Escrito el 1 de febrero de 1855.

Del inglés.

[New-York Daily Tribune, núm. 4321, del 23 de febrero de 1855, editorial]

Al mencionar la entrada en funciones del gobierno de lord Palmerston –al que, según estamos convencidos, le espera una trayectoria breve y no muy brillante–, no parece fuera de lugar echar un vistazo a la historia de su predecesor, del que difícilmente podrá decirse si, en el futuro informe sobre él, se destacará especialmente la enormidad de sus pretensiones iniciales, la trascendental importancia de los acontecimientos en los que participó con una incapacidad sin parangón, o la ignominia de su caída.

Se recordará que lord Aberdeen y su coalición llegaron al poder gracias a la votación que, el 16 de diciembre de 1852, derribó al ministerio Derby. Disraeli, en una votación sobre su presupuesto, y bajo el pretexto de que la ampliación del impuesto sobre las viviendas que preveía y la extensión general de la imposición directa no concordaban con los principios de la sana economía política de los whigs y los peelitas, quedó en minoría por 19 votos. En realidad, sin embargo, la votación la decidió la Brigada irlandesa, cuyos motivos, como bien se sabe, son de naturaleza mucho menos teórica; y aun los así llamados liberales y conservadores liberales tuvieron que desmentir sus palabras con sus actos cuando, en su propio presupuesto, repitieron muchas de las propuestas de Disraeli y la mayor parte de sus argumentos. En cualquier caso, los tories fueron expulsados y, tras algunas luchas e intentos infructuosos, se formó esa coalición por la cual, según el Times de Londres, Inglaterra había llegado ya «al comienzo del milenio político». Ese milenio duró exactamente dos años y un mes; terminó, bajo la indignación general del pueblo británico, en un completo fracaso y fiasco. El mismo Times que había proclamado la entrada en funciones del gobierno de «todos los talentos» como el comienzo de un milenio, fue precisamente el que más contribuyó a su caída.

Los «talentos» se reunieron con el Parlamento el 10 de febrero de 1853. Repitieron de nuevo el mismo programa whig que lord John Russell ya abriera en 1850 y que muy pronto había conducido a la caída del ministerio. En la tarea principal, la reforma parlamentaria, no cabía pensar antes de la «próxima sesión». De momento, el país debía contentarse con reformas administrativas menos importantes, pero más frecuentes y prácticas, como la reforma de la legislación, las regulaciones ferroviarias y las mejoras en el sistema educativo. La dimisión de lord John Russell del Ministerio de Asuntos Exteriores, en el que fue reemplazado por lord Clarendon, fue el primero de los cambios que caracterizan a este talentoso ministerio y que terminaron todos en la creación de nuevos puestos, nuevas prebendas y nuevos sueldos para sus fieles partidarios. Durante algún tiempo, Russell fue miembro del gabinete sin otra función que la de líder de la Cámara de los Comunes y sin sueldo; pero muy pronto solicitó esto último y, finalmente, fue elevado al rango y título de presidente del Privy Council, con una hermosa suma redonda anual.

El 24 de febrero, lord John presentó su proyecto de ley para la abolición de las incapacidades legales de los judíos, que no condujo a nada, pues fue suprimido por la Cámara de los Lores. El 4 de abril, lo siguió con su proyecto de ley sobre reforma educativa. Ambos proyectos eran tan mansos e inofensivos como cabía esperar de un gobierno de holgazanes. Entretanto, Palmerston, en su calidad de ministro del Interior, descubrió la nueva conspiración de la pólvora, el gran asunto de los cohetes de Kossuth y Hale (véase el tomo 9, pp. 83-85). Se recordará que Palmerston hizo registrar la fábrica de cohetes del señor Hale y confiscar cierto número de cohetes y cebos. Se armó mucho revuelo con este asunto, y cuando se trató en el Parlamento el 15 de abril, Palmerston le dio aún mayor importancia con su lenguaje misterioso. Pero de un punto no hizo ningún misterio: se presentó tan abiertamente, como ya lo hiciera sir James Graham en 1844 con motivo de la apertura de las cartas de Mazzini, como el principal informante de la policía continental en lo que respecta a los refugiados. Finalmente, sin embargo, el noble informante tuvo que abandonar el asunto, ya que al señor Hale solo se le podía acusar de haber llevado a cabo la fabricación de sustancias explosivas en una proximidad ilegal a los suburbios de Londres; ¡y el gran complot para hacer saltar por los aires a toda Europa quedó reducido a una simple infracción punible de los reglamentos policiales!

