Friedrich Engels

Alemania y el paneslavismo

Escrito hacia el 17 de abril de 1855.

I

["Neue Oder-Zeitung" nº 185 del 21 de abril de 1855]

Se asegura de la mejor fuente que el actual emperador de Rusia ha enviado a ciertas cortes un despacho en el que, entre otras cosas, se dice:

«En el momento en que Austria se alíe irrevocablemente con el Occidente o cometa cualquier acto abiertamente hostil contra Rusia, Alejandro II se pondrá él mismo a la cabeza del movimiento paneslavista y transformará su actual título de Emperador de todas las Rusias en el de Emperador de todos los eslavos» (?).

Esta declaración de Alejandro, si es auténtica, es la primera palabra directa desde el comienzo de la guerra. Es el primer paso para dar a la guerra el carácter europeo que hasta ahora ha acechado tras toda clase de pretextos y simulaciones, protocolos y tratados, párrafos de Vattel y citas de Pufendorf. La independencia, más aún, la existencia de Turquía queda relegada con ello a un segundo plano. Ya no se pregunta quién ha de gobernar en Constantinopla, sino quién ha de dominar toda Europa. La raza eslava <tronco, linaje>, dividida largo tiempo por disputas internas, empujada hacia el este por los alemanes, subyugada en parte por alemanes, turcos y húngaros, reuniendo silenciosamente sus ramas después de 1815 mediante el crecimiento gradual del paneslavismo, afirma ahora por primera vez su unidad y declara con ello la guerra a muerte a las razas romano-célticas y alemanas que hasta ahora han dominado en Europa. El paneslavismo es un movimiento no solo por la independencia nacional; es un movimiento que se esfuerza por deshacer lo que una historia de mil años ha creado, que no puede realizarse sin barrer del mapa de Europa a Turquía, Hungría y una mitad de Alemania, y que, si alcanzara este resultado, no podría asegurar su permanencia sino mediante la subyugación de Europa. El paneslavismo se ha transformado ahora de un credo en un programa político, con 800.000 bayonetas a su disposición. No deja a Europa más alternativa que: la subyugación por los eslavos o la destrucción para siempre del centro de su fuerza ofensiva: Rusia.

La próxima cuestión que tenemos que responder es: ¿cómo resulta afectada Austria por el paneslavismo uniformado por Rusia? De los setenta millones de eslavos que viven al este del bosque de Bohemia y de los Alpes de Carintia, aproximadamente 15 millones están sometidos al cetro austríaco, incluyendo a los representantes de casi todas las variantes de la lengua eslava. El tronco bohemio o checo (6 millones) cae enteramente bajo la soberanía austríaca; el polaco está representado por aproximadamente 3 millones de galitzianos; el ruso por 3 millones de malorrusos (rutenos rojos, rutenos) en Galitzia y el noreste de Hungría — el único tronco ruso fuera del ámbito del imperio ruso; el tronco sudeslavo por aproximadamente 3 millones de eslovenos (carintios y croatas) y serbios, incluyendo a los búlgaros dispersos. Los eslavos austríacos se dividen así en dos clases: una parte consiste en restos de nacionalidades cuya historia propia pertenece al pasado y cuyo desarrollo histórico actual está vinculado al de naciones de raza y lengua diferentes. Para completar su precaria situación nacional, estos tristes restos de una grandeza pasada no poseen siquiera una organización nacional dentro de Austria, sino que están más bien distribuidos entre diferentes provincias. Los eslovenos, aunque apenas son 1.500.000, están dispersos por las diversas provincias de Carniola, Carintia, Estiria, Croacia y el suroeste de Hungría. Los bohemios, aunque son el tronco más numeroso entre los eslavos austríacos, están asentados en parte en Bohemia, en parte en Moravia y en parte (la línea eslovaca) en el noroeste de Hungría. Por consiguiente, estas nacionalidades, aunque viven exclusivamente en suelo austríaco, no son reconocidas en modo alguno como naciones distintas constituidas. Son consideradas como apéndices de la nación alemana o de la húngara y, de hecho, no son otra cosa. La segunda clase de eslavos austríacos consiste en fragmentos de diversos troncos que, en el curso de la historia, han sido separados del gran cuerpo de su nación y cuyo centro de gravedad se halla, por tanto, fuera de Austria. Así, los polacos austríacos tienen su centro natural de gravedad en la Polonia rusa, los rutenos en las otras provincias malorrusas unidas a Rusia y los serbios en la Serbia turca.

El hecho de que estos fragmentos, separados de sus respectivas nacionalidades, graviten hacia su centro natural se comprende por sí mismo y se hace más patente a medida que la civilización y, con ella, la necesidad de una actividad histórico-nacional se difunden entre ellos. En ambos casos los eslavos austríacos no son más que disjecta membra <miembros dispersos> que aspiran a su reunificación, bien entre sí, bien con el cuerpo principal de sus nacionalidades particulares. Esta es la razón por la cual el paneslavismo no es un invento ruso, sino austríaco. Para asegurar la restauración de cada nacionalidad eslava particular, los diferentes troncos eslavos en Austria comienzan a trabajar por una unión de todos los troncos eslavos de Europa. Rusia, fuerte en sí misma, y Polonia, consciente de una indomable tenacidad de vida nacional y además en abierta enemistad contra la Rusia eslava — estas dos naciones no estaban llamadas evidentemente a inventar el paneslavismo. Pero los serbios y búlgaros de Turquía eran demasiado bárbaros para concebir semejante idea; los búlgaros se someten tranquilamente a los turcos, los serbios tenían bastante que hacer con la lucha por su propia independencia.

