Karl Marx

La agitación fuera del Parlamento

[«Neue Oder-Zeitung» núm. 229 del 19 de mayo de 1855]

Londres, 16 de mayo. El sordo malestar de la oposición burguesa por la votación en la Cámara de los Lores con motivo de la moción de Ellenborough es un síntoma de debilidad. Debería, por el contrario, haber celebrado el rechazo de la moción como una victoria. Obligar a la Cámara de los Lores, al alto consejo de la aristocracia, a declararse satisfecha —en público y solemne debate— con la forma en que se ha llevado hasta ahora la guerra, a reconocer en voz alta a Palmerston como su paladín y representante y a rechazar definitivamente meros piadosos deseos de reforma administrativa, de toda clase de reforma… ¿qué resultado más favorable podían esperar los *enemigos de la aristocracia* de la moción de Ellenborough? Debían, ante todo, tratar de desacreditar a la Cámara de los Lores, el último baluarte de la aristocracia inglesa. ¿Y se lamentan de que la Cámara de los Lores haya desdeñado una popularidad pasajera, no a costa de sus privilegios, sino del gabinete existente? Que se lamente el «Morning Herald», el órgano tory, el órgano de todos los prejuicios de «nuestra insuperable constitución», está en el orden de las cosas. Para el «Morning Herald» era una perspectiva consoladora ver que, después de que los oligarcas whigs hubieran fungido durante siglo y medio como amigos de la burguesía y del «progreso liberal», ahora los tories cambiaran de papel y se vieran encargados, por otro siglo y medio, del papel de representantes «aristocráticos» de la burguesía y del «progreso liberal». El «Morning Herald» tiene derecho a lamentarse, bueno y pleno derecho. Pero ¿y la oposición burguesa? ¿Acaso se imaginaba que una moderada manifestación de los comerciantes de la City bastaba para forzar a la aristocracia al suicidio, a la abdicación? Pero la verdad es que la burguesía desea un compromiso, que espera condescendencia de la otra parte para poder ser ella misma condescendiente, que, a ser posible, quisiera evitar una lucha real. En cuanto la lucha se vuelve real, «el millón», como llaman a las clases «bajas», se mete en la arena, no sólo como espectador, no sólo como árbitro, sino como parte. Y eso quiere la burguesía evitar a toda costa. Una razón análoga mantuvo alejados a los whigs del gabinete entre 1808 y 1830. Querían echar a sus adversarios a toda costa, sólo que no al precio de verdaderas concesiones a la burguesía, sin cuyo concurso no era posible echar a los tories, sólo que no al precio de una reforma parlamentaria. Hemos visto de qué manera equívoca, encogiéndose de hombros, reservándose, irónica e insustancialmente, Ellenborough y Derby se erigieron en partidarios de la reforma administrativa burguesa, repeliendo a la vez con pies y manos a sus presuntos aliados. Veremos ahora, por otra parte, con qué angustiosa perfidia los reformistas comerciantes de la City procuraron ante todo prevenir toda oposición por parte de los cartistas y asegurar provisionalmente su silencio, para luego escamotearles las posiciones que voluntariamente les habían concedido. Tanto en el caso de los tories como en el de los comerciantes de la City, el temor y la aversión hacia el presunto aliado superan la hostilidad contra el presunto adversario. El desarrollo de los hechos fue, en pocas palabras, el siguiente.

La Asociación para la Reforma Administrativa temía la oposición de los cartistas, quienes, en dos grandes mítines —como recordará el lector—, en St. Martins Hall y en Southwark, habían desalojado del terreno a la «Asociación Nacional y Constitucional» y la habían forzado a retirarse del terreno por ella misma elegido. El 26 de abril enviaron al señor James Acland (antiguo *Anti-Corn-Law Lecturer* <propagandista contra las leyes de cereales>) a la residencia de Ernest Jones, donde se anunció como «enviado» de la Asociación para la Reforma Administrativa, que contaba con el apoyo de los cartistas, pues su deseo era destruir la «legislación de clase» e instaurar un gobierno popular. Invitó a Ernest Jones a una reunión para el día siguiente con el comité de dicha administración. Jones declaró que no era competente para responder en nombre del partido cartista. Debía rechazar la reunión hasta haber consultado al comité administrativo londinense de los cartistas, que se reuniría el domingo siguiente.

