Friedrich Engels

El ejército ruso

Escrito hacia el 2 de noviembre de 1855.

["New-York Daily Tribune" núm. 4548 del 16 de noviembre de 1855]

Cuando estalló la guerra entre las potencias occidentales y Rusia, la prensa anglo-francesa era de la opinión de que Rusia, aunque no carecía de soldados, pronto sufriría falta de dinero. Las dificultades financieras, se calculaba, debilitarían el poderío militar y obstaculizarían los desplazamientos de aquellos millones de soldados que, según se decía, Rusia podía enviar en cualquier momento contra sus enemigos. Pero, ¿cómo se presentaban las cosas en realidad? Aunque Rusia supuestamente estaba expulsada de todas las grandes bolsas europeas, concertó un empréstito sin dificultad alguna; su papel moneda, a pesar de repetidas emisiones adicionales, conserva su fiabilidad; y sus tropas son alimentadas en ruta, los medios de transporte son suministrados por la población de una manera que sería imposible en cualquier otro país menos puramente agrario. Aunque sus puertos están bloqueados, hasta ahora ha sabido sortear todos aquellos escollos financieros con los que, según la firme convicción de los sabios de Londres, fracasaría. Pero, en cuanto a las inagotables reservas humanas, las cosas se presentan de manera muy distinta. ¿Qué ha conseguido Rusia mientras Inglaterra, mediante el reclutamiento voluntario en el país y en el extranjero, había logrado llevar gradualmente su ejército de Crimea a unos 40.000 hombres, y Francia, para el presente año, ha llamado a filas a 140.000 en lugar de 80.000 y ya ha podido enviar a Oriente un ejército bastante numeroso para realizar más hazañas de las que Pélissier podía inventarle? Para el conjunto del territorio en que se aplica la conscripción, se decretaron dos levas generales, tocando por término medio diez hombres por cada mil almas varones; después siguió una leva general para la opólchenie de veintitrés hombres por cada mil almas, y ahora se ha ordenado de nuevo una nueva leva general para las tropas de línea de diez hombres por cada mil almas.

La leva media en tiempos de paz asciende aproximadamente a cinco hombres por cada mil para una mitad del Imperio, relevando la otra mitad a los reclutas en el año siguiente. Así, el promedio anual es de dos hombres y medio por cada mil almas para todo el Imperio (salvo las gobernaciones, naturalmente, en las que no se practica la conscripción). Sin embargo, los dos años de guerra han hecho ya necesarias levas que afectan en total a cincuenta y tres hombres por cada mil almas, es decir, alrededor del dos y medio por ciento de la población total, hombres y mujeres; lo que significa que, en cada uno de ambos años, la leva ha sido diez veces más alta que el reclutamiento regular de paz. Si suponemos que Francia, durante los dos años de guerra, ha reclutado para su ejército un total de 300.000 hombres, lo que es ciertamente exagerado, esto representaría, sobre una población de 36 millones, cinco sextos por ciento en dos años o cinco doceavos por ciento en un año; es decir, exactamente la sexta parte de la cifra que Rusia se ha visto obligada a alistar en su ejército. Es cierto que en tiempos de paz, en Rusia se llama anualmente al servicio militar aproximadamente a un noveno por ciento y en Francia a dos novenos por ciento de la población total; pero como el tiempo efectivo de servicio en Rusia es más del doble que en Francia, esta circunstancia queda más que compensada.

Por todas partes nos llegan noticias de que esta continua sangría de la población masculina apta se hace sentir en Rusia, mientras que en Francia apenas resulta perceptible. En Polonia especialmente, según se informa, faltan brazos para la labranza de la tierra; una prueba más de este hecho es el gran descontento de la nobleza por verse privada, en general, de la parte más valiosa de los siervos que le pertenecen. El nombramiento de un aristócrata de pura cepa, Lanskói, como ministro del Interior, y su circular a la nobleza, en la que manifiesta que el emperador Alejandro les garantiza, mediante un ukaz, todos sus derechos y privilegios, muestra cuán seriamente alarmada está la corte por estos síntomas de descontento entre los poseedores de siervos.

