Karl Marx

El ejército británico

Escrito el 28 de marzo de 1855.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4364 del 14 de abril de 1855, artículo de fondo]

Tenemos ante nosotros el informe de más de una docena de sesiones del célebre comité nombrado por la Cámara de los Comunes para investigar el estado del ejército británico en Crimea. Han sido interrogados testigos de las más diversas esferas sociales, desde el duque de Cambridge hacia abajo, y sus declaraciones coinciden de manera sorprendente. Todas las ramas de la administración han pasado revista, y todas han sido halladas no solo deficientes, sino en un estado escandaloso. El estado mayor del ejército, el departamento médico, el departamento de suministros, el comisariato, el servicio de transportes, la administración de hospitales, la policía sanitaria y disciplinaria, la policía portuaria de Balaklava, todos ellos han sido condenados sin una sola voz en disidencia.

Pero por malo que fuera cada departamento considerado por separado, toda la gloria del sistema solo se manifestó en el contacto y la interacción de todos. Los reglamentos estaban tan bien dispuestos que, apenas entraron en vigor cuando las primeras tropas desembarcaron en Turquía, nadie sabía dónde empezaba su autoridad ni dónde terminaba, ni a quién dirigirse en ningún asunto; y por eso cada uno, por un saludable temor a la responsabilidad, se quitaba todo de encima echándoselo a las espaldas de algún otro. Bajo este sistema, los hospitales eran escenarios de una brutalidad abominable. La negligencia y la indolencia repercutieron de la peor manera sobre los enfermos y heridos a bordo de los buques de transporte y tras su llegada a su destino. Los hechos revelados son increíbles; en verdad, nada más espeluznante ocurrió en la retirada de Moscú. Y sin embargo estas cosas ocurrieron realmente cerca de Scutari, a la vista de Constantinopla, una gran ciudad con todos los recursos de actividad y de comodidad material. No ocurrió durante una retirada apresurada, con los cosacos pisando los talones a los fugitivos y cortándoles los suministros, sino como resultado de una campaña parcialmente exitosa, en un lugar seguro contra todo ataque enemigo, en el gran depósito central donde Gran Bretaña había acumulado sus provisiones para su ejército. Y los autores de todos estos horrores y atrocidades no son bárbaros de corazón empedernido. Son, cada uno de ellos, caballeros británicos de buena cuna, bien educados y afables, de inclinaciones filantrópicas y religiosas. En su capacidad personal estaban, sin duda, dispuestos y deseosos de hacerlo todo; en su posición oficial era su deber contemplar con frialdad y con los brazos cruzados todas estas infamias, conscientes de que ¡este caso no estaba previsto en ninguno de los reglamentos de Su Majestad que a ellos mismos pudiera afectarles! ¡Antes perezcan mil soldados que quebrantar los reglamentos de Su Majestad! Y, como Tántalo, los soldados tenían que morir a la vista, incluso al olor de las comodidades que podían salvarles la vida. Ningún hombre sobre el terreno tuvo la energía de romper la red de la rutina, de obrar bajo su propia responsabilidad, como lo exigían las necesidades, y a despecho de los reglamentos. Solo una persona se atrevió a hacerlo, y fue una mujer, Miss Nightingale. Una vez que se hubo asegurado de que las cosas necesarias estaban almacenadas, eligió a un número de robustos compañeros y, en efecto, ¡cometió un verdadero allanamiento en los almacenes de la reina! Las viejas con autoridad en Constantinopla y Scutari eran unos cobardes hasta un grado que parecería increíble si no tuviéramos su propia confesión abierta. Uno de ellos, el doctor Andrew Smith, durante algún tiempo jefe de los hospitales, fue interrogado sobre si en Constantinopla no había fondos para comprar o un mercado donde adquirir muchas de las cosas necesarias.

«¡Oh, sí!», respondió.
«Pero después de cuarenta años de rutina y ajetreo en casa, ¡le aseguro a usted que durante algunos meses apenas pude hacerme a la idea de que, en efecto, se me habían asignado fondos a mi libre disposición!»

Las más negras descripciones de las condiciones dadas tanto en los periódicos como en los discursos parlamentarios quedan muy superadas por la realidad tal como ahora se nos presenta. Algunos de los hechos más indignantes habían sido sacados a relucir, pero incluso estos aparecen ahora bajo una luz aún más sombría. Aunque el cuadro dista mucho de estar completo, podemos ver lo suficiente para juzgar el conjunto. Aparte de las enfermeras enviadas, no hay en este cuadro un solo rasgo atenuante. Un grupo es tan malo y tan estúpido como el otro, y si el comité en su informe tiene el valor de decir lo que las pruebas declaran, se verá en apuros para encontrar en la lengua inglesa palabras suficientemente fuertes para expresar su condena.

