Friedrich Engels

Los ejércitos de Europa

Escrito desde fines de junio hasta septiembre de 1855.

De “Putnam’s Monthly. A Magazine of Literature, Science and Art”

Agosto de 1855

Primer artículo

I. El ejército francés

II. El ejército inglés

III. El ejército austríaco

Septiembre de 1855

Segundo artículo

I. El ejército prusiano

II. El ejército ruso

III. Los ejércitos menores de Alemania

Diciembre de 1855

Tercer artículo

I. El ejército turco

II. El ejército sardo

III. Los ejércitos italianos menores

IV. El ejército suizo

V. Los ejércitos escandinavos

VI. El ejército holandés

VII. El ejército belga

VIII. El ejército portugués

IX. El ejército español

Primer artículo

[“Putnam’s Monthly” núm. XXXII. Agosto de 1855]

La guerra que desde hace dos años se desata en las costas del mar Negro ha llamado la atención sobre los dos millones de soldados que Europa mantiene sobre las armas incluso en plena paz, y cuyo número quizá deba duplicarse muy pronto. En caso de que la guerra continúe, lo que es casi seguro, podemos contar con ver a esos cuatro millones enzarzados en operaciones activas en un teatro de guerra que se extenderá de mar a mar a través de toda la anchura del continente europeo.

Por esta razón, una evaluación no solo de los ejércitos que hasta ahora han estado involucrados en el conflicto oriental, sino también de los demás ejércitos más importantes de Europa, podría no carecer de interés para nuestros lectores, especialmente porque de este lado del Atlántico, afortunadamente, nada ha aparecido que en medida alguna se aproxime siquiera al tamaño de los ejércitos de segundo orden de Europa; por consiguiente, la organización de tales cuerpos de tropas es insuficientemente conocida por los legos entre nosotros.

La desconfianza por la cual cada Estado envolvía antes a su ejército en un misterioso secreto, ya no existe. Resulta curioso que, incluso en los Estados que apenas permiten publicación alguna, donde todas las ramas de la administración civil permanecen hasta hoy envueltas en la oscuridad que el absolutismo requería, la organización del ejército sea enteramente accesible al público. Se publican listas de ejército que indican no solo la subdivisión de las fuerzas armadas en cuerpos, divisiones, brigadas, regimientos, batallones y escuadrones, sino también la distribución de los acuartelamientos de estas tropas, su número y los nombres de los oficiales que las mandan. Siempre que tienen lugar grandes paradas militares, la presencia de oficiales extranjeros no solo es tolerada, sino incluso deseada; se solicita crítica, se intercambian observaciones, se discuten seriamente las instituciones y disposiciones específicas de cada ejército, y reina una publicidad que se halla en contradicción demasiado extraña con muchas otras características del mismo sistema. Los verdaderos secretos que un ministerio de la Guerra europeo es capaz de guardar para sí son algunas recetas de composiciones químicas, por ejemplo para cohetes o espoletas, y aun estas se hacen públicas muy pronto o son superadas por el progreso de los inventos, como, por ejemplo, la composición del cohete británico Congreve por los cohetes de guerra del señor Hale, que han sido adoptados por el ejército de los Estados Unidos y ahora también por el británico.

Esta publicidad lleva a los diversos ministerios de la Guerra del mundo civilizado a formar, por así decirlo, un gran comité militar en tiempos de paz, para discutir las ventajas de todas las innovaciones propuestas y dar a cada miembro la posibilidad de aprovechar las experiencias de los demás. De este modo, la estructura, la organización y la economía general son casi iguales en casi todos los ejércitos europeos, y en este sentido puede decirse que un ejército es aproximadamente tan bueno como otro. Pero el carácter nacional, las tradiciones históricas y, sobre todo, el diferente grado de civilización causan otras tantas diferencias y constituyen en cada ejército sus puntos fuertes y débiles. El francés y el húngaro, el inglés y el italiano, el ruso y el alemán pueden ser, en determinadas circunstancias, soldados igualmente buenos y capaces; pero a pesar de un mismo sistema de instrucción, que parece nivelar todas las diferencias, cada uno será bueno a su manera, ya que cada cual posee cualidades particulares distintas de las de su rival.

Esto nos lleva a una cuestión que ha sido discutida con demasiada frecuencia entre los patriotas militares de las diferentes nacionalidades: ¿Qué pueblo tiene los mejores soldados? Naturalmente, cada pueblo se preocupa con celo por su propia reputación, y según la opinión pública general —alimentada por relatos que, por mucho que les falte en exactitud crítica, están abundantemente adornados por el embellecimiento patriótico— un regimiento de la propia nación puede “apalear” a voluntad a dos o tres regimientos de otra. La historia de la guerra como ciencia, en la que una apreciación correcta de los hechos constituye el único y supremo criterio, es todavía muy joven y hasta ahora solo tiene una literatura muy escasa. Sin embargo, es una rama reconocida de la ciencia y va barriendo cada vez más, como el viento la paja, la fanfarronería insolente y estúpida que durante demasiado tiempo fue característica de obras que pasaban por históricas porque tenían la tarea de tergiversar cada hecho que referían. Ha pasado el tiempo en que la gente, mientras escribía la historia de una guerra, continuaba esa guerra, por así decirlo, por cuenta propia, y podía arrojar impunemente lodo al antiguo adversario después de que la conclusión de la paz les prohibiera dispararle con hierro. Y aunque alguna cuestión menos importante de la historia de la guerra aún deba ser esclarecida, es seguro que no hay nación civilizada que no pueda jactarse de haber producido, en uno u otro período, los mejores soldados de su tiempo. Los lansquenetes alemanes de la Baja Edad Media, los soldados suizos del siglo XVI fueron durante un tiempo tan invencibles como los magníficos soldados españoles que les arrebataron el rango de ser la «mejor infantería del mundo»; los franceses de Luis XIV y los austríacos de Eugenio se disputaron este lugar de honor, hasta que los prusianos de Federico el Grande decidieron la cuestión derrotando a ambos; estos a su vez fueron puestos en el mayor descrédito por un solo golpe en Jena, y una vez más los franceses fueron universalmente reconocidos como los mejores soldados de Europa. Al mismo tiempo, no pudieron impedir que los ingleses se mostraran superiores a ellos en España, bajo ciertas circunstancias y en determinados momentos de una batalla. Sin duda, las legiones que Napoleón condujo en 1805 del campamento de Boulogne a Austerlitz eran las mejores tropas de su tiempo; indudablemente, Wellington sabía lo que decía cuando, al finalizar la guerra en la península Pirenaica, calificó a sus soldados de «un ejército con el que podía ir a cualquier parte y emprender cualquier cosa». Y sin embargo, la flor de ese ejército británico de los Pirineos fue derrotada en Nueva Orleans simplemente por milicianos y voluntarios que ni estaban instruidos ni poseían una organización adecuada.

La experiencia de todas las campañas del pasado nos conduce, pues, al mismo resultado, y todo soldado veterano sensato, libre de prejuicios, lo confirmará: las cualidades militares, tanto en lo que respecta al valor como a la capacidad de combate, están en general distribuidas de manera bastante uniforme entre las diferentes naciones del mundo; los soldados de las diversas nacionalidades no se diferencian tanto por el grado de cualificación, sino más bien por su modalidad específica; y sobre la base de la publicidad que hoy se ha impuesto en los asuntos militares, lo que importa es con cuánta perseverancia se aprovechan las ideas, mejoras e inventos para las instituciones y recursos militares de un Estado, y cómo se desarrollan las cualidades militares que distinguen particularmente a una nación —solo así puede lograrse que un ejército figure por un tiempo a la cabeza de sus rivales. Por eso reconocemos inmediatamente qué ventaja, en el sentido militar, obtiene un país del desarrollo superior de la civilización frente a sus vecinos menos desarrollados. Como ejemplo podemos aducir que el ejército ruso, aunque se distingue por muchas cualidades soldadescas de primer orden, nunca ha podido mostrarse superior a ningún otro ejército de la Europa civilizada. En igualdad de condiciones, los rusos lucharían desesperadamente; pero al menos hasta la presente guerra, fueron batidos con seguridad, tanto si sus adversarios eran franceses, prusianos, polacos o ingleses.

Antes de considerar por separado los distintos ejércitos, son necesarias unas observaciones generales que atañen a todos ellos:

Un ejército, sobre todo uno grande de 300.000 a 500.000 hombres y más, con todas las subdivisiones necesarias, sus diferentes armas y sus exigencias de tropas, material y organización, es un cuerpo tan complicado que la mayor simplificación posible resulta indispensable. Hay tantas diversidades inevitables que cabría esperar que no se las incrementara con un abigarramiento artificial e insignificante. No obstante, la costumbre y ese espíritu de pompa y paradas, la ruina de los viejos ejércitos, han complicado increíblemente las cosas en casi todos los ejércitos europeos.

Las diferencias de estatura, fuerza y temperamento que existen tanto en los hombres como en los caballos de cada país exigen una separación de la infantería y caballería ligeras respecto de las pesadas. El intento de borrar por completo esta separación equivaldría a reunir en un todo a individuos cuyas cualidades militares son opuestas por naturaleza y que, por consiguiente, se neutralizarían mutuamente en cierta medida, debilitando con ello la capacidad de rendimiento del conjunto. Así, cada una de las dos armas se divide naturalmente en dos partes distintas: una comprende a los hombres más pesados y corpulentos (y los caballos correspondientes) y está destinada principalmente a los grandes ataques decisivos y al combate en orden cerrado; la otra está formada por los hombres más ligeros y ágiles, particularmente aptos para la escaramuza, para el servicio de puestos avanzados y de vanguardia, para maniobras rápidas y similares. Hasta aquí la subdivisión es perfectamente legítima. Pero, además de esta división natural, en casi todos los ejércitos cada parte se subdivide a su vez en ramas que se distinguen únicamente por diferencias imaginativas en el vestuario y por sofisterías teóricas, constantemente refutadas por la práctica y la experiencia.

Así, en todo ejército europeo hay un cuerpo que recibe el nombre de Guardia y que presume de ser la élite del ejército, aunque en realidad no pasa de ser un conjunto de los individuos más altos que se pueden encontrar. Las guardias rusa e inglesa se distinguen particularmente en este aspecto, pese a que no existe prueba alguna de que superen en valor y capacidad a los demás regimientos de ambos ejércitos. La Vieja Guardia de Napoleón era una institución completamente distinta; era la verdadera élite del ejército, y la estatura nada tenía que ver con su formación. Pero incluso esta Guardia debilitaba al resto del ejército al absorber los mejores elementos. La consideración hacia tropas con las que no podía compararse ninguna otra indujo a veces a Napoleón a cometer errores, como en Borodinó, donde no hizo avanzar a su Guardia en el momento decisivo y dejó pasar así la ocasión de impedir que las fuerzas rusas se retiraran ordenadamente. Aparte de su Guardia Imperial, los franceses tienen en cada batallón una especie de élite compuesta por dos compañías —una de granaderos y otra de voltigeurs—; con ello las evoluciones tácticas del batallón se complican innecesariamente. En otras naciones ocurre algo parecido. Todas estas tropas escogidas reciben, además de su formación y vestimenta especiales, una paga más alta. Se dice que semejante sistema estimula la ambición del soldado raso, sobre todo en naciones de sangre caliente como la francesa y la italiana. Pero se lograría lo mismo, y quizá de modo más perfecto, si los soldados que han merecido esa distinción permanecieran en las filas de sus compañías respectivas y no se los utilizara como excusa para perturbar la unidad y la simetría de los movimientos tácticos del batallón.

Aún más llamativa es la farsa en la caballería. Aquí la distinción entre caballería ligera y pesada sirve de pretexto para toda clase de subdivisiones: coraceros, dragones, carabineros, lanceros, cazadores, húsares, etc. Todas esas subdivisiones no solo carecen de valor, sino que son completamente absurdas, pues provocan complicaciones. Los húsares y los lanceros son imitaciones de los húngaros y los polacos; sin embargo, en Hungría y Polonia esas tropas tenían su sentido —eran la tropa nacional, y el uniforme que vestían era el traje nacional del país—. Copiar tales particularidades en otros países, donde falta el espíritu nacional que les daba vida, es, por decirlo suavemente, ridículo; y así, es muy posible que el húsar húngaro de 1814, al ser interpelado con un «camarada» por un húsar ruso, respondiera: «Nix camarada, ¡yo húsar, tú bufón!» <Esta respuesta en “Putnam’s Monthly”, en inglés y alemán>. Otra formación igualmente ridícula en casi todos los ejércitos son los coraceros: hombres a quienes el peso de sus corazas inutiliza para el combate real y perjudica también a sus caballos (una coraza francesa pesa veintidós libras); y con todo, ¡las corazas no les protegen siquiera del efecto de una bala de fusil disparada desde ciento cincuenta yardas! En casi todos los ejércitos europeos se había prescindido de la coraza, hasta que el amor de Napoleón por la pompa y la tradición monárquica la reintrodujo entre los franceses, ejemplo que bien pronto siguieron todas las naciones de Europa.

Fuera de nuestro propio y pequeño ejército, el sardo es el único entre los de las naciones civilizadas en el que la caballería se compone de caballería ligera y de caballería pesada sin ulterior subdivisión, y donde la coraza ha sido suprimida por completo.

En la artillería de campaña se encuentra en todos los ejércitos un embrollo de calibres diferentes. En teoría es entre los ingleses donde reina la mayor diversidad, pues poseen ocho calibres y doce modelos de cañón distintos; pero en la práctica su abundante material les permite reducir la artillería a la mayor sencillez. En Crimea, por ejemplo, casi solo se emplean los cañones de a nueve y los obuses de a veinticuatro. Los franceses han simplificado su artillería cuanto han podido durante los últimos años, sustituyendo los cuatro calibres distintos por uno solo: el obús ligero de a doce, del que hablaremos en su momento. En la mayoría de los demás ejércitos aún hay de tres a cuatro calibres, sin contar la diversidad de cureñas, carros de munición, ruedas y cosas análogas.

Las tropas técnicas de los diversos ejércitos, las de ingenieros, etc. —acaso pueda añadirse el estado mayor—, están organizadas de modo bastante similar en todos los ejércitos, salvo el hecho de que entre los británicos, para gran desventaja suya, el estado mayor no constituye de ningún modo un cuerpo independiente. En su momento mencionaremos otras diferencias pequeñas.

Empecemos por aquel ejército que, por la organización que se dio durante la Revolución y bajo Napoleón, ha servido en cierto modo de modelo a todos los ejércitos europeos desde principios de este siglo.

1. El ejército francés

Al estallar la actual guerra, Francia tenía cien regimientos de infantería de línea (del 76.º al 100.º eran designados hasta hace poco como «infantería ligera», aunque su instrucción y organización no se diferenciaban en nada de las de los regimientos de línea). Cada regimiento consta de tres batallones: dos de campaña y el tercero como reserva. En tiempo de guerra, sin embargo, el tercer batallón puede organizarse con gran rapidez para el servicio de campaña, y un cuarto batallón, formado por la compañía de depósito especial de cada uno de los tres batallones, se encarga del servicio de depósito. Así sucedió durante las guerras de Napoleón, quien llegó a formar quintos y, en ciertos casos, sextos batallones. Por el momento, sin embargo, solo podemos contar con tres batallones por regimiento. Cada batallón tiene ocho compañías (una de granaderos y una de voltigeurs, más seis de fusileros) y cada compañía, en pie de guerra, cuenta con tres oficiales y ciento quince suboficiales y soldados. Por tanto, un batallón de línea francés en pie de guerra comprende aproximadamente novecientos sesenta hombres, de los cuales una octava parte (la compañía de voltigeurs) está destinada particularmente a operar como infantería ligera.

Las tropas especiales destinadas al servicio de infantería ligera son los chasseurs-à-pied (cazadores a pie) y las tropas africanas. Los cazadores, que antes de la guerra eran sólo diez batallones, fueron aumentados en 1853 a veinte batallones, de modo que, al formarse, casi cada división de infantería del ejército (cuatro regimientos) puede recibir un batallón de cazadores. Estos batallones constan de diez compañías, aproximadamente mil trescientos hombres. Las tropas especialmente destinadas al servicio de África están compuestas por: tres regimientos de zuavos con nueve batallones, dos regimientos o seis batallones de la Legión Extranjera, seis batallones de infantería ligera (de los cuales tres son de cazadores indígenas), en total veintiún batallones o alrededor de veintidós mil hombres.

La caballería se compone de cuatro partes diferenciadas:

1.ª Caballería pesada o de reserva: doce regimientos —de ellos dos de carabineros (coraceros armados con fusil), diez regimientos de coraceros = setenta y dos escuadrones;

2.ª Caballería de línea: veinte regimientos —doce regimientos de dragones, ocho regimientos de lanceros = ciento veinte escuadrones;

3.ª Caballería ligera: veintiún regimientos —doce regimientos de chasseurs-à-cheval (cazadores a caballo), nueve regimientos de húsares = ciento veintiséis escuadrones;

4.ª Caballería ligera africana: siete regimientos —cuatro regimientos de Chasseurs d’Afrique (caballería ligera destinada al servicio en África), tres regimientos de spahis = cuarenta y dos escuadrones.

Los escuadrones de la caballería de reserva y de línea constan —en pie de guerra— de ciento noventa hombres, y los de la caballería ligera de doscientos. En tiempo de paz apenas hay cuatro escuadrones de ciento veinte hombres cada uno completamente equipados, de modo que en toda movilización del ejército ha de llamarse a filas a un gran número de soldados licenciados y aportar caballos para ellos, cosa que en un país tan pobre en caballos como Francia nunca puede lograrse sin una cuantiosa importación del extranjero.

La artillería, recientemente reorganizada, está formada en diecisiete regimientos: cinco de artillería a pie para el servicio de guarnición y sitio, siete regimientos de línea (asignados a las divisiones de infantería), cuatro regimientos de artillería montada y uno de pontoneros. Es probable que la artillería a pie esté destinada a combatir en campaña solo en caso de necesidad. En la artillería de línea, las cureñas y los avantrenes están construidos de manera que los artilleros puedan montar durante los movimientos rápidos. La artillería montada está organizada como en los demás ejércitos. La artillería de línea y la montada comprenden ciento treinta y siete baterías de a seis piezas cada una, a las que se agregan sesenta baterías de artillería a pie como reserva, en total mil ciento ochenta y dos cañones. Además, pertenecen a la artillería trece compañías de obreros.

Los cuerpos especiales del ejército comprenden: el estado mayor general con quinientos sesenta oficiales; los estados mayores de las fortalezas, la artillería y el cuerpo de ingenieros, con unos mil doscientos oficiales; tres regimientos de zapadores y minadores, cinco escuadrones de tren de carga, cinco escuadrones de tren de víveres; mil ciento ochenta y siete oficiales de sanidad, etc. Las cifras totales son las siguientes:

Infantería  
De línea, 300 batallones y 300 compañías de depósito: 335.000  
Cazadores, 20 batallones: 26.000  
Tropas africanas, 21 batallones: 22.000  
383.000  

Caballería  
Reserva, 72 escuadrones y 12 escuadrones de depósito: 16.300  
Línea, 120 escuadrones y 20 escuadrones de depósito: 28.400  
Ligera, 126 escuadrones y 21 escuadrones de depósito: 31.300  
Africana, 42 escuadrones: 10.000  
86.000  

Artillería y cuerpos especiales  
1.200 cañones y 70.000  

Total  
1.200 cañones y 539.000  

A estas cifras hay que añadir la Guardia recién formada, con la fuerza de una división de infantería (2 regimientos de granaderos, 2 regimientos de voltigeurs), 1 brigada de caballería (1 regimiento de coraceros, 1 regimiento de guías), 1 batallón de cazadores y 4 o 5 baterías de artillería, así como 25.000 hombres de gendarmería, de los cuales 14.000 son montados. Recientemente se han formado 2 regimientos de infantería más, los números 101 y 102, y se está organizando una nueva brigada de la Legión Extranjera (suizos). Así pues, el ejército francés, con su organización actual, tiene un efectivo total de unos 600.000 hombres; ésta será una estimación bastante exacta de la cifra presente.

El ejército se recluta por sorteo entre todos los jóvenes que han cumplido veinte años. Cabe suponer que anualmente se dispone de unos 140.000 hombres; de ellos, sin embargo, en tiempo de paz solo se incorporan al servicio de las armas de 60.000 a 80.000. Los restantes pueden ser llamados a filas en cualquier momento durante los ocho años que siguen a su sorteo. En tiempo de paz, además, se concede a gran número de soldados largas licencias, de manera que el tiempo de servicio real, incluso de los llamados a filas, no supera los cuatro o cinco años. Con este sistema no se dispone de reservas instruidas para los casos de necesidad, mientras que las tropas que prestan servicio efectivo alcanzan un alto grado de capacidad. Una gran guerra continental, en la que Francia tuviera que combatir con dos o tres grandes ejércitos, la obligaría a enviar al campo ya en la segunda campaña a muchos reclutas sin instrucción, y en la tercera campaña el ejército se deterioraría de modo evidente. El hecho es que los franceses aprenden con gran facilidad el oficio de soldado; ¿por qué se mantiene entonces el largo tiempo de servicio, que excluye a la mayor parte de los jóvenes disponibles del beneficio de una escuela de educación militar?

