Karl Marx

La crisis en Inglaterra

Escrito el 2 de marzo de 1855.  
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4346 del 24 de marzo de 1855, artículo de fondo]

La muerte del zar y el efecto de este acontecimiento sobre las complicaciones pendientes sería sin duda la parte más interesante de las noticias de Europa que nos trajo el “Atlantic”. Sin embargo, por importantes que sean las informaciones sobre este tema o sobre otros asuntos continentales, difícilmente pueden superar en interés para el observador atento los continuos indicios y desarrollos de esa grave crisis política en la que actualmente se halla envuelta, sin quererlo, la nación británica en su propio país. El último intento de mantener en pie ese anticuado compromiso llamado la constitución británica —un compromiso entre la clase que gobierna oficialmente y la que gobierna oficiosamente— fracasó por completo. En Inglaterra no sólo se ha derrumbado el ministerio de coalición, el más constitucional de todos los ministerios, sino que la constitución misma se ha derrumbado en cada uno de los puntos en que la guerra la puso a prueba. Cuarenta mil soldados británicos hallaron la muerte en las costas del Mar Negro como víctimas de la constitución británica. El cuerpo de oficiales, el estado mayor del ejército, el comisariado, el departamento médico, el servicio de transportes, el almirantazgo, los Horse Guards, la artillería, el ejército y la marina, todos juntos se han derrumbado y se han arruinado ante la estima del mundo. Y, sin embargo, todos juntos hallaron satisfacción en la conciencia de no haber hecho más que cumplir con su deber según el espíritu de la constitución británica. El “Times” de Londres estuvo más cerca de la verdad de lo que él mismo creía cuando, a la vista de este fiasco general, dijo que ¡es la propia constitución británica la que se sienta en el banquillo!

Ha sido juzgada y declarada culpable. Esta constitución británica no es otra cosa que un anticuado compromiso, por el cual el poder general de gobierno se deja a determinadas partes de la burguesía, bajo la condición de que toda la dirección real, el poder ejecutivo en todos sus detalles, incluso hasta la función ejecutiva del poder legislativo —es decir, la legislación real en las dos Cámaras del Parlamento— quede asegurada a la aristocracia terrateniente. Esta aristocracia, aunque se somete a los principios generales establecidos por la burguesía, tiene la decisión suprema en el gabinete, en el Parlamento, en la administración, en el ejército y en la marina; y esta mitad, tan considerable, de la constitución británica se ha visto obligada ahora a firmar su propia sentencia de muerte. Se ha visto forzada a reconocer que no es capaz de seguir gobernando a Inglaterra. Se forma un ministerio tras otro, sólo para disolverse de nuevo tras unas pocas semanas de actividad gubernamental. La crisis es permanente, el gobierno sólo es provisional. Toda actividad política está interrumpida; nadie pretende hacer más que engrasar la máquina política lo suficiente para que no se pare. Hasta la Cámara de los Comunes, ese orgullo del inglés constitucional, ha llegado a un punto muerto. Ya no se conoce a sí misma, pues está fraccionada en innumerables facciones que ensayan todas las combinaciones y variaciones aritméticas posibles con el número dado de unidades. Es incapaz de reconocerse en los diversos gabinetes que forma a su propia imagen sin otro fin que disolverlos de nuevo. La bancarrota es completa.

Bajo las condiciones de esta impotencia nacional que, al igual que la epidemia en Crimea, ha ido afectando uno tras otro a todos los miembros del organismo político, hubo que continuar la guerra y, además, luchar con otro adversario mucho más peligroso que Rusia, un adversario superior a todos los gabinetes pasados, presentes y futuros de los Gladstone, los Cardwell, los Russell y los Palmerston juntos. Este adversario es la crisis comercial e industrial que desde el pasado septiembre se ha manifestado con una dureza, universalidad y violencia inconfundibles. Su mano férrea e inexorable ha acallado de inmediato a esos frívolos librecambistas que durante años habían predicado sin cesar que, tras la derogación de las leyes de cereales, los mercados saturados serían imposibles. He aquí la superabundancia con todas sus consecuencias y en su forma más aguda, y ante este hecho nadie acusa ahora con más celo a los fabricantes de falta de precaución por no haber reducido la producción que precisamente los mismos economistas que hace pocos meses les decían que nunca podrían producir demasiado. Desde hace tiempo hemos señalado que esta enfermedad existe en forma crónica. Naturalmente, se ha agravado por las recientes dificultades en América y por la crisis que ha restringido nuestro comercio. Aunque la India y China estaban inundadas de mercancías, se siguió utilizando estos países como mercados, lo mismo que California y Australia. Cuando los fabricantes ingleses ya no pudieron colocar sus productos en el interior, o prefirieron no hacerlo para no bajar los precios, recurrieron al absurdo expediente de enviar las mercancías al extranjero, en particular a la India, China, Australia y California. Con este paliativo el comercio pudo proseguir durante algún tiempo sin tropezar con una dificultad tan grande como si las mercancías se hubieran arrojado de inmediato al mercado interior. Pero cuando llegaron a sus destinos provocaron al punto dificultades, y hacia finales de septiembre el efecto empezó a hacerse sentir en Inglaterra.

