Karl Marx

La caída del ministerio Aberdeen

Escrito el 2 de febrero de 1855.

["New-York Daily Tribune", núm. 4316, del 17 de febrero de 1855]

Londres, viernes 2 de febrero de 1855

En toda la historia del régimen representativo, jamás un ministerio se ha visto obligado a dimitir de manera tan ignominiosa como el celebrado gabinete de «todos los talentos» en Inglaterra. Cualquiera puede verse en minoría alguna vez, pero sucumbir por 305 votos contra 148, es decir, por más de dos a uno, y esto en una asamblea como la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña, esa distinción quedó reservada a la pléyade de cerebros geniales que encabezaba ce cher Aberdeen.

No cabe duda de que el gabinete sabía que sus días estaban contados desde el momento en que el Parlamento se reuniera. Los escandalosos acontecimientos de Crimea, el colapso total del ejército, la impotencia de todos los que habían tomado parte en la dirección de la guerra, la indignación reinante en el país, alimentada por los ataques del «Times», la evidente determinación de John Bull de saber por fin a quién había que censurar, o al menos de desahogar su ira con alguien...; todo ello tenía que demostrar al gabinete que había llegado la hora de poner su casa en orden.

Inmediatamente se anunciaron en gran número preguntas y mociones amenazadoras; sobre todo amenazaba la moción del señor Roebuck para nombrar una comisión que investigara la conducción de la guerra y la actuación de todas las personas que, de algún modo, eran responsables de su dirección. Esto llevó las cosas a una decisión inmediata. El instinto político de lord John Russell le hizo comprender en seguida que esta moción sería adoptada a pesar de las minorías, y un estadista como él, que tiene en su haber más minorías que años de vida, no podía en modo alguno permitirse ser derrotado una vez más. En consecuencia, lord John Russell, con la pusilanimidad y la bajeza rabulística que le son propias —cualidades que se traslucen durante toda su carrera tras una envoltura de locuacidad petulante y de estrechez de miras constitucional—, prefirió «la prudencia, la mejor parte del valor» y se largó de su puesto sin siquiera informar a sus colegas. Aunque es un hombre que difícilmente puede esperar que se le eche en falta en parte alguna, parece, sin embargo, que su dimisión repentina desconcertó por completo a «todos los talentos». La prensa inglesa condenó unánimemente al pequeño estadista, pero ¿qué importaba eso? La prensa entera y todos sus veredictos condenatorios no pudieron poner fin al caos ministerial; y en este estado de desorganización, cuando el duque de Newcastle dimitió del ministerio de la Guerra y lord Palmerston aún no lo había ocupado, el gabinete tenía que hacer frente a la terrible moción del señor Roebuck.

El señor Roebuck es un pequeño abogado que sería un pequeño whig tan grotesco e inofensivo como lord John Russell, si en su carrera parlamentaria hubiera tenido más éxito. Pero a este ci-devant abogado sin clientela y actual charlatán parlamentario le fue negado, pese a toda su astucia y habilidad, acumular capital político digno de mención. Aunque habitualmente hacía las veces de una especie de confidente secreto y familiar de todos los ministerios whigs, jamás logró alcanzar aquella posición que, meta suprema de todos los liberales británicos, garantiza un «puesto». Defraudado en sus más dulces esperanzas, menospreciado por su propio partido, escarnecido por sus adversarios, nuestro amigo Roebuck sintió que la leche de la bondad humana empezaba a agriarse paulatinamente en su pecho, y se fue convirtiendo poco a poco en el chucho más rencoroso, insociable, desagradable y enfurecido que jamás haya ladrado en la sala de sesiones de un parlamento. En esta condición sirvió sucesivamente a todos los que supieron valerse de él, sin adquirir jamás derechos a la gratitud o al respeto de partido alguno; y nadie supo sacar mejor partido de él que nuestro viejo amigo Palmerston, para cuyo beneficio tuvo que volver a actuar el 26 del mes pasado.