Dondequiera que el servicio militar es obligatorio y de larga duración, las necesidades vitales de la sociedad europea llevaron a las clases acomodadas al privilegio de comprar su exención del servicio personal mediante un pago en dinero, de una u otra forma. Así, en Francia el sistema de presentar un sustituto está legalmente reconocido, y en el ejército francés sirven constantemente alrededor de 80.000 de estos sustitutos. Proceden en su mayoría de las llamadas «clases peligrosas» y son bastante difíciles de manejar, aunque una vez aclimatados, resultan magníficos soldados. Solo pueden ser mantenidos a raya mediante una disciplina estricta, y sus opiniones sobre el orden y la subordinación son a veces bastante insólitas. Dondequiera que se encuentre un gran número de ellos en un regimiento, sin duda causarán dificultades en la guarnición. Por eso se considera que están mejor ubicados frente al enemigo, y por eso las tropas ligeras de África se reclutan especialmente entre ellos; por ejemplo, casi todos los zuavos del ejército ingresaron como “Remplaçants” <sustitutos>. La campaña de Crimea demostró en toda su amplitud que los zuavos llevan consigo a todas partes sus costumbres africanas, tanto su amor por el saqueo como su comportamiento indisciplinado ante los reveses; y posiblemente el mismo espíritu habla por boca de un alma afín, a saber, el difunto mariscal Saint-Arnaud, cuando en su parte sobre la batalla del Alma dice: «¡Los zuavos son los mejores soldados del mundo!»

El equipamiento del ejército francés es en general de primera clase. Las armas están bien diseñadas, y en particular el sable de caballería es un modelo muy bueno, aunque quizá sea un poco demasiado largo. La infantería está equipada según el nuevo sistema que se introdujo en Francia y Prusia al mismo tiempo; con ello se suprimió la bandolera cruzada para la cartuchera y el sable o bayoneta; ambas se llevan en un cinturón, sostenido por dos correas de cuero sobre los hombros, mientras que la mochila se lleva suelta en dos correas que pasan por encima de los hombros, sin la anticuada correa transversal sobre el pecho. De este modo, el pecho queda completamente libre, y el soldado se convierte en un hombre enteramente distinto del desdichado que estaba embutido y apretado en una coraza de cuero, a la que lo forzaba el antiguo sistema. El uniforme es sencillo, pero de buen gusto; hay que reconocer realmente que los franceses han mostrado, tanto en las modas militares como en las civiles, más gusto que ninguna otra nación. Una guerrera o levita azul, que cubre los muslos hasta las rodillas, con un cuello bajo y escotado por delante; pantalones de color escarlata, moderadamente anchos; un ligero quepis, el cubrecabezas más militar que se ha inventado hasta ahora; zapatos; polainas y un cómodo capote gris: todo ello forma un conjunto tan sencillo y adecuado como no se conoce en ningún otro ejército europeo. En África se protege la cabeza contra los rayos del sol con una capucha de franela blanca; también se distribuye ropa interior de franela a las tropas. En Crimea, durante el último invierno, se llevaron capuchas de paño grueso que cubrían la cabeza, el cuello y los hombros. Los chasseurs-à-pied van vestidos enteramente de gris con ribetes verdes; los zuavos llevan una especie de fantasía turca, que parece bien adaptada al clima y a su servicio. Los cazadores y algunos otros batallones africanos están armados con fusiles Minié; el resto de la infantería, con simples fusiles de percusión. Sin embargo, parece existir la intención de aumentar la proporción de tropas equipadas con fusiles rayados.

La caballería es una tropa de buena presencia, más ligera que en muchos otros ejércitos, pero no por ello peor. En tiempos de paz está, en conjunto, bastante bien provista de caballos, adquiridos en el extranjero o procedentes de las yeguadas estatales y de los distritos donde se ha logrado mejorar la cría autóctona, que hasta hace poco estaba muy descuidada. Pero en caso de guerra, cuando el número de caballos tiene que duplicarse de repente, los recursos del país son del todo insuficientes, y hay que comprar miles de caballos en el extranjero, muchos de los cuales apenas sirven para el servicio de caballería. Así, en toda guerra prolongada, la caballería francesa pronto no valdrá nada, a menos que el gobierno pueda echar mano de los recursos de países ricos en caballos, como hizo en los años 1805, 1806 y 1807.

La artillería está ahora equipada exclusivamente con el nuevo cañón ligero de a doce, la llamada invención de Luis Napoleón. Pero como el cañón ligero de a doce, dispuesto para una carga de un cuarto del peso del proyectil, ya existía en los ejércitos inglés y holandés, como los belgas ya habían suprimido la recámara en sus obuses y como prusianos y austriacos suelen disparar granadas con cañones de a doce y de a veinticuatro en ciertos casos, la pretendida invención se reduce a haber adaptado este cañón ligero de a doce a la cureña ordinaria francesa de a ocho. Sin embargo, la artillería francesa ha ganado evidentemente en sencillez y eficacia con el cambio; si su movilidad ha sufrido, está por ver, así como si el cañón de a doce es bastante eficaz con proyectiles huecos. Al menos ya hemos encontrado indicios de que se ha considerado necesario enviar obuses de un calibre más pesado al ejército en Oriente.

El reglamento de ejercicios del ejército francés es una mezcla singular de sensatez militar y tradiciones anticuadas. Difícilmente hay otra lengua que se preste mejor a las órdenes militares breves, precisas e imperativas que la francesa; sin embargo, la voz de mando se da por lo general con extraordinaria prolijidad: donde bastarían dos o tres palabras, el oficial tiene que gritar una frase entera, o incluso dos. Las maniobras son complicadas, y la instrucción contiene una buena dosis de antiguallas que no se compadecen en absoluto con el estado actual de la táctica. En la guerrilla, que parece serles innata a los franceses, se adiestra a los hombres con una pedantería que apenas se supera en Rusia. Lo mismo cabe decir de ciertos movimientos de caballería y artillería. Pero siempre que los franceses tienen que ir a la guerra, la necesidad impuesta por la situación los dispensa de esos movimientos anticuados y pedantes. Nadie establece e introduce con tanta rapidez nuevos métodos tácticos, adaptados a las nuevas situaciones, como los franceses.

Considerados en conjunto, los franceses tienen su forte <fuerte> en el servicio como tropas ligeras. Son literalmente las tropas más ligeras de Europa. En ninguna parte es tan baja la estatura media del ejército como en Francia. En 1836, de unos 80.000 hombres que había en el ejército francés, solo 743 medían 5 pies y 8 pulgadas o más, y solo siete medían 6 pies, mientras que nada menos que 38.000 hombres medían entre 4 pies y 10 1/2 pulgadas y 5 pies y 2 pulgadas. A pesar de ello, estos hombres pequeños no solo combaten extraordinariamente bien, sino que resisten las más duras fatigas y superan en movilidad a casi todos los demás ejércitos. El general Napier afirma que el soldado británico es la bestia de carga más pesadamente cargada del mundo; pero nunca ha visto a estos veteranos de las campañas franco-africanas que, además de sus armas y su equipo personal, llevan sobre la espalda tiendas de campaña, leña y víveres amontonados de tal modo que la carga sobresale por encima de sus chacós, y con ella marchan 30 o 40 millas al día bajo un calor tropical. ¡Y compárese al soldado británico, grande y pesado, que en tiempos de paz mide por lo menos 5 pies y 6 pulgadas, con el diminuto francés de piernas cortas, de 4 pies y 10 pulgadas, que se parece al sastre de los cuentos de hadas! Y, sin embargo, el pequeño francés, bajo toda su carga, sigue siendo un magnífico infante ligero; se despliega en guerrilla, trota, corre, se echa al suelo, se levanta de un salto, al tiempo que carga, hace fuego, avanza, se retira, se dispersa, se reúne, se vuelve a formar. Se muestra no solo doblemente ágil, sino también doblemente inteligente que su huesudo competidor de la isla del «rosbif» <rosbif>. Este servicio de infantería ligera se ha llevado a una gran perfección en los 20 batallones de chasseurs-à-pied. Esta tropa incomparable, sin igual en el ámbito de su servicio especial, se adiestra para ejecutar todos los movimientos dentro del alcance del enemigo en una especie de trote ligero, llamado pas gymnastique <paso gimnástico>, dando de 160 a 180 pasos por minuto. Pero no solo pueden correr media hora y más, con breves pausas, sino también reptar, saltar, trepar y nadar; todo tipo de movimiento que se les pueda exigir les es igualmente familiar, siendo además tiradores de primera clase. ¿Quién, en igualdad de condiciones, puede hacer frente en el combate de tiradores dispersos a estos seguros tiradores, que encuentran cobertura detrás de la más mínima desigualdad del terreno?

En el empleo en masa de la infantería francesa, a los franceses les derivan de su carácter apasionado tanto grandes ventajas como grandes inconvenientes. Por lo general, su primer ataque será meditado, rápido, decidido, cuando no violento. Si tiene éxito, nada puede resistirles. Si es rechazado, se reharán pronto y estarán en condiciones de volver a la carga; pero en un combate desafortunado, o incluso en uno indeciso, la infantería francesa perderá pronto su firmeza. Todos los ejércitos necesitan del éxito, pero particularmente los de los pueblos románico-célticos. Los teutones les son decididamente superiores a este respecto. Una vez que Napoleón puso en marcha al ejército francés, los franceses pudieron derribar cuanto se les oponía durante 15 años, hasta que los reveses los abatieron; pero una guerra de Siete Años, como la que sostuvo Federico el Grande, una guerra en la que a menudo estuvo al borde de la ruina, fue derrotado muchas veces y, sin embargo, acabó victorioso, una guerra así no habría podido ganarse jamás con tropas francesas. La guerra de España de 1809-1814 ofrece un ejemplo elocuente de ello.

Bajo Napoleón, la caballería francesa, a diferencia de la infantería, fue mucho más estimada por su empleo en masas que por su servicio como tropa ligera. Se la tuvo por invencible, y el propio Napier admite su superioridad sobre la caballería inglesa de aquella época. Wellington hizo lo mismo hasta cierto punto. Y, cosa extraña, ¡aquella caballería irresistible estaba compuesta por jinetes tan mediocres que todas sus cargas se hacían al trote o, a lo sumo, a un galope ligero! Pero cabalgaban muy juntos y no se la empleaba nunca sin que la artillería les hubiera abierto el camino con un fuego intenso, y entonces solo en grandes masas. El valor y la ebriedad de la victoria hicieron lo demás. La caballería francesa actual, en particular los regimientos argelinos, son una tropa muy buena; por lo general, montan bien y se baten aún mejor, aunque a los británicos, a los prusianos y

...especialmente a los austríacos en destreza ecuestre. Pero como el ejército, al ser puesto en pie de guerra, debe duplicar su caballería, no cabe duda de que la calidad descenderá. Es, sin embargo, un hecho que los franceses poseen en alto grado la necesaria cualidad de un soldado de caballería, la que nosotros llamamos
Schneid
y que compensa con creces toda una serie de defectos. Por otra parte, ningún otro soldado trata con tanto descuido a sus caballos como el francés.

La artillería francesa siempre ha gozado de muy alta estima. Casi todas las mejoras introducidas en el arte de la artillería durante los últimos tres o cuatro siglos proceden de franceses. Durante las guerras napoleónicas, la artillería francesa era particularmente temida, pues era extraordinariamente hábil en la elección de posiciones para sus piezas, arte que en aquella época solo se dominaba muy imperfectamente en otros ejércitos. Todos los testimonios coinciden en que nadie iguala a los franceses en emplazar las piezas de modo que el terreno frente a ellas las proteja del fuego enemigo, al tiempo que favorece el efecto del fuego propio. También la rama teórica de la artillería fue siempre una ciencia preferida por los franceses; su sentido para las matemáticas la favorece; precisión en el lenguaje, método científico, solidez de criterio caracterizan su literatura artillera y muestran hasta qué punto esta rama de la ciencia corresponde a su idiosincrasia nacional.

De las tropas especiales, el cuerpo de ingenieros, el estado mayor, el personal sanitario y las tropas de bagajes, solo podemos decir que son en sumo grado eficientes. Las escuelas militares son modelos en su género. Del oficial francés no se exige la misma cultura general que en Prusia, pero las escuelas que ha de cursar le imparten una formación de primera clase para su profesión, incluidos conocimientos sólidos en las ciencias auxiliares y cierta soltura en al menos una lengua viva. Existe, empero, otro grupo de oficiales en el ejército francés, a saber, los surgidos de las filas de los viejos suboficiales. Estos últimos rara vez ascienden más allá de capitán, de modo que los franceses tienen a menudo generales jóvenes y capitanes viejos; este sistema da resultados extraordinariamente buenos.

En conjunto, el ejército francés muestra en todas sus partes que pertenece a una nación guerrera y temperamental, orgullosa de sus defensores. El hecho de que la disciplina y la eficiencia de este ejército hayan resistido las seducciones de Luis Bonaparte y que los pretorianos de diciembre de 1851 pudieran transformarse tan rápidamente en los héroes de Crimea

habla ciertamente muy en su favor. Jamás fue un ejército tan halagado y tan adul ado por un gobierno, ni incitado con más descaro a toda clase de excesos, como el ejército francés en el otoño de 1851. Jamás se le permitió tal desenfreno como durante la guerra civil de diciembre, y, sin embargo, los soldados han sabido reencontrar la disciplina y cumplen muy bien con su servicio. Se admite que el elemento pretoriano ha salido a la superficie varias veces en Crimea, pero Canrobert siempre ha podido reprimirlo de nuevo.

II. El ejército inglés

El ejército británico constituye un contraste absoluto con el francés. No existen dos puntos de contacto entre ambos. Donde los franceses son fuertes, los británicos son débiles, y viceversa <a la inversa>. Como la vieja Inglaterra misma es una masa de abusos rampantes, la organización del ejército inglés está podrida hasta la médula. Todo parece dispuesto para eliminar toda posibilidad de que cumpla su propósito. Por un inexplicable golpe de suerte, las innovaciones más audaces —no numerosas, en verdad— ocupan su lugar en medio de las ruinas de añejas estupideces; y, sin embargo, cada vez que la pesada y chirriante máquina se pone en funcionamiento, realiza su labor de un modo u otro.

La organización del ejército británico se describe pronto. La infantería se compone de 3 regimientos de la Guardia, 85 regimientos de línea, 13 regimientos de infantería ligera y 2 regimientos de fusileros. Durante la guerra actual, la Guardia, los fusileros y algunos otros regimientos cuentan con 3 batallones; el resto solo tiene 2. En cada uno, una compañía forma el depósito. Sin embargo, el reclutamiento apenas basta para cubrir las bajas ocasionadas por la guerra, y por eso apenas si puede hablarse de la existencia de los segundos batallones. La fuerza efectiva actual del ejército británico no excede con seguridad de 120.000 hombres.

Junto a las tropas regulares, la milicia constituye un componente de la infantería, como una especie de reserva o escuela correccional para el ejército. Su número, según una resolución del Parlamento, puede ascender hasta 80.000 hombres, pero en este momento apenas cuenta con 60.000, aunque solo en Lancashire se han reclutado 6 batallones. Según las disposiciones legales, la milicia puede prestar servicio voluntario en las colonias, pero no ser conducida

a teatros de guerra en el extranjero. Por tanto, solo puede emplearse para liberar tropas de línea en las guarniciones de Corfú, Malta y Gibraltar o, tal vez más adelante, en lejanas posesiones británicas.

La caballería tiene 3 regimientos de la Guardia (coraceros), 6 regimientos de dragones de la Guardia (pesados), 4 regimientos de dragones pesados y 4 de dragones ligeros, 5 regimientos de húsares y 4 de lanceros. Cada regimiento, en pie de guerra, debe elevarse a 1.000 sables (4 escuadrones de 250 hombres, más un depósito). Algunos regimientos tenían esta fuerza cuando abandonaron Inglaterra, pero los infortunios en Crimea durante el invierno, la insensata carga de Balaklava y la falta de reclutas han restablecido en general el antiguo pie de paz. No creemos que el total de los 26 regimientos alcance en este momento 10.000 sables, es decir, 400 sables por regimiento como promedio.

La artillería consta de un regimiento de artillería a pie (12 batallones con 96 baterías) y una brigada de artillería montada (7 baterías y 1 batería de cohetes). Cada batería tiene 5 cañones y 1 obús; los calibres de los cañones son de a tres, seis, nueve, doce y dieciocho libras; los de los obuses, de 4
2
/
5
pulgadas, 4
1
/
2
pulgadas, 5
1
/
2
pulgadas y 8 pulgadas. Cada batería tiene además 2 modelos de cañones de casi todos los calibres, pesados y ligeros. De hecho, sin embargo, el calibre ligero de nueve y doce libras y el obús de cuatro pulgadas y media y de cinco pulgadas y media constituyen actualmente el calibre de campaña, y en conjunto el cañón de nueve libras puede considerarse ahora como la pieza de uso general en la artillería británica, con el obús de cuatro pulgadas y media (veinticuatro libras) como apoyo. Junto a estos, se emplean cohetes de seis y doce libras.

Como el ejército inglés en pie de paz constituye solo un ejército de cuadros para el pie de guerra y se completa enteramente mediante reclutamiento voluntario, su fuerza real para un momento dado nunca puede indicarse con exactitud. Creemos, sin embargo, que podemos estimar su fuerza actual en alrededor de 120.000 hombres de infantería, 10.000 de caballería y 12.000 de artillería con 600 cañones (de los cuales ni la quinta parte está atelada). De estos 142.000 hombres, unos 32.000 se encuentran en Crimea, unos 50.000 en la India y las colonias, y los 60.000 restantes (la mitad reclutas, la otra mitad instructores de los reclutas) en la metrópoli. A estos se suman unos 60.000 milicianos. Dejamos naturalmente fuera de todo cálculo a los pensionados, la Yeomanry-cavalry <voluntarios montados o milicia rural> y otros cuerpos inútiles e inempleables para el servicio exterior.

El sistema de reclutamiento por enganche voluntario hace muy difícil, en tiempos de guerra, mantener los efectivos completos del ejército, como ahora vuelven a experimentar los ingleses. Vemos de nuevo, como en tiempos de Wellington, que 30.000 a 40.000 hombres es el máximo que pueden concentrar y mantener completo en un teatro de guerra determinado, y como ahora no tienen por aliados a los españoles, sino a los franceses, «la heroica y pequeña banda» de los británicos casi desaparece por completo en medio del ejército aliado.

Una sola institución del ejército británico basta plenamente para caracterizar a la clase de la que se recluta el soldado británico. Nos referimos al castigo de azotes. El castigo corporal ya no existe en los ejércitos francés y prusiano, así como en varios otros más pequeños. Incluso en Austria, donde la mayor parte de los reclutas se compone de semibárbaros, se tiende manifiestamente a su supresión; así, recientemente se eliminó del código militar austríaco la pena de carrera de baquetas. En Inglaterra, por el contrario, el gato de nueve colas se mantiene en plena vigencia: un instrumento de tortura enteramente equiparable al knut ruso en su época de apogeo. Cosa extraña: cada vez que se promovía una reforma de la legislación militar en el Parlamento, todos los viejos martinetes se exaltaban enardecidos en defensa del «gato», y ninguno con más vehemencia que el viejo Wellington. Para ellos, un soldado no azotado era un ser inconcebible. Valentía, disciplina e invencibilidad eran a sus ojos atributos exclusivos de hombres que llevan en la espalda las cicatrices de al menos cincuenta golpes.

El gato de nueve colas, no debe olvidarse, no es solo un instrumento de tormento; deja cicatrices imborrables; marca a un hombre de por vida. Incluso en el ejército inglés, semejante castigo corporal, semejante estigmatización, es una deshonra eterna. El soldado azotado pierde el aprecio de sus camaradas. Pero según el código militar británico, el castigo frente al enemigo consiste casi exclusivamente en la flagelación, y así, el castigo que sus defensores ensalzan como el único medio para mantener la disciplina en el momento decisivo es el medio más seguro para destruir la disciplina, al quebrantar la moral y el pundonor <el sentido del honor> del soldado.

