Escrito el 10 de abril de 1855.

[“New-York Daily Tribune” n.º 4375 del 27 de abril de 1855]

Londres, martes, 10 de abril de 1855

Permítaseme reanudar, tras una pausa prolongada, mi correspondencia en la “Tribune”.

Ayer y hoy serán, muy probablemente, los dos primeros días decisivos de la Conferencia de Viena, ya que ésta debía inaugurarse el día 9 en presencia del señor Drouyn de Lhuys y, al mismo tiempo, se esperaba que el embajador ruso hubiera recibido sus instrucciones acerca de los puntos tercero y cuarto. El viaje del señor Drouyn de Lhuys fue elevado a los cielos desde el principio en todas las bolsas como síntoma seguro de paz. Se decía que un diplomático tan eminente no participaría personalmente en las negociaciones si no estuviera seguro de su éxito. En lo que atañe a la “eminente calidad” de este diplomático, es de naturaleza harto legendaria y existe principalmente sólo en los artículos de prensa por él pagados, mediante los cuales se hace elevar a la altura de un segundo Talleyrand, como si su dilatada carrera bajo Luis Felipe no hubiera ya establecido desde hace tiempo su “eminente” mediocridad. Mas la verdadera razón de su viaje es ésta: lord John Russell, con su archiconocida ignorancia de la lengua francesa, ha conseguido en pocas semanas enredar a los aliados en concesiones que él ciertamente no quiso hacer nunca y que retirar ha de ser extraordinariamente difícil. El francés de lord John es la variedad del típico John Bull, tal como lo habla “Mylord” en “Fra Diavolo” y en otras piezas antaño populares en Francia. Empieza con las palabras “Monsieur l'aubergiste” [señor posadero] y termina con las palabras “très bien” [muy bien]. Si sólo entiende la mitad de lo que se le habla, tiene

la satisfacción de saber conscientemente que otras gentes entienden aún menos de lo que él suelta. Precisamente por esta razón lo envió a Viena su amigo y rival lord Palmerston, considerando que un par de errores garrafales en este escenario bastarían para romperle definitivamente el cuello al pobre pequeño John. Y así ha ocurrido realmente. La mayoría de las veces no podía entender de qué se trataba, y toda interpolación rápida e inesperada de Gorchakov o de Buol arrancaba infaliblemente al desdichado debutante diplomático un desconcertado “très bien”. Así pudo suceder que Rusia y, hasta cierto punto, también Austria, pudieran sostener la afirmación de que en algunos puntos, al menos en lo que a Inglaterra concierne, ya se había alcanzado un acuerdo que el pobre lord John jamás tuvo la intención de conceder. Es obvio que Palmerston no tenía nada que objetar a ello, en tanto la culpa recayera sobre su infortunado colega. Pero Luis Bonaparte no puede consentir que de esta manera se le embauque hacia la paz. Para poner coto a este género de diplomacia, el gobierno francés se ha decidido súbitamente a llevar las cosas a una decisión. Planteó un ultimátum, con el que Drouyn de Lhuys fue a Londres, donde obtuvo el consentimiento del gobierno británico, y que luego se llevó consigo a Viena. Por tanto, ahora puede considerársele como el representante conjunto de Francia e Inglaterra, y no cabe duda de que aprovechará esta posición en el mejor interés de su señor. Y puesto que el único y exclusivo interés de Luis Bonaparte consiste en no concertar

*ninguna*
paz antes de haber conquistado nueva gloria y nuevas ventajas para Francia y antes de que la guerra haya cumplido plena y enteramente su finalidad como “moyen de gouvernement” [medio de gobierno], resulta claro que la misión de Drouyn, lejos de ser pacífica, no persigue, por el contrario, otra cosa que asegurar la continuación de la guerra bajo cualquier pretexto medianamente presentable.