II

["Neue Oder-Zeitung" nº 189 del 24 de abril de 1855]

La primera forma del paneslavismo fue puramente literaria. Dobrovsky, un bohemio, el fundador de la filología científica de los dialectos eslavos, y Kollár, un poeta eslovaco de los Cárpatos húngaros, fueron sus inventores. En Dobrovsky era el entusiasmo del descubridor científico, en Kollár las ideas políticas se hicieron pronto predominantes. Pero todavía el paneslavismo se satisfacía en la elegía, y la grandeza del pasado, la vergüenza, la desgracia y la opresión extranjera del presente eran el tema principal de su poesía. «¿Acaso no hay, oh Dios, hombre alguno en la tierra que quiera hacer justicia al eslavo?». Los sueños de un imperio paneslavo que dictara leyes a Europa apenas osaban insinuarse por aquel entonces. Pero el período de lamentaciones pasó pronto, y con él el grito por mera «justicia para el eslavo». La investigación histórica, abarcando el desarrollo político, literario y lingüístico de la raza eslava, hizo progresos gigantescos en Austria. Schafarik, Kopitar y Miklosich como lingüistas, Palacký como historiador se pusieron a la cabeza, seguidos por un enjambre de otros de menor o ninguna aptitud científica, como Hanka, Gaj, etc. Las épocas gloriosas de la historia bohemia y serbia eran pintadas con colores encendidos en contraste con el presente humillado y quebrantado de estas nacionalidades; y así como en el resto de Alemania, bajo el amparo de la «filosofía», se sometían a crítica la política y la teología, en Austria, bajo los ojos de Metternich, los paneslavistas utilizaban la filología para predicar la doctrina de la unidad eslava y crear un partido político cuyo objetivo inconfundible era: subvertir las condiciones de todas las nacionalidades en Austria y transformar a esta en un gran imperio eslavonio.

La confusión lingüística que reina al este de Bohemia y Carintia hasta el mar Negro es verdaderamente asombrosa. El proceso de desnacionalización entre los eslavos limítrofes con Alemania, el avance lento pero ininterrumpido de los alemanes, la irrupción de los húngaros que separó a los eslavos del norte de los del sur mediante una masa compacta de 7 millones de raza finesa, la intercalación de turcos, tártaros, valacos en medio de los troncos eslavos, produjeron una babel lingüística. De pueblo a pueblo, casi de cortijo a cortijo, varía la lengua. La misma Bohemia cuenta, entre 5 millones de habitantes, 2 millones de alemanes junto a 3 millones de eslavos, y está rodeada por tres lados por los alemanes. Lo mismo ocurre con los troncos austro-eslavonios. Restituir a los eslavos todo el suelo y territorio originalmente eslavo, transformar Austria, a excepción del Tirol y de Lombardía, en un imperio eslavonio, tal era el objetivo de los paneslavistas, lo que equivalía a declarar nula y sin efecto la evolución histórica de los últimos mil años, a cercenar un tercio de Alemania y a convertir toda Hungría, y Viena y Budapest en ciudades eslavas — un modo de proceder con el que los alemanes y húngaros que poseían estos distritos no podían simpatizar precisamente. Además, la diversidad entre los dialectos eslavos es tan grande que, con pocas excepciones, son mutuamente incomprensibles. Esto quedó demostrado de manera cómica en el Congreso Eslavo de Praga de 1848, donde, tras varios e inútiles intentos de encontrar una lengua comprensible para todos los miembros, tuvieron que hablar finalmente la lengua que les era más odiada a todos: la alemana.

Vemos así que al paneslavismo austríaco le faltaban los elementos más esenciales para el éxito: masa y unidad. Masa, porque el partido paneslavista, limitado a una parte de las clases cultas, no poseía influencia alguna sobre el pueblo y, por tanto, no tenía la fuerza para ofrecer resistencia al gobierno austríaco y al mismo tiempo a las nacionalidades alemana y húngara, a las que desafiaba. Unidad, porque su principio de unidad era puramente ideal, y se rompía al primer intento de realización por el hecho de la diversidad lingüística. Mientras el paneslavismo permaneció como un movimiento puramente austríaco, no ofrecía un gran peligro, pero el centro de unidad y de masa que necesitaba fue encontrado muy pronto para él.

