Friedrich Engels

El curso de la guerra

Escrito hacia el 30 de marzo de 1855.

[«New-York Daily Tribune», núm. 4366, del 17 de abril de 1855, artículo de fondo]

Mientras los diplomáticos se han reunido en Viena para negociar el destino de Sebastopol y los aliados, bajo las mejores condiciones posibles, intentan concertar la paz, los rusos pasan de nuevo a la ofensiva en Crimea por doquier, aprovechando los errores de sus adversarios así como su propia posición central en el país. Si se recuerdan las fanfarronadas con que los aliados iniciaron su invasión, la situación de las cosas parece bastante singular y surte el efecto de una sátira descomunal contra la arrogancia y la necedad humanas. Pero, a pesar de su lado cómico, el drama es, en el fondo, profundamente trágico; por ello invitamos de nuevo a nuestros lectores a una consideración seria de los hechos, tal como se desprenden de nuestras últimas noticias, recibidas el domingo por la mañana con la «America».

En Eupatoria, Omer Pachá se halla ahora prácticamente inmovilizado por el lado de tierra. Su superioridad en caballería permite a los rusos situar sus piquetes y vedetas cerca de la ciudad, batir los alrededores con patrullas que cortan los suministros y, en caso de una salida en regla, replegarse sobre su infantería. Tal como sospechábamos <Véase el presente volumen, págs. 121-123>, hacen todo lo posible por mantener en jaque a una fuerza turca superior con quizá no más de una cuarta o una tercera parte de efectivos. Omer Pachá aguarda la llegada de refuerzos de caballería y, entretanto, ha estado en el campamento franco-inglés para informar a sus aliados de que, por el momento, no puede hacer nada y de que un refuerzo de unos 10.000 soldados franceses sería muy deseable. Sin duda, pero no menos deseable para el propio Canrobert, quien ya debe de haber descubierto que, al mismo tiempo, dispone de demasiadas y de demasiado pocas tropas: demasiadas para la mera prosecución del asedio como tal y para la defensa del Chernaya, pero no las suficientes para salir desde el Chernaya, empujar a los rusos hacia el interior y cercar el fuerte del Norte. Destacar 10.000 hombres a Eupatoria no capacitaría a los turcos para avanzar con éxito en campaña; tanto más cuanto que su ausencia debilitaría al ejército francés justo cuando, junto con los refuerzos que llegan en primavera, debería emprender operaciones de campaña.

El asedio presenta en este momento un aspecto bastante desolador. El ataque nocturno de los zuavos del 24 de febrero resultó aún más devastador en sus resultados de lo que informamos hace una semana <Véase el presente volumen, págs. 152/153>. Del propio parte de Canrobert se desprende que él mismo no entendía lo que se proponía al ordenar ese ataque. Dice:

«Una vez alcanzado el objetivo del ataque, nuestras tropas se retiraron, porque a nadie se le podía ocurrir que pudiésemos afianzarnos en un punto que se hallaba tan completamente bajo el fuego enemigo.»

Pero ¿qué objetivo se había alcanzado? ¿Qué había que hacer allí si la posición no podía sostenerse? Absolutamente nada. La destrucción del reducto no se había consumado, y no habría podido consumarse bajo el fuego enemigo, incluso si los zuavos, como pretendía el primer parte, hubieran tomado por breve tiempo la obra por completo. Pero nunca fue así; el parte ruso lo niega de manera terminante, y Canrobert tampoco insiste en nada semejante. Entonces, ¿qué pretendía ese ataque? Sencillamente lo siguiente: al ver Canrobert que los rusos se afianzaban en una posición que colocaba a los sitiadores en una situación muy difícil y a la vez humillante, envió sus tropas al asalto sin reflexión, sin tomarse siquiera la molestia de examinar el posible desenlace de la acción. Fue una carnicería completamente insensata, que seguirá siendo una mancha infamante sobre la reputación militar de Canrobert. Si acaso cabe encontrar una excusa, esta no puede residir sino en la suposición de que las tropas francesas ya no podían seguir esperando el asalto y de que el general quiso darles por ello un ligero anticipo de semejante tormento. Pero esa excusa desacredita a Canrobert tanto como el ataque mismo.