Esto explica dos hechos muy singulares. Primero: el gran número de desertores ingleses ante Sebastopol. En el invierno, cuando los soldados británicos

tenían que hacer esfuerzos sobrehumanos para vigilar las trincheras, aquellos que no podían mantenerse despiertos durante 40-60 horas seguidas eran azotados. ¡Pensar tan sólo que a tales héroes como los soldados británicos, que habían dado pruebas de valor en las trincheras de asedio ante Sebastopol y habían ganado la batalla de Inkerman a pesar de sus generales, se los azotara! Pero los artículos de guerra no dejaban opción. Los mejores hombres del ejército, cuando eran vencidos por la fatiga, eran azotados, y, deshonrados como quedaban, desertaban a los rusos. En verdad, no puede haber una sentencia condenatoria más acerba para este sistema que ésa. En ninguna guerra anterior desertaron a los rusos tropas de nación alguna en número digno de mención; sabían que serían peor tratadas que en su propio ejército. Le estaba reservado al ejército inglés proporcionar el primer fuerte contingente de tales desertores, y según el testimonio de los propios ingleses, fue el azote lo que hizo desertar a los soldados. El otro hecho es la dificultad con que tropieza Inglaterra en todo intento de formar legiones extranjeras dentro del marco de la legislación militar británica. Los habitantes del continente son muy particulares en lo que respecta a sus espaldas. La perspectiva de ser azotados ha superado la tentación que representan el gran botín y la buena paga. Hasta fines de junio no se habían presentado más de 1.000 hombres, cuando se necesitaban 15.000, y tan cierto es esto que si las autoridades intentan introducir el azote incluso entre estos 1.000 aspirantes, se desatará una tormenta tal que las obligará a ceder o a disolver de inmediato la legión extranjera.

Los uniformes y el equipo del soldado británico son un ejemplo de cómo no deben ser. Hasta hoy, el uniforme, tal como solían llevarlo los ejércitos hasta 1815, ha permanecido igual. No se ha permitido mejora alguna. La vieja y corta casaca de faldones de golondrina, desfigurada por feas vueltas, distingue al británico aún de cualquier otro soldado. Los pantalones son estrechos e incómodos. El viejo sistema de la bandolera cruzada para sujetar la vaina de la bayoneta, la cartuchera y la mochila impera sin restricción en casi todos los regimientos. El vestuario de la caballería tiene mejor caída y es, por lo demás, muy superior al de la infantería; pero a pesar de todo es demasiado estrecho e incómodo. Sólo Inglaterra ha conservado en su ejército la casaca roja, la «orgullosa casaca roja», como la llama Napier. Esta casaca, que da al soldado el aspecto de monos amaestrados, debe provocar terror entre los enemigos por su brillo. ¡Mas, ay! Quien haya visto alguna vez a uno de los infantes británicos de color ladrillo, tiene que admitir que sus

casacas, tras cuatro semanas de uso, provocan en cualquier observador, de manera incontestable, no la idea de miedo, sino la de raído, y que cualquier otro color sería mucho más aterrador, ¡si tan sólo pudiera resistir el polvo, la suciedad y la humedad! Los daneses y los hanoverianos llevaron antaño la casaca roja, pero la abandonaron muy pronto. La primera campaña en Schleswig mostró a los daneses qué blanco tan espléndido ofrecía al enemigo la casaca roja y las bandoleras cruzadas blancas.

El nuevo reglamento de vestuario ha sacado a la luz una casaca roja de corte prusiano. La infantería lleva el chacó austriaco o el quepis, la caballería el casco prusiano. El equipo de bandolera cruzada, el color rojo, los pantalones estrechos han quedado más o menos igual. De modo que la innovación se reduce a nada; el soldado británico se verá tan extraño como hasta ahora entre los demás ejércitos europeos, que van vestidos y equipados un poco más de acuerdo con el sano sentido común.

A pesar de todo, en el ejército británico se ha introducido una mejora que deja muy atrás todo lo que se ha hecho en otros países. Es el armamento de toda la infantería con el fusil Minié mejorado por Pritchett. Cómo los viejos a la cabeza del ejército, hombres que suelen ser tan obstinados en sus prejuicios, pudieron llegar a una resolución tan audaz, es difícil de imaginar; pero lo hicieron, y con ello duplicaron la eficacia de su infantería. No cabe duda de que el fusil Minié, por su extraordinaria precisión y gran poder de penetración, decidió la jornada de Inkerman a favor de los ingleses. Cada vez que una línea de infantería inglesa abre fuego, su efecto sobre cualquier enemigo armado con el mosquete común tiene que ser abrumador, ya que el fusil Minié inglés se carga tan rápido como cualquier fusil de ánima lisa.

La caballería se compone de gente espléndida, está bien montada y provista de sables de excelente modelo; lo que puede hacer lo ha demostrado en Balaclava. Pero por término medio los hombres son demasiado pesados para sus caballos, y algunos meses de operaciones activas de combate tienen que reducir la caballería británica a la nada. La Crimea ha dado un nuevo ejemplo de ello. Si la talla media para la caballería pesada se redujera a 5 pies y 6 pulgadas y para la caballería ligera a 5 pies 4 o incluso 2 pulgadas, como según nuestro saber corresponde ahora a la infantería, se podría formar un cuerpo de tropa mucho más apto para el verdadero servicio de campaña de la caballería. Como los caballos van demasiado

cargados, tienen que derrumbarse antes de que se los pueda emplear con éxito contra el enemigo.

La artillería se compone asimismo de hombres demasiado altos. La talla media de un artillero debería ser tal que estuviera en condiciones de desenganchar del armón una pieza de a doce; y 5 pies 2 pulgadas a 5 pies 6 pulgadas son más que suficientes para este fin, como sabemos por rica experiencia personal y observación. De hecho, los hombres de aproximadamente 5 pies 5 o incluso 6 pulgadas, si son de complexión vigorosa, son en general los mejores artilleros. Pero los británicos quieren un cuerpo de parada, y por eso sus hombres, aunque son altos y de buena presencia, no tienen esa complexión robusta tan necesaria para un artillero verdaderamente útil. El material de artillería es de primera clase. Los cañones son los mejores de Europa, la pólvora es reconocida como la más fuerte del mundo, las balas y granadas poseen una lisura de superficie como en ninguna otra parte. Con todo, ninguna artillería del mundo tiene una dispersión semejante, y eso muestra qué hombres la sirven. Apenas hay artillería en Europa que sea comandada por hombres con una formación técnica tan insuficiente como los británicos. Su instrucción rara vez va más allá de los elementos básicos de la ciencia artillera, y en la práctica manejan las piezas de campaña como mejor lo entienden, y eso de manera imperfecta. Dos cualidades distinguen a la artillería británica, tropa y oficiales: ojo inusualmente agudo y gran serenidad durante el combate.

En conjunto, la eficacia del ejército británico se ve notablemente menoscabada por la ignorancia teórica y práctica de los oficiales. El examen al que últimamente tienen que someterse es, en verdad, ridículo: ¡un capitán examinado en los tres primeros libros de Euclides! Pero el ejército británico está ahí principalmente para colocar en posiciones respetables a los hijos menores de la aristocracia y de la gentry. De ahí que la medida de la formación de sus oficiales no pueda corresponder a las exigencias del servicio, sino que deba adaptarse al escaso saber que por término medio puede esperarse de un «gentleman» inglés. En lo que respecta a los conocimientos militares prácticos del oficial, son igualmente insuficientes. El oficial británico conoce un solo deber: conducir a sus hombres directamente contra el enemigo el día de la batalla y darles ejemplo de bravura. No se espera de él habilidad en la conducción de las tropas, provecho de las ocasiones favorables y cosas semejantes; y en cuanto a preocuparse por sus hombres y sus necesidades, una idea así difícilmente le pasaría jamás por la cabeza. La mitad de los infortunios del ejército británico en Crimea surgió de esta

general incapacidad de los oficiales. Tienen sin embargo una cualidad que los capacita para sus funciones: cazadores apasionados en su mayoría, poseen esa comprensión instintiva y rápida de las ventajas del terreno que la práctica de la caza trae consigo en mayor o menor grado.

La incapacidad de los oficiales no causa mayor daño en ninguna parte que en el estado mayor. Como no existe un cuerpo de estado mayor regularmente formado, cada general constituye su propio estado mayor con oficiales de los regimientos, y éstos son ignorantes en todos los campos de su servicio. Un estado mayor así es peor que no tener ninguno. En particular, el servicio de reconocimiento tiene que ser, por tanto, siempre deficiente, como no puede ser de otra manera en personas que apenas saben lo que se espera de ellas.

La formación de los demás cuerpos especiales es algo mejor, pero muy por debajo del nivel de otras naciones; en general, un oficial inglés pasaría por ignorante en cualquier otro país entre gentes de su rango. Testigo es la literatura militar británica. La mayoría de las obras están llenas de burdos desatinos que en otras partes no se perdonarían a un candidato al grado de teniente. Toda exposición de hechos se da de un modo chapucero, poco objetivo y poco militar, en el que se omiten los puntos más importantes y se muestra de inmediato que el autor no domina su materia. Por eso se da crédito, sin más, a las afirmaciones más ridículas de libros extranjeros.

No debemos olvidar, sin embargo, que hay algunas honorables excepciones, entre las cuales ocupan el primer lugar «La guerra en la Península Ibérica» de William Napier y la «Artillería naval» de Howard Douglas.

Los departamentos de administración, sanidad, comisariato, transporte y demás departamentos auxiliares se hallan en un estado lamentable y sufrieron un colapso total cuando se los puso a prueba en Crimea. Se están haciendo esfuerzos para mejorarlos y también para centralizar la administración, pero poco bueno puede esperarse mientras la administración civil, o más bien la totalidad del poder gubernamental, siga siendo la misma.

A pesar de todos estos inmensos defectos, el ejército británico logra salir mal que bien a través de cualquier campaña, si no con éxito, al menos sin deshonra. Nos encontramos con pérdidas de vidas humanas, buena parte de mala administración, un conglomerado de errores y desatinos que nos asombran cuando los comparamos con el nivel de otros ejércitos.

... bajo las mismas circunstancias; en cambio, no registran pérdida de honor militar, son rara vez rechazados y casi nunca sufren una derrota completa. Este resultado se debe a la gran valentía personal y a la tenacidad de las tropas, a su disciplina y a su obediencia incondicional. Por pesado, torpe e inerme que sea el soldado británico cuando depende de sus propios recursos o cuando ha de prestar servicio de tropas ligeras, nadie lo supera en una batalla regular, en la que actúa en masas. Su fuerte es el combate en línea. Una línea de batalla inglesa hace lo que apenas ha logrado jamás ninguna otra infantería: recibir a la caballería en línea, mantener cargados sus mosquetes hasta el último instante y no descargar una lluvia de balas hasta que el enemigo se ha aproximado a 30 yardas, casi siempre con el mayor de los éxitos. La infantería británica dispara con tal sangre fría incluso en el momento más crítico, que el efecto de su fuego supera al de todas las demás tropas. Así, los highlanders, formados en línea, rechazaron a la caballería rusa en Balaklava. La tenacidad indomable de esta infantería jamás se mostró con mayor brillo que en Inkerman, donde los franceses, en las mismas circunstancias, habrían sido con toda seguridad arrollados; pero, por otra parte, los franceses nunca habrían permitido que se los sorprendiera sin protección en semejante posición. Esta firmeza y esta tenacidad en el ataque y en la defensa constituyen la gran cualidad compensadora del ejército británico, y ella sola lo salvó de más de una derrota, bien merecida y casi provocada adrede por la incapacidad de sus oficiales, lo absurdo de su dirección y la pesadez de sus movimientos.

III. El ejército austríaco

Austria aprovechó el primer período de calma tras las duras pruebas de los años 1848 y 1849 para poner a su ejército en pie moderno. Casi todos los ramos han sido completamente transformados, y el ejército es ahora mucho más eficiente que nunca.

Ocupémonos en primer lugar de la infantería. La infantería de línea consta de 62 regimientos; además, hay 1 regimiento y 25 batallones de cazadores, así como 14 regimientos y 1 batallón de infantería de frontera. Estos últimos constituyen, junto con los cazadores, la infantería ligera.

Un regimiento de infantería de línea se compone de 5 batallones de campaña y 1 batallón depósito —en total, 32 compañías—; cada compañía de campaña, de 220 hombres de fuerza, y las compañías depósito, de 130 hombres cada una. De ese modo, el batallón de campaña comprende aproximadamente 1.300 hombres, y el regimiento entero, cerca de 6.000, es decir, tanto como una división británica. Por consiguiente, toda la infantería de línea cuenta, en pie de guerra, con unos 370.000 hombres.

La infantería de frontera tiene por regimiento 2 batallones de campaña y 1 batallón depósito, en total 16 compañías; en conjunto, 3.850 hombres; la infantería de frontera entera abarca 55.000 hombres.

Los cazadores o tiradores suman en total 32 batallones, de unos 1.000 hombres cada uno; en total, 32.000 hombres.

La caballería pesada del ejército consta de 8 regimientos de coraceros y 8 de dragones; la ligera, de 12 regimientos de húsares y 12 de ulanos (7 de ellos eran antes dragones ligeros o chevaux-légers, pero han sido transformados recientemente en regimientos de ulanos).

Los regimientos pesados se componen de 6 escuadrones y 1 escuadrón depósito; los ligeros, de 8 escuadrones y 1 escuadrón depósito. Los regimientos pesados cuentan con 1.200 hombres; los ligeros, con 1.600. La caballería entera asciende, en pie de guerra, a unos 67.000 hombres.

La artillería cuenta con 12 regimientos de artillería de campaña, cada uno de los cuales se compone de 4 baterías a pie de cañones de a seis libras, 3 baterías a pie de cañones de a doce libras, 6 baterías de caballería y 1 batería de obuses; en total, 1.344 piezas en pie de guerra; 1 regimiento de costa y 1 regimiento de 20 baterías de cohetes con 160 tubos. En total, 1.500 piezas y tubos de cohetes, así como 53.000 hombres.

Todo ello arroja, en pie de guerra, un efectivo total de 522.000 soldados.

A éstos hay que añadir aproximadamente 16.000 zapadores, minadores y pontoneros, 20.000 gendarmes, el personal del servicio de transportes y similares, lo que eleva la suma total a unos 590.000 hombres.

Mediante la movilización de la reserva, el ejército puede incrementarse en 100.000 a 120.000 hombres, y recurriendo hasta el máximo a los recursos de las tropas de frontera se pueden poner a disposición otros 100.000 a 120.000 hombres. Pero como estas fuerzas no pueden ser reunidas en un momento dado y llegan sólo poco a poco, sirven sobre todo para completar las filas de la tropa. Austria apenas puede poner en campaña de una sola vez más de 650.000 hombres.

El ejército está dividido en dos cuerpos de tropa completamente distintos: el ejército regular y las tropas de frontera. En el ejército, el tiempo de servicio es de 8 años, después de lo cual los hombres quedan otros 2 años en la reserva. Sin embargo, los soldados reciben largas licencias —como en Francia—, y 5 años tal vez sea el período que más se corresponde con el tiempo en que los hombres están realmente bajo las armas.

Para las tropas de frontera rige un principio por entero diferente. Son los descendientes de colonos sudeslavos (croatas o serbios), valacos y, en parte, alemanes, que poseen sus tierras como feudo militar de la corona y que antiguamente eran empleados para proteger la frontera, desde Dalmacia hasta Transilvania, contra las incursiones de los turcos. Este servicio ha quedado reducido ahora a una mera formalidad, mas no por ello el gobierno austríaco se muestra inclinado a sacrificar esa magnífica escuela de cría de soldados. Fue la organización existente de las tropas de frontera la que salvó en 1848 al ejército de Radetzky en Italia y la que en 1849 hizo posible la primera invasión de Hungría bajo Windischgrätz. Francisco José debe su trono, después de Rusia, a los regimientos fronterizos sudeslavos. En la larga franja de tierra por ellos ocupada, todo poseedor de un feudo de la corona (es decir, casi todo habitante) está obligado al servicio desde los 20 hasta los 50 años, cuando es llamado a filas. Naturalmente, los hombres más jóvenes llenan los regimientos; los de más edad, por lo general, no hacen más que turnarse en los puestos de guardia de la frontera, hasta que se los llama al servicio de guerra. Esto explica cómo una población de aproximadamente 1.500.000 a 2.000.000 de habitantes puede suministrar, en caso necesario, un contingente de 150.000 a 170.000 hombres, es decir, de un 10 a un 12 por ciento del total.

El ejército austríaco se asemeja en muchos puntos al ejército británico. En ambos ejércitos concurren muchas nacionalidades, aunque cada regimiento se compone, por lo general, de individuos de una sola nación. El highlander escocés, el galés, el irlandés y el inglés no se diferencian entre sí mucho más que el alemán, el italiano, el croata y el magiar. En ambos ejércitos hay oficiales de diversos pueblos, e incluso se encuentran en ellos muchísimos extranjeros. En ambos ejércitos, la formación teórica de los oficiales es de lo más insuficiente. En ambos se ha conservado en la táctica una gran parte de la antigua formación lineal y sólo en medida limitada se han adoptado la táctica de columna y el combate en orden disperso. En ambos ejércitos tiene el uniforme un color poco habitual: en los ingleses, rojo; en los austríacos, blanco. Pero en lo tocante a la organización general, a la experiencia práctica y a la capacidad de los oficiales, así como a la movilidad táctica, los austríacos superan con mucho a los británicos.

El uniforme de los soldados, si prescindimos del insensato blanco de la casaca de infantería, ha sido adaptado en el corte al sistema moderno. Una guerrera corta, como la de los prusianos, pantalones azul celeste, un capote gris y un quepis ligero, parecido al francés, dan por resultado un vestuario muy bueno y adecuado, siempre con excepción de los calzones ceñidos de los regimientos húngaros y croatas, que, aunque pertenecen al traje nacional, son, con todo, muy incómodos. El equipo no es lo que debiera ser. Se ha conservado el sistema de la bandolera cruzada. Las tropas de frontera y la artillería visten casaca parda; la caballería, blanca, parda o azul. Los mosquetes son bastante toscos, y las carabinas con que están armados tanto los cazadores como una parte determinada de cada compañía son modelos bastante anticuados y muy inferiores al fusil Minié. El arma corriente es el viejo fusil de chispa, transformado de modo insuficiente en fusil de percusión, que muy a menudo falla.

La infantería —y en este aspecto se asemeja a la inglesa— se distingue más por su combate en orden cerrado que por la movilidad propia de la infantería ligera. Debemos exceptuar, sin embargo, a las tropas de frontera y a los cazadores. Las primeras son en su mayor parte muy diestras en las escaramuzas, particularmente los serbios, que prefieren atacar desde la emboscada. Los cazadores son principalmente tiroleses y tiradores de primera clase. La infantería alemana y la húngara, en cambio, imponen de ordinario por su firmeza, y durante las guerras napoleónicas demostraron muchas veces que, en este aspecto, han de ser puestas en la misma línea que los británicos. También ellas han recibido más de una vez a la caballería en línea, sin tomar siquiera la precaución de formar cuadros, y, cuando los han formado, rara vez ha podido la caballería enemiga romperlos — prueba de ello es Aspern.

La caballería es excelente. La caballería pesada o «alemana», compuesta de alemanes y bohemios, está bien montada, bien armada y siempre en condiciones de combatir. La caballería ligera ha perdido tal vez por el hecho de que los chevaux-légers alemanes fueran reunidos con los ulanos polacos; mas los húsares húngaros seguirán siendo siempre el modelo de toda caballería ligera.

La artillería, reclutada en su mayor parte en las provincias alemanas, ha gozado siempre de buena reputación, no tanto por haber adoptado las innovaciones de manera temprana y juiciosa como por la capacidad práctica de sus hombres. En particular los suboficiales son instruidos con gran esmero y resultan superiores a los de cualquier otro ejército. Por lo que respecta a los oficiales, la apropiación de los conocimientos teóricos se ha dejado harto a su propia iniciativa; sin embargo, Austria ha producido a algunos de los mejores escritores militares. En Austria, el estudio es, por lo menos entre los subalternos, la regla, mientras que en Inglaterra se considera que un oficial que estudia su profesión es una vergüenza para su regimiento. Los cuerpos especiales, el estado mayor y el cuerpo de ingenieros son excelentes, como lo prueban los buenos mapas que han realizado mediante sus levantamientos topográficos, particularmente de Lombardía. Los mapas del estado mayor británico, aunque buenos, no admiten comparación con ellos.

La gran mezcolanza de nacionalidades constituye un grave mal. En el ejército británico, cada hombre puede al menos hablar inglés, pero entre los austríacos, ni siquiera los suboficiales de los regimientos no alemanes saben apenas alemán. Esto trae naturalmente consigo muchísimas confusiones y dificultades de comprensión incluso entre oficial y soldado. Tan gran inconveniente se supera en parte por el hecho de que los oficiales, a causa del frecuente cambio de acuartelamiento, se ven obligados a aprender al menos algo de cada lengua que se habla en Austria. Pero, con todo, no se remedia así la dificultad.

