Friedrich Engels

La guerra de Crimea

Escrito el 21 de mayo de 1855.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 4411, del 8 de junio de 1855, artículo de fondo]

Mientras escribimos, deben de haber comenzado las operaciones de campaña en Crimea, de las que hablábamos hace unos días como estando en preparación. (Véase la variante alemana en el presente volumen, págs. 213-216). Con estas operaciones, la guerra, en la medida en que está limitada a la península, entra en una fase nueva y probablemente decisiva de su desarrollo. La rápida llegada de las reservas piamontesas y francesas y, sobre todo, el repentino cambio cuyo resultado fue que Canrobert trocara su mando por el de un solo cuerpo de ejército, mientras Pélissier asume el mando supremo, son indicios seguros de que ha llegado el momento de modificar la táctica de los aliados.

En lo que se refiere a una descripción general del terreno sobre el que se va a trasladar el teatro de operaciones, y a un resumen general de las fuerzas que se están empeñando ahora, remitimos a nuestro artículo anterior. Se recordará que la posición principal del ejército ruso de observación, que mantiene la comunicación con el lado norte de Sebastopol, se encuentra en la meseta situada entre Inkerman y el punto donde el camino de Balaklava a Simferopol cruza la cresta montañosa que separa los valles de la Chiórnaia y del Belbek. Esta posición —de gran fuerza natural— la han atrincherado los rusos por completo. Se extiende aproximadamente cuatro millas entre la punta de la bahía de Sebastopol y la inaccesible cadena montañosa, y los rusos estarán en condiciones de concentrar allí al menos 50.000 o 60.000 hombres de infantería y artillería, lo que basta de sobra para la defensa.

Atacar esta posición de frente requeriría una gran superioridad numérica y acarrearía terribles sacrificios; sin embargo, los aliados no pueden permitirse ni lo uno ni lo otro. Aunque consiguieran tomar las fortificaciones, sus pérdidas serían tan graves que no estarían en condiciones de proseguir la campaña con energía. Deben, por tanto, tratar de sustraer de allí un número de rusos y hallar medios para flanquearlos. Con este fin se emprendió la misteriosa expedición a Kerch. Aproximadamente 15.000 hombres de los aliados fueron embarcados, pasaron ante los ojos de los rusos por delante de Yalta, navegaron hacia Kerch y de vuelta. Se intenta explicar por qué no intentaron desembarcar con una orden telegráfica procedente de París. En cualquier caso, este mero sustitutivo de una demostración hay que calificarlo de fiasco total; no se podría inducir a ningún general en su sano juicio a dividir sus tropas para llevar a cabo una expedición que ni siquiera se atreve a ofrecer la apariencia de un combate. Un ataque a Kaffa, aun cuando se hubiera considerado en el cuartel general, parece haber sido abandonado finalmente también. Llevar tropas a Eupatoria para avanzar desde ese punto no podía plantearse, pues de lo contrario las reservas piamontesas y francesas habrían sido enviadas allí inmediatamente. Y como no hay ni en la costa entre Balaklava y Kaffa ni entre Sebastopol y Eupatoria otro puerto ni una buena rada, parece que al fin se ha abandonado la idea de flanquear a los rusos por mar; no queda, pues, otra alternativa que flanquearlos por tierra, lo que —como ya hemos señalado— ha de resultar una operación sumamente difícil.