El movimiento nacional de los serbios turcos a comienzos de este siglo atrajo pronto la atención del gobierno ruso sobre el hecho de que unos 7 millones de eslavos habitaban Turquía, cuya lengua se asemejaba al ruso más que cualquier otro dialecto eslavo, y cuya religión y lengua sagrada —el antiguo eslavo o eslavo eclesiástico— eran exactamente las mismas que las de los rusos. Fue entre estos serbios y búlgaros donde Rusia inició por primera vez una agitación paneslavista, apoyada por la posición de Rusia como cabeza y protectora de la Iglesia griega. Cuando el movimiento paneslavista hubo ganado algún terreno en Austria, Rusia extendió muy pronto las ramificaciones de sus agencias al territorio de su aliado. Allí donde chocaba con eslavos católico-romanos, se abandonaba el aspecto religioso de la cuestión y se presentaba a Rusia simplemente como centro de gravitación de la raza eslava, como el núcleo en torno al cual se cristalizan las regeneradas tribus eslavas, como el pueblo fuerte y unido llamado a realizar el gran imperio eslavo desde el Elba hasta China y desde el Adriático hasta el mar Glacial. ¡He aquí, pues, encontradas la unidad y la masa que faltaban! El paneslavismo cayó inmediatamente en la trampa. Pronunció así su propia sentencia. Para reafirmar imaginarias nacionalidades, los paneslavistas se declararon dispuestos a sacrificar una participación efectiva de ochocientos años en la civilización a la barbarie ruso-mongólica. ¿No era ese el resultado natural de un movimiento que comenzó con una reacción decidida contra la marcha de la civilización europea y que quería hacer retroceder la historia universal?

Metternich, en los mejores años de su poder, reconoció el peligro y vio a través de las intrigas rusas. Reprimió el movimiento con todos los medios a su disposición. Pero todos sus medios se resumían en una sola palabra: represión. El único medio adecuado: el libre desarrollo del espíritu alemán y húngaro, más que suficiente para espantar el fantasma eslavo, no encajaba en el sistema de su pequeña política. En consecuencia, tras la caída de Metternich, en 1848, el movimiento eslavo estalló más fuerte que nunca y abarcando capas más amplias de la población que nunca antes. Pero aquí salió inmediatamente a la luz su carácter profundamente reaccionario. Mientras que los movimientos alemán y húngaro en Austria eran decididamente progresivos, fueron los eslavos quienes salvaron de la destrucción al viejo sistema, permitieron a Radetzky avanzar sobre el Mincio y a Windischgrätz conquistar Viena. Para completar la dependencia de Austria respecto de la raza eslava, en 1849 la gran reserva eslava, el ejército ruso, tuvo que descender a Hungría y dictarle allí la paz.

Pero si la adhesión del movimiento paneslavista a Rusia fue su autocondena, Austria reconoció no menos su propia falta de vitalidad mediante la aceptación, más aún, la provocación de esta ayuda eslava contra las tres únicas naciones en sus posesiones que poseen y demuestran fuerza vital histórica: alemanes, italianos y húngaros. Siempre desde 1848 esta deuda con el paneslavismo mantuvo a Austria sometida, y la conciencia de la misma fue el principal resorte de la política austriaca.

Lo primero que hizo Austria fue reaccionar contra los eslavos en su propio territorio, y eso solo fue posible mediante una política al menos parcialmente progresiva. Los privilegios de todas las provincias fueron quebrantados, una administración centralizada reemplazó a una federativa; y en lugar de las diversas nacionalidades, solo debía reconocerse una nacionalidad artificial, la austriaca. Aunque estas innovaciones estaban dirigidas en parte también contra los elementos alemán, italiano y húngaro, cayeron con la mayor fuerza sobre las tribus eslavas menos compactas y otorgaron al elemento alemán una preponderancia considerable. Si así se eliminaba la dependencia de los eslavos en el interior, quedaba la dependencia de Rusia y la necesidad de romper, al menos por un momento y en cierto grado, esta dependencia directa y degradante. Esa fue la verdadera razón de la política antirrusa de Austria en la cuestión oriental, aunque vacilante, pero al menos proclamada públicamente. Por otra parte, el paneslavismo no ha desaparecido; está profundamente herido, guarda rencor, calla y mira, desde la intervención húngara, al emperador de Rusia como a su mesías predestinado. No es tarea nuestra investigar si Austria, en caso de que Rusia apareciera abiertamente como cabeza del paneslavismo, pudiera responder con concesiones a Hungría y a Polonia sin poner en peligro su existencia. Lo que es seguro es que ya no es Rusia sola, es la conspiración paneslavista la que amenaza con fundar su imperio sobre las ruinas de Europa. La unión de todos los eslavos, por la innegable fuerza que posee y puede obtener, obligará pronto al bando que se le enfrenta a aparecer en una forma completamente distinta de la que ha tenido hasta ahora. No hemos hablado en esta ocasión ni de los polacos —en su honor, en su mayoría decididamente hostiles al paneslavismo—, ni de la forma supuestamente democrática y socialista del paneslavismo, que en el fondo solo se distingue del común y franco paneslavismo ruso por su fraseología e hipocresía. Tampoco hemos hablado de la especulación alemana que, por ignorancia sublimada, ha descendido a ser el órgano de la conspiración rusa. Volveremos con detalle sobre estas y otras cuestiones relacionadas con el paneslavismo.