La severa disciplina que se inculca a los hombres mediante la aplicación constante de una vara de avellano sobre sus posaderas, así como el largo tiempo de servicio, impiden que estalle un conflicto serio entre las distintas nacionalidades dentro del ejército, al menos en tiempos de paz. Sin embargo, el año 1848 mostró cuán poca solidez interna posee este cuerpo de tropas. En Viena, las tropas alemanas se negaron a combatir contra la revolución. En Italia y Hungría, las tropas nacionales se pasaron sin luchar al bando de los insurrectos. Ahí radica el punto débil de este ejército. Nadie puede decir hasta dónde y por cuánto tiempo se mantendrá unido, ni cuántos regimientos lo abandonarán en algún caso particular para combatir contra sus antiguos camaradas. Seis naciones diferentes y dos o tres confesiones religiosas distintas están representadas en este solo ejército, y en una época como la actual, en la que las naciones mismas quieren disponer de sus propias fuerzas, las diferentes simpatías existentes en el ejército tienen que chocar necesariamente. En una guerra con Rusia, ¿combatiría el serbio greco-católico, influido por la agitación paneslavista, contra los rusos, sus hermanos de sangre y de fe? ¿Abandonarían los italianos y los húngaros su patria en una guerra revolucionaria para luchar por un emperador que les es extraño por su lengua y su nacionalidad? No es de esperar, y por eso, por muy fuerte que sea el ejército austriaco, se precisan circunstancias muy especiales para desplegar toda su fuerza.

Segundo artículo

["Putnam's Monthly", N.º XXXIII, septiembre de 1855]

I. El ejército prusiano

El ejército prusiano merece una atención especial por la organización que le es propia. Mientras que en todos los demás ejércitos el pie de paz constituye la base para la fuerza total del ejército y no se prevén cuadros para las nuevas formaciones que resultan inmediatamente necesarias en una gran guerra, se dice que en Prusia todo está orientado hasta en los mínimos detalles al pie de guerra. Así, el ejército de paz constituye meramente una escuela en la que la población se instruye en el manejo de las armas y en las evoluciones tácticas. Este sistema, que, según se afirma, incorporaría a las filas del ejército en caso de guerra a todos los hombres aptos para el servicio, pondría aparentemente al país que lo aplica a salvo de todo ataque; pero no es así en absoluto. Lo único que se ha conseguido es que el país sea militarmente un 50 por ciento aproximadamente más fuerte que mediante el sistema de reclutamiento francés o austriaco. Con ello, un país agrario de unos 17 millones de habitantes, un territorio reducido, sin marina de guerra ni comercio directo de ultramar y con una industria relativamente escasa, puede en cierta medida sostener la posición de una gran potencia europea.

El ejército prusiano se compone de dos grandes partes: los soldados del ejército permanente, la línea, y los soldados instruidos que, por así decirlo, han sido enviados con licencia por tiempo indefinido, la Landwehr <Landwehr: en “Putnam’s Monthly” en alemán>.

El tiempo de servicio en la línea es de 5 años, desde los 20 hasta los 25 años de edad. Sin embargo, se considera que 3 años de servicio activo son suficientes; después, el soldado es licenciado a su casa y, por los 2 años restantes, es clasificado en la llamada reserva de guerra. Durante este tiempo, permanece en las listas de reserva de su batallón o escuadrón y puede ser llamado a filas en cualquier momento.

Tras 2 años en la reserva, pasa al primer llamamiento de la Landwehr <primer llamamiento de la Landwehr: en “Putnam’s Monthly” en alemán>, donde permanece hasta los 32 años. Durante este tiempo, puede ser convocado cada dos años a los ejercicios de tropas de su cuerpo, los cuales se realizan generalmente a bastante gran escala y junto con las tropas de línea. Las maniobras duran por lo común un mes, y muy a menudo se reúnen para este fin de 50.000 a 60.000 hombres. La Landwehr del primer llamamiento está destinada a combatir en campaña junto con las tropas de línea. Forma regimientos, batallones y escuadrones propios, equiparados a los de línea, que llevan los mismos números de regimiento. La artillería, sin embargo, queda adscrita a los correspondientes regimientos de línea.

Desde los 32 hasta los 39 años cumplidos, el soldado pertenece al segundo llamamiento de la Landwehr <segundo llamamiento de la Landwehr: en “Putnam’s Monthly” en alemán>; durante este tiempo, ya no es llamado al servicio activo, salvo en caso de guerra; entonces, el segundo llamamiento debe prestar servicio de guarnición en las fortalezas, con lo cual todas las tropas de línea y el primer llamamiento quedan disponibles para las operaciones de campaña.

Después de los 40 años, ya no es llamado a filas, a menos que aquella misteriosa institución llamada Landsturm <Landsturm: en “Putnam’s Monthly” en alemán> o leva en masa sea llamada a las armas. Pertenecen al Landsturm todos los hombres desde los 16 hasta los 60 años que no estén comprendidos en las categorías mencionadas, incluidos aquellos que han sido eximidos del servicio por demasiado bajos, demasiado débiles o por otras razones. Pero ni siquiera puede decirse que este Landsturm exista sobre el papel, pues no se ha tomado la menor medida organizativa para él, no se dispone de armas ni de otros artículos de equipo, y si alguna vez llegara a reunirse, resultaría apto para nada más que para el servicio de policía interior y para un abundantísimo consumo de alcohol.

Como en Prusia, según la ley, todo ciudadano desde los 20 hasta los 40 años es soldado, cabría esperar que una población de 17 millones suministrara un contingente de tropas de por lo menos un millón y medio de hombres. En realidad, no se llega a reunir ni la mitad. El hecho es que la instrucción de semejante masa, con un tiempo de servicio de tres años en los regimientos, presupone un ejército permanente de al menos 300.000 hombres, mientras que Prusia solo mantiene unos 130.000. Por eso, de diversas maneras se exime a un número de personas que de otro modo estarían obligadas a servir; hombres perfectamente aptos para el servicio militar son declarados demasiado débiles; los médicos examinadores o bien escogen únicamente a los mejores o se dejan influir por el soborno en la selección de los aptos, etc. Antaño, la reducción del tiempo de servicio activo a solo 2 años en la infantería era el medio para disminuir el efectivo de paz a unos 100.000 o 110.000 hombres. Pero desde la revolución, después de que el gobierno ha caído en la cuenta de lo que significa un año adicional de servicio para que los soldados se vuelvan dóciles a sus oficiales y fiables en caso de un levantamiento, el tiempo de servicio de tres años ha vuelto a introducirse con carácter general.

El ejército permanente, es decir, la línea, se compone de 9 cuerpos de ejército —1 cuerpo de guardias y 8 cuerpos de línea. Su particular estructura se explicará brevemente. Comprenden en total 36 regimientos de infantería (de guardias y de línea) de 3 batallones cada uno; 8 regimientos de reserva de 2 batallones cada uno; 8 batallones combinados de reserva y 10 batallones de cazadores (Jäger <Jäger: en “Putnam’s Monthly” en alemán>); en total, 142 batallones de infantería, es decir, 150.000 hombres.

La caballería se compone de 10 regimientos de coraceros, 5 de dragones, 10 de ulanos y 13 de húsares, cada uno de 4 escuadrones u 800 hombres; en total, 30.000 hombres.

La artillería consta de 9 regimientos, cada uno de los cuales, en pie de guerra, se compone de 4 baterías de cañones de a seis libras, 3 baterías de cañones de a doce libras y 1 batería de obuses, todas a pie, y 3 baterías montadas, así como de 1 compañía de reserva que puede convertirse en una duodécima batería; además, pertenecen al regimiento 4 compañías de guarnición y 1 compañía de obreros. Pero como se necesitan toda la reserva de guerra y el primer llamamiento de la Landwehr (artillería) para servir estas piezas y completar las compañías, puede decirse que la artillería de línea consta de 9 regimientos, cada uno de unos 2.500 hombres, con aproximadamente 30 piezas, completamente atalajadas y equipadas.

Así, el número total de las tropas de línea prusianas se elevaría a unos 200.000 hombres; pero se puede deducir sin más de 60.000 a 70.000 hombres por las reservas de guerra que, después de tres años de servicio, son licenciadas a sus casas.

En el primer llamamiento de la Landwehr, a cada regimiento de guardias y de línea, aparte de los 8 regimientos de reserva, corresponde un regimiento de Landwehr; además, cuenta con 8 batallones de reserva; esto arroja un total de 116 batallones, o sea, unos 100.000 hombres. La caballería está formada por 2 regimientos de guardias y 32 de línea, con 8 escuadrones de reserva; en total, 136 escuadrones, o sea, unos 20.000 hombres. La artillería, como ya se ha mencionado, pertenece a los regimientos de línea.

El segundo llamamiento cuenta igualmente con 116 batallones y 167 escuadrones (que incluyen, entre otros, varios escuadrones de reserva y de depósito cuyas tareas corresponden a las del segundo llamamiento), a lo que se añade la artillería de guarnición; en total, unos 150.000 hombres.

Junto con los 9 batallones de zapadores, en varias pequeñas unidades, unos 30.000 pensionistas y un tren de ejército que, en pie de guerra, asciende a no menos de 45.000 hombres, la fuerza total de las tropas prusianas se estima en 580.000 hombres. De ellos, 300.000 están destinados al servicio de campaña, 54.000 a los depósitos, 170.000 a las guarniciones y como reserva, más aproximadamente 60.000 no combatientes. Se dice que el número de piezas de campaña asignadas a este ejército oscila entre 800 y 850, repartidas en baterías de 8 piezas cada una (6 cañones y 2 obuses).

Para todas estas tropas, no solo están completos los cuadros, sino que también se han asegurado las armas y demás equipos, de modo que, en caso de una movilización del ejército, solo faltaría reunir los caballos. Como Prusia es rica en caballos y tanto los animales como los hombres pueden ser requeridos en cualquier momento para el servicio de guerra, no surgen de ello dificultades especiales. Así reza el reglamento. Pero cómo son realmente las cosas, quedó de manifiesto en 1850, cuando se movilizó el ejército. El primer llamamiento de la Landwehr fue equipado, aunque no sin grandes dificultades; pero para el segundo llamamiento no había ni prendas de vestir, ni zapatos, ni armas, y por ello ofreció el espectáculo más ridículo que imaginarse pueda. Ya mucho antes, buenos conocedores que habían servido en el propio ejército prusiano habían predicho esto, y que, en caso de necesidad, Prusia solo podría contar realmente con las tropas de línea y con una parte del primer llamamiento. Su opinión fue plenamente confirmada por los acontecimientos. Sin duda, entre tanto se ha adquirido el equipo para el segundo llamamiento, y si ahora fuera llamado a filas, este cuerpo de tropas se convertiría en 4 a 6 semanas en una tropa bastante útil para el servicio de guarnición e incluso para el servicio de campaña. En cambio, durante la guerra se considera que un trimestre de instrucción es suficiente para adiestrar a un recluta para la campaña; y por eso esta complicada organización usual en Prusia no garantiza en modo alguno ventajas tan grandes como se suele suponer. Además, dentro de pocos años el equipo reservado para el segundo llamamiento habrá vuelto a desaparecer del mismo modo que aquella que ciertamente existió en otro tiempo, pero que ya no pudo ser encontrada cuando se la necesitó en 1850.

Cuando Prusia pasó al principio de que todo ciudadano debía ser soldado, se quedó a medio camino y falseó dicho principio, con lo cual desfiguró toda su organización militar. Una vez abandonado el sistema de conscripción en favor del servicio militar obligatorio universal, se habría debido suprimir el ejército permanente como tal. Hubiera bastado con conservar los cuadros de oficiales y suboficiales, en cuyas manos recae la instrucción de los jóvenes; el período de instrucción no debía durar más de lo necesario. En ese caso, el tiempo de servicio en tiempo de paz habría tenido que reducirse a un año, al menos para toda la infantería. Pero esto no le habría convenido ni al gobierno ni a los martinetes militares de la vieja escuela. El gobierno quería un ejército dispuesto para el combate y leal, que en caso necesario pudiera emplearse contra disturbios en el interior; los martinetes querían un ejército compuesto por soldados veteranos y que, en cuanto a la pedantería de la instrucción, el aspecto exterior general y la solidez, pudiera competir con los demás ejércitos europeos. Tropas jóvenes que no sirven más de un año no serían aptas ni para lo uno ni para lo otro. Por consiguiente, se tomó el camino intermedio, el servicio de tres años, y de aquí se explican todos los defectos y debilidades del ejército prusiano.

Como hemos visto, por lo menos la mitad de los hombres disponibles queda fuera del ejército. Se los inscribe de inmediato en las listas del segundo llamamiento; este cuerpo de tropas, que de ese modo se hincha nominalmente de manera enorme, se ve —cualesquiera que sean las potencias que pueda encerrar— invadido por una masa de hombres que jamás han tenido un mosquete en la mano y que no son mejores que reclutas sin instrucción. Esta reducción de la fuerza militar real del país a la mitad, por lo menos, es la primera consecuencia negativa que se desprende del tiempo de servicio prolongado.

Pero incluso las tropas de línea y el primer llamamiento de la Landwehr padecen bajo este sistema. En cada regimiento, un tercio ha servido menos de 3 años, otro tercio menos de 2 y el último tercio menos de 1 año. Ahora bien, no puede esperarse que un ejército compuesto de tal manera

pueda poseer esas cualidades militares, esa estricta subordinación, esa firmeza en las filas, ese esprit du corps <espíritu de cuerpo> que distinguen a los soldados veteranos de los ejércitos inglés, austríaco, ruso e incluso francés. Los ingleses, que debido al largo tiempo que sus soldados han de servir pueden juzgar con conocimiento de causa en estas materias, opinan que se necesitan 3 años para adiestrar por completo a un recluta.
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Puesto que, por tanto, en tiempos de paz el ejército prusiano se compone de gentes de las cuales ninguna ha servido jamás 3 años, es ineludible inculcar a golpes a los jóvenes reclutas prusianos, mediante un insoportable adiestramiento de patio de cuartel, esas cualidades militares del soldado veterano o, al menos, algo que se les parezca. Como al suboficial prusiano y al sargento les resulta imposible resolver la tarea que se les ha encomendado, tratan a sus subordinados con una rudeza y una brutalidad doblemente repulsivas a causa del espíritu pedante que las acompaña. Esta pedantería es tanto más absurda cuanto que contrasta de manera flagrante con el claro y racional sistema de instrucción prescrito y cuanto que los pedantes se remiten constantemente a las tradiciones de Federico el Grande, el cual tenía que adiestrar a una clase de hombres completamente distinta para un sistema táctico completamente distinto. De este modo se sacrifica la verdadera capacidad de choque en el campo de batalla a la precisión en la plaza de armas; y la línea prusiana en su conjunto no puede ser considerada de igual valor frente a los viejos batallones y escuadrones que cualquier gran potencia europea puede oponerles en el primer embate.

Pese a algunas ventajas que ningún otro ejército posee, así están las cosas. Los prusianos, al igual que los alemanes en general, dan buenos soldados. Un país que se compone de extensas llanuras interrumpidas por largas cadenas de colinas suministra material en abundancia para cualquier arma. La general aptitud física tanto para el servicio en la infantería ligera como en la de línea, que es propia por igual de la mayoría de los alemanes, apenas es alcanzada por otras naciones. El país, rico en caballos, proporciona muchos hombres para la caballería que desde la infancia se encuentran a gusto en la silla. La reflexión en la acción y la perseverancia capacitan a los alemanes especialmente para el servicio de artillería. Además, pertenecen a uno de los pueblos más pendencieros del mundo, aman la guerra por la guerra misma

y a menudo la buscan en el extranjero cuando no pueden tenerla en su propio país. Desde los lansquenetes <Landsknechten: en alemán en "Putnam's Monthly"> de la Edad Media hasta las actuales legiones extranjeras de Francia e Inglaterra, los alemanes han aportado siempre la gran masa de aquellos mercenarios que luchan sólo por combatir. Si los franceses superan a los alemanes en presteza y vivacidad en el ataque, si los ingleses los aventajan en tenacidad en la resistencia, los alemanes superan a todas las demás naciones europeas en esa general idoneidad para el servicio militar que hace de ellos, en todo caso, buenos soldados.

Los oficiales prusianos constituyen con mucho el cuerpo de oficiales mejor formado del mundo. Los exámenes de cultura general a que han de someterse tienen un nivel mucho más elevado que los de cualquier otro ejército. Se mantienen escuelas de brigada y de división para perfeccionar su formación teórica; se procura un conocimiento militar profundo y más especializado en numerosas instituciones. La literatura militar prusiana posee un nivel muy alto. Las obras de este género aparecidas en los últimos 25 años prueban de sobra que sus autores no sólo dominan por completo su propia especialidad, sino que en el terreno de los conocimientos científicos generales podrían desafiar a los oficiales de cualquier ejército. En realidad, algunos de ellos tienen casi demasiado saber superficial en metafísica; esto se explica porque en Berlín, Breslau o Königsberg se encuentran oficiales entre los estudiantes que asisten a las clases de la universidad. Clausewitz pertenece en su campo a los clásicos mundiales tanto como Jomini, y las obras del ingeniero Aster significan una nueva época en el arte de la fortificación. Sin embargo, la expresión «teniente prusiano» es proverbial en toda Alemania, y el ridículo esprit du corps, la pedantería y los modales impertinentes acuñados por el tono habitual en el ejército lo justifican plenamente; pues en ninguna parte hay tantos martinetes viejos, obstinados y vejatorios entre los oficiales y generales como en Prusia —por lo demás, la mayoría de ellos son residuos de 1813 y 1815—. Después de todo esto, hay que constatar que el absurdo intento de convertir al ejército prusiano en lo que jamás puede ser —un ejército de soldados veteranos— estropea tanto la calidad del oficial como la del soldado, e incluso más.

Los reglamentos de ejercicios del ejército prusiano son sin duda los mejores del mundo. Sencillos, consecuentes, basados en unos cuantos princi-

pios del sano sentido común, dejan poco que desear. Están impregnados del espíritu de Scharnhorst; Scharnhorst fue acaso el mayor organizador militar desde Mauricio de Nassau. Los principios para la conducción de grandes cuerpos de tropa son también buenos. Los manuales científicos para el servicio de artillería, sin embargo, que se recomiendan oficialmente a los oficiales, están anticuados y no responden en modo alguno a las exigencias del presente. Pero esta deficiencia se limita a obras más o menos oficiales y no afecta en absoluto a la literatura artillera prusiana en general.

El cuerpo de ingenieros goza con razón de muy buena reputación. De sus filas surgió Aster, el más importante ingeniero militar desde Montalembert. Los prusianos han construido desde Königsberg y Posen hasta Colonia y Coblenza una serie de fortalezas que han despertado la admiración de Europa.

Desde las modificaciones introducidas en 1843 y 1844, el equipo de las tropas prusianas no tiene un aspecto precisamente muy atractivo, pero es muy cómodo para los soldados. El casco ofrece una protección bastante eficaz contra el sol y la lluvia, el uniforme queda holgado y cómodo; el equipo está mejor concertado entre sí que en el caso de los franceses. Las tropas de la Guardia y los batallones ligeros (uno por regimiento) están armados con el fusil de aguja; para el resto de las tropas de línea, los mosquetes han sido transformados en buenos fusiles Minié mediante un procedimiento muy sencillo. También la Landwehr recibirá el fusil Minié en 2 o 3 años, pero por el momento aún porta fusiles de percusión. El sable de la caballería es demasiado ancho y curvo —la mayoría de los golpes caen de plano—. El material de la artillería, tanto en lo que se refiere a los cañones como a las cureñas y los arneses, deja mucho que desear.

En conjunto, el ejército prusiano, es decir, las tropas de línea y el primer llamamiento, constituye una tropa considerable, pero no merece en modo alguno la gloria de la que alardean los autores patrioteros prusianos. Una vez que la línea se halle en el campo de batalla, se despojará muy pronto de las cadenas de la plaza de armas y, después de algunos encuentros, estará a la altura de sus adversarios. El primer llamamiento de la Landwehr, tan pronto como el viejo espíritu combativo del soldado vuelva a despertar y si la guerra es popular, será equiparable a las mejores tropas veteranas de Europa. Lo que Prusia ha de temer es un enemigo que en la primera fase de una guerra avance ofensivamente y le arroje tropas mejor organizadas y con más larga experiencia; pero en una lucha de más larga duración, Prusia tendrá más soldados experimentados en sus ejércitos que ningún otro Estado europeo.

