Interrupción y continuación de las conferencias de Viena –  
La llamada guerra de exterminio

Karl Marx

[“Neue Oder-Zeitung” núm. 245 del 30 de mayo de 1855]

Londres, 26 de mayo. Han trascendido detalles más precisos sobre el *Comité du Salut Ministériel* <Comité para la salvación del ministerio> convocado por Lord Palmerston anteayer, antes de la apertura de la Cámara de los Comunes, característicos para el mecanismo parlamentario y la posición de las distintas fracciones que han proporcionado al ministerio una mayoría de 100 votos. Palmerston amenazó desde el comienzo con dimitir si la moción de Disraeli prosperaba. Amenazó con la perspectiva de un ministerio *tory*. Los llamados parlamentarios radicales, poor fellows <[los] pobres muchachos>, gozan del privilegio de ver suspendida sobre sí esta grande y última amenaza desde 1830, cada vez que estallan en motín. Los devuelve siempre a la disciplina. ¿Y por qué? Porque temen el movimiento de masas que es inevitable bajo un ministerio *tory*. Hasta qué punto esta opinión es literalmente correcta puede verse por la confesión de un radical que en este momento es él mismo ministro, aunque sólo sea ministro de los Bosques Reales, sir William Molesworth. La posición le cuadra al hombre que desde siempre ha poseído el talento de no ver el bosque a causa de tantos árboles. Diputado por Southwark, un distrito de Londres, recibió la invitación de sus electores para asistir a un mitin público celebrado en Southwark el miércoles pasado. (N. B. En este mitin, como en la mayoría de los celebrados hasta ahora en distintas provincias, se adoptó la resolución de que la reforma administrativa sin reforma parlamentaria previa es *sham* <engañifa> y *humbug*.) Molesworth no compareció, pero envió una carta, y en esa carta explica él, el radical y ministro del gabinete: «Si la moción del señor Disraeli prospera, la necesidad de una reforma administrativa será más evidente.» Es decir, «evidente»: si los *tories* llegan al ministerio, el movimiento reformista se hará serio.

La amenaza de dimitir no fue, sin embargo, el cañón de grueso calibre que disparó Palmerston. Hizo alusión a la *disolución del Parlamento* y al destino de los muchos desdichados que hace apenas tres años se compraron con enormes sacrificios su entrada a la «honorable Cámara». Este argumento fue irresistible. Ya no se trataba de *su* dimisión. Se trataba de la dimisión *de ellos*.

Aunque Palmerston aseguró así una mayoría de 100 votos contra la moción de Disraeli, amenazando a unos con *su* dimisión, a otros con *su* expulsión de la Cámara de los Comunes, abriendo a unos la perspectiva de la paz y a otros la de la guerra, la coalición recién fundada se vino abajo inmediatamente, y ello durante la representación pública de la comedia acordada. Las declaraciones a las que los ministros se vieron arrastrados en el curso del debate neutralizaron las declaraciones que habían hecho *en petit comité* <en el pequeño comité>. La argamasa que mantenía juntas, aunque débilmente, a las fracciones renuentes se desmoronó no ante un huracán, sino ante el viento parlamentario. En la sesión de ayer, en efecto, Roebuck interpeló al primer ministro sobre el rumor de una reapertura de las conferencias de Viena. Exigió saber si el enviado inglés en Viena había recibido instrucciones de participar en esas conferencias. Ahora bien, es sabido que Palmerston, desde el regreso de Viena de Russell, el desdichado diplomático, había rehusado todo debate sobre la guerra y la diplomacia con el pretexto de no perturbar «las conferencias de Viena, ciertamente interrumpidas, pero de ningún modo clausuradas». Milner Gibson había retirado o aplazado su moción el lunes pasado porque, según la declaración del noble lord, «las conferencias seguían pendientes». Palmerston había destacado en aquella ocasión expresamente que el ministerio inglés dejaba a Austria, «nuestro aliado dentro de ciertos límites», idear nuevos puntos de partida para negociaciones de paz. La subsistencia de la conferencia de Viena, dijo, está fuera de toda duda. Russell ha abandonado Viena, es cierto, pero Westmoreland continúa residiendo allí, donde además sesionan enviados de todas las grandes potencias, de modo que están presentes todos los elementos de una conferencia permanente.