El domingo por la tarde, 29 de abril, Jones puso todo el asunto en conocimiento del comité cartista. Fue autorizado para proseguir la negociación. A la mañana siguiente, Jones se reunió con el señor Ingraham Travers, director del movimiento de la City, quien acreditó personalmente al señor James Acland como agente autorizado y representante de su partido. El señor I. Travers aseguró a Jones que se proponían fundar un gobierno popular. Las resoluciones, tal como aparecían impresas en el «Times», eran sólo *provisionales*; sobre los medios para alcanzar el fin debía decidir el comité administrativo que habría de elegirse en el mitin de la London Tavern. Los cartistas, como prueba de su simpatía por la causa de la reforma administrativa, debían nombrar un portavoz que los representara en el mitin. Éste debía ser llamado por el presidente para apoyar una de las resoluciones. Los cartistas debían, además, nombrar un representante que, en el mitin de la Tavern, a propuesta del comité provisional de los comerciantes de la City, sería nombrado miembro permanente del comité administrativo de la Asociación de Reforma. Finalmente se acordó que, dado que la admisión tenía lugar sólo mediante tarjetas, los cartistas recibirían la parte correspondiente de esas tarjetas. Jones se negó a dejar que este asunto descansara en un mero acuerdo verbal y declaró al señor Ingraham [Travers] que debía proponer todos los puntos mencionados en una carta al comité administrativo de los cartistas.

Así se hizo. La carta, rebosante de protestas, llegó. Sin embargo, cuando llegó el momento de enviar las tarjetas de entrada, sólo llegaron 12 tarjetas. Ante la queja del comité cartista por el incumplimiento de la palabra, se disculparon diciendo que no quedaban tarjetas. No obstante, si el comité cartista quería apostar a dos de sus miembros en las puertas de la Tavern, recibirían autorización para dejar entrar a quien quisieran, incluso sin tarjetas de entrada. A tal efecto, los señores Slocombe y Workman fueron elegidos por los cartistas y recibieron sus autorizaciones del señor Travers. Para disipar toda sospecha, la Asociación para la Reforma Administrativa envió, el mismo día del mitin, unas horas antes de su apertura, un mensajero especial con una carta a Jones para recordarle que el presidente le pediría que apoyara la cuarta resolución y que sería propuesto al mitin como miembro del comité administrativo, en su calidad de representante de los cartistas.

Aproximadamente una hora antes de la apertura del mitin, grandes masas de cartistas se habían congregado frente a la Tavern. Tan pronto como se abrieron las puertas, se prohibió a los señores Slocombe y Workman dejar entrar a nadie sin tarjeta. Se repartieron a regañadientes ocho tarjetas para *ganar tiempo* en un momento en que la presión desde fuera parecía tornarse seria. Ese tiempo fue aprovechado para hacer entrar un destacamento de policía que aguardaba en una calle adyacente. Desde ese momento no se admitió a nadie, salvo a «los comerciantes y banqueros conocidos». Es más, se rechazó a personas con *atuendo obrero*, con las conocidas chaquetas de pana, incluso si llevaban tarjeta de entrada. Para engañar a la masa obrera que aguardaba en la calle, se cerraron de pronto las puertas y se fijaron carteles que decían: «La sala está llena. Ya no puede entrar nadie». Pero a esa hora la sala no estaba ni siquiera medio llena, y los «caballeros» que llegaban en sus coches eran admitidos por las ventanas y por una puerta trasera, a través de la cocina. La masa obrera se dispersó tranquilamente, sin sospechar la traición. Aunque Ernest Jones mostró durante el mitin su «billete de plataforma», no se le permitió subir a la tribuna y, naturalmente, mucho menos hablar. La Asociación había alcanzado dos fines: impedir la oposición de los cartistas y poder presentar a la masa en la calle como *su séquito*. Pero debía figurar sólo como comparsa en la calle.

Ernest Jones, en un llamamiento a los trabajadores de Inglaterra, relata el desarrollo de esta comedia de intrigas y arroja el guante a la Asociación para la Reforma Administrativa en nombre de los cartistas.