Refuerzos

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 291 del 26 de junio de 1855]

Londres, 23 de junio. El 18 de junio, aniversario de la batalla de Waterloo, no se celebró naturalmente esta vez en Londres. Debía celebrarse en Crimea con una victoria, no *contra* los franceses, sino *con* los franceses. El acontecimiento parecía tanto más picante cuanto que Raglan, el fámulo de Wellington, mandaba en mayor o menor medida bajo las órdenes de un general de Napoleón III. La inscripción estaba lista; solo que el acontecimiento que debía inmortalizarla la dejó en la estacada. No podrá desconocerse en la historia del imperio restaurado la preferencia fatalista con que las grandes fechas del Imperio son nuevamente convocadas a la vida, afirmando el éxito, negando el infortunio mediante una segunda edición mejorada. Esta gloriosa resurrección de fechas napoleónicas, hasta ahora afortunada en los golpes contra la república, fracasa en los golpes contra el enemigo exterior. Y el Imperio sin las victorias del Imperio recuerda la adaptación del *Hamlet* de Shakespeare, en la cual no solo falta la melancolía del príncipe danés, sino el príncipe danés mismo. El 2 de diciembre de 1854 se había encargado desde París una gran hazaña de armas en Crimea. Se malogró por exceso de lluvia y falta de munición. El 18 de junio de 1855 debía representarse la batalla en edición mejorada y con la moraleja invertida ante Sebastopol. En lugar de ello, se produce la *primera derrota seria* del ejército franco-inglés.

Londres está sombrío; los fondos han bajado, y Palmerston ha perdido de nuevo en un día lo que con la más fina táctica había asegurado en meses. Las derrotas ocurrieron el 18 de junio; la noticia telegráfica no las anuncia hasta el 22. El pasado jueves, el oficial "Globe" anunciaba, por orden de Palmerston: «no ha ocurrido nada grave». En la sesión nocturna de la Cámara de los Comunes de la misma fecha, Palmerston repite solemnemente la misma afirmación. Y ahora queda constatado que había recibido el despacho telegráfico ya a las 4 de la tarde del miércoles 20 de junio. El "Leader" afirma que esto ocurrió a instancias urgentes de París, donde se habría trocado la desgracia en el campo de batalla por suerte en la bolsa. Sea como fuere, el cockney <apodo burlón de los londinenses> está seriamente enfurecido con Palmerston. Ser derrotado ya es bastante malo. Pero dejarse arrastrar en los teatros de Drury Lane y Covent Garden, por la perfidia de los ministros, a ridículas ovaciones por la toma de Sebastopol… this is too bad, Sir! <das ist zu arg, mein Herr!>

Habíamos preparado suficientemente a nuestros lectores de que la obstinada insistencia de Pélissier en el asalto al lado sur presagiaba desgracias para los ejércitos aliados. Al mismo tiempo, cuando asumió el mando, advertimos la circunstancia atenuante de que la falta de medios de transporte le acumulaba grandes dificultades para las operaciones en campo abierto. Ambas son ahora confirmadas por la prensa inglesa. Así, por ejemplo, dice hoy el "Morning Herald":

«El ejército *no puede* salir a campo abierto, como debería hacerlo según todas las reglas de la estrategia, para batir al ejército auxiliar en Simferópol. No puede porque los *sepultureros oficiales*, la negligencia y la dilación, han estado nuevamente en su obra mortífera, y de las 28.000 piezas de ganado de tiro que necesitamos, solo de 4.000 a 5.000 están a nuestra disposición; y todo esto mientras la enfermedad vuelve a deslizarse por un campamento que encierra todos los medios de excitación para la fiebre, el cólera y la peste. Esta incapacidad de movimiento, semejante a la de Varna y al valle de la Muerte, es la causa de que, día tras día, nuestros generales se vean obligados a malgastar la vida de nuestras tropas en ataques desesperados contra obras de tierra casi inexpugnables, mientras el magnánimo ejército que debería tomar el campo yace ocioso a orillas del Chórnaya, sin caballería ni medios de transporte.»

Con qué refinada negligencia manejó el gabinete, desde el comienzo de la guerra, los medios puestos a su disposición, queda nuevamente demostrado por los informes financieros recién publicados. Según este informe oficial, el saldo de caja de los fondos concedidos para el ejército al 1 de enero de 1854 era de 1.835.882 libras esterlinas, y la suma gastada para el ejército al 1 de abril de 1854 solo de 2.270.000 libras esterlinas, de modo que se empleó menos de las 3/4 partes de la suma votada por el Parlamento para el reclutamiento de tropas. ¿Y de qué perecía el ejército, según el informe de la comisión Roebuck? De exceso de trabajo. ¿Y de dónde provenía ese exceso de trabajo? De la debilidad numérica. Pero la debilidad numérica, como muestra el informe financiero, era

el resultado de una intriga de gabinete. ¡Y el príncipe Alberto se queja de que la reina no tenga tropas disponibles! ¡Y de que el gabinete tenga las manos atadas! De qué manera el mismo gabinete que, mientras se quejaba de falta de medios de transporte, enviaba buques de transporte a Portsmouth vía Newcastle-on-Tyne para cargar carbón allí, o del Clyde a Liverpool y de Deptford a Woolwich para ser inspeccionados por el surveyor <inspector de los buques de llegada y salida>, ha quedado de manifiesto en el debate de Layard.