Sin embargo, desde el lunes, día en que Palmerston había agraciado al Parlamento con estas revelaciones, se había producido un gran cambio. La moción de Disraeli y un día de debate sobre ella se interponían entre el Palmerston del lunes y el Palmerston del viernes, y Disraeli había motivado su moción con el recelo de que el ministerio, durante la suspensión de las sesiones, pudiera «empujar hacia una paz vergonzosa», tal como bajo los auspicios de Aberdeen se había «empujado» hacia una guerra vergonzosa. De la respuesta de Palmerston a la interpelación de Roebuck dependía, pues, la suerte de la votación. No podía en aquel momento conjurar el espectro de la conferencia de Viena y declarar a la Cámara que en Viena se resolvía mientras en los salones de St. Stephen’s se debatía; que aquí se proponía, pero allí se disponía. Tanto menos podía hacerlo cuanto que Russell, la víspera por la noche, había renegado de Austria, de los proyectos de paz y de la conferencia de Viena. Así, respondió a Roebuck: la conferencia de Viena *no* ha sido reabierta, y el enviado inglés *no* tiene permiso para asistir a una nueva conferencia sin órdenes especiales de Downing Street. Entonces se levantó Milner Gibson, moralmente indignado. Hacía pocos días, dijo, el noble lord había declarado que la conferencia estaba sólo *suspendida* y que Westmoreland poseía *plenos poderes* para negociar en ella. ¿Se le habían retirado esos poderes, y cuándo? — ¡Poderes! respondió Palmerston, sus poderes siguen siendo tan plenos como siempre, pero no tiene la facultad de aplicarlos. Poseer poderes y poder usarlos son dos cosas distintas. Esta respuesta a la interpelación de Roebuck disolvió el vínculo entre el ministerio y el partido de la paz *à tout prix*, reforzado por los peelitas. No fue ése, sin embargo, ni el único ni el más importante «malentendido». Russell había sido sometido anteayer por Disraeli, durante horas, al potro de tormento, torturado y punzado con alfileres candentes. En una mano mostraba Disraeli la retórica piel de león con que suele pavonearse el *whig*-azteca, y en la otra el diminutivo hombrecillo de gutapercha que se oculta detrás de esa piel. Russell, aunque pertrechado por su larga experiencia y sus aventuras parlamentarias contra las palabras duras como el cornado Sigfrido contra las heridas, no supo conservar la compostura ante aquella exposición despiadada y descarnada de su verdadero yo. Hizo muecas mientras Disraeli hablaba. Se revolvía inquieto y sin sosiego en su escaño mientras Gladstone le seguía con su sermón. Cuando Gladstone hizo una pausa retórica, Russell se levantó y sólo la risa de la Cámara le recordó que aún no había llegado su turno. Por fin Gladstone enmudeció definitivamente. Por fin pudo Russell desahogar su oprimido corazón. Contó entonces a la Cámara todo lo que prudentemente había callado ante el príncipe Gortschakow y el señor von Titow. Rusia, cuyo «honor y dignidad» había defendido en la conferencia de Viena, se le aparecía ahora como una potencia que aspira despiadadamente al dominio mundial. Concertando tratados para procurarse pretextos para guerras de conquista, haciendo la guerra para envenenar con tratados. No sólo Inglaterra, le parecía amenazada Europa entera; nada admisible salvo una guerra de exterminio. Aludió también a Polonia. En suma, el diplomático vienés se había metamorfoseado de repente en un «demagogo callejero» (una de sus expresiones favoritas). Disraeli, calculando astutamente, lo había lanzado a ese estilo de oda.

Pero, *inmediatamente después de la votación*, se levantó Sir James Graham, el peelita. ¿Debía dar crédito a sus oídos? Russell había anunciado una «nueva guerra» contra Rusia, una cruzada, una guerra a vida o muerte, una guerra de nacionalidades. El asunto era demasiado serio para cerrar el debate. Las intenciones de los ministros eran más oscuras que nunca. Russell creyó que, *después* de la votación, podía despojarse de la piel de león según su costumbre. Así, pues, no se anduvo con rodeos. Graham lo había «malinterpretado». Él sólo quería «seguridad para Turquía». ¡Ahí lo veis, exclamó Disraeli, vosotros, que habéis absuelto al ministerio del reproche de «lenguaje equívoco» rechazando mi moción, estáis oyendo su sinceridad! ¡Este Russell revoca *después* de la votación todo el discurso que pronunció *antes* de la votación! ¡Os felicito por vuestra votación!

La Cámara no pudo resistir esta *demonstratio ad oculos* <[a esta] prueba clara>; el debate fue aplazado hasta después de las vacaciones de Pentecostés; la victoria que había obtenido el ministerio se perdió de nuevo en un instante. La comedia debía constar sólo de dos actos y terminar con la votación. Ahora se le ha añadido un epílogo que amenaza con ser más serio que las acciones principales y de Estado. Las vacaciones del Parlamento nos permitirán, entretanto, analizar más de cerca los dos primeros actos. Inaudito en los anales del Parlamento es que, después de la votación, el debate se vuelva serio. Hasta ahora las batallas parlamentarias solían terminar con la votación, como las novelas de amor con la boda.