Karl Marx

La agitación contra el endurecimiento de la observancia dominical

["Neue Oder-Zeitung" nº 307 del 5 de julio de 1855]

Londres, 2 de julio. La manifestación contra la ley dominical se repitió ayer en Hyde Park, en mayor escala, bajo auspicios más amenazadores, con consecuencias más graves. Testigo de ello es la sombría agitación que reina hoy en Londres.

En los carteles que convocaban a la repetición del mitin se incluía al mismo tiempo la invitación a congregarse el domingo a las 10 de la mañana frente a la casa del piadoso lord Grosvenor y a acompañarlo en su camino a la iglesia. El piadoso señor, sin embargo, ya había abandonado Londres el sábado en un carruaje privado —para viajar de incógnito—. Que está llamado por naturaleza más a hacer mártires de otros que a ser mártir él mismo, lo había demostrado ya su circular en todos los periódicos de Londres, en la que, por un lado, se aferra a su ley y, por otro, se esfuerza en mostrar que ésta carece de sentido, de finalidad y de significado. Su casa permaneció todo el domingo ocupada, no por cantores de salmos, sino por constables, en número de 200. Lo mismo la de su hermano, el marqués de Westminster, célebre por su riqueza.

Sir Richard Mayne, el jefe de la policía de Londres, había empapelado el sábado las murallas de Londres con carteles en los que «prohibía» no solo la celebración de un mitin en Hyde Park, sino también congregarse allí en «grandes masas» y manifestar cualquier signo de aprobación o desaprobación. El resultado de este ukase fue que, según el propio informe del circular de policía, ya a las dos y media 150.000 personas de todas las clases y edades hormigueaban de un lado a otro por el parque, y que poco a poco la masa humana fue creciendo hasta alcanzar dimensiones gigantescas y monstruosas incluso para Londres. No solo compareció Londres en leva en masa; se formó de nuevo el cordón humano a ambos lados de la calzada, a lo largo de la Serpentine, pero más denso y profundo que el domingo anterior. Pero quien no compareció fue la haute volée. En total se dejaron ver tal vez 20 carruajes, en su mayoría pequeños gigs y faetones, que pasaron sin ser molestados, mientras que sus hermanos más imponentes, panzudos, de pescante alto y más gallonados, fueron saludados con los viejos gritos y con la antigua babel de ruidos, cuyas ondas sonoras hicieron temblar esta vez el aire en una milla a la redonda. Los ukases policiales quedaron refutados por la asamblea de masas y su ejercicio pulmonar de mil bocas. La haute volée había evitado el campo de batalla y reconocido con su ausencia la soberanía de la vox populi.

Eran las 4, y la manifestación parecía desvanecerse, por falta de alimento, en inofensiva diversión dominical. Pero eso no entraba en los cálculos de la policía. ¿Iba a retirarse entre risas generales, lanzando una mirada de despedida melancólica a sus propios carteles, que en grandes letras se leían en el portal del parque? Además, sus grandes dignatarios estaban presentes: sir Richard Mayne y los superintendentes Gibs y Walker, a caballo; los inspectores Banks, Darkin y Brennan, a pie. Ochocientos constables estaban distribuidos estratégicamente, ocultos en su mayor parte en edificios y emboscadas. Destacamentos más fuertes habían sido apostados por estaciones en los lugares vecinos para acudir como refuerzo. La vivienda del guarda mayor del parque, el polvorín y los edificios de las sociedades de salvamento, todos situados en un punto donde la calzada a lo largo de la Serpentine se convierte en un sendero hacia Kensington Gardens, habían sido transformados en blocaos improvisados, con fuertes guarniciones policiales, acondicionados para alojar a prisioneros y heridos. Había simones apostados en la estación de policía de Vine Street, Piccadilly, para dirigirse al campo de batalla y recoger desde allí a los vencidos bajo segura escolta. En suma, la policía había trazado un plan de campaña «más enérgico», como dice el "Times", «que ninguno del que hayamos oído hablar hasta ahora en Crimea». La policía necesitaba cabezas ensangrentadas y detenciones para no caer, sin término medio, de lo sublime a lo ridículo.

Así pues, tan pronto como los cordones humanos se aclararon y las masas se distribuyeron, lejos de la calzada, en diversos grupos por los espacios inmensos del parque, sus jefes tomaron posición en medio de la calzada, entre las dos filas de espectadores, y desde sus caballos impartieron órdenes pomposas a derecha e izquierda. So pretexto de proteger a los carruajes y jinetes que pasaban. Pero como los carruajes y jinetes no aparecían, y no había nada que proteger, empezaron «con falsos pretextos» a hacer sacar y detener a determinados individuos de la masa, a saber, con el pretexto de que eran pickpockets (carteristas). Cuando estos experimentos se multiplicaron y el pretexto ya no se sostenía, un solo grito recorrió las masas; entonces los cuerpos de constables ocultos irrumpieron de sus emboscadas, hicieron saltar sus porras del bolsillo, repartieron cabezas ensangrentadas, arrancaron aquí y allá a un individuo de la multitud (en total han sido detenidas así 104 personas) y los arrastraron a los blocaos improvisados. El lado izquierdo de la calzada está separado del agua de la Serpentine solo por una estrecha franja. Mediante una maniobra, un oficial de policía con su tropa empujó allí a los espectadores hasta el borde mismo del elemento líquido y los amenazó con un baño de agua fría. Un individuo, para escapar de la porra policial, atravesó a nado la Serpentine hasta la otra orilla; pero un policía lo persiguió en un bote, lo atrapó y lo trajo de vuelta triunfante.

