Karl Marx

Los partidos y las camarillas

["Neue Oder-Zeitung" nº 65, 8 de febrero de 1855]

Londres, 5 de febrero. La duración de la actual crisis ministerial es más o menos normal, pues tales crisis en Inglaterra duran, por término medio, de 9 a 10 días. En su célebre obra sobre «Die Fähigkeiten des Menschen», Quételet asombra al demostrar que la suma anual de desgracias, crímenes, etc., en los países civilizados puede determinarse de antemano con una exactitud casi matemática. En cambio, la duración normal de las crisis ministeriales inglesas en distintas épocas del siglo XIX no tiene nada de asombroso, pues aquí, como es sabido, siempre hay que recorrer un círculo dado de combinaciones, negociar un número dado de cargos y una suma dada de intrigas tiene que paralizarse a sí misma. Sólo es extraordinario el carácter de las combinaciones a que obliga esta vez la disolución de los viejos partidos. El hecho de esta disolución hizo posible e inevitable la formación del caído ministerio de coalición. La casta gobernante, que en Inglaterra no coincide en modo alguno con la clase dominante, se verá empujada de una coalición a otra, hasta que se haya suministrado la prueba exhaustiva de que ha perdido su vocación de gobernar. Los derbyitas, como es sabido, se habían pronunciado de manera sumamente patética contra las coaliciones. El primer paso de Lord Derby, tan pronto como la reina le encargó la formación de un nuevo gabinete, fue intentar una coalición, no sólo con Palmerston —a quien Disraeli había declarado expresamente durante el debate de Roebuck que la moción de censura propuesta no iba dirigida contra el duque de Newcastle o Aberdeen más que contra el propio Palmerston—, sino también con Gladstone y Sidney Herbert, es decir, con los peelitas, a quienes los tories persiguen con un odio específico por considerarlos los instrumentos inmediatos de la disolución de su partido. Russell, a quien a su vez se ha encargado la formación de un gabinete, intenta una coalición con esos mismos peelitas, cuya presencia en el antiguo ministerio había tomado como pretexto para su salida y que le desmintieron en una solemne sesión parlamentaria. Palmerston, por último, si logra formar su ministerio, no publicará más que una segunda edición, apenas modificada, del viejo ministerio de coalición. El clan greyita de los whigs reemplazará quizás al clan russellita de los whigs, etc. Los viejos partidos parlamentarios, encargados del monopolio del gobierno, sólo existen ya bajo la forma de coterías; pero las mismas causas que han quitado a estas coterías la fuerza para formar partidos, para diferenciarse, las privan también de la fuerza para unirse. Ninguna época de la historia parlamentaria de Inglaterra muestra, por lo tanto, una fragmentación en semejante masa de camarillas insignificantes y casuales como precisamente la época del ministerio de coalición. Numéricamente importantes sólo son dos de estas camarillas: los derbyitas y los russellitas. En su séquito se encuentra un grupo muy ramificado de poderosas familias antiguas con una numerosa clientela. Pero precisamente esta fuerza numérica constituye la debilidad tanto de los derbyitas como de los russellitas. Demasiado pequeños para formar una mayoría parlamentaria independiente, son demasiado grandes y tienen que dar cabida a demasiados cazadores de puestos en su propio seno para poder comprarse el suficiente apoyo exterior mediante la concesión de cargos importantes. Las camarillas numéricamente débiles de los peelitas, greyitas, palmerstonianos, etc., son por ello más aptas para formar ministerios de coalición. Pero lo que las capacita para formar ministerios —la debilidad de cada una de estas camarillas— convierte su mayoría parlamentaria en una cuestión de azar, que puede quebrarse cualquier día, ya sea por una combinación de los derbyitas y russellitas, ya por una combinación de la escuela de Manchester, etc., con los derbyitas.

Desde otro punto de vista, las nuevas combinaciones ministeriales intentadas son igualmente interesantes. En todas ellas se encontraban miembros del antiguo gabinete. En la última, el miembro más importante de aquel gabinete se halla al frente. ¿Y no ha impuesto la Cámara de los Comunes, al aprobar la moción de Roebuck contra todos los miembros de la vieja coalición —tal como el propio Palmerston declaró en su respuesta a Disraeli—, no sólo un voto de censura, sino también un comité de investigación? ¿El comité no ha sido aún nombrado, la investigación no ha sido aún abierta, y los acusados vuelven a tomar el timón del Estado? Pero si el Parlamento posee el poder de derribar al ministerio, el ministerio posee el poder de disolver el Parlamento. El efecto que la perspectiva de una disolución tiene que producir en el actual Parlamento puede deducirse de la declaración que Sir J[ohn] Trollope hizo el 1 de marzo de 1853 en la Cámara de los Comunes.

«Ya se habían constituido —señaló— catorce comités, formados por la Cámara con miembros de la misma, para investigar los sobornos ocurridos en las últimas elecciones parlamentarias. Si se sigue al mismo ritmo, pronto la totalidad del Parlamento quedaría disuelta en comités de investigación. Y hay más. El número de miembros del Parlamento incriminados es tan abrumador, que el resto no inculpado no basta para juzgarlos ni siquiera para instruir diligencias contra ellos.»

Duro sería perder los escaños tan caramente comprados ya al comienzo de la tercera legislatura... por patriotismo.