Al comienzo de una campaña, la línea formará el núcleo del ejército, pero el primer llamamiento la eclipsará muy pronto por la mayor fuerza física y las más altas cualidades militares de sus hombres. Ellos son los soldados realmente experimentados de Prusia, no los jóvenes imberbes de la línea. Del segundo llamamiento no hablamos; primero tiene que mostrar de lo que es capaz.

II. El ejército ruso

También en Rusia se ha procurado, en cierto sentido, establecer cuadros para el caso de estado de guerra, y ello mediante un sistema de reservas semejante en algunos puntos al sistema prusiano de la Landwehr. Pero, en general, la reserva rusa comprende un número tan limitado de efectivos, y la dificultad de reunirlos desde todas las partes del imperio infinito es tan grande, que ya 6 meses después de la declaración de guerra anglofrancesa, y antes de que se hubiera disparado un solo tiro en Crimea, se hizo necesario abandonar este sistema y formar nuevas tropas, a las que siguieron luego otras formaciones. Por eso, en Rusia hemos de distinguir el ejército tal como era al estallar la guerra, del ejército tal como es hoy.

El ejército ruso en tiempos de paz se articula como sigue:

1. El ejército activo: 6 cuerpos de línea, núms. 1 a 6;
2. El ejército de reserva: 1 cuerpo de Guardia, 1 cuerpo de granaderos, 2 cuerpos de reserva de caballería;
3. Los cuerpos especiales: el Cáucaso, el Finlandés, el de Orenburgo, el de Siberia;
4. Las tropas para el servicio en el interior: veteranos, guardia interior, inválidos, etcétera;
5. Las tropas irregulares.

A ello se añade la reserva, soldados licenciados con permiso.

Cada uno de los seis cuerpos de línea se compone del modo siguiente: 3 divisiones de infantería, cada una de las cuales consta de una brigada de línea y una brigada de infantería ligera; cada brigada tiene a su vez 2 regimientos, y cada regimiento, 4 batallones de línea; en total, 6 brigadas o 12 regimientos, que abarcan 48 batallones, más 1 batallón de tiradores y 1 batallón de zapadores; en total, 50 batallones. Además, pertenece a cada cuerpo 1 división de caballería ligera, con 1 brigada de ulanos y 1 brigada de húsares, cada una de las cuales comprende 2 regimientos, es decir, 16 escuadrones; en total, 32 escuadrones. La artillería consta

de 1 división con 3 brigadas de a pie y 1 brigada a caballo; en total, 14 baterías o 112 piezas; por cuerpo, en total 50 batallones, 32 escuadrones, 112 piezas; suma total: 300 batallones, 192 escuadrones, 672 piezas.

La Guardia comprende 3 divisiones, es decir, 6 brigadas, lo que equivale a 12 regimientos (9 de granaderos y 3 de carabineros, esto es, infantería ligera); en total, 36 batallones, ya que los regimientos de la Guardia y de granaderos sólo tienen 3 batallones de línea. Además, hay 1 batallón de tiradores y 1 batallón de zapadores y minadores, junto con 3 divisiones de caballería (1 de coraceros, 1 de ulanos, 1 de húsares), que abarcan 6 brigadas o 12 regimientos y suman 72 escuadrones de caballería. A esto se añade 1 división de artillería con 5 brigadas o 15 baterías (9 baterías de artillería a pie, 5 a caballo y 1 batería de cohetes); en total, 135 piezas. El cuerpo de granaderos consta de 3 divisiones, es decir, 6 brigadas, que abarcan 12 regimientos o 36 batallones de infantería, batallón de tiradores, así como 1 batallón de zapadores y minadores. A este cuerpo pertenece también 1 división de caballería con 2 brigadas (ulanos y húsares), compuesta por 4 regimientos, es decir, 32 escuadrones. La artillería se compone de 3 brigadas a pie y 1 brigada a caballo, con 14 baterías, en total 112 piezas.

La caballería de reserva está organizada como sigue: primer cuerpo: 3 divisiones (2 de coraceros, 1 de ulanos), que abarcan 6 brigadas o 12 regimientos; en total, 80 escuadrones (48 de coraceros, 32 de ulanos). A ello se añade 1 división de artillería a caballo, compuesta por 3 brigadas con 6 baterías; en total, 48 piezas. Segundo cuerpo: 3 divisiones (1 de ulanos, 2 de dragones), es decir, 6 brigadas; esto son 12 regimientos o 112 escuadrones (32 de ulanos, 80 de dragones). Además, hay 2 escuadrones de zapadores y pontoneros a caballo, así como 6 baterías de artillería a caballo con 48 piezas.

El cuerpo del Cáucaso se compone de 1 brigada de granaderos de reserva con 2 regimientos, es decir, 6 batallones; de 3 divisiones de infantería, que abarcan 12 regimientos o 48 batallones; más 1 batallón de tiradores, 1 batallón de zapadores y 47 batallones de la línea caucásica (Landwehr); en total, 103 batallones. La caballería consta de 1 regimiento de dragones con 10 escuadrones. La artillería, con una fuerza de 1 división, 10 baterías ordinarias y 6 de montaña, suma 180 piezas.

El cuerpo de Finlandia consta de 1 división, que abarca 2 brigadas o 12 batallones de infantería; el de Orenburgo, de 1 división igualmente con 2 brigadas, pero sólo 10 batallones; el de Siberia, de 1 división con 3 brigadas o 15 batallones.

Así pues, el total de las tropas regulares que en tiempo de paz se hallan efectivamente sobre las armas puede indicarse como sigue:

Batallones   Escuadrones   Piezas
6 cuerpos de línea   300   192   672
Guardia   38   72   135
Granaderos   38   32   112
Caballería de reserva   –   194   96
Cuerpo del Cáucaso   103   10   180
Cuerpo de Finlandia   12   –   –
Cuerpo de Orenburgo   10   –   –
Cuerpo de Siberia   15   –   –
516   500   1.195

Las tropas destinadas al servicio interior constan de 52 batallones de la guardia interior, 800 compañías de veteranos e inválidos, 11 escuadrones y medio de gendarmes y 98 compañías de artillería. Estas tropas apenas pueden ser tomadas en cuenta al calcular las fuerzas disponibles del país.

Las tropas irregulares, en su mayoría caballería, forman las siguientes divisiones:

1. Cosacos del Don: 56 regimientos, cada uno de 6 sotnias <centurias>; en total 336 sotnias, 13 baterías;
2. Cosacos del Mar Negro: 72 sotnias, 9 batallones, 3 baterías;
3. Cosacos de la línea del Cáucaso (del Kubán y del Térek): 120 sotnias y 3 baterías;
4. Cosacos de Astracán: 18 sotnias y 1 batería;
5. Cosacos de Orenburgo: 60 sotnias, 3 baterías;
6. Cosacos del Ural: 60 sotnias;
7. Leva baskir: 85 sotnias, casi exclusivamente baskires y calmucos;
8. Cosacos de Siberia: 24 batallones, 84 sotnias, 3 baterías, estas tropas se componen en parte de tunguses, buriatos, etc.;
9. Cosacos del Azov, que prestan servicio en la marina;
10. Cosacos del Danubio, en Besarabia: 12 sotnias;
11. Cosacos del lago Baikal, de reciente formación, organización y fuerza desconocidas.

El total ascendería a 847 sotnias (escuadrones de a 100 hombres), 33 batallones y 26 baterías. Esto supondría unos 90.000 hombres de caballería y 30.000 de infantería. Pero para verdaderos fines bélicos, en la frontera occidental quizá se pueda disponer de 40.000 a 50.000 hombres de caballería y algunas pocas baterías, mas no de infantería.

Así pues, el ejército ruso (con excepción de las tropas para el servicio interior) debe constar, en tiempo de paz, de 360.000 hombres de infantería, 70.000 de caballería y 90.000 de artillería; en total, alrededor de 500.000 hombres; además, los cosacos, cuyo número varía según las circunstancias. Pero de estos 500.000 hombres, los cuerpos estacionados en el Cáucaso, en Orenburgo y en Siberia no pueden ser liberados para una guerra en la frontera occidental del Imperio, de modo que contra Europa occidental no pueden emplearse más de 260.000 hombres de infantería, 70.000 de caballería y 50.000 de artillería con alrededor de 1.000 piezas, aparte de unos 30.000 cosacos.

Hasta aquí lo relativo al pie de paz. Para el caso de una guerra se han tomado las siguientes disposiciones: El tiempo total de servicio era, según las circunstancias, de 20, 22 o 25 años. Pero al cabo de 10 o 15 años, según los casos, los soldados son licenciados con permiso y pasan entonces a la reserva. La organización de esta reserva era muy diversa, pero parece ser que, en la actualidad, los soldados licenciados pertenecen, según su arma respectiva, durante los primeros 5 años a un escuadrón de reserva, una batería de reserva o un batallón de reserva (el 4.º de cada regimiento en la Guardia y en los granaderos, y el 5.º en la línea). Transcurridos 5 años, pasaban al batallón de depósito de su regimiento (el 5.º o el 6.º), al escuadrón de depósito o a la batería de depósito. Así, la llamada a filas de la reserva aumentaría la fuerza efectiva de la infantería y la artillería en un 50 por ciento aproximadamente, y la de la caballería en un 20 por ciento. Estas reservas debían ser mandadas por oficiales retirados, y los cuadros de la reserva estaban, aunque no organizados hasta en sus menores detalles, preparados en cierta medida.

Pero cuando estalló la guerra, todo esto fue modificado. Aunque el ejército activo estaba destinado a combatir en la frontera occidental, tuvo que enviar 2 divisiones al Cáucaso. Antes de que las tropas anglo-francesas se embarcaran hacia Oriente, tres cuerpos del ejército activo (el 3.º, 4.º y 5.º) combatían en la campaña contra los turcos. Durante este tiempo se procedió a concentrar las reservas, pero llevó una enorme cantidad de tiempo hacer llegar a los hombres desde todas las partes del Imperio a sus correspondientes puntos de reunión. Los ejércitos y las flotas de los aliados en el Báltico y en el mar Negro, así como la vacilante política de Austria, exigieron medidas más enérgicas. Las levas se doblaron y triplicaron, y la masa abigarrada de reclutas así reunida fue, junto con la reserva, agrupada para formar los batallones 4.º, 5.º, 6.º, 7.º y 8.º de todos los regimientos de infantería; al mismo tiempo, se procedió a un refuerzo análogo en la caballería. De este modo, los 8 cuerpos de la Guardia, los granaderos y la línea cuentan hoy con unos 800 batallones en lugar de los 376 anteriores, mientras que por cada 2 escuadrones o baterías del pie de paz se añadió por lo menos 1 de la reserva. Sin embargo, todas estas cifras resultan más aterradoras sobre el papel que en la realidad, porque a causa de la corrupción de los funcionarios rusos, de la mala administración en el ejército y de las enormemente largas marchas desde los lugares de residencia de los hombres hasta los depósitos, de allí a los puntos de concentración de los cuerpos y desde éstos al teatro de operaciones, una gran parte de la tropa se desvanece o queda inútil para el servicio antes de toparse con el enemigo. Además, durante las dos últimas campañas fueron muy graves los devastadores efectos de las enfermedades y las pérdidas en las batallas. Por todos estos hechos, no creemos que los 1.000 batallones, 800 escuadrones y 200 baterías del ejército ruso puedan superar con mucho, en la actualidad, una fuerza de 600.000 hombres.

Pero el gobierno no se dio por satisfecho con esto. Con una rapidez que muestra cuán consciente es de la dificultad de reunir tropas en fuerza considerable desde las distintas partes de este vasto Imperio, ordenó la leva de la milicia territorial tan pronto como estuvieron formados los batallones 7.º y 8.º. La milicia territorial u *Opoltschenie* debía organizarse en *drushinas* (batallones) de 1.000 hombres cada una, en proporción a la población de cada provincia; debían servir 23 hombres por cada 1.000 varones, es decir, cerca de 1/4 por ciento de la población. Por el momento, la *Opoltschenie* solo fue convocada en las provincias occidentales. Esta leva habría debido dar, con una población de 18.000.000 de almas, de ellos unos 9.000.000 de varones, alrededor de 120.000 hombres, y esto coincide con los informes procedentes de Rusia. Sin duda, la milicia territorial resultará, en todos los aspectos, inferior incluso a la recién formada reserva, pero es en todo caso un valioso refuerzo de las fuerzas de Rusia y, si se la emplea para el servicio de guarnición en Polonia, podrá dejar libres a toda una serie de regimientos de línea.

Por otra parte, no solo han llegado a la frontera occidental muchos cosacos, sino incluso un número considerable de baskires, calmucos, kirguises, tunguses y otras levas mongolas. Esto muestra cuán tempranamente fueron dirigidas hacia el oeste, pues muchas de ellas tuvieron que realizar una marcha de más de 12 meses antes de poder llegar a San Petersburgo o al Vístula.

Así, Rusia ha exigido de sus recursos militares casi hasta el extremo y, tras dos años de lucha en los que no ha perdido ninguna batalla decisiva, puede contar con no más de 600.000 a 650.000 hombres de tropas regulares, así como 100.000 hombres de la milicia territorial y quizá 50.000 de caballería irregular. Con esto no queremos decir que Rusia haya agotado sus fuerzas, pero no cabe duda de que hoy, después de dos años de guerra, no le es posible lo que a Francia le fue posible después de 20 años de guerra y tras la pérdida total de su mejor ejército en 1812: hacer surgir un nuevo cuerpo de tropas de 300.000 hombres y contener, al menos durante cierto tiempo, el empuje del enemigo. Esto muestra cuán enorme es la diferencia entre la fuerza militar de un país densamente poblado y la de uno de población escasa. Si Francia limitase con Rusia, los 66 millones de habitantes de Rusia serían más débiles que los 38 millones de franceses. Que los 44 millones de alemanes son más que rivales para los 66 millones de súbditos del zar ortodoxo, de eso no cabe la menor duda.

El ejército ruso es reclutado de diversas maneras. La mayor parte de la tropa es suministrada por la leva regular, que un año tiene lugar en las provincias occidentales de la Rusia europea y al siguiente en las orientales. El porcentaje general es de 4 o 5 hombres por cada 1.000 «almas» (masculinas), pues en el censo ruso solo cuenta la población masculina, ya que las mujeres, conforme a la fe ortodoxa de Oriente, no son «almas». Los soldados de la mitad occidental del Imperio sirven 20 años, los de la mitad oriental, 25. La Guardia sirve 22 años, los jóvenes de los asentamientos militares, 20. Junto a estas levas, los hijos de soldados constituyen una abundante fuente de reclutas. Todo hijo que le nazca a un soldado durante su tiempo de servicio está obligado al servicio militar. Este principio llega tan lejos, que el Estado reclama los hijos recién nacidos de la mujer de un soldado incluso cuando este se encuentra ya a 5 o 10 años de distancia, en el otro extremo del Imperio. A estos hijos de soldados se les llama cantonistas, y la mayoría de ellos son educados por cuenta del Estado; de sus filas salen la mayor parte de los suboficiales. Por último, los tribunales condenan a criminales, vagabundos y otros inútiles a servir en el ejército. Un noble tiene el derecho de enviar al ejército a un siervo, siempre que este sea apto para el servicio; y cualquier padre descontento con su hijo puede hacer lo mismo. “S’bogom idi pod krasnuju schapku!” — ¡Lárgate con Dios y ponte el gorro rojo! — es decir, vete al ejército — es una expresión habitual del campesino ruso hacia un hijo desobediente.

Los suboficiales, como ya hemos dicho, son reclutados en su mayoría entre los hijos de soldados educados en establecimientos del Estado. Estos muchachos, sometidos desde la más tierna infancia a la disciplina militar, no tienen nada en común con los hombres a los que más tarde tendrán que instruir y mandar. Forman una clase separada del pueblo. Pertenecen al Estado, no pueden existir sin él; librados a sí mismos, no sirven para nada. Prosperar bajo el gobierno es, pues, su único objetivo. Lo que en la administración civil rusa es la clase ínfima de los funcionarios, compuesta por hijos de funcionarios, son estos hombres en el ejército: una banda de subordinados taimados, mezquinos, de un egoísmo limitado, con una instrucción escolar superficial que los hace casi más despreciables todavía; ambiciosos por vanidad y codicia, vendidos en cuerpo y alma al Estado, intentan sin embargo a todas horas vender al Estado por pedazos, siempre que puedan sacar provecho de ello. Un bello ejemplar de esta clase es el Feldjäger <Feldjäger: en “Putnam’s Monthly” deutsch> o correo, que acompañó al señor de Custine durante sus viajes por Rusia y que tan acertadamente es descrito en el informe sobre Rusia de dicho señor. Esta categoría de hombres es la que, tanto en el terreno civil como en el militar, atiza en primer lugar la gigantesca corrupción que penetra todas las ramas del servicio público en este país. Pero, tal como están las cosas, no cabe duda de que Rusia —si renunciase a ese sistema de apoderarse por completo de los niños por parte del Estado— no podría encontrar el número suficiente de subalternos civiles ni de suboficiales para el ejército.

Con la clase de los oficiales la situación es quizá aún peor. La formación de un futuro cabo o sargento es un asunto relativamente barato; pero formar oficiales para un ejército de un millón de hombres (esa es la cifra para la que, según los datos oficiales, deberían estar preparados los cuadros rusos) es un asunto costoso. Las instituciones no públicas no hacen nada, o muy poco, al respecto. De nuevo, el Estado tiene que sufragarlo todo por sí solo. Pero, evidentemente, no puede formar una masa de jóvenes tan grande como la que se necesita para este fin. En consecuencia, los hijos de la nobleza se ven obligados, por una coacción moral directa, a servir al menos 5 o 10 años en el ejército o en la administración civil, ya que toda familia en la que tres generaciones sucesivas no hayan «servido» pierde su privilegio nobiliario y, en particular, el derecho a poseer siervos — un derecho sin el cual la posesión extensa de tierras en Rusia resulta más que inútil. De este modo, se incorpora al ejército una multitud de jóvenes con el rango de alférez o teniente, cuya formación total consiste, en el mejor de los casos, en cierta habilidad para la conversación en francés sobre los lugares comunes más triviales y algunos conocimientos generales superficiales de matemáticas elementales, geografía e historia, todo ello inculcado únicamente para presumir. Para ellos, el servicio es una necesidad repugnante, a la que se someten, con una aversión no fingida, como a un largo tratamiento médico; y en cuanto termina el tiempo de servicio prescrito o alcanzan el grado de mayor, se retiran y son inscritos en los registros de los batallones de depósito. En cuanto a los alumnos de las escuelas militares, se les atiborra solo lo suficiente para que puedan aprobar el examen, e incluso en los conocimientos puramente técnicos quedan muy por detrás de los jóvenes de las escuelas militares austriacas, prusianas o francesas. Por otra parte, los jóvenes con talento, consagración y amor a su especialidad son tan raros en Rusia, que se les echa mano dondequiera que aparezcan, sin importar si son extranjeros o nativos. Con la mayor largueza, el Estado les proporciona todos los medios para que completen sus estudios y los asciende rápidamente. Se necesita a tales hombres para exhibir ante Europa la civilización rusa. Si cultivan aficiones literarias, reciben todo estímulo, siempre que no traspasen los límites de los intereses del Estado ruso, y son ellos quienes han producido lo poco valioso que existe en la literatura militar rusa. Pero hasta hoy, los rusos de todas las clases son demasiado bárbaros para encontrar placer en cualquier tipo de actividad científica o intelectual (salvo en las intrigas). Por eso, casi todos sus hombres destacados en el servicio militar son o bien extranjeros o, lo que viene a ser casi lo mismo, «Ostseiskije», alemanes de las provincias bálticas. El último representante destacado de esta clase fue el general Todtleben, ingeniero jefe de Sebastopol, fallecido en julio a consecuencia de una herida. Fue ciertamente, durante todo el sitio, el hombre más competente de su especialidad tanto en el campo ruso como en el aliado; pero era un alemán del Báltico, de origen prusiano.

En estas circunstancias, el ejército ruso cuenta entre sus oficiales con los mejores y los peores hombres, solo que los primeros se hallan en una proporción infinitamente menor. Lo que el gobierno ruso piensa de sus oficiales, lo ha mostrado clara e inequívocamente en sus propios reglamentos tácticos. Estos no solo prescriben cómo se ha de desplegar en general una brigada, una división o un cuerpo de ejército para el combate, la llamada «disposición normal», que el comandante debe modificar en función del terreno y otras circunstancias, sino que prescriben distintas disposiciones normales para los más diversos casos que puedan presentarse, sin dejarle al general elección alguna y atándolo de un modo que lo libera casi por completo de responsabilidad. Por ejemplo, según los reglamentos, un cuerpo de ejército puede ser desplegado en batalla de 5 maneras diferentes; en el río Alma, los rusos estaban desplegados efectivamente según una de ellas —la tercera disposición— y fueron, como es comprensible, derrotados. Esa locura de prescribir reglas abstractas para todos los casos imaginables deja al jefe tan poca libertad de acción y le prohíbe en tal medida hasta la explotación de las ventajas del terreno, que un general prusiano dijo críticamente:

«Semejante sistema de reglamentos solo puede ser tolerado en un ejército en el que la mayoría de los generales son tan estúpidos que el gobierno no puede confiarles sin más un mando ilimitado, ni abandonarlos a su propio juicio».