¡Cuánto se había transformado la fisonomía de la escena desde el domingo pasado! En lugar de las carrozas de Estado, sucios simones que iban y venían de la estación de policía de Vine Street a las cárceles improvisadas en Hyde Park, y de aquí a la estación de policía. En lugar de los lacayos en el pescante, un constable junto al borracho cochero de punto. En lugar de los elegantes caballeros y damas en el interior de los carruajes, prisioneros con cabezas ensangrentadas, cabellos desgreñados, semidesnudos, con ropas desgarradas, vigilados por figuras confisciadas, prensadas del lumpenproletariado irlandés en policías londinenses. En lugar de los abanicos que se agitaban, el silbante garrote de cuero (el truncheon del constable). Las clases dominantes habían mostrado el domingo pasado su fisonomía fashionable; esta vez mostraban su fisonomía estatal. El telón de fondo de los viejos señores de sonrisa amable, de los petimetres a la moda, de las viudas de aristocrática fragilidad, de las bellezas perfumadas, envueltas en cachemiras, plumas de avestruz, guirnaldas de diamantes y flores... era el constable, con su impermeable, su grasiento sombrero de hule y su truncheon. Era el reverso de la medalla. El domingo pasado, la masa había tenido frente a sí a la clase dominante en su apariencia individual. Esta vez aparecía como poder estatal, ley, truncheon. Esta vez la resistencia era insurrección, y al inglés hay que calentarlo largo y lentamente antes de que se insurreccione. Por eso, en conjunto, la contramanifestación se limitó a siseos, gruñidos, silbidos a los vehículos policiales, a intentos aislados y débiles de liberar a los prisioneros y, sobre todo, a la resistencia pasiva en la afirmación flemática del terreno de lucha.

Característico fue el papel que en este espectáculo asumieron los soldados, pertenecientes en parte a la Guardia y en parte al 66º Regimiento. Estaban presentes en gran número. Doce de ellos, guardias, algunos condecorados con medallas de Crimea, se hallaban en un grupo de hombres, mujeres y niños sobre el que se cebaban las porras policiales. Un anciano se desplomó en tierra, alcanzado por un golpe. «¡Los Stiffstaffs londinenses» (insulto para la policía) «son peores de lo que fueron los rusos en Inkerman!», gritó uno de los héroes de Crimea. La policía le echó mano. Fue liberado de inmediato entre el fuerte grito de la multitud: «¡Tres hurras por el ejército!». La policía consideró prudente retirarse. Entre tanto, se había sumado un número de granaderos; los soldados formaron una tropa y, mecidos por la masa, entre gritos de «¡Viva el ejército, abajo la policía, abajo la ley dominical!», se pavonearon arriba y abajo por el parque. La policía permanecía indecisa, cuando apareció un sargento de la Guardia, los increpó en voz alta por su brutalidad, calmó a los soldados y persuadió a algunos de ellos para que lo siguieran al cuartel, a fin de evitar colisiones más graves. Pero la mayoría de los soldados se quedó y dio rienda suelta, en medio del pueblo, a su ira contra la policía en expresiones desmedidas. La oposición entre policía y ejército es vieja en Inglaterra. Este momento, en que el ejército es el "pet child" (el niño mimado) de las masas, no es ciertamente el más adecuado para atenuarla.

Un anciano, de nombre Russell, se dice que ha muerto hoy a consecuencia de las heridas recibidas; media docena de heridos se encuentran en el St. George’s Hospital. Durante la manifestación se hicieron de nuevo diversos intentos de celebrar mítines parciales. En uno de ellos, junto a Albert Gate, fuera de la parte del parque ocupada originalmente por la policía, un anónimo arengó a su público más o menos como sigue:

«¡Hombres de la Vieja Inglaterra! ¡Despertad, levantaos de vuestro letargo o caed para siempre! ¡Oponed resistencia todos los domingos al gobierno! ¡Acudid contra la ley eclesiástica, como habéis hecho hoy! No temáis reclamar los derechos que os corresponden; sacudid más bien las cadenas de la opresión oligárquica y del despotismo. Si no, seréis derribados sin remedio. ¿No es una vergüenza que los habitantes de esta gran metrópoli, la mayor del mundo civilizado, hayan de entregar sus libertades en manos de un lord Grosvenor o de un hombre como lord Ebrington! Su señoría siente la necesidad de empujarnos a la iglesia y de hacernos religiosos mediante un acta del Parlamento. Es una empresa vana. ¡Quiénes somos nosotros y quiénes son ellos! Considerad la guerra actual. ¿No se libra a costa y con la sangre de las clases productivas? ¿Y qué hacen las improductivas? La echan a perder.»

El orador y el mitin fueron, naturalmente, interrumpidos por la policía.

En Greenwich, cerca del observatorio, los londinenses celebraron asimismo un mitin de 10.000 a 15.000 personas. Igualmente interrumpido por la policía.