Lo más notable de estos repetidos reclutamientos es, sin embargo, que el aumento numérico real que con ellos se obtiene para el ejército es insignificante. Si se parte de que el total de almas varones sujetas a conscripción asciende a 22 millones, cifra ciertamente baja, en dos años han sido alistados no menos de 660.000 hombres para las tropas de línea y 560.000 para la opólchenie. De esta última, no obstante, sólo ha sido movilizada una parte, que asciende quizás a 20.000 hombres, de modo que la sangría real de población masculina apta es de aproximadamente 680.000 hombres. A estos puede añadirse los soldados de la reserva que, tras haber sido licenciados durante los últimos cinco o diez años de su tiempo de servicio, fueron llamados a filas antes de estallar la guerra; pero como la mayoría de ellos ya fueron movilizados en 1853, no los contaremos aquí.

Aunque estas reservas, que forman los quintos y sextos batallones en cada regimiento de infantería, aunque los 660.000 reclutas, que en parte han sido incorporados a los primeros cuatro batallones de línea de cada regimiento y en parte a los batallones recién formados de segunda reserva (séptimo y octavo) de esos mismos regimientos, los distintos cuerpos de tropa distan mucho de haber alcanzado su plena fuerza. La prueba más interesante de ello la proporciona una orden emitida en Nikoláiev por el comandante del Ejército del Sur, el general Lüders. En ella comunica que, por orden del emperador, 23 drúzhinas de la opólchenie (23.000 hombres), adscritas al Ejército del Sur, deben ser incorporadas a las tropas de línea y se sumarán al tercer y cuarto batallón de cada regimiento.

Ahora bien, esta medida no puede significar otra cosa sino que los regimientos que componen el Ejército del Sur han quedado reducidos numéricamente de tal modo que el grueso de los soldados de los batallones tercero y cuarto ha sido transferido a los batallones primero y segundo, y su lugar debe ser ocupado por los soldados de la opólchenie. En otras palabras, hasta su relleno con la opólchenie, los cuatro batallones de estos regimientos apenas alcanzaban la fuerza de dos batallones en pleno pie de guerra. Si tales pérdidas se han producido en un ejército cuya mayor parte nunca ha estado ante el enemigo y del cual, desde Silistria, ni una sola unidad ha entrado en combate, ¡qué pérdidas no habrán tenido lugar en Crimea y en Asia! Al punto alcanzamos una visión del estado real del ejército ruso, y la conjetura que esta visión nos permite hacer respecto a su desgaste explica cómo es posible que los dos tercios de millón de hombres incorporados al ejército no hayan producido un aumento visible de sus efectivos.

Pero, ¿cómo se ha producido este desgaste gigantesco y desproporcionado? En primer lugar, por las enormes marchas que los reclutas tienen que realizar desde sus respectivos lugares de origen hasta las capitales de sus gobernaciones, de allí a los puntos de distribución y, finalmente, a sus regimientos, sin contar las marchas que estos regimientos han de recorrer después. No es poca cosa para un recluta marchar desde Perm a Moscú, de Moscú a Vilna y, por último, de Vilna a Odesa o Nikoláiev. Cuando esas marchas interminables, además,

son aceleradas por la voluntad suprema de un hombre como Nicolás, que fija la hora de llegada lo mismo que la de partida y castiga toda desviación de su orden; cuando brigadas, divisiones y cuerpos de ejército son lanzados con impetuosa prisa de un extremo a otro del Imperio, sin miramiento a los hombres que por enfermedad y agotamiento deben ser dejados atrás; cuando una marcha de Moscú a Perekop ha de cubrirse con la velocidad de una marcha forzada común, la cual en ninguna otra parte se prolonga más de dos días, queda explicada una gran parte de este desgaste. A la extraordinaria tensión de las fuerzas físicas del soldado se suma, además, el desorden que necesariamente surge de la archisabida mala administración de todos los ramos de la autoridad militar rusa, especialmente de la intendencia. A esto se añade el método de hacer alimentar a los soldados en ruta, en la mayor medida posible, por los habitantes del territorio que se encuentra en la línea de marcha: método muy viable si se organiza bien en un país exclusivamente agrícola, pero que se vuelve ilusorio y provoca las mayores dificultades allí donde, como en Rusia, la intendencia y los comandantes se enriquecen mediante malversaciones, robando los víveres suministrados por los campesinos. Por último, se agregan los terribles errores de cálculo que forzosamente tienen que surgir cuando ejércitos dispersos en una tan enorme extensión de territorio deben moverse según órdenes emanadas de un centro, y cuando se espera de ellos que ejecuten esas órdenes con la regularidad de un mecanismo de relojería, mientras que todos los presupuestos sobre los cuales se basan esas órdenes son engañosos e inseguros.