Ahora le tocó de nuevo el turno a Russell. El 31 de mayo, en un discurso en el Parlamento, insultó a los católicos –las gentes que lo habían llevado al poder– de tal manera que los miembros irlandeses del ministerio dimitieron inmediatamente. Aquello fue más de lo que el «gobierno fuerte» podía soportar. El apoyo de la Brigada irlandesa era la base principal de su existencia y, en consecuencia, Aberdeen hubo de deslindarse de su colega en una carta a uno de los miembros irlandeses, y Russell hubo de retractarse de sus palabras en el Parlamento.

El rasgo principal de aquella sesión fue el proyecto de ley sobre la India, en el que el gobierno proponía prolongar la carta de la Compañía de las Indias Orientales por veinte años, sin introducir una mejora sustancial en el sistema administrativo indio. Aquello era demasiado incluso para un parlamento semejante y tuvo que ser abandonado. La carta debía poder ser rescindida anualmente por el Parlamento. Sir Charles Wood, el antiguo y torpe canciller del Exchequer del gabinete Russell, demostró ahora sus capacidades en el Board of Control o Indian Board. Todas las reformas propuestas se limitaban a unos pocos y pequeños cambios de dudoso efecto en el sistema jurídico y a la apertura de los servicios civiles y de los puestos militares de carácter científico a la concurrencia pública. Pero estas reformas no eran más que pretextos; el verdadero meollo del proyecto de ley era el siguiente: a sir Charles Wood se le aumentaba su sueldo como presidente del Board of Control de 1.200 libras esterlinas a 5.000; en lugar de los 24 directores de la India elegidos por la compañía, habría solo 18, y para 6 de ellos el gobierno tendría el derecho de nombramiento, un incremento del patronazgo tanto menos desdeñable cuanto que los sueldos de los directores se elevaban de 300 libras esterlinas a 900, mientras que el presidente y el vicepresidente recibirían 1.000. No contento con este derroche de fondos públicos, el gobernador general de la India, que antes era a la vez gobernador de Bengala, debería tener ahora bajo su mando a un gobernador especial para aquella presidencia, al tiempo que se crearía una nueva presidencia con un nuevo gobernador en el Indo. Cada uno de estos gobernadores tendría naturalmente su Council, y los asientos en estos Councils son sin duda prebendas excesivamente remuneradas y lujosas. ¡Cuán dichosa debería ser la India por ser gobernada al fin según los genuinos principios whigs!

Luego vino el presupuesto. Esta brillante combinación financiera ha sido expuesta, junto con el plan del señor Gladstone para la cancelación de la deuda nacional, de manera tan completa en la Tribune (véase el tomo 9, pp. 58-61), que es innecesario enumerar sus rasgos principales en detalle. Muchos de ellos estaban tomados del presupuesto de Disraeli, que tanto había suscitado la indignación moral de Gladstone; con todo, la reducción del impuesto sobre el té y la extensión de la imposición directa eran comunes a ambos presupuestos. Algunas de sus disposiciones más importantes le fueron impuestas al gran financiero después de que la Cámara lo derrotara repetidamente con su oposición; así, la supresión de los impuestos sobre los anuncios en los periódicos y la extensión del impuesto de sucesiones a la propiedad inmueble. La reforma del sistema de patentes (es decir, del sistema de impuestos sobre las tabernas), modificada varias veces durante la discusión, tuvo que ser abandonada. El presupuesto, presentado con las pretensiones de un sistema completo, se transformó en el curso del debate en un confuso mixtum compositum de pequeños artículos inconexos que apenas valían la centésima parte de la palabrería que ocasionaron.