La moción del señor Roebuck, tal como realmente era, difícilmente podía tener sentido alguno en una asamblea como la Cámara de los Comunes británica.

Todo el mundo sabe con cuánta pesadez, lentitud y pérdida de tiempo trabajan las comisiones de la Cámara de los Comunes; una investigación de la conducción de esta guerra por una comisión de ese tipo no habría tenido la menor finalidad práctica, pues sus resultados llegarían con muchos meses de retraso para remediar nada —suponiendo que de la investigación saliera algo bueno. Sólo en una asamblea revolucionaria y dictatorial, como lo fue la Convención Nacional francesa de 1793, podrían semejantes comisiones hacer algún bien. Pero en tal caso el gobierno mismo no sería otra cosa que una comisión de esa índole; sus representantes serían los comisarios de la propia asamblea, y por consiguiente tales mociones resultarían superfluas. No obstante, el señor Sidney Herbert no andaba del todo descaminado al señalar que la moción tenía un carácter un tanto inconstitucional (con seguridad, sin intención alguna por parte del señor Roebuck) y al preguntar, con la exactitud histórica que en él es habitual, si la Cámara de los Comunes se proponía enviar comisarios a Crimea, como lo había hecho el Directorio (¡sic! ¡así, realmente así!) con el general Dumouriez. Sea dicho de paso: esta misma deliciosa cronología hace que el Directorio (instituido en 1795) envíe comisarios a Dumouriez, los cuales ya habían sido arrestados por este general en 1793 y entregados a Austria. Semejante cronología es un digno pendant de la confusión de tiempo y espacio que impera en todas las acciones del señor Sidney Herbert y sus colegas. Pero volviendo a la moción del señor Roebuck, el mencionado defecto de forma sirvió a un sinnúmero de cazadores de puestos como pretexto para no votar a favor y para mantenerse libres para toda combinación posible. ¡Y sin embargo, la mayoría contra los ministros fue tan abrumadoramente grande!

El debate mismo se distinguió en particular por las disputas que los distintos departamentos del gobierno libraron entre sí. Cada cual trataba de echar la culpa al otro. Sidney Herbert, secretario de Estado para la Guerra, dijo que toda la culpa la tenía el servicio de transportes; Bernal Osborne, secretario del Almirantazgo, declaró que la causa de todos los males era únicamente el corrupto y carcomido sistema de los Horse Guards; el almirante Berkeley, uno de los lores del Almirantazgo, aconsejó al señor Herbert con bastante claridad que se mirara su propia nariz, etc. En la Cámara de los Lores se intercambiaron al mismo tiempo lindezas parecidas entre el ministro de la Guerra, el duque de Newcastle, y el comandante en jefe, vizconde Hardinge. La posición del señor Herbert se vio extraordinariamente dificultada por lord John Russell, quien en la declaración

sobre su dimisión admitió que todo lo que la prensa había dicho sobre el estado del ejército de Crimea era, en lo sustancial, correcto, y que la situación de las tropas era «horrible y desgarradora». Ante eso, a Sidney Herbert no le quedó más remedio que admitir los hechos sin rechistar y presentar una serie de disculpas sumamente flojas y, en parte, infundadas. Incluso tuvo que reconocer de manera expresa la incapacidad y la desorganización absolutas de la administración militar. «Lo habíamos logrado con relativa facilidad —dijo Herbert—, llevar 240.000 toneladas de los más diversos suministros y un ejército numeroso, tras un viaje de tres mil millas, hasta Balaklava…», y acto seguido soltó una encendida enumeración de todos los uniformes, tiendas, víveres y hasta artículos de lujo que se enviaron al ejército en abundancia. Pero, ¡ay!, las cosas no se necesitaban en Balaklava, sino seis millas más arriba, tierra adentro. ¡Se pudieron transportar todos esos suministros a tres mil millas de distancia, pero tres mil seis… imposible! ¡El hecho de que tuvieran que ser llevados seis millas más allá lo echó todo a perder!