Ante estas revelaciones, es imposible reprimir un violento sentimiento de indignación y desprecio, no solo hacia los culpables inmediatos, sino sobre todo hacia el gobierno que dispuso esta expedición y que tuvo la desvergüenza de declarar ficciones hechos que saltan a la vista. ¿Dónde queda ahora esa gran coalición de «todos los talentos», esa pléyade de estadistas con cuya entrada en funciones debía despuntar la edad de oro sobre Inglaterra? Whigs y peelitas, russellitas y palmerstonianos, irlandeses e ingleses, liberal-conservadores y conservador-liberales: todos han trapicheado y regateado entre sí, y cada uno de los que fueron colocados en un puesto resultó ser una vieja o un terrible imbécil. Tan seguros estaban estos estadistas de que la máquina que habían manejado durante treinta años funcionaría a la perfección, que ni siquiera enviaron a una persona con poderes extraordinarios para circunstancias imprevistas; ¡claro que bajo un gobierno que funciona bien jamás pueden presentarse circunstancias imprevistas! Estos ministros británicos, subalternos por naturaleza y por costumbre, colocados de repente en puestos de mando, han acarreado a Inglaterra la mayor vergüenza. Ahí está el viejo Raglan, que fue toda su vida un primer oficial de Wellington; un hombre al que jamás se le permitió actuar por su propia responsabilidad, un hombre educado para hacer exactamente lo que se le ordenaba, hasta que cumplió 65 años; y de repente se nombra a este hombre para que mande un ejército contra el enemigo y decida todas las cuestiones de inmediato y por sí mismo. Y un bonito desbarajuste ha causado con ello. Vacilación, pusilanimidad, falta total de confianza en sí mismo, firmeza e iniciativa caracterizan cada uno de sus pasos. Ahora sabemos cuán pusilánime se comportó en el consejo de guerra cuando se decidió la campaña de Crimea. ¡Verse remolcado por un fanfarrón bribón como Saint-Arnaud, a quien el viejo Wellington habría hecho callar para siempre con una palabra seca e irónica! Luego, esa marcha medrosa hacia Balaklava, su impotencia durante el sitio y durante los sufrimientos del invierno, cuando no supo hacer nada mejor que esconderse. Luego está lord Hardinge, de carácter no menos subalterno, que manda el ejército aquí en el país. Aunque es un viejo soldado, por su administración y por el modo como la defiende en la Cámara de los Lores, podría deducirse que jamás ha salido de sus cuarteles o de su despacho. Decir que no tiene la menor comprensión de las necesidades más imperiosas de un ejército activo, o que era demasiado perezoso para refrescarlas en su memoria, es la opinión más favorable que se puede tener de su caso. Luego vienen los secretarios de Peel: Cardwell, Gladstone, Newcastle, Herbert y tutti quanti por el estilo. Son caballeros bien educados, de buen ver, cuyo elegante porte y refinamiento de sentimientos no les permiten tratar un asunto con rudeza ni obrar siquiera con apariencia de decisión en los asuntos de este mundo. «Tomar en consideración» es su expresión favorita. Todo lo toman en consideración. Quieren tomar toda cosa en consideración. Toman a todos en consideración, mediante lo cual suponen ser tomados en consideración por todos. Todo en ellos ha de ser redondo y liso. Nada les resulta más repugnante que las formas angulosas que denotan fuerza y energía.

Estos apacibles, amantes de la verdad y piadosos caballeros desmintieron descaradamente todos los informes procedentes del ejército según los cuales este estaba siendo arruinado por la mala dirección, pues estaban convencidos a priori de la perfección de su gobierno y tenían la mejor autoridad para esos desmentidos; y cuando el asunto siguió adelante con insistencia, y cuando los informes oficiales del teatro de la guerra les obligaron incluso a admitir partes de esa explicación, en sus desmentidos seguían resonando aspereza y cólera. Su oposición a la moción de Roebuck solicitando una investigación es el más escandaloso ejemplo de persistencia pública en la falsedad. El Times de Londres, Layard, Stafford y hasta su propio colega Russell les acusan de mentir, pero ellos persistieron. Toda la Cámara de los Comunes, con una mayoría de dos tercios, les acusó de mentiras, pero ellos siguieron persistiendo. Ahora están convictos ante el comité de Roebuck, pero, por lo que sabemos, todavía persisten. Pero su persistencia ha pasado a ser ahora cosa de poca importancia. La verdad revelada al mundo en toda su terrible realidad conducirá inevitablemente a una reforma del sistema y de la administración del ejército británico.