No es la espada ni la bala del enemigo, no es la enfermedad, inevitable en muchas partes del sur de Rusia, ni siquiera es la necesidad de largas marchas lo que diezma de tal modo al ejército ruso; son las particulares circunstancias bajo las cuales el soldado ruso es reclutado, instruido, puesto en marcha, tratado, alimentado, vestido, acuartelado, comandado y lanzado al combate, las que explican el terrible hecho de que casi la totalidad del ejército ruso, tal como existía en 1853, haya desaparecido ya de la faz de la tierra sin haber infligido a sus adversarios más de un tercio de las pérdidas que ella misma ha sufrido.

La orden del día del general Lüders es digna de atención, además, por otra circunstancia. En ella se admite abiertamente que los soldados de la opólchenie no están preparados en absoluto para ser conducidos contra el enemigo. Exhorta a los viejos soldados a no burlarse de estas tropas jóvenes ni a

menospreciarlas por su torpeza con las armas; la orden confiesa que apenas tienen instrucción y introduce una modificación del reglamento de ejercicios, que ha de haber sido aprobada expresamente por el emperador. No se debe “irritar” a los hombres con inútiles ejercicios de parada. Sólo se deben practicar con ellos los movimientos más indispensables: el manejo del arma, cargar y disparar los mosquetes, tirar al blanco, movimientos en columna y en orden disperso: todo lo demás es declarado inútil ejercitación de parada. Así, un general ruso, con la aprobación expresa del emperador, condena dos tercios de todo el reglamento de ejercicios ruso como cosa inservible, buena únicamente para inspirar al soldado repugnancia hacia sus deberes; ¡y ese reglamento era precisamente la obra de la que el difunto emperador Nicolás se había mostrado muy orgulloso!

Los «jóvenes soldados», de cuyos gestos y pasos se afirma que provocaban la risa de sus camaradas, en ningún otro país serían llamados reclutas. Llevan ya de seis a diez meses bajo las armas, y sin embargo son tan torpes como si acabaran de llegar del arado. Tampoco se puede afirmar que las largas marchas que hubieron de realizar no les hayan dejado tiempo para la instrucción. Napoleón, en sus últimas campañas, incorporaba a sus reclutas a los batallones correspondientes tras catorce días de instrucción, y los enviaba luego a España, Italia y Polonia; se los instruía durante la marcha, tanto durante el camino como al llegar a los acantonamientos, y cuando al cabo de seis u ocho semanas de marcha se incorporaban al ejército, se esperaba que estuvieran aptos para el servicio activo. Jamás concedió Napoleón a sus reclutas más de tres meses de instrucción para convertirse en soldados; incluso en 1813, cuando hubo de crear un nuevo ejército, nuevos cuadros y todo lo demás, condujo a sus reclutas a los campos de batalla de Sajonia tres meses después de que hubiesen llegado a sus puntos de reunión, y sus adversarios supieron pronto de lo que era capaz con aquellos «reclutas toscos». ¡Qué diferencia entre la capacidad de adaptación del francés y esta torpe pesadez del ruso! ¡Qué testimonio de incapacidad para los oficiales de estas milicias rusas! Y, sin embargo, Lüders afirma que casi todos estos oficiales han servido en la línea y que muchos de ellos han olido la pólvora.

También la restricción de la instrucción a los movimientos más indispensables muestra lo que Lüders espera de su nuevo refuerzo. Sólo han de practicarse el orden disperso y el movimiento en columnas; ni despliegue en línea ni formación de las columnas fuera de la línea. El soldado ruso es, en efecto, el menos apto para los movimientos en línea,

pero no lo es más para el combate en orden disperso. Su fuerza reside en el combate en orden cerrado, en una disposición tal que los errores garrafales de los oficiales al mando causen el menor desorden y perturbación del desarrollo general de la batalla, y en la que el instinto de cohesión de la masa valiente, pero pasiva, puede compensar esos errores garrafales. Los soldados rusos se apiñan, como los caballos salvajes de la estepa perseguidos por lobos, formando una masa informe, inmóvil e ingobernable, y mantienen su posición hasta que los supremos esfuerzos de las fuerzas enemigas los dispersan. Pero, a pesar de todo, las formaciones en línea son necesarias en muchas circunstancias, y hasta los rusos recurren a ellas, aunque con mesura. ¿Qué será, pues, de un ejército que no puede formarse en línea en absoluto, o que, una vez puesto en línea con grandes dificultades, no puede volver a formarse en columna sin sumir todo en confusión?