Entre la burguesía de Francia e Inglaterra, esta guerra es decididamente impopular. Entre la francesa lo fue desde el comienzo mismo, pues esta clase ha estado, desde el 2 de diciembre, en plena oposición al gobierno del “salvador de la sociedad”. En Inglaterra, la burguesía estaba dividida. La gran masa ha transferido su odio nacional de los franceses a los rusos. Aunque a John Bull le gusta emprender de vez en cuando algún que otro pequeño negocio de anexión en la India, no piensa en absoluto en permitir que otras naciones hagan lo mismo en otras regiones, cuando éstas están

peligrosamente cerca de Inglaterra o de sus posesiones. En este aspecto, Rusia era el país que desde hacía mucho tiempo excitaba sus celosos recelos. El comercio británico, que crece descomunalmente, hacia el Levante y, vía Trebisonda, hacia el Asia interior, convierte la libre navegación por los Dardanelos en un punto de la mayor importancia para Inglaterra. Ésta no puede consentir que Rusia vaya absorbiendo poco a poco los países danubianos, cuyo valor como granero crece constantemente, y tampoco puede tolerar que Rusia cierre la navegación por el Danubio. El trigo ruso desempeña ya un papel desmesurado en el consumo británico; una anexión por parte de Rusia de los países vecinos productores de trigo haría a Gran Bretaña por completo dependiente de ella y de los Estados Unidos, y convertiría a estos dos países en reguladores del mercado cerealista del mundo entero. Además, circulan en Inglaterra algunos vagos y alarmantes rumores sobre el avance de Rusia en el Asia central; esos rumores son recogidos por políticos indios interesados y por fantaseadores espantadizos, y aceptados crédulamente por el público británico a causa de su general ignorancia geográfica. Por eso, cuando Rusia inició su agresión contra Turquía, el odio nacional estalló de forma elemental, y nunca quizá una guerra fue tan popular como ésta. El partido de la paz hubo de callar por algún tiempo, y la masa de sus propios miembros se dejó arrastrar incluso por la corriente general. Mas quien conozca el carácter de los ingleses tenía que saber que este entusiasmo bélico no podía ser de larga duración, por lo menos en lo que a la burguesía concernía. Tan pronto como el efecto de la guerra se hizo sentir sobre sus bolsillos en forma de impuestos, el entendimiento mercantil venció naturalmente al orgullo nacional, y la pérdida de ganancias personales inmediatas pesó, desde luego, más que la certidumbre de la pérdida gradual de grandes ventajas nacionales. Los peelitas, refractarios a la guerra no tanto por verdadero amor a la paz como por la estrechez de miras y la pusilanimidad que detestan todas las grandes crisis y toda acción decidida, pusieron todo de su parte para apresurar el gran momento en que cada comerciante y fabricante británico pudiera calcular hasta el último penique lo que a él personalmente le costaba la guerra *per annum* [al año]. El señor Gladstone, desdeñando la vulgar idea de un empréstito, duplicó inmediatamente el impuesto sobre la renta y suspendió la reforma financiera. Al punto se manifestó el resultado. El partido de la paz levantó de nuevo la cabeza. El señor Bright cobró ánimos para enfrentarse, con el fuego en él bien conocido y con tenacidad, al sentimiento dominante, hasta que

logró ganar para sí a los distritos industriales. En Londres, el sentimiento sigue siendo, ciertamente, más favorable a la guerra; pero incluso aquí es visible la influencia del partido de la paz. Tampoco hay que olvidar que la Liga por la paz jamás ha tenido en ningún momento influencia digna de mención en la capital. Pese a todo, su agitación aumenta en todas las partes del país, y un segundo año de impuesto sobre la renta duplicado, más un empréstito —pues éste se considera ahora inevitable—, y el último rastro de espíritu guerrero entre las clases manufactureras y comerciales quedará extirpado.

Completamente distinto es el caso de la masa del pueblo en ambos países. El campesinado en Francia era, desde 1789, el más ardiente paladín de la guerra y de la gloria bélica. Esta vez, los campesinos tienen la seguridad de no sentir gran cosa de las penalidades de la guerra; pues en un país donde la propiedad de la tierra está infinitamente fragmentada entre pequeños propietarios, la leva para el servicio militar no sólo libra a los distritos agrícolas de brazos excedentes, sino que además da cada año a unos veinte mil jóvenes la oportunidad de ganarse una buena suma de dinero dejándose contratar como sustitutos. Sólo una guerra prolongada se sentiría con fuerza. El emperador no puede imponer tributos de guerra a los campesinos si no quiere poner en riesgo corona y vida. Su único medio de mantener entre ellos el bonapartismo consiste en eximirlos de impuestos de guerra y comprar así su favor, de modo que aún puedan permanecer libres de este tipo de opresión durante varios años.

