo; el golpe se ejecuta de inmediato, y la suerte de la batalla depende del resultado de uno o dos ataques. Esto parece mucho más audaz que el modo de hacer la guerra de Napoleón; pero si bien una superioridad de dos a uno, como la que tenían los aliados en el Alma, o la conocida torpeza de los rusos en las maniobras parecen justificar una acción tan inmediata, lo cierto es que en ambos bandos hay una gran carencia de arte de la guerra; y siempre que espadachines que actúan según este principio tengan enfrente a un general que sepa entretener sus tropas, tenderles trampas e inducirlas a caer en ellas, muy pronto se encontrarán en una situación nada envidiable.

Para concluir, repetimos lo que a menudo hemos dicho: los rasgos decisivos de la guerra actual son, en ambos bandos, valentía en los soldados y mediocridad en los generales.

Variantes textuales

En lugar del texto que sigue, en la Neue Oder-Zeitung n.º 411, del 4 de septiembre de 1855, se lee: «La manera crimea parece más valerosa, pero en realidad solo demuestra la mediocridad de los generales de ambos bandos y confirma nuestra opinión de que en los tiempos modernos el arte de la guerra se ha desarrollado en proporción inversa al material bélico. Si bien la batalla del Tschornaja no testimonia en modo alguno tan decisivamente contra los rusos como la batalla de Inkerman, demuestra sin embargo, de manera indiscutible, una vez más la superioridad de los ejércitos occidentales. Señala a aquellos profetas que, con el pretexto de haber descubierto un elemento “nuevo” en la historia, solo dan color y forma modernos a sus viejos recuerdos escolares sobre la caída del Imperio Romano, que han de buscar los sustitutos de los godos en otra parte, no entre los moscovitas.»