El soldado ruso figura entre los hombres más valientes de Europa. Su tenacidad casi iguala a la de los ingleses y a la de ciertos batallones austriacos. También él puede vanagloriarse, como John Bull, de no darse cuenta cuando ha sido derrotado. Los cuadros de infantería rusos, después de que la caballería los ha roto, han seguido resistiendo durante largo tiempo en combate cuerpo a cuerpo, y siempre ha resultado más fácil abatir a tiros a los soldados rusos que hacerlos retroceder. Sir George Cathcart, que los conoció como aliados en 1813 y 1814 y como enemigos en Crimea en 1854, les extiende el honorable testimonio de que son «incapaces de pánico». Además, el soldado ruso es de complexión robusta, sano, buen marchador, un hombre sobrio que puede comer y beber casi de todo y más obediente a sus oficiales que cualquier otro soldado en el mundo. Sin embargo, el ejército ruso no es muy digno de elogio. Nunca, desde que se puede hablar de una Rusia, han ganado los rusos una sola batalla contra alemanes, franceses, polacos o ingleses sin haberles sido enormemente superiores en número. En igualdad de efectivos, siempre fueron derrotados por cualquier ejército, salvo el turco o el prusiano. En Cetate y Silistria fueron derrotados incluso por los turcos, a pesar de que estos les eran inferiores en número.

Los rusos son, ante todo, los soldados más torpes del mundo. No son aptos ni para el servicio en la infantería ligera ni para el de la caballería ligera. Por muy excelentes que sean los cosacos como caballería ligera en algunos aspectos, se muestran en general tan poco fiables, que ante el enemigo se sitúa siempre una segunda línea de avanzadillas detrás de la línea de vanguardia de los cosacos. Además, los cosacos son completamente ineptos para la carga. Las tropas regulares, tanto la infantería como la caballería, no son capaces de combatir en orden disperso. El ruso, que todo lo imita, siempre hará lo que se le ordena o a lo que se le obliga, pero no hará nada si ha de actuar por propia responsabilidad. En realidad, difícilmente puede esperarse eso de un hombre que jamás supo lo que significa la responsabilidad, y que marcharía a su fusilamiento con la misma obediencia pasiva que si se le hubiera ordenado bombear agua o azotar a un camarada. Esperar del soldado ruso la mirada rápida del francés o el sano entendimiento común del alemán, cuando está de guardia avanzada o combate en orden disperso, sería una burla. Necesita la orden —una orden clara, inequívoca—, y si no la recibe, quizá no retrocederá, pero lo que es seguro es que no avanzará ni utilizará su propio entendimiento.

La caballería nunca fue notable, aunque se gastó en ella considerables sumas y mucha atención. Ni en las guerras contra los franceses ni en la guerra contra Polonia se ha distinguido la caballería. La obediencia pasiva, paciente y sufrida de los rusos no es lo que se exige de la caballería. La cualidad más sobresaliente de un jinete, el «arrojo», es justamente lo que a los rusos les falta casi siempre. Así, los 600 dragones ingleses, con toda la temeridad y todo el valor de auténticos jinetes, arrollaron a la artillería rusa, a los cosacos, húsares y ulanos cuando atacaron a los rusos, numéricamente muy superiores, en Balaclava, hasta que chocaron con las columnas compactas de infantería; luego tuvieron que retirarse; pero todavía es dudoso quién merece el nombre de vencedor en esta batalla de caballería. Si se hubiera emprendido un ataque tan insensato contra cualquier otro ejército, no habría regresado ni un solo hombre; el enemigo habría caído sobre los flancos y la retaguardia de los atacantes y los habría destrozado uno por uno. Pero los jinetes rusos, esperando a los atacantes, no se movieron de su sitio, ¡fueron arrollados antes de que pensaran en poner sus caballos en movimiento!

Si algo puede pronunciar un juicio sobre la caballería regular rusa, es ciertamente un hecho como éste.

La artillería está equipada con material de calidad diversa, pero allí donde tiene buenos cañones cumplirá bien su cometido. Demostrará gran valor en campaña, pero le faltará siempre inteligencia. Una batería rusa que ha perdido a sus oficiales no sirve para nada; mientras los oficiales viven, sólo puede ocupar aquellas posiciones prescritas por el reglamento y, con frecuencia, absurdas. En una plaza sitiada, donde hay que perseverar con paciencia y exponerse constantemente al peligro, la artillería rusa se distinguirá, y no tanto por la puntería precisa como por el celo en el deber y la firmeza bajo el fuego. Así lo demuestra todo el sitio de Sebastopol.

Pero en la artillería y en el arma de ingenieros se encuentran esos oficiales bien formados de los cuales Rusia se jacta ante Europa y a los que se alienta realmente para que desarrollen libremente sus talentos. Mientras que, por ejemplo, en Prusia a los mejores hombres, desde que son subalternos, se les ponen generalmente tantas trabas por parte de sus superiores y se desechan todas sus propuestas de mejora como intentos presuntuosos de introducir innovaciones, de modo que muchos de ellos se han visto obligados a buscar servicio en Turquía, donde han hecho de la artillería regular turca una de las mejores de Europa, en Rusia se alienta a todas estas personas y, si se distinguen, hacen una rápida y brillante carrera. Diebitsch y Paskévich eran generales a los 29 y 30 años, respectivamente, y Todleben ascendió en Sebastopol, en menos de 8 meses, de capitán a mayor general.

El gran orgullo de los rusos es su infantería. Es extraordinariamente fiable, y siempre será desagradable batirse con ella cuando está desplegada en línea, en columna o detrás de parapetos. Pero aquí terminan sus buenas cualidades. Los rusos son casi totalmente ineptos para el servicio de infantería ligera (los llamados cazadores [Jäger] son infantería ligera sólo de nombre, y los 8 batallones de fusileros agregados a los cuerpos ligeros son la única verdadera infantería ligera del ejército); son habitualmente malos tiradores, buenos pero lentos marchadores, y sus columnas se sitúan, en general, tan mal que siempre será posible batirlas eficazmente con fuego de artillería pesada antes de atacarlas. Las «disposiciones normales», de las que los generales no se atreven a apartarse, contribuyen en gran medida a ello. En el río Alma, por ejemplo, la artillería británica causó terribles estragos entre las columnas rusas mucho antes de que la línea británica, igualmente pesada, se hubiera desplegado, hubiera cruzado el río y se hubiera vuelto a formar para el ataque. Pero incluso la gloria de una tenacidad inconmovible debe acogerse con considerables reservas, desde que en Inkerman 8.000 infantes británicos, sorprendidos en una posición no completamente fortificada y sólo negligentemente ocupada, resistieron en combate cuerpo a cuerpo a los 15.000 rusos durante más de 4 horas y rechazaron todos los nuevos ataques. Esta batalla debe haber mostrado a los rusos que en su propio terreno habían encontrado a su maestro. Fueron la valentía de los soldados británicos y la inteligencia y serenidad de los suboficiales y soldados las que rechazaron todos los ataques rusos, y por esta batalla hemos de reconocer que los británicos reclaman con razón el honor de ser la mejor infantería de línea del mundo.

El uniforme del ejército ruso se asemeja bastante al prusiano. Su equipo está muy mal combinado; no sólo la correa de la bayoneta y las cartucheras se cruzan sobre el pecho, sino también las correas de la mochila. Ciertamente, en la actualidad se están introduciendo algunos cambios, pero si afectan a este punto, lo ignoramos. Las armas de fuego portátiles son muy toscas y hace poco que han sido provistas de cápsulas fulminantes; el fusil ruso es el más pesado y el más incómodo de su género. El modelo del sable de caballería es malo, y además está mal templado. Los nuevos cañones que se han empleado en Crimea se dice que son muy buenos y un trabajo excelente; pero es muy dudoso que esto sea cierto para todos.

En el fondo, el ejército ruso lleva aún el sello de una institución que se halla por delante del nivel general de desarrollo del país, y tiene todos los inconvenientes y desventajas de tales productos de invernadero. En la guerra de pequeñas unidades, los cosacos son las únicas tropas a las que se debe temer por su actividad e infatigabilidad, pero por su afición a la bebida y al saqueo son muy poco fiables para sus jefes. En las grandes confrontaciones bélicas, los lentos movimientos de los rusos hacen que sus maniobras estratégicas sean poco de temer, a no ser que se trate de adversarios tan descuidados como lo fueron los ingleses el otoño pasado. En una batalla regular, los rusos serán adversarios tenaces para el soldado, pero no causarán grandes preocupaciones a los generales que los ataquen. Los despliegues rusos son generalmente muy simples; se basan en las disposiciones normales prescritas y son fáciles de adivinar, mientras que la falta de inteligencia tanto entre los generales como entre los oficiales de campo y la pesadez de las tropas hacen que las maniobras difíciles en el campo de batalla entrañen para ellos un gran riesgo.

III. Los ejércitos más pequeños de Alemania

Baviera tiene 2 cuerpos de ejército con 2 divisiones cada uno; cada división comprende 2 brigadas de infantería (4 regimientos de infantería y 1 batallón de cazadores), 1 brigada de caballería con 2 regimientos, además de 3 brigadas de a pie y 1 batería montada. Cada cuerpo de ejército cuenta además con una reserva general de artillería, compuesta por 6 baterías a pie, y 1 destacamento de zapadores y minadores. Así, el ejército completo se compone de 16 regimientos de 3 batallones cada uno, más 6 batallones de cazadores, es decir, 54 batallones en total; 2 regimientos de coraceros y 6 regimientos de dragones ligeros, 48 escuadrones en total; 2 regimientos de artillería a pie (cada uno con 6 baterías de a seis y 6 de a doce) y 1 regimiento de artillería montada (4 baterías de a seis), en total 28 baterías de 8 cañones cada una, lo que hace 224 cañones, aparte de 6 compañías de artillería de guarnición y 12 compañías de tren; más 1 regimiento de ingenieros con 8 compañías, y 2 compañías de sanidad. Los efectivos totales de guerra ascienden a 72.000 hombres, además de una reserva y una Landwehr que, sin embargo, carecen de cuadros.

Para el ejército de la Confederación Germánica, Austria aporta el 1.°, 2.° y 3.° cuerpos; Prusia, el 4.°, 5.° y 6.°; Baviera, el 7.°. El 8.° cuerpo es aportado por Wurtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt.

Wurtemberg tiene 8 regimientos de infantería (16 batallones), 4 regimientos de caballería (16 escuadrones), 1 regimiento de artillería (4 baterías a pie y 3 montadas con 48 cañones); en total unos 19.000 hombres en pie de guerra.

Baden mantiene 4 regimientos (8 batallones), 2 batallones de fusileros, 1 batallón de cazadores, en total 11 batallones de infantería; 3 regimientos o 12 escuadrones de caballería, y 4 baterías a pie y 5 montadas, que suman 40 cañones; en total 15.000 hombres en pie de guerra.

Hesse-Darmstadt tiene 4 regimientos u 8 batallones de infantería, 1 regimiento o 6 escuadrones de caballería ligera, y 3 baterías de artillería (1 montada) con 18 cañones; en total 10.000 hombres.

Lo único particular en los cuerpos de ejército 7.° y 8.° es que han adoptado las cureñas francesas para la artillería. El

9.° cuerpo de ejército de la Confederación es formado por el Reino de Sajonia, que pone una división, y por el Electorado de Hesse y Nassau, que aportan la segunda.

El contingente de Sajonia asciende a 4 brigadas de infantería con 4 batallones cada una y 1 brigada de cazadores de 4 batallones; además, 4 batallones de línea y 1 batallón de cazadores como reserva, que aún no se han constituido; 4 regimientos de caballería ligera con 5 escuadrones cada uno; 1 regimiento de artillería equivalente a 6 baterías a pie y 2 montadas; en total 20 batallones de infantería, 20 escuadrones y 50 cañones, es decir, 24.500 hombres en pie de guerra. El Electorado de Hesse tiene 4 regimientos u 8 batallones, más 1 batallón de fusileros y 1 de cazadores; 2 escuadrones de coraceros, 7 escuadrones de húsares; 3 baterías, de ellas 1 montada. En total son 10 batallones, 9 escuadrones, 19 cañones o 12.000 hombres en pie de guerra. Nassau aporta en pie de guerra 7 batallones, 2 baterías o 7.000 hombres y 12 cañones.

Hanóver y Brunswick forman para el 10.° cuerpo de ejército la 1.ª división, y Mecklemburgo, Holstein, Oldemburgo y las ciudades hanseáticas, la 2.ª. Hanóver aporta 8 regimientos o 16 batallones, además de 4 batallones de infantería ligera, 6 regimientos con 24 escuadrones de caballería, así como 4 baterías a pie y 2 montadas; en total 22.000 hombres y 36 cañones. Su artillería se asemeja a la inglesa. Brunswick contribuye con 5 batallones, 4 escuadrones y 12 cañones; en total 5.300 hombres. Los pequeños Estados que forman la 2.ª división no merecen mención.

Finalmente, los más pequeños de los Estados alemanes minúsculos forman una división de reserva. El total del ejército de la Confederación Germánica en pie de guerra puede resumirse, pues, en el siguiente cuadro:

I. Contingentes

Infantería

Caballería

Cañones

Total

Austria

73.501

13.546

192

94.822

Prusia

61.629

11.355

160

79.484

Baviera

27.566

5.086

72

35.600

8. Cuerpo

23.369

4.308

60

30.150

9. Cuerpo

19.294

2.887

50

24.254

10. Cuerpo

22.246

3.572

58

28.067

División de reserva

11.116

-

-

11.116

total

238.721

40.754

592

303.493

II. Contingentes de reserva

Infantería

Caballería

Cañones

Total

Austria

36.750

6.773

96

47.411

Prusia

30.834

5.660

80

39.742

Baviera

13.793

2.543

36

17.800

8. Cuerpo

11.685

2.154

32

15.075

9. Cuerpo

9.702

1.446

25

12.136

10. Cuerpo

11.107

1.788

29

14.019

División de reserva

5.584

-

-

5.584

total

119.455

20.364

298

151.767

En un tercer y último artículo trataremos de los ejércitos español, sardo, turco y otros de Europa.

Artículo tercero

["Putnam's Monthly" núm. XXXVI, diciembre de 1855]

I. El ejército turco

Al comenzar la guerra actual, el ejército turco se hallaba en un estado de capacidad combativa que nunca antes había alcanzado. Los diversos ensayos de reorganización y reforma emprendidos desde el advenimiento de Mahmud, desde la matanza de los jenízaros y, sobre todo, desde la paz de Adrianópolis, habían sido sintetizados y reducidos a un sistema. El primer y mayor obstáculo —la independencia de los pachás que gobernaban provincias apartadas— había sido eliminado en gran medida, y, en general, los pachás habían sido rebajados a una posición que equivalía aproximadamente a la de un comandante militar de distrito. Sin embargo, su ignorancia, altanería y rapacidad se mantenían en plena vitalidad, como en los mejores tiempos del dominio de los sátrapas asiáticos. Aunque en los últimos veinte años hayamos oído hablar poco de revueltas de pachás, sí hemos sabido bastante de provincias que se sublevaron contra sus gobernadores ávidos, los cuales provenían de las filas de los más bajos esclavos domésticos y de los «hombres para todo» y que aprovechaban su nueva posición para acumular fortunas mediante exacciones, sobornos y descomunales desfalcos de fondos públicos. Es evidente que, en semejante estado de cosas, la organización del ejército en gran parte ha de existir sólo sobre el papel.

El ejército turco se compone del ejército regular activo (Nizam), de la reserva (Redif), de las tropas irregulares y de los cuerpos auxiliares de los Estados vasallos.

El Nizam consta de 6 cuerpos de ejército (ordús), reclutados en los distritos donde tienen su guarnición, de modo semejante a los cuerpos de ejército prusianos, que se hallan acantonados en la provincia de la que extraen sus reemplazos. En líneas generales, la organización del Nizam y del Redif turcos está calcada, como veremos, del modelo prusiano. Los 6 ordús tienen sus cuarteles generales en Constantinopla, Schumla, Toli-Monastir, Erzurum, Bagdad y Alepo. Cada uno de ellos debía estar al mando de un muschir (mariscal de campo) y constar de 2 divisiones, es decir, 6 brigadas, formadas por 6 regimientos de infantería, 4 de caballería y 1 de artillería.

La infantería y la caballería están organizadas según el sistema francés; la artillería, según el prusiano.

Un regimiento de infantería consta de 4 batallones de 8 compañías cada uno y, en pie completo, incluidos oficiales y plana mayor, debía contar con 3.250 hombres, es decir, 800 hombres por batallón. Sin embargo, antes de la guerra la fuerza general raras veces pasaba de 700 hombres, y en Asia era casi siempre mucho menor.

Un regimiento de caballería consta de 4 escuadrones de ulanos y 2 escuadrones de cazadores, debiendo contar cada escuadrón con 151 hombres. Por lo general, los efectivos reales se quedaban aún más por debajo de los reglamentarios que en la infantería.

Cada regimiento de artillería se compone de 6 baterías montadas y 9 a pie, de 4 piezas cada una, de modo que contaba en total con 60 cañones.

Así, cada cuerpo de ejército (ordú) debía contar con 19.500 hombres de infantería, 3.700 de caballería y 60 cañones. En realidad, sin embargo, 20.000 a 21.000 hombres en total era lo máximo que jamás se había alcanzado.

Además de los 6 ordús existen 4 regimientos de artillería (1 de reserva y 3 de artillería de fortaleza), 2 regimientos de zapadores y minadores y 3 destacamentos especiales de infantería, enviados a Candía, Túnez y Trípoli, con una fuerza total de 16.000 hombres.

La fuerza total del Nizam o ejército regular permanente habría sido, por tanto, antes de la guerra, la siguiente:

36 regimientos de infantería, con un promedio de 2.500 hombres 90.000 hombres
24 regimientos de caballería, con un promedio de 660-670 hombres 16.000 hombres
7 regimientos de artillería de campaña 9.000 hombres
3 regimientos de artillería de fortaleza 3.400 hombres
2 regimientos de zapadores y minadores 1.600 hombres
Tropas destacadas 16.000 hombres
136.000 hombres

Después de haber servido cinco años en el Nizam, los soldados son licenciados a sus casas y forman, durante los siete años siguientes, el Redif o reserva. Esta reserva cuenta con igual número de ordús, divisiones, brigadas, regimientos, etc., que el ejército permanente; de hecho, respecto al Nizam es lo que en Prusia representa el primer llamamiento de la Landwehr respecto a las tropas de línea, con la única diferencia de que en Prusia, en unidades superiores a la brigada, línea y Landwehr se mantienen siempre unidas, mientras que en la organización turca se las mantiene separadas. Los oficiales y suboficiales del Redif permanecen constantemente concentrados en los depósitos, y una vez al año el Redif es convocado para ejercicios, recibiendo entonces la misma paga y alimentación que la tropa de línea. Pero como semejante organización presupone una administración civil bien rodada y un nivel civilizado de la sociedad, cosas ambas de las que Turquía está muy distante, el Redif, en su mayor parte, sólo puede existir sobre el papel; por consiguiente, si le atribuimos la misma fuerza que al Nizam, estaremos ciertamente suponiendo la cifra máxima posible.

Los contingentes auxiliares comprenden las tropas de:

1. los principados del Danubio 6.000 hombres
2. Serbia 20.000 hombres
3. Bosnia y Herzegovina 30.000 hombres
4. Alta Albania 10.000 hombres
5. Egipto 40.000 hombres
6. Túnez y Trípoli 10.000 hombres
total, aproximadamente: 116.000 hombres

A estas tropas hay que añadir los voluntarios bashi-bazukos, que Asia Menor, el Kurdistán y Siria pueden proporcionar en gran número. Son los últimos restos de aquellos enjambres de tropas irregulares que en pasados siglos inundaron Hungría y aparecieron dos veces ante Viena. Jinetes en su mayor parte, en dos siglos de derrotas casi constantes han demostrado que son inferiores hasta al jinete europeo peor equipado. Su confianza en sí mismos ha desaparecido, y ahora no sirven más que para revolotear alrededor del ejército, consumiendo y malgastando las provisiones destinadas a las tropas regulares. Su inclinación al pillaje y su naturaleza poco segura los incapacitan incluso para aquel activo servicio de avanzadas que los rusos esperan de sus cosacos; pues los bashi-bazukos son más difíciles de encontrar precisamente cuando más necesarios serían.