Semejante es el caso en Inglaterra. En la agricultura suele imperar la abundancia de brazos, y de ellos se recluta la masa principal del ejército, el cual sólo en un período posterior de la guerra recibe un fuerte refuerzo del elemento pendenciero de las ciudades. Cuando la guerra comenzó, el comercio se hallaba en un estado razonablemente bueno, y se realizaron numerosas mejoras agrícolas; por ello, esta vez el número de reclutas rurales fue menor que de costumbre, y el elemento urbano es decididamente el predominante en la milicia actual. Pero incluso el escaso número de los alistados bastó para influir favorablemente en los salarios, y la simpatía de los habitantes de las aldeas acompaña siempre a los soldados que salen de entre ellos y que ahora se transforman en héroes. La imposición directa no afecta a los pequeños granjeros ni a los obreros, y antes de que el aumento de los impuestos indirectos se haga sentir para ellos, tienen que transcurrir primero algunos años de guerra. Entre esta gente, el entusiasmo bélico es más intenso que en ninguna otra parte, y no hay pueblo donde no se encuentre una nueva cervecería

con el rótulo “A los héroes del Álma” o con un letrero semejante, y donde en casi todas las casas no adornen las paredes maravillosas cromolitografías con representaciones del Álma, de Inkermán, del ataque de Balaklava e imágenes de lord Raglan y otros. Pero si en Francia el enorme predominio de los pequeños campesinos (cuatro quintas partes de la población entera) y su peculiar relación con Luis Napoleón confieren tal peso a sus votos, en Inglaterra la población rural, que constituye sólo un tercio de la población, apenas tiene influencia alguna, salvo como apéndice y séquito de los terratenientes aristocráticos.

La población obrera industrial ocupa en ambos países casi la misma posición particular con respecto a esta guerra. Tanto los proletarios británicos como los franceses están imbuidos de un noble espíritu nacional, aunque se hayan liberado en mayor o menor medida de los anticuados prejuicios nacionales que caracterizan al campesinado de ambos países. Tienen escaso interés inmediato en la guerra, a no ser que las victorias de sus compatriotas halaguen su orgullo nacional y que el curso de la guerra, conducida por los franceses con temeridad y arrogancia y por los ingleses con timidez y torpeza, les brinde una buena oportunidad de hacer agitación contra los gobiernos existentes y las clases dominantes. Pero lo principal para ellos es: esta guerra, que coincide con una crisis comercial —cuyos primeros comienzos acaban de hacerse notar—, que está dirigida por cabezas y manos que no están a la altura de su cometido y que al mismo tiempo adquiere dimensiones europeas, provocará y ha de provocar acontecimientos que pongan a la clase proletaria en condiciones de volver a ocupar aquella posición que perdió por la batalla de junio de 1848 en Francia. Y esto no vale únicamente para Francia, sino para toda Europa central, incluida Inglaterra.

En Francia, en efecto, no puede caber duda de que cada nueva tormenta revolucionaria, tarde o temprano, ha de llevar a la clase obrera al poder. En Inglaterra las cosas toman rápidamente un giro análogo. Hay allí una aristocracia que desea proseguir la guerra, pero no es capaz de hacerlo, y que ha quedado enteramente comprometida por la mala conducción de la guerra el pasado invierno. Hay allí una burguesía que no desea continuar esta guerra, pero la guerra no puede ser terminada ahora; al sacrificarlo todo a la paz, pone de manifiesto con ello su incapacidad para gobernar Inglaterra. Si los acontecimientos eliminaran a una de estas dos clases con sus numerosas fracciones e impidieran que la otra llegara al timón, sólo quedan dos clases a las que puede corresponder el poder: la pequeña burguesía, la clase de los pequeños comerciantes e industriales, cuya falta de energía y decisión se ha puesto de manifiesto en toda ocasión en que fue llamada a pasar de las palabras a los hechos, y la clase obrera, a la que constantemente se le reprochaba que mostrase demasiada energía y decisión cuando se disponía a actuar como clase.

¿Cuál de estas clases será, pues, la que saque a Inglaterra de la lucha actual y de todas las complicaciones que surjan en conexión con ella?

Karl Marx