Karl Marx

La prensa y el sistema militar

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 9, 6 de enero de 1855]

Londres, 3 de enero.

«El emperador de Rusia —informa un corresponsal del *Times* desde el campo ante Sebastopol— se dice que se ha ofrecido a enviar de vuelta a Inglaterra, en un solo buque de guerra, todo lo que de nuestro ejército aún quede con vida a principios de mayo.»

Sigue luego una descripción gráfica de la mortalidad, miseria, desorden, disolución que reinan en el campamento inglés. Esta situación proporciona hoy el tema casi exclusivo de los artículos de fondo de la prensa diaria londinense.

«El ejército británico —dice el *Times*— no es en absoluto un ejército en el sentido militar de la palabra. Es una masa de hombres valientes, no más que una mera masa y más bien menos, en la medida en que lo mandan quienes no deberían mandarlo, quedando así despojado de su utilidad natural... El mando del ejército británico ante Sebastopol es puramente nominal, y aún peor: oficiales distinguidos aseguran que el ejército podría ser mandado por sus suboficiales tan bien como por la gente que finge mandarlo. Sentimos que es un acto penoso arrojar por la borda a hombres bravos y leales, cargados de años y honores.»

En fin, *à la guerre comme à la guerre* <la guerra es la guerra>.

«Si alguna vez un ministerio ha tenido el camino abierto para tomar una medida tan violenta, es el actual.»

¿Por qué? «Porque se resistió con tanta obstinación a declarar la guerra.» Por eso «el gobierno tiene el juego en su propia mano y no está atado por consideración alguna hacia las personas.»

¡Bien rugido, león! Porque el actual ministerio conduce la guerra contra Rusia contra su voluntad, los errores de la conducción de la guerra no pueden imputársele a él mismo, sino únicamente al general en jefe, y el público debe comprender que no es el ministerio quien se interpone en el camino de lord Raglan, sino lord Raglan quien se interpone en el del ministerio.

Mientras de este modo el *Times* ataca a lord Raglan para cubrir al ministerio, el *Morning Chronicle*, órgano de los peelitas, ataca al *Times*, al parecer para defender a lord Raglan, pero en realidad para aceptar agradecida la concesión del *Times* sobre la impecabilidad del ministerio, explotarla y, al mismo tiempo, realizar una diversión mediante un combate simulado entre dos órganos ministeriales.

«El abatimiento —dice el bonachón del *Chronicle*— que se ha apoderado de la opinión pública en los últimos días hay que atribuirlo, nos duele escribirlo, exclusivamente a la influencia del *Times*. Se han ensombrecido los acontecimientos, exagerado las desgracias, marcado con estigma la bien merecida reputación de nuestros generales y puesto en olvido la proverbial magnanimidad del británico hacia el ausente, todo ello con el único fin de causar sensación, ¡de hacer efecto! En particular, el odio y el veneno de estos ataques se han acumulado sobre la cabeza del mariscal de campo Raglan... La miseria en que se ha encontrado el ejército en Crimea desde principios de diciembre, aunque los últimos informes suenan ya más consoladores, debe atribuirse principalmente a la espantosa tempestad del 14 de noviembre.»

Y el ministerio es tan magnánimo que no hace a lord Raglan responsable de la tempestad del 14 de noviembre. No queda, pues, más que el afán de sensacionalismo del *Times*.

Llegamos ahora a la parte de la prensa londinense que representa ciertos intereses particulares dentro del ministerio: al *Daily News*, que desde hace algún tiempo es el órgano secreto de Palmerston, y al *Morning Post*, que desde hace años es su órgano oficioso.