En la presente guerra se ha considerado conveniente limitar sus efectivos, y no creemos que jamás se hayan concentrado más de 50.000 hombres.

Así pues, la fuerza numérica del ejército turco al comienzo de la guerra puede calcularse como sigue:

Nizam 136.000 hombres
Redif 136.000 hombres
tropas auxiliares regulares de Egipto y Túnez 50.000 hombres
tropas auxiliares irregulares de Bosnia y Albania 40.000 hombres
bashi-bazukos 50.000 hombres
total: 412.000 hombres

De esta suma total hay que deducir, sin embargo, una parte. Parece bastante seguro que los ordús estacionados en Europa se hallaban en estado bastante bueno y tan completos como cabe esperar en Turquía; pero en Asia, en las provincias más apartadas, donde predomina la población musulmana, es posible que los hombres estén disponibles, si bien faltan armas, equipo y depósitos de municiones. El ejército del Danubio se formó principalmente con los 3 ordús europeos. Eran el núcleo de este ejército, al que se sumaron los redifs europeos, el cuerpo sirio o, al menos, una parte considerable de él, así como cierto número de arnautas, bosniacos y bashi-bazukos. Sin embargo, la excesiva prudencia de Omer Pachá —su aversión, aún hoy existente, a exponer las tropas en campaña— es la mejor prueba de que deposita una confianza limitada en las capacidades de este único ejército regular bueno que Turquía ha poseído jamás. En Asia, en cambio, donde el viejo sistema turco de malversación y desidia se hallaba en pleno florecimiento, los 2 ordús del Nizam, todos los redifs y la masa de irregulares, juntos, no pudieron resistir siquiera a un ejército ruso numéricamente muy inferior; fueron batidos en cada batalla, de modo que al final de la campaña de 1854 el ejército asiático de Turquía casi había dejado de existir. De aquí se desprende que no sólo la organización en sus detalles, sino también una gran parte de las tropas mismas no existían en realidad. Los oficiales extranjeros y los corresponsales de prensa en Kars y Erzurum señalaban una y otra vez la falta de armas, artículos de equipo, municiones y víveres, y declaraban inequívocamente que la causa no era otra que la desidia, incapacidad y rapacidad de los pachás. Los fondos les eran asignados regularmente, pero siempre se los embolsaban.

Todo el equipo del soldado regular turco está tomado de los ejércitos occidentales. La única diferencia es el fez rojo o gorrito, que es acaso la prenda de cabeza menos adecuada para este clima, ya que con el calor del verano provoca con frecuencia insolaciones. La calidad de los artículos de equipo es mala, y el vestuario tiene que durar más de lo previsto, pues los oficiales suelen embolsarse el dinero destinado a nuevas adquisiciones. Las armas, tanto de infantería como de caballería, son de calidad inferior; sólo la artillería posee muy buenas piezas de campaña, fundidas en Constantinopla bajo la dirección de oficiales e ingenieros civiles europeos.

De por sí, el turco no es mal soldado. Es valiente por naturaleza, extraordinariamente curtido, paciente y, en determinadas circunstancias, también obediente. Los oficiales europeos que se han ganado su confianza pueden confiar en él, como comprobaron Grach y Butler en Silistria e Iskender Beg (Ilinski) en Valaquia. Pero ésas son excepciones. En general, el odio innato del turco hacia el «giaur» es tan inextinguible, y sus costumbres e ideas son tan diferentes de las de un europeo, que, mientras siga siendo la nación dominante en el país, no se someterá a ningún hombre al que en su fuero interno desprecia por considerarlo inmensamente inferior. Esta repugnancia la extendieron los turcos también a la organización del ejército desde que fue reformada según el modelo europeo. El simple turco odia las instituciones de los giaures tanto como a los giaures mismos. Además, al turco indolente, contemplativo y fatalista le resultan extremadamente odiosas la severa disciplina, la actividad regular, la atención constante que reclama un ejército moderno. Incluso los oficiales dejarán que el ejército sea batido antes que esforzarse y usar su inteligencia. Éste es uno de los peores rasgos del ejército turco, y bastaría por sí solo para hacerlo inservible para toda campaña ofensiva.

Los soldados y suboficiales se reclutan entre voluntarios y por sorteo; para los grados inferiores de oficiales, a veces se asciende a personal de tropa, pero por regla general se los elige entre los sirvientes personales y asistentes de los oficiales superiores, los chiboukchis y los cafeidschis. Las escuelas militares de Constantinopla, que ni siquiera son muy buenas, no pueden producir suficientes jóvenes para

las plazas vacantes. En cuanto a los grados superiores, existe un favoritismo del que las naciones occidentales no tienen la menor idea. La mayoría de los generales son antiguos esclavos circasianos, los mignons de cualquier gran hombre en los días de su juventud. La ignorancia absoluta, la incapacidad y la autosuficiencia reinan sin límites, y las intrigas palaciegas constituyen el principal medio para ascender. En el ejército, ni siquiera los pocos generales europeos (renegados) habrían sido aceptados si no se los hubiera necesitado imprescindiblemente para impedir que toda la maquinaria se desmoronara. Tal como están las cosas, fueron aceptados indistintamente, tanto hombres de verdadero mérito como puros aventureros.

En la actualidad, después de tres campañas, puede decirse que no se puede hablar de la existencia de un ejército turco, a excepción de los 80.000 hombres del ejército propiamente dicho de Omer Pashá, del que una parte se halla en el Danubio y la otra en Crimea. El ejército asiático consiste en una turba ruidosa de unos 25.000 hombres, inepta para el campo y desmoralizada por las derrotas. El resto de los 400.000 hombres ha desaparecido quién sabe dónde: muertos en campaña o por enfermedades, heridos, licenciados o convertidos en bandidos. Muy probablemente, éste será en definitiva el último ejército turco, pues recuperarse de la conmoción que ha sufrido a causa de su alianza con Inglaterra y Francia es más de lo que cabe esperar de Turquía.

Ha pasado ya el tiempo en que los combates de Oltenitza y Cetate provocaban un entusiasmo exagerado por el valor turco. La inacción persistente de Omer Pashá bastó para suscitar dudas también sobre ulteriores capacidades militares de los turcos, dudas que ni siquiera la brillante defensa de Silistria pudo disipar por completo. Las derrotas en Asia, la huida de Balaklava, la actitud absolutamente defensiva de los turcos en Eupatoria y su completa inactividad en el campamento de Sebastopol han reducido la valoración general de sus capacidades militares a su justa medida. El estado del ejército turco era tal que hasta entonces resultaba del todo imposible emitir un juicio sobre su valor general. Sin duda había algunos regimientos muy valerosos y bien mandados, capaces de todo servicio, pero se hallaban en considerable minoría. A la gran masa de la infantería le faltaba la cohesión, y por ello era inútil para el servicio en campaña, aunque a pie firme detrás de las trincheras cumpliera con su deber. La caballería regular era decididamente inferior a la de cualquier potencia europea. La artillería era, con mucho, la mejor parte del ejército, y los regimientos de artillería de campaña habían alcanzado un alto grado de eficacia,

los hombres parecían nacidos para su tarea, aunque en los oficiales quedara sin duda mucho que desear. Por lo visto, los redifs padecían por lo general deficiencias organizativas, si bien los hombres estaban sin duda dispuestos a hacer lo que les correspondía. De los irregulares, los arnautas y los bosníacos eran magníficos guerrilleros, pero nada más; se prestaban mejor para la defensa de fortificaciones, mientras que los bashi-bozuks resultaban simplemente inútiles y aún peor que eso. El contingente egipcio parece haber estado aproximadamente al mismo nivel que el nizam turco, el tunecino era casi inservible para todo. Con un ejército tan abigarrado, tan mal mandado y en el que reinaba semejante desbarajuste, no es de extrañar que en tres campañas quedara casi aniquilado.

II. El ejército sardo

Este ejército se compone de 10 brigadas de infantería, 10 batallones de cazadores, 4 brigadas de caballería, 3 regimientos de artillería, 1 regimiento de zapadores y minadores, un cuerpo de carabineros (tropas de policía) y la caballería ligera de la isla de Cerdeña.

Las 10 brigadas de infantería constan de 1 brigada de guardias con 4 batallones de granaderos y 2 batallones de cazadores, así como de 9 brigadas de línea, es decir, 18 regimientos de a 3 batallones cada uno. A ellos se suman 10 batallones de cazadores (bersaglieri), uno por cada brigada; con ello, el ejército sardo cuenta con una proporción mucho mayor de infantería ligera bien adiestrada que cualquier otro ejército.

Además, cada regimiento cuenta con 1 batallón de depósito.

Desde 1849, los efectivos de los batallones se redujeron considerablemente por razones financieras. En pie de guerra, un batallón debería tener aproximadamente 1.000 hombres, pero en pie de paz no pasa de 400. Los restantes han sido licenciados por tiempo ilimitado.

La caballería comprende 4 regimientos pesados y 5 ligeros. Cada regimiento tiene 4 escuadrones de campaña y 1 escuadrón de reemplazo. En pie de guerra, los 4 escuadrones de campaña de un regimiento deberían sumar aproximadamente 800 hombres, pero en pie de paz apenas son 600.

Los 3 regimientos de artillería constan de 1 regimiento de artificieros y especialistas de artillería, 1 regimiento de artillería de guarnición (12 compañías) y 1 regimiento de artillería de campaña (6 baterías a pie, 2 montadas y 2 pesadas, cada una de 8 piezas). Los cañones de las baterías ligeras son de a ocho libras

y los obuses de a veinticuatro libras, los cañones de las baterías pesadas de a dieciséis libras; en total 80 piezas.

El regimiento de zapadores y minadores tiene 10 compañías, que suman aproximadamente 1.100 hombres. Los carabineros (montados y a pie) son muy numerosos para un reino tan pequeño, ascienden a unos 3.200 hombres. La caballería ligera destinada al servicio de tropa de policía en la isla de Cerdeña cuenta con unos 1.100 hombres.

El ejército sardo alcanzó ciertamente en la primera campaña contra Austria, en 1848, una fuerza de 70.000 hombres. En 1849 fueron cerca de 130.000. Más tarde fue reducido a unos 45.000. Es imposible decir cuál es su fuerza hoy, pero no cabe duda de que desde la conclusión del tratado con Inglaterra y Francia ha sido reforzado de nuevo.

Esta gran elasticidad del ejército piamontés, que le permite aumentar o disminuir en cualquier momento el número de hombres bajo las armas, se deriva de un sistema de reclutamiento muy semejante al prusiano, y en muchos aspectos puede, en efecto, llamarse a Cerdeña la Prusia de Italia. En los estados sardos existe, como en Prusia, la obligación de todo ciudadano de servir en el ejército, si bien, a diferencia de aquélla, pueden presentarse sustitutos. El servicio militar total comprende, como en Prusia, el servicio activo y un período subsiguiente en el que el soldado es licenciado a la reserva y permanece en ella; en caso de guerra puede ser llamado de nuevo en cualquier momento. El sistema es un término medio entre el prusiano, por un lado, y el de Bélgica y los estados alemanes menores, por otro. Así, al llamar a la reserva, la infantería puede pasar de unos 30.000 hombres a 80.000 e incluso más. La caballería y la artillería de campaña sólo aumentarían poco, pues los soldados de estas armas tienen que permanecer por lo general en sus regimientos durante todo el tiempo de servicio.

El ejército piamontés es tan bueno y combativo como cualquier otro ejército europeo. Los piamonteses son pequeños como los franceses, sobre todo los infantes. Los soldados de la guardia no alcanzan por término medio ni 5 pies y 4 pulgadas, pero por su atractivo uniforme, su porte militar, sus figuras robustas y ágiles y sus finos rasgos italianos causan mejor impresión que más de un ejército compuesto por hombres de mayor estatura. El uniforme y el equipo de la infantería de línea y de la guardia siguen el modelo francés, a excepción de unos pocos detalles tomados de los austríacos. Los bersaglieri llevan un uniforme especial: un pequeño sombrero plano de fieltro con un largo penacho flotante de plumas de gallo y una guerrera marrón. La caballería viste cortas casacas marrones que llegan hasta las caderas. La infantería está armada en su mayor parte con el fusil de percusión; los bersaglieri llevan cortos rifles tiroleses, que son armas buenas y útiles, pero en todos los respectos inferiores al fusil Minié. La primera fila de la caballería iba armada con lanzas; no podemos decir si esto sigue siendo el caso hoy en la caballería ligera. Las baterías montadas y las baterías ligeras a pie, con su calibre de 8 libras, tienen frente a los demás ejércitos europeos la misma ventaja que tuvieron los franceses mientras conservaron este calibre; sin embargo, sus baterías pesadas de a dieciséis libras hacían de la artillería de campaña sarda la más pesada del continente. Que estas piezas, una vez emplazadas, pueden prestar excelentes servicios lo demostraron en el Chernaya, donde su fuego preciso contribuyó considerablemente al éxito de los aliados y fue admirado en todas partes.

De todos los estados italianos, el Piamonte es el que está en mejores condiciones para crear un buen ejército. De las llanuras del Po y sus afluentes proceden excelentes caballos, y allí viven hermosos hombres de alta estatura, los más altos de todos los italianos, singularmente aptos para el servicio en la caballería y en la artillería pesada. En las montañas que rodean estas llanuras por tres lados, al norte, oeste y sur, habita un pueblo curtido, de menor talla, pero fuerte y ágil, laborioso y perspicaz como todos los montañeses. Ellos forman la masa de la infantería y en especial de los bersaglieri, tropa que casi iguala a los cazadores de Vincennes en grado de instrucción, aunque seguramente los supera en fuerza física y resistencia.

Los establecimientos militares del Piamonte son, en líneas generales, muy buenos, y por ello los oficiales poseen una alta cualificación. Sin embargo, todavía en 1846 la aristocracia y el clero ejercían una gran influencia en su nombramiento. Hasta esa época, Carlos Alberto sólo conocía dos medios de gobernar: el clero y el ejército. En otras partes de Italia era incluso un dicho común que de tres personas con las que uno se topaba en la calle en el Piamonte, una era soldado, la segunda fraile y sólo la tercera paisano. Hoy, naturalmente, eso ha pasado, los curas no tienen influencia alguna; las guerras de 1848 y 1849 han impreso en el ejército ciertos rasgos democráticos que no pueden ser destruidos fácilmente, aunque la nobleza siga ocupando muchos puestos de oficial. Algunos corresponsales británicos de Crimea han informado en los periódicos que los oficiales piamonteses eran casi todos «gentlemen de nacimiento», pero esto no es en absoluto el caso, y conocemos personalmente a más de un oficial piamontés que ha ascendido desde soldado raso, y podemos afirmar con seguridad que la masa de capitanes y tenientes se compone hoy de hombres que se han ganado sus charreteras por su valor en la lucha contra los austríacos o que, por lo menos, no están vinculados a la aristocracia.

El mayor cumplido que, en nuestra opinión, puede tributarse al ejército piamontés, halla expresión en el juicio que ha emitido uno de sus antiguos adversarios, el general Schönhals, cuartelmaestre general del ejército austríaco en los años 1848/49. En sus «Erinnerungen aus dem italienischen Krieg», este general, uno de los mejores oficiales del ejército austríaco y enconado enemigo de todo cuanto huela de algún modo a independencia italiana, trata al ejército piamontés, de principio a fin, con el mayor respeto.

«Su artillería —dice— se compone de hombres escogidos, de oficiales buenos e instruidos, posee buen material y es superior en calibre a la nuestra… La caballería no es un arma despreciable. Su primera fila va armada con lanzas. Pero el manejo de esta arma exige un jinete muy diestro, de modo que no nos atreveríamos a decir que esta introducción signifique directamente una mejora. Sin embargo, su escuela de equitación es muy buena… En Santa Lucia se combatió por ambas partes con gran valentía. Los piamonteses atacaron con gran vivacidad e ímpetu; tanto piamonteses como austríacos realizaron numerosas hazañas de gran valor personal… El ejército piamontés tiene el derecho de rememorar la jornada de Novara sin tener que sonrojarse», etcétera.

También el general prusiano Willisen, que participó durante algún tiempo en la campaña de 1848 y no es amigo de la independencia italiana, habla con respeto del ejército piamontés.

Desde 1848, cierto partido en Italia ha considerado al rey de Cerdeña como el futuro jefe de toda la península. Aunque estamos muy lejos de compartir esta opinión, creemos, no obstante, que si Italia llega a recobrar algún día su libertad, las fuerzas piamontesas serán el instrumento militar más importante para alcanzar ese objetivo y constituirán, al mismo tiempo, el núcleo del futuro ejército italiano. Antes de que esto ocurra, el ejército sardo pasará probablemente por más de una revolución interna; pero sus excelentes elementos militares sobrevivirán a todo ello e incluso ganarán cuando se disuelvan en un verdadero ejército nacional.

III. Los ejércitos italianos menores

El ejército pontificio existe casi sólo sobre el papel. Los batallones y escuadrones jamás están completos y sólo forman una débil división. Aparte de ésta, hay un regimiento de guardia suiza, las únicas tropas a las que el Estado puede otorgar alguna confianza. Los ejércitos de Toscana, Parma y Módena son demasiado insignificantes para ser mencionados aquí; baste decir que, en conjunto, están organizados según el modelo austríaco. Existe, además, el ejército napolitano, del que tanto mejor es cuanto menos se hable de él. Jamás se ha distinguido ante el enemigo; ya combatiera por el rey, como en 1799, o por una constitución, como en 1821, siempre se ha distinguido por salir huyendo. Incluso en los años 1848 y 1849, la parte del ejército napolitano compuesta de indígenas fue derrotada en todas partes por los insurrectos, y de no haber sido por los suizos, el rey Bomba no estaría hoy sentado en su trono. Durante el asedio de Roma, Garibaldi avanzó con un puñado de hombres contra la división napolitana y la batió dos veces. La fuerza en tiempo de paz del ejército de Nápoles se estima en 26.000-27.000 hombres, pero en 1848 se dice que ascendió, según informes, a casi 49.000, y en plena fuerza debería elevarse a 64.000. De todas estas tropas, únicamente son dignas de mención las suizas. Forman 4 regimientos de 2 batallones cada uno, y un batallón completo debería contar con 600 hombres, lo que suma un total de 4.800. Mas los cuadros han aumentado de tal modo que cada batallón tiene ahora aproximadamente 1.000 hombres (sólo el 4.º regimiento, o de Berna, cuenta con 2.150), y el total puede estimarse en cerca de 9.000 hombres. Son tropas verdaderamente de primer orden, mandadas por oficiales de su propio país e independientes del gobierno napolitano en su organización y administración internas. Fueron tomadas a sueldo por primera vez en 1824 ó 1825, cuando el rey dejó de confiar en el ejército, que se había sublevado poco antes, y consideró necesario rodearse de una fuerte guardia personal. Los contratos, llamados «capitulaciones», se concertaron con los distintos cantones por 30 años; se concedió a las tropas someterse a las leyes de guerra y a la organización militar suizas. La paga era tres veces superior a la de un soldado napolitano indígena. Las tropas se reclutaban entre voluntarios de todos los cantones; en ellos se establecieron oficinas de reclutamiento. A los oficiales que se retiraban, a los veteranos y a los heridos se les aseguraban pensiones. Si el contrato no se renovaba al cabo de 30 años,

los regimientos debían disolverse. La actual constitución suiza prohíbe el reclutamiento para servicios extranjeros, razón por la cual las capitulaciones fueron derogadas después de 1848; se suspendió el enganche, al menos en apariencia, en Suiza, pero se establecieron depósitos en Chiasso y otros lugares de Lombardía, y más de un agente reclutador continuó su negocio en secreto en suelo suizo. El Estado napolitano estaba tan ávido de reclutas que no vaciló en acoger a la escoria de los refugiados políticos que se encontraban entonces en Suiza.

En estas circunstancias, el rey de Nápoles confirmó los privilegios garantizados a los soldados suizos por las capitulaciones, y en agosto del año pasado, al cumplirse los 30 años, prorrogó mediante un decreto especial estos privilegios por todo el tiempo que los suizos permanecieran a su servicio.

