Karl Marx

La Constitución británica

[«Neue Oder-Zeitung», n.º 109, 6 de marzo de 1855]

Londres, 2 de marzo. Mientras la Constitución británica fracasaba en detalle en todos los puntos en que la guerra la puso a prueba, en el interior se quebraba el ministerio de coalición, el más constitucional de todos los ministerios que pueda mostrar la historia inglesa. ¡Cuarenta mil soldados británicos perecieron a orillas del mar Negro, víctimas de la Constitución británica! Oficiales, estado mayor, comisariato, departamento médico, servicio de transportes, Almirantazgo, Horse Guards, Dirección de Artillería, ejército y marina, todos se han derrumbado y se han arruinado ante el respeto del mundo; pero todos tenían la satisfacción de saber que, a los ojos de la Constitución británica, no habían hecho más que cumplir con su deber. El «Times» decía más verdad de la que sospechaba cuando, refiriéndose a esta bancarrota general, exclamaba: «Es la propia Constitución británica la que está ante el tribunal». Ha estado ante el tribunal y ha sido declarada culpable.

Pero ¿qué es esa Constitución británica? ¿Consiste su esencia en la constitución representativa y en la limitación del poder ejecutivo? Estos rasgos no la distinguen ni de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica ni de la Constitución de las innumerables sociedades anónimas inglesas que «entienden de su negocio». La Constitución británica no es, en realidad, más que un compromiso prescrito, caduco, anticuado, entre la burguesía, que no de manera oficial, pero sí de hecho, domina en todas las esferas decisivas de la sociedad burguesa, y la aristocracia terrateniente, que gobierna oficialmente. En su origen, tras la «gloriosa» revolución de 1688, solo una fracción de la burguesía —la aristocracia financiera— quedó incluida en el compromiso. La Reform Bill de 1831 dejó entrar a otra fracción, la millocracy, como la llaman los ingleses, es decir, los grandes dignatarios de la burguesía industrial. La historia de la legislación desde 1831 es la historia de las concesiones hechas a la burguesía industrial, desde la nueva ley de pobres hasta la derogación de las leyes de cereales, y desde la derogación de las leyes de cereales hasta el impuesto sobre la sucesión de la propiedad territorial.

Si la burguesía —y aun solo la capa más alta de las clases medias— fue reconocida así, en general, como la clase dominante también políticamente, esto se hizo, sin embargo, con una sola condición: que todo el sistema gubernamental en todos sus detalles, incluso el departamento ejecutivo del poder legislativo, es decir, la auténtica elaboración de las leyes en ambas Cámaras del Parlamento, quedase asegurado a la aristocracia terrateniente. La burguesía prefirió, hacia 1830, la renovación del compromiso con la aristocracia terrateniente a un compromiso con la masa del pueblo inglés. Pues bien, esa aristocracia que, sometida a ciertos principios establecidos por la burguesía, gobierna de modo exclusivo en el gabinete, el Parlamento, la administración, el ejército y la marina —esa mitad única y relativamente la más importante de la nación británica— se ve precisamente ahora obligada a firmar su propia sentencia de muerte y a confesar ante los ojos del mundo entero que ya no tiene vocación para gobernar Inglaterra. ¡Véase tan solo los intentos de galvanizar sus cadáveres! Se forma ministerio tras ministerio para autodisolverse al cabo de un régimen de pocas semanas. La crisis es permanente, el gobierno solo provisional. Toda acción política está suspendida, y cada cual confiesa que ya solo piensa en engrasar la máquina política lo bastante para que no se pare del todo. La Cámara de los Comunes misma no se reconoce ya en los ministerios creados a su propia imagen.

En medio de esta general impotencia hay que no solo dirigir la guerra, sino combatir a un adversario más peligroso aún que el emperador Nicolás. Ese adversario es la crisis comercial e industrial, que desde el pasado septiembre gana día a día en violencia y universalidad. Su férrea mano ha cerrado de inmediato la boca a los superficiales apóstoles del libre cambio, que durante años predicaron que, desde la derogación de las leyes de cereales, los mercados abarrotados y las crisis sociales estaban desterrados para siempre al reino de las sombras del pasado. Los mercados abarrotados existen, y ahora nadie clama más fuerte por la falta de previsión que ha impedido a los fabricantes restringir la producción, que los mismos economistas que aún hace cinco meses enseñaban con dogmática infalibilidad que nunca se puede producir demasiado.

En forma crónica se manifestó ya la enfermedad en la época de la huelga de Preston. Poco después, la saturación del mercado americano hizo estallar la crisis en los Estados Unidos. India y China, aunque abarrotadas, así como California y Australia, siguieron siendo válvulas de escape de la sobreproducción. Como los fabricantes ingleses ya no podían vender sus mercancías en el mercado interior sin deprimir los precios, recurrieron al peligroso expediente de enviar ellos mismos sus mercancías al extranjero en consignación, sobre todo a India, China, Australia y California. Ese recurso permitió al comercio seguir adelante durante un tiempo con menos perturbaciones que si las mercancías se hubiesen lanzado de golpe al mercado. Pero, tan pronto como llegaron a sus lugares de destino, determinaron allí inmediatamente los precios, y hacia fines de septiembre se sintió el efecto aquí, en Inglaterra.

La crisis cambió entonces su carácter crónico por uno agudo. Las primeras casas que quebraron fueron las de estampado de percal: entre ellas, firmas largamente establecidas de Manchester y sus cercanías. Luego les llegó el turno a los armadores y a los comerciantes de Australia y California, después a las casas chinas y, por último, a las indias. Todas fueron llegando al turno, la mayoría sufrieron graves pérdidas, muchas tuvieron que suspender sus negocios, y para ninguna de estas ramas comerciales ha pasado el peligro. Por el contrario, crece sin cesar. Los fabricantes de seda también se vieron afectados; su industria está casi reducida por el momento a la nada, y las localidades donde se ejerce están asoladas por la mayor miseria. Ahora le llega el turno a los hilanderos y fabricantes de algodón. Algunos de ellos ya han sucumbido, y gran parte habrá de compartir aún su suerte. Hemos visto antes <Véase el presente tomo, pág. 68> que los hilanderos de hilo fino trabajan ya solo poco tiempo, y los de hilo grueso no tardarán en recurrir al mismo medio. Una parte de ellos ya trabaja ahora solo algunos días por semana. ¿Cuánto tiempo podrán resistir?

Dentro de unos meses, la crisis alcanzará en los distritos fabriles el nivel de 1842, si no lo supera. Pero, tan pronto como sus efectos se hagan sentir de manera general entre las clases trabajadoras, volverá a comenzar el movimiento político que durante seis años ha estado más o menos aletargado entre esas clases y que solo había dejado tras de sí los cuadros para una nueva agitación. El conflicto entre el proletariado industrial y la burguesía comenzará de nuevo en el mismo momento en que el conflicto entre burguesía y aristocracia llegue a su punto culminante. Caerá entonces la máscara que hasta ahora ha ocultado al extranjero los verdaderos rasgos de la fisonomía política de Gran Bretaña. Por lo demás, solo quien desconozca la riqueza de este país en material humano y en recursos materiales dudará de que saldrá victorioso y rejuvenecido de la gran crisis que se avecina.