«Nuestros sistemas administrativos —dice el *Daily News*— son casi tan inmutables como si pertenecieran a medos y persas. Cualquier crisis imprevista, y se derrumban. Pero ante los más terribles sacrificios de vidas y propiedades rara vez se los reforma de manera que puedan desafiar catástrofes análogas en el futuro... Así ocurre con el Departamento de Guerra. ¡Qué expectativas cuando hace poco se nombró a un ministro supremo de la Guerra! Y no se ha logrado ni un ápice de mejora. ¿Debemos censurar al duque de Newcastle, o no deberíamos más bien aplicar la reforma misma al sistema paralizante que encierra las funciones del Estado en la fría sombra de la aristocracia? — Cualesquiera que sean los méritos del duque de Newcastle, él no es el *Hércules oficial* capaz de extirpar el sistema. Pero el pueblo inglés insistirá en que se haga lo que él es incapaz de hacer.»

El *Daily News* es aún nuevo en su papel ministerial. Además, debe tener en cuenta a su público burgués.

No obstante, se advierte a primera vista que la agudeza del artículo es el «Hércules oficial» que hace falta. ¿Y quién es ese Hércules oficial? ¿Y cómo dar con él? El *Morning Post* responde a ello, diciendo:

«Comenzar con ataques a lord Raglan es, sin duda, empezar por el extremo equivocado. Lord Raglan está *por encima* de los ataques del *Times*... Sin embargo, no pueden ponerse en duda los defectos del gobierno en casa... Tómese, por ejemplo, el Departamento de Guerra. ¿Debe continuar llevándose con el espíritu y según el modelo de los últimos nueve meses?... Considérese que el ejército en el extranjero depende total y absolutamente de la administración en la metrópoli... ¡De qué terrible importancia es, entonces, que el jefe de este departamento posea el espíritu de un maestro y actúe como un maestro!... *El viejo sistema*, se dice, se interpone en el camino. Pero una cabeza magistral habría destrozado, bajo su propia responsabilidad, el sistema hace ya tiempo... El verdadero secreto es que la cabeza de este gobierno gravita como un peso de plomo sobre cada esfuerzo de los distintos departamentos. El lento movimiento del pulso aberdeeniano se comunica a todos los miembros de la administración y da su tono al sistema entero... Fundid el todo de nuevo y poned una cabeza real y enérgica sobre sus hombros.»

En otras palabras: haced a Palmerston primer ministro. Él es el *Hércules oficial* con el que ha soñado el *Daily News*: el mismo Palmerston a quien lord Melbourne nombró ministro de Asuntos Exteriores en 1830, a propuesta de la princesa rusa Lieven; el mismo que en la guerra del Afganistán de 1851 sacrificó a un ejército británico de manera tan misteriosa que sir Robert Peel le amenazó, en sesión parlamentaria pública, con «revelaciones» si continuaba provocándolo con sus fanfarronadas; el mismo Palmerston que entendió desviar con tanta habilidad la alianza ofensiva *contra Rusia* propuesta por Francia en 1839 y ya puesta en marcha en apariencia, que una hermosa mañana del año 1840 se había transformado en una alianza anglo-rusa *contra Francia*. Aunque Palmerston es el miembro *más influyente* de la presente administración y aparece y debe aparecer en todos los círculos parlamentarios como su campeón, constantemente despliega todo su arte diplomático en la prensa para aparecer en tensa oposición con Aberdeen y así salvar su popularidad del eventual naufragio de la coalición. Al mismo tiempo, se disuade a la oposición de dar pasos decisivos y se la mantiene en una vacua expectación acerca de las discordias intestinas del ministerio. Así, por ejemplo, el *Morning Herald*, tory, cae hoy por centésima vez en la trampa, declara definitiva la ruptura de la coalición y cuenta mucho de la patriótica indignación de Palmerston y Russell contra Aberdeen, Newcastle y Gladstone. A propósito de Gladstone, obsérvese aún que de un artículo de fondo del *Chronicle* de hoy sobre el empréstito francés se desprende que Gladstone no está dispuesto a recurrir a empréstitos, sino que está decidido a financiar la guerra mediante impuestos directos, es decir, en la forma más impopular, onerosa y antieconómica.