IV. El ejército suizo

Suiza no tiene un ejército nacional permanente. Todo suizo está obligado, si es apto para el servicio, a servir en las milicias, y esta masa está dividida, según la edad, en tres levas (Auszug, primera y segunda leva). A los jóvenes se los convoca por separado para la instrucción durante los primeros años de servicio y se los reúne de tiempo en tiempo en campamentos; pero cualquiera que haya visto el torpe marchar y el poco agradable espectáculo de una unidad suiza aún sin instruir, o la haya oído chancearse con su sargento durante la formación, reconocerá sin duda de inmediato que las cualidades militares de la gente están muy poco desarrolladas. Para poder juzgar las aptitudes soldadescas de estas milicias, no disponemos más que de un ejemplo, la guerra del Sonderbund de 1847, cuyo desarrollo se distinguió por pérdidas extraordinariamente reducidas en proporción a las fuerzas participantes. La organización de la milicia se halla casi por entero en manos de los distintos gobiernos cantonales y, aunque su forma general de organización está fijada por leyes federales y un estado mayor federal se halla al frente del conjunto, en este sistema no pueden evitarse cierta confusión y falta de uniformidad, ya que impide de manera casi insoslayable que se acumulen suficientes reservas, que se introduzcan mejoras y que se fortifiquen de modo permanente puntos importantes, sobre todo en la débil frontera suizo-alemana.

Los suizos con instrucción militar son, como todos los montañeses, soldados excelentes, y dondequiera que han servido como tropas regulares bajo bandera extranjera, han combatido extraordinariamente bien. Pero, como son bastante duros de mollera, necesitan la instrucción mucho más que los franceses o los alemanes del norte para adquirir confianza en sí mismos y cohesión. Es posible que, en caso de un ataque extranjero contra Suiza, el sentimiento nacional compense tal vez esta carencia, pero incluso eso es muy dudoso. Un ejército regular de 80.000 hombres o menos estaría a la altura de una masa de 160.000 o más que los suizos pretenden poder levantar. En 1798, los franceses los vencieron con unos pocos regimientos.

Los suizos se enorgullecen de sus tiradores de élite. Ciertamente, hay en Suiza proporcionalmente más buenos tiradores que en ningún otro país europeo, excepción hecha de las posesiones alpinas austríacas. Pero cuando se ve que estos tiradores seguros, al ser llamados a filas, van casi todos armados con toscos y corrientes fusiles de percusión, el respeto por los tiradores suizos disminuye considerablemente. Los escasos batallones de cazadores pueden tener buenos tiradores, pero sus cortos y pesados fusiles (Stutzen) son anticuados e inútiles en comparación con el fusil Minié, y el modo torpe y lento de cargarlos con pólvora suelta de un cuerno daría a los suizos pocas probabilidades si tuvieran que enfrentarse a tropas pertrechadas con armas más modernas.

En resumen: armas, equipo, organización e instrucción, todo es en Suiza anticuado y muy probablemente seguirá siéndolo mientras los gobiernos cantonales tengan algo que decir en estos asuntos.

V. Los ejércitos escandinavos

Aunque unidos bajo una misma corona, los ejércitos sueco y noruego son tan independientes entre sí como los dos países a los que pertenecen. A diferencia de Suiza, ambos constituyen el ejemplo de un país alpino con ejército permanente; sin embargo, la península escandinava es en conjunto, por el carácter del paisaje y la consiguiente pobreza, así como por la escasa densidad de población, tan afín a Suiza que incluso en la organización militar de ambos países predomina el mismo sistema, a saber, el sistema de milicias.

Suecia tiene tres clases de tropas: regimientos formados por reclutamiento voluntario (värfvade truppar), regimientos provinciales (indelta truppar) y la reserva. Los värfvade se componen de 3 regimientos de infantería con 6 batallones, 2 regimientos de caballería y 3 regimientos de artillería con 13 baterías de a pie y 4 montadas, con un total de 96 cañones de a seis libras, 24 de a doce y 16 de a veinticuatro. En conjunto, suman 7.700 hombres y 136 piezas de artillería. En estas tropas está comprendida la artillería de todo el ejército.

Los indelta forman 20 regimientos provinciales de 2 batallones cada uno, incluidos 5 batallones de infantería independientes, y 6 regimientos de caballería que varían en sus efectivos entre 1 y 8 escuadrones. Los indelta se estiman en 33.000 hombres.

La reserva constituye la masa del ejército. Si es llamada a filas, debe alcanzarse un efectivo de 95.000 hombres.

En la provincia de Gotland existe, además, una especie de milicia que está constantemente sobre las armas y cuenta con 7.850 hombres. Tiene 21 compañías y 16 cañones. El ejército sueco en su totalidad comprende, pues, aproximadamente 140.000 hombres y 150 piezas de campaña.

Los voluntarios para los regimientos alistados (värfvade) son comprometidos generalmente por 14 años, pero la ley permite también compromisos por 3 años. Los indelta son una especie de milicia que, tras su primera instrucción, viven en las granjas que se les asignan a ellos y a sus familias, y sólo son llamados a instrucción una vez al año durante 4 semanas. Su soldada consiste en el producto de sus granjas, pero cuando son concentrados reciben una compensación especial. Los oficiales reciben como feudo tierras de la corona situadas en sus distritos. La reserva se compone de todos los suecos aptos para el servicio de 20 a 25 años. Son instruidos por un breve período y luego llamados cada año durante 14 días. Así, pues, con excepción de los pocos värfvade y de las tropas de Gotland, la mayor parte del ejército —indelta y reserva— presenta, por todos los conceptos, el carácter de una milicia.

Los suecos desempeñan en la historia militar un papel que no guarda proporción alguna con la escasa población de la que se reclutaron sus famosos ejércitos. Gustavo Adolfo inauguró una nueva era de la táctica con sus mejoras durante la Guerra de los Treinta Años; Carlos XII, que con su atolondrada temeridad echó a perder su gran talento militar, hizo que estos ejércitos realizaran verdaderos prodigios, como, por ejemplo, tomar atrincheramientos con la caballería. En las guerras posteriores contra Rusia, las tropas suecas se comportaron muy bien.

En 1813, Bernadotte hizo que los suecos evitaran el peligro en todo lo posible; apenas estuvieron bajo fuego, salvo involuntariamente, siendo Leipzig una excepción, y allí constituían sólo una parte infinitamente pequeña de los aliados. Los värfvade e incluso los indelta mantendrán sin duda siempre la reputación del nombre sueco, pero la reserva, si no es llamada e instruida mucho antes de su empleo, sólo puede considerarse como un ejército de reclutas.

Noruega tiene 5 brigadas de infantería, que comprenden 22 batallones con 12.000 hombres, 1 brigada de caballería compuesta de 3 divisiones de cazadores montados con 1.070 hombres, y 1 regimiento de artillería de unos 1.300 hombres, además de una reserva de milicias de 9.000 hombres; en total alrededor de 24.000. El carácter de este ejército no difiere mucho del sueco; su única particularidad son algunas compañías de cazadores que, con esquíes planos y ayudados de un largo bastón, corren muy deprisa sobre la nieve al modo lapón.

El ejército danés consta de 23 batallones de infantería (1 batallón de guardias, 12 de línea, 5 de ligeros, 5 de cazadores) en 4 brigadas; cada batallón tiene una dotación de paz de unos 700 hombres; 3 brigadas de caballería (3 escuadrones de guardias, 6 regimientos de dragones con 4 escuadrones cada uno, teniendo cada escuadrón en tiempo de paz 140 hombres); 1 brigada de artillería (2 regimientos, es decir, 12 baterías con 80 cañones de a seis y 16 de a doce) y 3 compañías de zapadores. En total son 16.630 hombres de infantería, 2.900 de caballería, 2.900 de artillería y zapadores, y 96 piezas.

Para el pie de guerra, cada compañía se eleva a 200, es decir, el batallón a 800 y cada escuadrón a 180 hombres, y la línea asciende a un total de 25.500. Además pueden ser llamados 32 batallones, 24 escuadrones y 6 baterías de la reserva, que representan una fuerza de 31.500 hombres y elevan el total a unos 56.000 ó 57.000. Pero incluso éstos pueden ser reforzados en caso de necesidad; así, la Dinamarca propiamente dicha, sin Holstein ni Schleswig, pudo poner sobre las armas durante la última guerra 50.000-60.000 hombres, y ahora los ducados están de nuevo sujetos al reclutamiento por los daneses.

El ejército se recluta por sorteo entre los jóvenes de 22 años en adelante. El tiempo de servicio es de 8 años, pero en realidad los artilleros permanecen 6 años, los infantes de línea sólo 4 años en el regimiento, mientras que el resto del tiempo pertenecen a la reserva. De los 30 a los 38 años los soldados permanecen en el primer llamamiento de la milicia, y luego hasta los 45 en el segundo. Todo esto está muy bien pensado, pero en una guerra contra Alemania casi la mitad de las tropas —las de los ducados— se disolvería y alzarían las armas contra sus actuales camaradas. Precisamente esta fuerte mezcla de schleswig-holsteinenses debilita tanto al ejército danés, y lo hace en realidad casi nulo e insignificante en los choques con el vecino más poderoso de Dinamarca.

El ejército danés, desde su reorganización de 1848/49, está bien equipado, bien armado y se ha puesto en un pie muy respetable. El danés de la Dinamarca propiamente dicha es un buen soldado y mostró en casi todos los encuentros de la guerra de tres años una actitud muy buena; pero el schleswig-holsteinense le es decididamente superior. El cuerpo de oficiales es, en general, bueno, pero tiene demasiada aristocracia y muy poca formación científica. Sus informes son descuidados y se parecen a los del ejército británico, al que las tropas danesas parecen asemejarse también en su falta de movilidad; sin embargo, últimamente no han demostrado poseer la firmeza inquebrantable de los vencedores de Inkerman. Los schleswig-holsteinenses pertenecen sin duda a los mejores soldados de Europa. Son excelentes artilleros y tan serenos en el combate como los ingleses, sus primos. Aunque proceden de tierras llanas, son muy buenos infantes ligeros; su primer batallón de tiradores habría podido medirse en 1850 con cualquier tropa de su clase.

VI. El ejército holandés

El ejército holandés comprende 36 batallones de infantería en 9 regimientos, con un total de 44.000 hombres; 4 regimientos de dragones, compuestos de 20 escuadrones; 2 escuadrones de cazadores montados y 2 escuadrones de gendarmes, lo que hace un total de 24 escuadrones de caballería con 4.400 hombres; 2 regimientos de artillería de campaña (5 baterías de a pie de cañones de a seis, 6 baterías de a pie de a doce, 2 baterías montadas de a seis y 2 baterías montadas de a doce, con un total de 120 piezas) y 1 batallón de zapadores, en total 58.000 hombres, además de algunos regimientos en las colonias. Pero el ejército no siempre tiene esta fuerza en tiempos de paz. Bajo las armas sólo queda un cuadro compuesto de oficiales, suboficiales y unos pocos voluntarios. La gran masa, a pesar de su obligación de servir 5 años, es instruida en unos pocos meses, luego licenciada y llamada cada año sólo por pocas semanas. Además existe una especie de reserva en tres llamamientos, que comprende a todos los hombres aptos para el servicio de 20 a 35 años. El primer llamamiento consta de unos 53 y el segundo de 29 batallones de infantería y artillería. Pero estas tropas no están organizadas en absoluto y difícilmente pueden ser consideradas siquiera como milicia.

VII. El ejército belga

El ejército belga tiene 16 regimientos de infantería que, con un batallón de reserva para cada regimiento, comprenden 49 batallones; en total 46.000 hombres. La caballería consta de 2 regimientos de cazadores, 2 de ulanos, 2 de coraceros y 1 regimiento de guías <una especie de cazadores de campaña>, que suman 38 escuadrones, además de 7 escuadrones de reserva; en total 5.800 hombres. La artillería comprende 4 regimientos (4 baterías montadas, 15 de a pie y 4 de depósito, así como 24 compañías de guarnición) con 152 piezas, a saber, de a seis y de a doce; los zapadores y minadores, 1 regimiento, cuentan con 1.700 hombres. La fuerza total sin la reserva asciende a 62.000 hombres; mediante la reserva puede, como demostró una reciente movilización, aumentarse a 100.000. El ejército se recluta por sorteo, y el tiempo de servicio es de 8 años, pero el soldado está con licencia aproximadamente la mitad del tiempo. Por consiguiente, la verdadera fuerza en tiempo de paz apenas alcanzará los 30.000 hombres.

VIII. El ejército portugués

El ejército portugués se componía en 1850 de las siguientes tropas:

Fuerza en paz

Fuerza en guerra

Infantería

18.738

40.401

Caballería

3.508

4.676

Artillería

2.707

4.098

Ingenieros y Estado Mayor

728

495

25.681

49.670

La artillería consta de 1 regimiento de campaña con 1 batería montada y 7 baterías a pie, 3 regimientos de artillería de posición y de plaza y 5 batallones destacados en las islas. Su calibre es de 6 y 12 libras.

IX. El ejército español

De todos los ejércitos europeos, el español despierta gran interés en los Estados Unidos por razones especiales. Por eso, para concluir esta reseña de las fuerzas militares de Europa, tratamos este ejército más detalladamente de lo que parecería justificado por su importancia en comparación con el ejército de sus vecinos al otro lado del Atlántico.

Las fuerzas españolas constan del ejército de la Península y de los ejércitos coloniales.

El ejército de la Península comprende 1 regimiento de granaderos, 45 regimientos de línea con 3 batallones cada uno, 2 regimientos con 2 batallones cada uno en Ceuta y 18 batallones de cazadores, es decir, tiradores. Todos estos 160 batallones tenían en 1852 una fuerza efectiva de 72.670 hombres, que costaban al Estado anualmente 82.692.651 reales, o sea 10.336.581 dólares. La caballería constaba en 1851 de 16 regimientos de carabineros o dragones y ulanos con 4 escuadrones cada uno, más 11 escuadrones de cazadores o caballería ligera. En total son 12.000 hombres, que cuestan 17.549.562 reales, o sea 2.193.695 dólares.

La artillería consta de 5 regimientos de artillería a pie con 3 brigadas cada uno, una por cada distrito de la monarquía, además de 5 brigadas de artillería pesada, 3 brigadas montadas y 3 brigadas de artillería de montaña, en total 26 brigadas o, como ahora se las denomina, batallones. En la artillería montada el batallón tiene 2 baterías, en la de montaña y a pie 4; en total 92 baterías a pie y 6 montadas con 588 piezas de campaña.

Los zapadores y minadores forman 1 regimiento de 1.240 hombres.

La reserva se compone de un batallón (n.º 4) para cada regimiento de infantería y un escuadrón de depósito para cada regimiento de caballería.

La fuerza total —tal como figuraba sobre el papel— era en 1851 de 103.000 hombres; en 1843, cuando fue derribado Espartero, sólo alcanzaba 50.000, pero Narváez la aumentó una vez a más de 100.000. Por término medio, el máximo bajo las armas será de 90.000 hombres.

Los ejércitos coloniales son los siguientes:

1. El ejército de Cuba: 16 regimientos de infantería fogueados, 4 compañías de voluntarios, 2 regimientos de caballería, 2 batallones con 4 baterías a pie y 1 batallón con 4 baterías de artillería de montaña, 1 batallón de artillería montada con 2 baterías, así como 1 batallón de zapadores y minadores. Aparte de estas tropas de línea, existe una milicia disciplinada <milicia disciplinaria (compuesta de unidades de castigo)> con 4 batallones y 4 escuadrones, así como una milicia urbana <milicia urbana> con 8 escuadrones; en total 37 batallones, 20 escuadrones y 84 piezas. Durante los últimos años, este ejército cubano permanente ha sido reforzado por numerosas tropas procedentes de España, y si calculamos su fuerza original en 16.000 ó 18.000 hombres, ahora habrá quizás 25.000 ó 28.000 en Cuba. Pero esto es una mera estimación.

2. El ejército de Puerto Rico: 3 batallones de infantería fogueados, 7 batallones de milicia disciplinaria, 2 batallones de voluntarios indígenas, 1 escuadrón de estos voluntarios y 4 baterías de artillería a pie. El estado de abandono de la mayoría de las colonias españolas no permite estimar la fuerza de este cuerpo.

3. Las Filipinas tienen 5 regimientos de infantería con 8 compañías cada uno; 1 regimiento de cazadores de Luzón; 9 baterías a pie, 1 montada y 1 de montaña. Nueve secciones con 5 batallones de infantería indígena y otras secciones provinciales que existían antes fueron disueltas en 1851.

El ejército es reclutado por sorteo, y está permitido presentar sustitutos. Cada año se recluta un contingente de 25.000 hombres, pero en 1848 se llamó a filas a tres contingentes, es decir, 75.000 hombres.

El ejército español debe su actual organización sobre todo a Narváez, aunque el reglamento de Carlos III del año 1768 constituye aún su base. ¡Narváez quitó a los regimientos sus viejas banderas provinciales, que eran todas diferentes, e introdujo la bandera española en el ejército! De igual modo destruyó la vieja organización provincial, centralizó [el ejército] y restableció la unidad. Sabía por experiencia, demasiado bien, que en un ejército al que casi nunca se pagaba, e incluso rara vez se vestía y alimentaba, el dinero es el principal punto de apoyo, y por ello intentó también introducir una mayor regularidad en la soldada y en la administración financiera del ejército. Si alcanzó todo lo que se proponía, se desconoce; pero toda mejora que él introdujo en este sentido se perdió rápidamente bajo la administración de Sartorius y sus sucesores. El estado normal de "sin paga, sin rancho, sin vestuario" fue restablecido en todo su esplendor, y los soldados andaban harapientos y sin zapatos, mientras los oficiales superiores y los de estado mayor se pavoneaban con casacas que rebosaban galones de oro y plata, o incluso se ponían uniformes de fantasía que no se podían encontrar en ningún reglamento.

El estado de este ejército hace 10 o 12 años lo describe un autor inglés del siguiente modo:

"El porte de las tropas españolas es en sumo grado poco militar. El centinela recorre su ronda arriba y abajo, y el chacó se le cae casi de la nuca, con el fusil colgado con desgana sobre los hombros, canta una alegre seguidilla <canción de baile> con la mayor despreocupación del mundo. No pocas veces le faltan piezas enteras del uniforme, o su casaca de regimiento y su prolongación inferior están tan irremediablemente destrozadas que el capote militar de color pizarra debe servir de envoltura incluso en el bochornoso verano; a uno de cada tres se le deshacen los zapatos en sus componentes, y los dedos desnudos de los hombres asoman; tan espléndida se ve en España la vida militar <vida del soldado>."

Una disposición de Serrano del 9 de septiembre de 1843 prescribe:

"Todos los oficiales y comandantes del ejército deberán mostrarse en público en lo sucesivo con el uniforme de su regimiento y con la espada correspondiente al reglamento, cuando no aparezcan de paisano. Todos los oficiales deberán asimismo llevar sólo las insignias de grado correspondientes, y no otras que las prescritas, y nunca más exhibir esas distinciones arbitrarias y el ridículo adorno con que algunos gustaban engalanarse."

Hasta aquí lo de los oficiales. Ahora lo de los soldados.

"El general de brigada Córdova ha abierto en Cádiz una colecta en su nombre para crear un fondo con el que regalar un par de pantalones de paño a cada uno de los valientes soldados del regimiento de Asturias."

Este desorden financiero explica cómo fue posible que el ejército español se haya rebelado casi ininterrumpidamente desde 1808. Pero las verdaderas causas son más profundas. Con la larga guerra, llevada sin interrupción contra Napoleón, los diversos ejércitos y sus jefes adquirieron una influencia política real, y ello les confirió en primer lugar un rasgo pretoriano. Muchos hombres enérgicos del periodo revolucionario permanecían aún en el ejército; la incorporación de las guerrillas a las fuerzas regulares reforzó incluso este elemento. Así, los soldados y los rangos inferiores estaban todavía bien imbuidos de tradiciones revolucionarias, mientras que los oficiales se aferraban a sus pretensiones pretorianas. En estas circunstancias se preparó de manera regular el levantamiento de 1819 a 1823, y más tarde, en los años 1833 a 1834, la guerra civil volvió a poner en primer plano al ejército y a sus jefes. Habiendo sido el ejército español utilizado como instrumento por todos los partidos, no sería extraño que durante algún tiempo asumiera él mismo el poder.

"Los españoles son un pueblo guerrero, pero no soldado", declaró el abate De Pradt. De todas las naciones europeas, ellos tienen ciertamente la mayor aversión a la disciplina militar. No obstante, es posible que la nación que fue célebre durante más de cien años por su infantería vuelva a tener algún día un ejército del que pueda sentirse orgullosa. Pero para lograrlo, no sólo debe reformarse el sistema militar, sino, más aún, la vida pública.

Notas a pie de página

(1)
Como ejemplo, nos remitimos a la obra sobre armas de fuego del coronel Chesney, considerado uno de los mejores oficiales de artillería de Gran Bretaña.

(2)
Véase Sir W[illiam] Napier, Guerra en la Península pirenaica.