A continuación, la crisis pasó de su fase crónica a la fase aguda. Las primeras firmas en sentirlo fueron las estampadoras de percal. Algunas, entre ellas casas establecidas desde hacía mucho tiempo en Manchester y sus alrededores, quebraron. Luego les tocó el turno a los armadores y a los comerciantes de Australia y California; después a los comerciantes que traficaban con China y, por último, a las casas indias. Todas fueron cayendo; la mayoría sufrieron graves pérdidas, y muchas tuvieron que suspender pagos. Para nadie ha pasado el peligro. Al contrario, aún va en aumento. Los fabricantes de seda también se han visto afectados; su industria se ha reducido casi a la nada, y las localidades donde aún se ejerce han sufrido, y siguen sufriendo, la mayor miseria. Luego les llegó el turno a los hilanderos y fabricantes de algodón. A juzgar por nuestras últimas noticias, algunos no han resistido y a muchos otros les ocurrirá lo mismo. Los hilanderos de hilo fino, según también hemos sabido, han empezado a trabajar sólo cuatro días por semana; los de hilo grueso pronto se verán obligados a hacer lo mismo. Sin embargo, ¿cuántos serán capaces de soportarlo a la larga?

Dentro de pocos meses la crisis habrá alcanzado un punto culminante que en Inglaterra no se ha visto desde 1846, quizá desde 1842. Cuando la clase obrera empiece a sentir sus efectos en toda su amplitud, entonces recomenzará ese movimiento político que ha permanecido aletargado durante seis años. Entonces se levantarán de nuevo los obreros de Inglaterra y amenazarán a la burguesía precisamente en el momento en que ésta desaloja por fin del poder a la aristocracia. Entonces se rasgará la máscara que hasta ahora ocultaba los verdaderos rasgos de la fisonomía política de Gran Bretaña, y las dos partes realmente contendientes en este país se encontrarán cara a cara: la clase media y la clase obrera, la burguesía y el proletariado; y entonces, por fin, Inglaterra se verá obligada a participar en los movimientos sociales generales de la sociedad europea. Al concertar la alianza con Francia, Inglaterra abandonó definitivamente aquella posición aislada que su situación insular había creado, pero que el comercio mundial y las crecientes facilidades de comunicación venían minando desde hacía mucho tiempo. De ahora en adelante, difícilmente podrá Inglaterra dejar de pasar por los grandes movimientos interiores de las demás naciones europeas.

Es asimismo un hecho sorprendente que los últimos momentos de la constitución británica sean tan ricos en pruebas de un estado social corrompido como lo fueron los últimos momentos de la monarquía de Luis Felipe. Ya hemos mencionado antes los escándalos parlamentarios y gubernamentales, los escándalos Stonor, Sadleir y Lawley <Véase el presente tomo, págs. 26/27>. Pero para coronarlo todo, llegaron las revelaciones sobre Handcock y de Burgh, en las que Lord Clanricarde, miembro de la Cámara de los Lores, se desenmascara como partícipe principal, aunque indirecto, de un acto de lo más escandaloso. No es de extrañar que esto parezca completar el paralelo y que la gente, al leer los detalles abominables, exclame sin querer: “¡El duque de Praslin! ¡El duque de Praslin!” Inglaterra ha llegado a su 1847; ¿quién sabe cuándo y cuál será su 1848?