Aparte del camino ocupado por los rusos más allá de Inkerman, no hay más que otra calzada militar que conduzca de Balaklava a Simferopol. Discurre a lo largo de la costa sur hasta Aluschta, donde tuerce hacia el interior del país, pasa a una altura de 2.800 pies sobre el nivel del mar por las montañas al este del Chatyr-Dag o Monte de la Tienda, la montaña más alta de Crimea, y desciende por el valle del Salgir, el río principal de Crimea, hasta Simferopol. De Balaklava a Aluschta hay cuatro jornadas de marcha, de Aluschta a Simferopol tres, en total alrededor de 95 millas inglesas. Pero como no hay caminos secundarios por los que las tropas pudieran marchar en varias columnas paralelas, todo el ejército tendría que avanzar por este único camino en una columna enormemente alargada, teniendo que marchar como una corriente ininterrumpida al menos durante cuatro o cinco días. Cerca de Aluschta y en el paso hay algunas fortificaciones antiguas, y podemos estar seguros de que el paso mismo se encontrará fuertemente atrincherado. En lugar de siete días, el ejército quizás necesitaría doce antes de que se pudiera siquiera cruzar el paso del Chatyr-Dag, tiempo suficiente para que los rusos ataquen al cuerpo que quede para asegurar el asedio, o para que marchen con la mayor parte de sus fuerzas contra el enemigo y, cuando éste irrumpa del desfiladero, lo afronten desde las colinas con fuerzas superiores, mientras columnas ligeras y móviles, enviadas por los senderos de montaña del Katscha superior y del Alma, se lanzarían sobre su flanco y su retaguardia. El mayor defecto de un movimiento de flanco a través de Aluschta sería, sin embargo, la ausencia total de una base de operaciones. La rada abierta de Aluschta ni siquiera permite la idea de convertir este lugar en una base temporal; así, incluso antes de pasar Aluschta, la infantería ligera rusa que descienda por los senderos que cruzan las montañas puede interrumpir de manera muy eficaz la comunicación con Balaklava.

Por tanto, difícilmente puede emprenderse la marcha a través de Aluschta. El riesgo supera con mucho las posibles ventajas. Hay, sin embargo, otro camino para flanquear a los rusos. Si en la marcha a través de Aluschta todas las ventajas que la gran carretera ofrece a los aliados quedan considerablemente contrarrestadas por el hecho de que los rusos pueden aprovechar los senderos para atacar, ¿por qué no podrían esos mismos senderos redundar en la misma ventaja para los aliados? Esto implicaría un modo de operar completamente distinto. En ese caso, los aliados situarían el grueso de sus tropas de campaña, incluido el cuerpo destinado a bloquear el lado norte de Sebastopol, directamente frente al campamento ruso por encima de Inkerman, obligando así a sus adversarios a mantener a la gran masa de sus tropas inmovilizadas en las fortificaciones. Entretanto, zuavos, cazadores, infantería ligera, fusileros británicos e incluso los cazadores de África montados <caballería ligera destinada al servicio en África>, así como toda la artillería de montaña que se pueda reunir, serían formados en tantas columnas como senderos haya que, desde el valle de Baidar y desde la costa sur cerca de Alupka, a 30 millas de Balaklava, conduzcan a los valles del Belbek y del Katscha. Una marcha nocturna bastaría para llevar a las tropas que han de flanquear el extremo flanco izquierdo ruso, a través del valle de Baidar, hasta la costa sur, donde el enemigo ya no puede alcanzarlas. Otra jornada de marcha las llevaría a Alupka.

