Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 92 vom 24. Februar 1855]

Londres, 19 de febrero. La coalición entre tories y radicales que anunciábamos en nuestra última carta <véase el presente volumen, pp. 69/70> es comentada hoy como un fait accompli por toda la prensa diaria londinense. El ministerial «Morning Chronicle» observa al respecto:

«Jamás ha tenido lugar una revolución que no haya sido acelerada por la irritación, la vanidad herida, la ambición mal orientada o la pura necedad por parte de sus predestinadas e inconscientes víctimas, y la abigarrada combinación de derbyitas y liberales que se han unido con el señor Roebuck sigue las huellas de los miembros de la Cámara de Diputados que, al dar vida a los banquetes reformistas de 1848, sólo buscaban eliminar un ministerio y acabaron derribando un trono.»

Según el diario, Roebuck estaría dispuesto a desempeñar el papel de un Robespierre o (¡por extraña que parezca la alternativa!) de un Ledru-Rollin. Pretende formar un «Comité de Salud Pública». No ha retrocedido ante la idea de proponer para la comisión de investigación por él solicitada los siguientes nombres: Roebuck, Drummond, Layard, Sir Joseph Paxton (el constructor del palacio de la Exposición Industrial Mundial), Lord Stanley (hijo de Derby), Ellice, Whiteside, Disraeli, Butt, Lowe (miembro del consejo privado de la «Times») y Miles.

«Sería inútil —continúa el «Morning Chronicle»— disimular que nos hallamos abiertamente amenazados por una cruzada revolucionaria contra la aristocracia de este país. Los demagogos intentan derribar la administración de lord Palmerston haciendo jugar hábilmente contra ella las fuerzas asociadas, pero no combinadas, de Disraeli y de Roebuck. La democracia intenta provocar una revolución derribando metódicamente un gabinete tras otro.»

Por último, un periódico gubernamental amenaza con la disolución del Parlamento, con una «apelación al pueblo», como Bonaparte pocos meses antes del golpe de Estado.

El «Economist», cuyo director, Wilson, secretario del Ministerio de Hacienda, declara que la «constitución representativa» es incompatible con la dirección de la guerra. Wilson, el antiguo sombrerero, propone, por tanto, eximir a los miembros del Parlamento que acepten cargos públicos de la necesidad de reelección y conceder a los ministros del gabinete ex officio (por razón de su cargo) asiento y voto en la Cámara de los Comunes. De este modo, el ministerio se haría independiente de los electores y de la Cámara de los Comunes, y la Cámara, en cambio, dependiente del ministerio. A este respecto, advierte el «Daily News»:

«El pueblo de Inglaterra tiene que estar en guardia y prepararse para hacer frente en defensa de sus instituciones representativas. Se vislumbra un intento de hacer al gobierno más independiente de la Cámara de los Comunes. Sobrevendría un conflicto entre el gobierno y la Cámara. El resultado sería una revolución.»

En efecto, en Marylebone —tenido por uno de los barrios más radicales de Londres— se ha convocado un meeting para el próximo miércoles, con el fin de «adoptar resoluciones sobre el intento del gobierno de resistirse a la investigación parlamentaria».

Mientras que el «Morning Chronicle» profetiza de este modo una revolución y el «Daily News» el intento de una contrarrevolución, también la «Times» alude a la Revolución de Febrero, aunque no en relación con los banquetes reformistas, sino con el asesinato de Praslin. En efecto, hace unos días se ventiló en el tribunal de la cancillería irlandesa un caso de herencia, en el que el marqués de Clanricarde —par inglés, embajador en la corte de San Petersburgo durante la administración de Melbourne y director general de Correos durante la administración de Russell— figura como actor principal en una auténtica novela balzaciana de asesinato, adulterio, captación de herencias y fraude.

«Durante el sombrío otoño de 1847 —observa la «Times»—, cuando el espíritu de Francia estaba perturbado por un vago presentimiento de la revolución que se avecinaba, un gran escándalo en los círculos más encumbrados de la sociedad parisina consternó aún más al público ya sobreexcitado y contribuyó poderosamente a acelerar la catástrofe inminente. Quien observe atentamente el estado de alta excitación del espíritu público en este momento, no puede contemplar sin una emoción semejante el gran escándalo que ha sido revelado en el tribunal de la cancillería irlandesa.»

Crímenes en los círculos de la casta gobernante, revelados al mismo tiempo que su arrogante impotencia e inermidad; aniquilamiento de la flor del ejército inglés; disolución de los viejos partidos; una Cámara de los Comunes sin mayoría; coaliciones ministeriales basadas en tradiciones caducas; los costos de una guerra europea, simultáneamente con la más espantosa crisis comercial e industrial: síntomas suficientes de una inminente transformación política y social en Gran Bretaña. Es sumamente significativo que, al mismo tiempo que el naufragio de las ilusiones políticas, se produzca el naufragio de las ilusiones librecambistas. Así como las primeras aseguraban el monopolio gubernamental de la aristocracia, las últimas aseguraban el monopolio legislativo de la burguesía.