Con todo, la actitud suplicante de Herbert habría podido inspirar alguna compasión, de no haber sido por los discursos de Layard, Stafford y su propio colega Gladstone. Los dos primeros, miembros de la Cámara de los Comunes, acababan de regresar de un viaje a Oriente; habían visto con sus propios ojos lo que contaban. Y lejos de limitarse a repetir lo que los periódicos ya habían publicado, aportaron ejemplos de negligencia, mala administración e incapacidad, describieron escenas horrendas que superaban con mucho todo lo conocido hasta entonces. Los caballos eran transportados en veleros desde Varna a Balaklava sin forraje; las mochilas hacían cinco o seis veces el viaje de Crimea al Bósforo, mientras los soldados pasaban hambre, frío y estaban empapados por falta de las prendas que contenían las mochilas. Los «convalecientes» eran devueltos al servicio activo en Crimea cuando aún estaban demasiado débiles para tenerse en pie; los enfermos y heridos estaban expuestos a una negligencia vergonzosa, a la miseria y la suciedad tanto en Scutari como en Balaklava y en los buques de transporte. Todo ello componía un cuadro ante el cual palidecían por completo las descripciones de los «corresponsales especiales» o las cartas privadas de Oriente.

Para borrar el efecto espantoso de estas descripciones, la sabia complacencia consigo mismo del señor Gladstone tuvo que saltar a la brecha, y para desgracia de Sidney Herbert se retractó de todas las confesiones que sus colegas habían hecho la primera noche del debate. Roebuck había

preguntado directamente a Herbert: «Enviaron ustedes 54.000 hombres desde Inglaterra; ahora sólo hay 14.000 en armas; ¿qué ha sido de los 40.000 restantes?». Herbert le respondió sencillamente recordando que algunos de ellos habían muerto ya en Gallípoli y Varna, y declaró que nunca había puesto en duda la exactitud general de las cifras de muertos e incapacitados para el combate. Ahora bien, Gladstone se mostró mejor informado que el secretario de Estado para la Guerra, y afirmó, «según la fecha de los últimos informes recibidos», que el número de tropas no era de 14.000, sino de 28.200 hombres, aparte de los 3.000 a 4.000 soldados de marina y marineros que sirven en tierra. Gladstone se guarda, por supuesto, de revelar «qué fecha llevan esos últimos informes». Pero, vista la pereza sin precedentes que reina en todas las instancias y, en particular, en los estados mayores de brigada, de división y general, y que se manifiesta en el retraso con que llegan las listas de bajas, creemos estar autorizados a suponer que los maravillosos informes del señor Gladstone llevan aproximadamente la fecha del 1 de diciembre de 1854 y aún incluyen a un gran número de personas que en las seis semanas siguientes a esa fecha fueron definitivamente aniquiladas por el mal tiempo y el agotamiento. Gladstone parece profesar realmente esa fe ciega en los documentos oficiales que en ocasiones anteriores esperaba del público para sus balances financieros.

No emprenderé un análisis más extenso del debate. Aparte de un buen número de dii minorum gentium (dioses menores), hablaron también Disraeli, asimismo Walpole, el último ministro tory del Interior, y finalmente Palmerston, quien «magnánimamente» salió en defensa de sus calumniados colegas. Durante todo el transcurso del debate no había dicho una sola palabra, hasta no haberse cerciorado de qué rumbo tomaba la cosa. Sólo entonces, y no antes, se levantó. Los rumores que sus soplones llevaron al banco ministerial, el talante general de la Cámara, hacían segura una derrota… una derrota que arruinaría a sus colegas, pero a él no podía afectarle. Aunque en apariencia tenía que dimitir con los demás, estaba tan seguro de su posición, tan convencido de sacar provecho de la renuncia de ellos, que casi sentía como un deber de cortesía acompañarlos hasta la salida. Y de este deber se desembarazó con su discurso, justo antes de la votación.