Con la reducción de la deuda estatal, Gladstone se estrelló de manera aún más completa. Este plan, presentado con pretensiones todavía mayores que las del presupuesto, trajo como resultado la creación de bonos del Tesoro al 2 1/2 por ciento en lugar de las letras del Tesoro al uno por ciento, con lo que el público perdió el 1 1/2 por ciento del importe total; el resultado fue la necesidad de reembolsar la suma completa de las letras del Tesoro y, al mismo tiempo, 8 millones de acciones del Mar del Sur, con el mayor perjuicio para el público, y el fracaso total de los bonos del Tesoro, que nadie quiere aceptar. Mediante esta maravillosa disposición, el señor Gladstone pudo ver, con satisfacción, cómo el 1 de abril de 1854 el saldo del Tesoro se reducía de 7.800.000 libras esterlinas del año anterior a 2.800.000, con lo que los fondos disponibles de la Tesorería pública disminuyeron en 5 millones justo en vísperas de una guerra. Y todo ello a la vista de la correspondencia secreta de sir H. Seymour, por la cual el gobierno debía de saber, un año antes, que una guerra con Rusia era inevitable.

El nuevo proyecto de ley relativo a los terratenientes y arrendatarios irlandeses, presentado bajo lord Derby por el tory Joseph Napier, pasó por la Cámara de los Comunes con, al menos, algunas muestras de aprobación por parte del gobierno; los lores lo echaron abajo, y Aberdeen declaró el 9 de agosto su satisfacción por este resultado. Los proyectos de ley de deportación, de navegación, etc., que fueron promulgados, se habían heredado del gabinete Derby. Los proyectos de ley sobre la reforma parlamentaria, sobre la reforma de la educación nacional y casi todos los relativos a la reforma de la legislación tuvieron que ser aplazados. Los whigs británicos parecen considerar una desgracia que alguna de sus medidas escape a este destino. El único proyecto de ley que prosperó y que puede considerarse posesión legítima de este gobierno es la gran ley de coches de alquiler, que tuvo que ser modificada al día siguiente de su aprobación porque los cocheros se rebelaron en masa. ¡Ni siquiera una reglamentación de los coches de alquiler consiguieron llevar a cabo con éxito «todos los talentos»!

El 20 de agosto de 1853, Palmerston prorrogó el Parlamento asegurando que el pueblo podía estar tranquilo en cuanto a las dificultades orientales: ¡la evacuación de los Principados estaba garantizada por «su confianza en el honor y el carácter del emperador ruso, que lo moverían a retirar sus tropas [voluntariamente] de los Principados»! El 3 de diciembre se supo que la flota turca había sido aniquilada por los rusos en Sinope. El 12, las cuatro potencias enviaron una nota a Constantinopla en la que, en realidad, se exigían de la Puerta muchas más concesiones que en la anterior nota de la Conferencia de Viena. El 14, el gobierno británico telegrafió a Viena que el asunto de Sinope no sería considerado un obstáculo para la continuación de las negociaciones. Palmerston lo aprobó expresamente; sin embargo, al día siguiente dimitió –al parecer por ciertas diferencias referentes al proyecto de reforma de Russell–, en realidad para hacer creer al público que había dimitido por la política exterior y de guerra. Una vez alcanzado su propósito, volvió a entrar en el gabinete unos días más tarde, evitando así todas las declaraciones embarazosas en el Parlamento.

En el año 1854 se abrió el espectáculo con la dimisión de uno de los lores subalternos del Tesoro, Mr. Sadleir, que era también el agente gubernamental de la Brigada Irlandesa. Revelaciones escandalosas ante un tribunal irlandés privaron al gobierno de uno de sus talentos. Posteriormente salieron a la luz nuevos hechos escandalosos. Mr. Gladstone, el virtuoso Gladstone, intentó procurar el puesto de gobernador de Australia a un pariente suyo, su propio secretario, un tal Lawley, conocido sólo como persona que hace negocio con las apuestas de carreras y como jugador de bolsa; pero, por fortuna, el asunto se descubrió muy pronto. De igual modo, el mismo Gladstone estuvo en desagradable conexión con el vicio cuando un tal O'Flaherty, individuo empleado bajo sus órdenes y colocado por él en su puesto, desapareció con una considerable suma de fondos públicos. Otro individuo, de nombre Hayward, escribió un voluminoso libelo sin valor literario ni científico contra Disraeli y fue recompensado por Gladstone con un puesto en la administración de pobres.

