Karl Marx/Friedrich Engels

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 287 del 23 de junio de 1855]

Londres, 20 de junio. La guerra local que Bonaparte proclama en el "Constitutionnel" es una guerra en el Mar Negro, y su finalidad es la aniquilación de la supuesta supremacía rusa en el Mar Negro, supremacía que, nótese bien, jamás se ha demostrado en el mar, ni siquiera contra los turcos. ¿Cuál es la situación en este momento? Desde Constantinopla hasta el Danubio por un lado, y en todo el contorno de las costas circasianas hasta Balaklava y Eupatoria, toda la costa ha sido arrancada de manos de los rusos. Sólo Kaffa y Sebastopol resisten aún, la una duramente asediada, la otra situada de tal modo que habrá de ceder tan pronto como se vea seriamente amenazada. Más aún. Las flotas baten el mar interior de Azov, sus barcos ligeros penetran hasta Taganrog, y todo lugar importante es bombardeado por ellas. Ninguna parte de la costa queda en manos de los rusos, salvo la franja que va de Perekop al Danubio, aproximadamente 1/15 de sus posesiones en esta costa. Supongamos que Kaffa y Sebastopol hayan caído también, que Crimea esté en poder de los aliados, ¿y entonces qué? Rusia no concertará la paz, tal como ya lo ha proclamado. Sería una locura. Equivaldría a abandonar la batalla después de rechazada la vanguardia, en el momento en que el grueso del ejército aparece en el campo de lucha. ¿Qué les queda por hacer a los aliados, por su parte? Se nos dice que pueden destruir Odesa, Jersón, Nikoláiev. Pueden ir más lejos, desembarcar un fuerte ejército cerca de Odesa, fortificarlo contra cualquier número de rusos y luego obrar según las circunstancias. Pueden, además, destacar tropas hacia el Cáucaso, aniquilar al ejército ruso en Georgia y en las demás posesiones transcaucásicas (al mando del general Muraviov) y cortar al Imperio ruso de sus posesiones surasiáticas. ¿Y si Rusia sigue sin concertar la paz? Rusia no puede concertar la paz mientras el enemigo se halle sobre su suelo. Desde hace 150 años no ha concertado una paz por la que haya perdido. Incluso la de Tilsit le otorgó un aumento de territorio, y esa paz se concertó antes de que un solo francés pisara suelo ruso. Alejandro II, recién subido al trono, no puede ni siquiera intentar lo que habría sido peligroso incluso para Nicolás. No puede romper de repente con la tradición del Imperio. Supongamos que Crimea esté conquistada y guarnecida con 50.000 aliados, que el Cáucaso y todas las posesiones del sur hayan sido barridas de rusos, que un ejército aliado mantenga en jaque a los rusos en el Kubán y el Térek, que Odesa haya sido tomada y convertida en un campamento atrincherado con un ejército de 100.000 hombres, que Nikoláiev, Jersón e Ismail hayan sido destruidos u ocupados por los aliados: ¿querrán entonces los aliados limitarse a mantener sus posiciones y aguardar a que los rusos se cansen? Sus tropas en Crimea y el Cáucaso se fundirán más rápidamente por las enfermedades de lo que puedan ser reemplazadas. Su ejército principal en Odesa tendría que ser alimentado por las flotas, pues la tierra en cien millas a la redonda no produce nada. Allí donde se aventurasen fuera de su campamento, quedarían expuestos a las hostilidades de los rusos y, en particular, de los cosacos. Obligar a estos últimos a librar batalla sería imposible. Su ventaja consistiría siempre en atraer a los aliados hacia el interior del país tras de sí. A cada avance de los aliados responderían con una lenta retirada. Además, los grandes ejércitos no pueden permanecer mucho tiempo inactivos en un campamento atrincherado. La enfermedad y el progreso gradual de la indisciplina y la desmoralización obligarían a los aliados a dar un paso decisivo. No es, pues, viable ocupar los puntos principales de la costa y esperar a que los rusos consideren necesario ceder. También sería un error militar. Para dominar una costa no basta con mantener los puntos principales. Sólo la posesión del interior garantiza la posesión de la costa. Un establecimiento en la costa sur de Rusia provocaría circunstancias que obligarían a las fuerzas aliadas a adentrarse en el interior del país. Pero aquí comienzan las dificultades. Hasta las fronteras de las gobernaciones de Podolia, Kiev, Poltava, Járkov, el país es en su mayor parte estepa inculta, muy escasamente regada, que no produce sino hierba, y ni siquiera ésta después de que el calor del sol la ha secado. Si se toman Odesa, Nikoláiev y Jersón como base de operaciones, ¿dónde está el objeto contra el que han de dirigir sus esfuerzos los aliados? No se presenta otro que Moscú, a 700 millas de distancia, que exigiría 500.000 hombres para marchar sobre él.