Los reveses del 18 de junio han hecho necesarios *refuerzos* inmediatos. En consecuencia, ayer se dieron órdenes de embarcar de inmediato: el 15.º regimiento de infantería, recién regresado de Ceilán; los regimientos de infantería ligera del rey 51.º, 80.º y 94.º, todos los destacamentos procedentes de la India de las diversas compañías de depósito y 1.200 hombres de caballería deberán partir inmediatamente hacia el teatro de la guerra. Han partido órdenes telegráficas a Marsella para enviar desde allí vapores extraordinarios a los gobernadores de Malta y Gibraltar y al Lord High Commissioner <Lord Alto Comisario> de las Islas Jónicas, con el encargo de embarcar toda la tropa apta para el servicio, no solo de las guarniciones, sino también de la reserva de la Household Brigade y todos los batallones de reserva que puedan prescindirse, *antes* de la llegada de los regimientos de relevo y de la milicia. Zarparán inmediatamente: el 13.º de infantería ligera de Gibraltar, el 31.º de infantería de las Islas Jónicas, el 48.º de Corfú, el 54.º de Gibraltar, el 66.º de Gibraltar, el 92.º regimiento escocés de las Tierras Altas de Gibraltar. La fuerza británica en Crimea se verá así aumentada en más de 13.000 hombres. A ello se añaden 4 baterías de campaña, un destacamento de artillería a caballo y un refuerzo del tren de asedio, todos los cuales están listos y solo aguardan buques de transporte. Inglaterra se encuentra, por lo demás, en la misma situación que en 1854. Ningún ejército de reserva. Y aún peor. En 1854, como confiesa el informe Roebuck, Palmerston impidió y demoró la formación de la milicia; pero en 1855 ha conseguido disolver prácticamente la milicia ya formada. Los refuerzos, como se ve por la enumeración anterior, absorben no solo el grueso del ejército; devoran los batallones de depósito y disuelven los cuadros. Inglaterra se asemeja así al salvaje de Montesquieu que tala el árbol para apoderarse de sus frutos. El país económico por excelencia gasta su capital militar en vez de los intereses. ¡Es este el resultado de las maniobras del gabinete, en el que el príncipe Alberto exige una confianza incondicional! Nada más falso que la idea del continente de que Inglaterra es demasiado pobre en hombres para poner ejércitos en pie. ¡En 1815, tras 22 años de guerra, Inglaterra tenía sobre las armas más de 350.000 hombres! Pero el gabinete descuida deliberadamente ambos medios: ¡aumento de la prima de enganche para el ejército permanente, sorteo para la milicia! ¿Qué otra cosa esperar del premier a quien la princesa Lieven pagó sus deudas en 1827 y a quien nombró ministro de Asuntos Exteriores en 1830, que proporcionó a Rusia, mediante el tratado de Unkiar-Skelessi, una dictadura de ocho años sobre Turquía y que, ocho días antes de que expirara el tratado de Unkiar-Skelessi, lo renovó en el tratado de los Dardanelos?

Roebuck anunció ayer en la Cámara de los Comunes que el 3 de julio (martes en ocho días) presentaría la siguiente moción:

«Que esta Cámara, deplorando profundamente los sufrimientos del ejército en Crimea durante la campaña de invierno y coincidiendo con el informe de su comisión en que la conducta del gobierno fue la primera y principal causa de los infortunios que azotaron a ese ejército, inflige por la presente su severa censura *a cada uno de los miembros de este gabinete* cuyos consejos condujeron a resultados tan funestos.»

La moción de Roebuck incluye, pues, deliberadamente a Palmerston, Russell, Clarendon, Granville y Lansdowne, miembros a la vez del gabinete actual y del anterior. El pequeño y venenoso abogado, semejante a Tersites, pero astuto y consumado en la táctica parlamentaria, se vio obligado a esta moción porque sus electores de Sheffield amenazaban con castigarlo —a él, que el martes denunció a Palmerston y el jueves votó su confianza en el mismo Palmerston— con un voto de desconfianza en una reunión pública. La desafortunada intromisión del príncipe Alberto entre el gabinete y el Parlamento, su provocación a la plenitud del poder parlamentario, fue otro motivo para esta moción, que amenaza con despojar de nuevo a la reina de «sus servidores confidenciales».

Sobre los últimos actos y peripecias de los *administrativos*, así como sobre las maquinaciones clericales, la próxima vez.