Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 267 vom 12. Juni 1855]

Londres, 9 de junio. El gran debate parlamentario ha terminado o, más bien, ha expirado — en medio de un torrente de saliva. La moción de Baring pasó sin oposición
«entre la risa general de la Cámara»
. La moción, por insípida que sea, concluye con un mensaje de guerra a la Corona. ¿Declaró la Cámara la guerra une guerre pour rire <como una guerra de risa> o se declaró a sí misma un parlament pour rire <como un parlamento de risa>? En todo caso, la verdadera conclusión del debate de dos semanas no residió en la aprobación de la moción de Baring —mera formalidad—, sino en la risa general, en el espasmo muscular espontáneo y contrario al reglamento, en el grito indiscreto de la naturaleza, en el que la «honorable Cámara» sepultó mociones y contramociones, enmiendas y subenmiendas, ministerio y oposición, discursos, réplicas, sermones, deducciones, sarcasmo estridente e invocaciones patéticas, plegaria por la paz y clamor de guerra, táctica y falta de tacto, a sí misma y a su voto. La Cámara se salvó de la situación ridícula riéndose de sí misma. Confesaba así que en su medio parlamentario la seriedad histórica universal se trueca primero en seriedad convencional, hasta que la seriedad fingida se convierte en broma natural.

Cualquier intento de empujar a Palmerston a formular la política ministerial, a hacer una declaración sobre el objeto, la tendencia, el propósito de la guerra, fracasó por completo. Declaró sin ambages: «
Es imposible
interrogar a un ministro, e incluso a cualquier conocido, sobre el objeto de la guerra.» Lo que sobre todo le sirvió fueron los hombres de la paz. ¿Queréis saber para qué hacemos la guerra? Ahí está Richard Cobden, que quiere la paz a cualquier precio. ¿No preferís la guerra sin precio alguno a la
paz a cualquier precio? ¡Golpead a Richard Cobden! Así interpuso constantemente entre él y sus antagonistas a Cobden o Bright o Graham o Gladstone.

Los héroes del algodón no sólo le sirvieron de forro con que acolchó su guerrera. Más aún. Fabricó pólvora con el algodón. Al mismo tiempo, durante el debate se puso de manifiesto que Palmerston posee ahora en Russell, como antes en Aberdeen, un pararrayos, un pararrayos perteneciente al propio gabinete, para su sacrosanta persona. A tal fin había enviado a Russell a Viena, con el fin de convertirlo en su pararrayos. Y así como antes Layard y Cía. declaraban responsable a Aberdeen de las «shortcomings» <deficiencias> del heroico Palmerston, ahora Roebuck declara responsable a Russell. Igual que entonces por los peelitas, ahora se ve impedido por los russellitas en el «aleteo» de su «alma libre». Lleva colgando esas pesas a su persona, no como los relojes de la Selva Negra, para andar, sino para poder dar la hora falsa.

Todas las camarillas de la Cámara de los Comunes han salido maltrechas de esta pantomima convencional. Los
peelitas
han confesado por fin que hasta ahora eran oficiales sin ejércitos. Han renunciado a la pretensión de formar una fracción propia y se han adherido abiertamente a la escuela de Manchester. Ellos, a quienes se confió la dirección de los ejércitos y de la marina durante el primer año de guerra, mediante la confesión de su fe en la paz eterna, neciamente se han denunciado a sí mismos como los
traidores
dentro de la coalición, para alegre asombro de Palmerston-Russell. Se han hecho imposibles.

La
escuela de Manchester
quiere en realidad la paz para poder hacer la guerra industrial, hacia fuera y hacia dentro. Quiere el dominio de la burguesía inglesa en el mercado mundial, donde ha de lucharse sólo con sus armas, los fardos de algodón, y en Inglaterra misma, donde el aristócrata, por superfluo para la producción moderna, debe ser eliminado, y el proletario, como mero instrumento de esta producción, sojuzgado; pero ella misma, como directora de la producción, debe también dirigir el Estado y apropiarse las dignidades estatales. Y ahora Cobden denuncia a un párroco, el Dr. Griffiths, por haber declarado superflua la Cámara de los Lores en un mitin público. Y Bright llora por el destino de los
hijos reales
, a quienes la ruina aparejada a la guerra obligará a lavar sus propias camisas. Ambos denuncian la agitación popular. ¡Éstos son los héroes de la Liga Contra las Leyes Cerealeras, que, encumbrados sobre las olas de la agitación popular,
denunciaban el «bárbaro esplendor de la Corona», los lores, la aristocracia territorial, etc., como «falsos costos de producción»! Toda su puntería consistía en la lucha contra la aristocracia, sin excluir la homilía pacifista. ¡Y ahora denuncian a la masa ante la aristocracia! Et propter vitam vivendi perdere causas. <Y por vivir, perder las razones de vivir. (Juvenal, Sátira VIII, 85.)> La escuela de Manchester ha renunciado en este debate a su razón de existir.

Los tories, por su parte, han revelado la existencia de un partido de la paz en su propio seno y han demostrado que conservan tan poco la tradición de ser representantes del nacionalismo inglés como su odio contra los «Bonapartes».

¿Y los ministeriales, por último? Nada los caracteriza mejor que el aferrarse convulsivamente a una moción que el propio Palmerston tuvo que rechazar una semana antes, que el proponente quería retirar, que Walpole aceptó en nombre de los tories, Gladstone en nombre de los hombres de la paz y la Cámara en nombre de la «alegría general».

El «Morning Herald» ha recibido el siguiente despacho del golfo de Finlandia:

«A dieciséis millas de Kronstadt, 28 de mayo. El "Orion" ha efectuado un reconocimiento. Informa que la escuadra rusa en Kronstadt se compone de 6 navíos de línea en condiciones de navegar, otros tantos casi desarbolados, 13 navíos de línea que por su aspecto han sido transformados en baterías flotantes, 8 grandes vapores y un gran número de cañoneras —no ha sido posible contarlas—. En una visita a Bomarsund hemos encontrado todo allí en el estado en que lo habíamos dejado; los rusos no han hecho nada para reconstruir las fortificaciones. No se ha dejado ver ningún habitante. Los castigos impuestos a quienes el año pasado comerciaron con las escuadras aliadas han vuelto a la población muy precavida.»