Pero todo esto presupone no sólo una estricta neutralidad, sino incluso el apoyo moral de Austria. Y ¿dónde está? Prusia y Austria declararon en 1854 que el avance de los rusos más allá de los Balcanes sería un casus belli <motivo de guerra>. ¿Por qué no en 1856 un avance de los franceses sobre Moscú, o incluso sobre Járkov? No hay que olvidar ni por un instante que todo ejército que marche desde el Mar Negro hacia el interior de Rusia expone su flanco a Austria tanto como un ejército ruso que avance desde el Danubio hacia Turquía y, por tanto, a una distancia dada, hace depender sus líneas de comunicación y su base de operaciones, es decir, su propia existencia, de la gracia de Austria. Y en tales circunstancias, ¿deberían los ejércitos aliados lanzarse en una salvaje persecución de los rusos hacia el interior? Es un disparate, puro disparate, pero la consecuencia necesaria del último plan de Bonaparte de “guerra local”. Una dialéctica inexorable empuja la “guerra local” por todos los puntos más allá de la barrera local prefijada y la convierte en guerra “grande”, pero sin los presupuestos, las condiciones y los medios de la guerra grande. No obstante, el último “plan” de Bonaparte sigue siendo importante. Es el reconocimiento de que otras potencias han de entrar en escena para llevar la guerra contra Rusia, y de que el Imperio restaurado se ve condenado a la impotencia de conducir en escala local una guerra contra Rusia que sólo puede ser llevada a escala europea. Todas las grotescas metamorfosis en que, como las “idées napoléoniennes” <“ideas napoleónicas”>, naufragaron en el Imperio restaurado, quedan superadas por la transformación de la guerra napoleónica contra Rusia en una “guerra local”.

En el debate sobre la reforma administrativa, que se reanudará esta noche, la enmienda presentada por Bulwer en nombre de los tories ofreció al gobierno la oportunidad de derrotar a los “administrativos” por una mayoría de 7 contra 1. Lo que caracterizó al debate de principio a fin fue el carácter de funcionarios subalternos, del que no se elevó ni por un momento. Detalles sobre favoritismo y nepotismo, investigaciones sobre el “mejor examen”, resentimiento por méritos postergados: todo fue mezquino y minúsculo. Creíase estar oyendo el escrito de queja de un guardabosques subalterno dirigido a un muy honorable colegio gubernativo. También Aberdeen tenía su reforma de la burocracia in petto, aseguró Gladstone. También Derby, aseguró Disraeli. Y no menos mi ministerio, aseguró Palmerston. Así que los señores de la City no necesitan ponerse en movimiento para reformar, informar, reorganizar nuestras oficinas. ¡Demasiado bondadosos!

En sus anteriores agitaciones, la burguesía inglesa sorprendió a la casta gobernante y arrastró a la masa como coro, porque en su programa iba mucho más allá de su verdadero fin. Esta vez, el programa ni siquiera se atreve a elevarse a la altura del fin real. ¡Nos aseguráis por turno que no queréis el derrocamiento de la aristocracia, sino sólo remendar amistosamente con nosotros la máquina gubernamental! ¡Very well! ¡Amistad por amistad! Nosotros reformaremos para vosotros la administración, naturalmente dentro de sus límites tradicionales. La “reforma administrativa” no es un punto de litigio entre clase y clase, como vosotros aseguráis. Se trata sólo de la “cosa”, de reformas “bienintencionadas”. Como primera prueba de vuestra buena opinión, exigimos que nos dejéis los detalles a nosotros mismos, y de lo que se trata es sólo de detalles. Nosotros mismos hemos de saber mejor hasta dónde podemos llegar sin poner en peligro a nuestra clase, sin que la reforma administrativa se convierta por descuido en un punto de litigio entre clase y clase y pierda su carácter filantrópico. La burguesía reformadora se ve obligada a aceptar ese lenguaje irónico de bonhomía aristocrática, porque ella misma habla un lenguaje falso a las masas. La aristocracia, el ministerio y la oposición, whigs y tories, no se engañaron ni un instante acerca de la relación de los reformadores administrativos con la masa. Sabían que la agitación había fracasado antes de que tuviera ocasión de producirse en el Parlamento. ¿Y cómo habrían de engañarse? Aunque la Asociación Reformista sólo admitió a unos pocos elegidos en su mitin del teatro Drury Lane, aunque su audiencia fue cribada dos y tres veces, su temor a una moción popular o siquiera a un discurso no reglamentario fue tan desmedido que el presidente, al abrir el mitin, declaró que la audiencia estaba allí únicamente para “escuchar las alocuciones de los oradores anunciados en el programa”, que no se propondría “ninguna moción” a votación, “por lo que tampoco podrían presentarse enmiendas” y que no podría “añadirse nada a la lista de oradores inscritos”. Una agitación semejante no es, en efecto, la apropiada para imponerse a la tenaz oligarquía inglesa y arrancarle concesiones.

El informe del comité Roebuck, leído anteayer en la Cámara de los Comunes, envuelve sus agudezas en un torrente de palabras amplio y endeble. Contiene una censura formulada con temor a los diferentes destacamentos, como el de intendencia, el de comisariato, el departamento médico, etc. Condena a Palmerston por su administración de la milicia, y a todo el ministerio de coalición por la ligereza irreflexiva con que emprendió la expedición de Sebastopol. Como el comité evitó en todo momento, durante el interrogatorio de testigos, indagar las causas últimas de los enormes infortunios, se ve naturalmente forzado también en el informe a mantener el equilibrio entre una censura totalmente general a los jefes políticos y una tacha que se pierde en lo particular a los instrumentos administrativos. En conjunto, el comité ha cumplido su propósito de servir como válvula de seguridad contra la alta presión de la pasión pública.

La prensa diaria lanza un grito de indignación contra el “asesinato alevoso” ruso en Hangö. Que, no obstante, los ingleses han abusado de barcos con bandera de paz para sondear con la plomada y espiar posiciones rusas, por ejemplo, en Sebastopol y Odesa, lo reconoce el “Morning Chronicle”.