El Parlamento se reunió a principios de febrero. El día 6, Palmerston anunció un proyecto de ley para la creación de la milicia en Irlanda y en Escocia; pero, como la guerra fue declarada de hecho el 27 de marzo, consideró que era su deber no presentarlo hasta finales de junio. El día 13, Russell presentó su proyecto de ley de reforma, para retirarlo diez semanas después "con lágrimas en los ojos", también porque la guerra había sido declarada. En marzo, Gladstone presentó su presupuesto, pidiendo simplemente "la suma suficiente para devolver a la costa británica a los 25.000 hombres que están a punto de abandonarla". Gracias a sus colegas, se ve ahora eximido de esta molestia. Entretanto, el Zar, mediante la publicación de la correspondencia secreta, ha obligado a los gabinetes de Francia e Inglaterra a declarar la guerra. Esta correspondencia secreta, que comienza con uno de los despachos de Russell del 11 de enero de 1853, probaba que en aquella época los ministros británicos eran plenamente conscientes de las intenciones agresivas de los rusos. Todas sus afirmaciones sobre el honor y el carácter de Nicolás y la actitud pacífica y moderada de Rusia aparecían ahora como otras tantas falsedades descaradas, inventadas sólo para engañar a John Bull.

El 7 de abril, Lord Grey —que sentía una fuerte vocación interior por el puesto de ministro de la Guerra, para minar la disciplina en el ejército tal como había minado la lealtad en casi todas las colonias británicas durante su anterior administración colonial— pronunció una filípica contra la actual organización del Departamento de Guerra. Exigió la unificación de todas sus dependencias bajo un solo ministro de la Guerra. Este discurso brindó a los ministros la oportunidad de crear un nuevo Ministerio de la Guerra en junio, separando el Ministerio de la Guerra del Ministerio de las Colonias. Con ello, todo quedó en un estado tan defectuoso como antes, creándose tan sólo un nuevo cargo y un nuevo salario. Toda esta sesión parlamentaria puede resumirse así: se presentaron siete proyectos de ley principales; de ellos, fracasaron: el proyecto de ley para la modificación de las leyes de asentamiento, para la educación pública en Escocia y para la modificación de las fórmulas del juramento parlamentario —otra forma del proyecto de ley sobre los derechos de los judíos—; otros tres fueron retirados: el proyecto de ley para la prevención del soborno electoral, el proyecto de ley para la reorganización del servicio civil y el proyecto de ley de reforma; un proyecto de ley fue aprobado: el de reforma de la Universidad de Oxford, pero en un estado horriblemente mutilado.

No necesitamos entrar aquí en la conducción de la guerra ni en los esfuerzos diplomáticos de la coalición. Están aún frescos en la memoria de todos. El Parlamento, que se aplazó el 12 de agosto del año pasado, volvió a reunirse en diciembre para aprobar con la mayor rapidez dos medidas de suma urgencia: el proyecto de ley sobre la Legión Extranjera y el proyecto de ley que permite a la milicia, como tal, prestar servicio voluntario en el extranjero. Ambas han quedado hasta hoy sobre el papel. Entretanto, han llegado las noticias sobre el estado desastroso del ejército británico en Crimea. La indignación pública se despertó; los hechos eran patentes e incontestables; los ministros tuvieron que pensar en dimitir. El Parlamento se reunió en enero, Roebuck anunció su moción, Lord John Russell desapareció de inmediato, y una derrota sin paralelo en la historia del Parlamento hizo caer a todos los talentos tras un debate de sólo unos pocos días.

Gran Bretaña puede vanagloriarse de más de un gobierno mezquino; pero jamás ha existido un gabinete tan mezquino, raquítico, ávido y, a la vez, tan arrogante como el de «todos los talentos». Comenzó con fanfarronería desenfrenada, vivió de sutilezas y derrotas, y terminó en una vergüenza tan completa cuanto humanamente es posible.