Palmerston, en efecto, ha explotado hábilmente los medios a su disposición. Declarado «ministro verdaderamente inglés» con ocasión del affaire Pacifico, desde entonces ha sabido representar siempre ese papel, y en tal medida que John Bull, pese a todas las asombrosas revelaciones, se imaginaba vendido a una potencia extranjera cada vez que Palmerston abandonaba el Foreign Office. Arrojado de ese ministerio de manera por demás desceremoniosa por lord John Russell, mediante amenazas arrancó de aquel hombrecillo silencio sobre el motivo de dicha expulsión, y a partir de ese momento un nuevo interés se volcó hacia el «ministro verdaderamente inglés», como víctima inocente de colegas ambiciosos e ineptos, como el hombre a quien los whigs habían traicionado. Tras la caída del ministerio Derby fue metido en el Ministerio del Interior, una posición que volvió a hacerle aparecer como víctima. No se podía prescindir del gran hombre, a quien todos odiaban, y como no se le quería dar una posición adecuada, se le despachó con un puesto del todo indigno de semejante genio. Así pensaba John Bull y se enorgullecía cada vez más de su Palmerston al ver cómo este ministro auténticamente inglés, en su posición subalterna, se afanaba ruidosamente, se las tenía tiesas con los jueces de paz, reñía con los cocheros de alquiler, censuraba a la oficina de alcantarillado, ensayaba su poder oratorio con el sistema de patentes (es decir, el sistema de impuestos sobre tabernas), forcejeaba con la cuestión de la gran plaga del humo, aspiraba a la centralización de la policía y ponía fin a los entierros dentro de los límites de la ciudad. ¡El ministro auténticamente inglés! Su guía, su fuente de información, su tesoro de nuevas medidas y reformas eran las interminables cartas de Paterfamilias («padre de familia») en el Times. Naturalmente, de ello no se alegraba nadie más que Paterfamilias, que es la viva imagen de la mayoría de todos los electores de la burguesía inglesa y cuyo ídolo se convirtió ahora Palmerston. «¡Miren lo que puede hacer un gran hombre en un puesto pequeño! ¿Cuándo se había ocupado antes un ministro del Interior de la supresión de tales males?». Pero, a todo esto, ni se mejoraron los coches de alquiler, ni se suprimió el humo, ni se eliminaron los cementerios situados dentro de la ciudad, ni se centralizó la policía, ni se llevó a cabo ninguna de esas grandes reformas — ¡pero la culpa no era ni mucho menos de Palmerston, sino sólo de sus colegas malintencionados y testarudos! Y pronto esta ajetreada actividad, esta manía de entrometerse en asuntos ajenos, fue considerada como prueba de gran energía y vigor. Y este, el más voluble de todos los estadistas ingleses, que jamás pudo conducir a un resultado satisfactorio ni una negociación ni un proyecto de ley en el Parlamento, este político que sólo se ocupa para pasar el rato y cuyas medidas acaban siempre por dejarse dormir dulcemente… este mismo Palmerston fue pregonado a bombo y platillo como el único hombre en quien su país podía confiar en casos difíciles. En verdad, él mismo contribuyó en buena parte a esta reclame estrepitosa. No conforme con ser copropietario del Morning Post, donde día tras día se le ensalzaba como futuro salvador de su país, también alquiló a secuaces como el chevalier Wikoff, que debían propagar su fama en Francia y América; hace unos meses sobornó al Daily News transmitiéndole despachos telegráficos y dando otras pistas útiles, y tenía su mano en la dirección de casi todos los periódicos de Londres. La mala conducción de la guerra originó aquella situación difícil en la que él se proponía alzarse grande, inigualado e inalcanzable sobre las ruinas de la coalición. En ese momento decisivo se procuró el apoyo incondicional del Times. Cómo lo consiguió, qué contrato cerró con el señor Delane, naturalmente no podemos decirlo. Pero, al día siguiente de la votación, toda la prensa diaria de Londres, con la única excepción del Herald, clamaba unánimemente por Palmerston como primer ministro; y suponemos que él pensó haber alcanzado por fin la meta de sus deseos. Para su desgracia, la reina ha visto demasiado del ministro verdaderamente inglés, y no cederá ante él si puede impedirlo.

Karl Marx