En la acción en torno a Malakoff, los rusos demostraron su superioridad terrestre directamente delante de sus obras defensivas. La obra situada en la cresta de la colina y atacada en vano por los zuavos es llamada por ellos reducto de Selenguinsk, según el regimiento que la defiende. De inmediato se pusieron a explotar su ventaja y a aprovechar la seguridad en la victoria así obtenida. Selenguinsk fue ampliado y reforzado; se subieron cañones, aunque tuvieron que atravesar el fuego más intenso de los sitiadores, y desde allí se trazaron contraaproches, probablemente para levantar una o dos obras menores delante del reducto. Asimismo, en otro lugar, en el frente del bastión de Kornílov, se ha erigido una serie de nuevos reductos, 300 yardas más adelante que las antiguas obras rusas de fortificación. A juzgar por informes británicos anteriores, semejante medida resulta bastante asombrosa, pues siempre se nos había dicho que los aliados habían abierto sus propias trincheras a una distancia menor de las líneas rusas. Pero, tal como pudimos comprobar hace aproximadamente un mes por la mejor fuente en ciencia militar, las líneas francesas aún se hallaban a unas 400 yardas de las obras avanzadas rusas, y las británicas, incluso al doble de distancia. Ahora por fin, en la carta del 16 de marzo, confiesa el corresponsal del «Times» que, incluso en estas últimas fechas, las trincheras británicas todavía estaban a 600 u 800 yardas, y que
en efecto, las baterías que están a punto de abrir fuego contra el enemigo ¡son las mismas que abrieron el fuego el pasado 17 de octubre!
¡Este es, pues, el gran progreso en el asedio; este, el avance de las trincheras que ha costado la vida a dos tercios del ejército británico!

En estas circunstancias, espacio más que suficiente había en el intervalo entre las dos líneas de baterías para la erección de las nuevas obras rusas; pero, no obstante, sigue siendo una empresa sin igual, la más audaz y hábil que jamás haya emprendido una guarnición sitiada. No viene a ser otra cosa que la apertura de una nueva paralela contra los aliados a una distancia de 300 a 400 yardas de sus obras; un contraapproche a la mayor escala contra los sitiadores, los cuales son arrojados de golpe a la defensiva, cuando la primera condición esencial de un asedio es que los sitiadores arrojen a los sitiados a la defensiva. De modo que la hoja ha girado por completo y los rusos se hallan en franco ascenso.

Por muchos errores y experimentos fantásticos que los ingenieros rusos bajo Schilder hayan podido cometer en Silistria, aquí, en Sebastopol, los aliados se enfrentan, al parecer, con una clase de hombres completamente distinta. La orientación precisa y rápida, la ejecución inmediata, audaz y sin errores que los ingenieros rusos han puesto de manifiesto al levantar sus líneas en torno a Sebastopol, la vigilancia infatigable con la que se protegió cada punto débil tan pronto como el enemigo lo descubría, la excelente disposición de la línea de fuego que hace posible concentrar sobre cualquier punto del terreno de frente un fuego superior al del sitiador —la preparación de una segunda, tercera y cuarta línea de fortificaciones detrás de la primera—, en una palabra, toda la conducción de esta defensa fue clásica. El último avance ofensivo en la colina de Malakoff y ante el bastión de Kornílov no tiene parangón en la historia de los asedios y señala a sus autores como eminencias de primer orden en su especialidad. Es justo y equitativo añadir que el coronel Todleben, jefe de ingenieros en Sebastopol, es una figura relativamente desconocida en el servicio de guerra ruso. Pero no debemos considerar la defensa de Sebastopol como un ejemplo típico del arte ruso de la ingeniería. El promedio de Silistria y Sebastopol se acerca más a las verdaderas proporciones.

Tanto en Crimea como en Inglaterra y Francia se empieza ahora a descubrir —aunque solo gradualmente— que no existe ninguna probabilidad de tomar Sebastopol al asalto. En este penoso aprieto, «The Times» de Londres ha recurrido a una «¡alta autoridad en ciencia militar!» y ha sabido que lo único razonable sería tomar la ofensiva, ya sea cruzando el Chernaya y efectuando la reunión con los turcos al mando de Omer Pachá, fuera antes o después de una batalla contra el ejército ruso de observación, o bien mediante una diversión hacia Kaffa, que obligaría a los rusos a dispersarse. Dado que el ejército aliado cuenta ahora con 110.000-120.000 hombres, tales movimientos deberían estar en su poder. Ahora bien, nadie sabe mejor que Canrobert y Raglan que cruzar el Chernaya y reunirse con el ejército de Omer Pachá sería muy deseable; pero, como ya hemos probado una y otra vez <Véase el presente volumen, págs. 76/77>, desgraciadamente, esos 110.000 a 120.000 hombres de los aliados no se encuentran ni nunca se han encontrado en las alturas frente a Sebastopol. El 1 de marzo su número no pasaba de 90.000 hombres aptos para el servicio. Pero, en lo que concierne a una expedición a Kaffa, ¡los rusos no podrían desear nada mejor que ver a las tropas aliadas dispersas por tres puntos diferentes, a una distancia de 60 a 150 millas del punto central, en tanto que no tienen fuerzas suficientes en ninguno de los dos puntos que ahora ocupan para cumplir la tarea que tienen por delante! Es evidente que la «alta autoridad en ciencia militar» del «Times» ha tomado el pelo al periódico, si en serio le da el consejo de que se pronuncie ¡por una reedición de la expedición de Eupatoria!