Por encima de Alupka se extiende la escarpada cadena de la montaña de Yaila, que en su vertiente norte forma una meseta a unos 2.000 pies sobre el nivel del mar, que ofrece buenos pastos para ovejas; la meseta desciende por abruptos precipicios rocosos hacia los angostos valles de los riachuelos Bijuk Usen y Usen Basch, que al confluir forman el río Belbek. Tres senderos conducen a esta meseta en las cercanías de Alupka y desembocan en los valles de los dos riachuelos Usen. Todo este terreno es perfectamente transitable para una infantería como los zuavos y cazadores, que en África se han acostumbrado a guerras de montaña mucho más difíciles. Del valle de la Chiórnaia superior, más conocido como el valle de Baidar, al menos dos senderos llevan al valle del Belbek superior, y por último un sendero sale del camino de Balaklava a Simferopol poco antes del paso de montaña, cruza la cresta tres millas al sudeste de la granja de Mackenzie y conduce directamente al flanco izquierdo de las posiciones atrincheradas de los rusos. Aunque estos senderos sean tan penosos, tienen que ser transitables para las tropas ligeras francesas de África. «Donde una cabra puede pasar, un hombre también puede pasar; donde un hombre, también un batallón entero; donde un batallón entero logra pasar, con cierto esfuerzo pueden pasar también uno o dos caballos, y al final tal vez se consiga incluso hacer pasar un cañón de campaña.» Realmente no deberíamos sorprendernos si esos caminos de ovejas y senderos batidos, marcados en los mapas, resultaran ser incluso caminos carreteros, malos ciertamente, pero perfectamente utilizables para un movimiento de flanco en el que hasta la artillería pueda acompañar a las columnas. En ese caso, el flanqueo debería realizarse con las fuerzas más fuertes posibles, y entonces los rusos, incluso sin un ataque frontal serio, pronto se verán obligados a abandonar sus atrincheramientos. Pero si estos senderos no son transitables para los cañones de campaña (los cohetes y los obuses de montaña pasan por todas partes), los destacamentos de flanqueo se convertirán en simples columnas móviles, empujando a las tropas rusas, hasta donde puedan, fuera de los valles superiores del Belbek, penetrando en el valle del Katscha, amenazando la retaguardia rusa, interrumpiendo sus comunicaciones, destruyendo sus convoyes, recogiendo informaciones fidedignas, reconociendo el terreno y atrayendo hacia sí tantos destacamentos rusos como sea posible, hasta que el camino que ofrezca menos dificultades se haya hecho lo bastante transitable para que la artillería pueda pasar. Entonces se les podría enviar tras ellos fuerzas importantes y amenazar la retaguardia rusa tan seriamente que se fuerce la evacuación de las fortificaciones.

No creemos que un avance de pura infantería y caballería ligera a través de estas montañas, sobre el flanco izquierdo y la retaguardia de los rusos, pueda surtir tal efecto, ya que no podrían amenazar seriamente las comunicaciones rusas sin descender a un terreno donde la artillería recupera toda su eficacia, asegurando así la superioridad al bando que la posea. Pero no cabe duda de que, con cierta habilidad, se puede poner a la artillería en situación de seguir a las columnas de flanqueo. En Jena, Napoleón mostró lo que se puede hacer con un simple sendero que serpentea por una empinada colina; en cinco horas el camino estaba lo bastante ensanchado para los cañones, los prusianos fueron atacados de flanco y la victoria del día siguiente quedó asegurada. Y por donde pasa un arba <carro de Crimea>, también pasa un cañón de campaña; algunos de los senderos en cuestión, sobre todo los que van de la Chiórnaia al Belbek, parecen ser precisamente esos viejos caminos rurales para los arbas.

Pero para ejecutar un movimiento semejante, la primera condición es disponer de fuerzas suficientes. Los rusos tendrán seguramente superioridad numérica y conocerán mejor el terreno. Lo primero puede compensarse mediante un avance audaz de Omer Pasha desde Eupatoria hacia el Alma. Si bien la superioridad rusa en caballería tampoco le permitirá moverse con rapidez o a gran distancia, podrá sin embargo, si maniobra bien y asegura bien sus comunicaciones, obligar al príncipe Gortschakow a emplear más infantería contra él. Pero confiar en una operación secundaria de este tipo sería, para los aliados, un asunto demasiado incierto. Así pues, para llevar a cabo el avance desde Balaklava, lo mejor para ellos sería trasladar al Quersoneso, uno o dos días antes del ataque real, unos 20.000 turcos (cosa que han hecho, según informamos hace algún tiempo <esta frase fue evidentemente insertada por la redacción de la "N.-Y. D. T.">), donde valdrían el doble que en Eupatoria. Esto les daría la posibilidad, incluyendo la caballería de unos 6.000 hombres, de atacar a los rusos con cerca de 110.000 hombres, pudiendo oponerles éstos aproximadamente de 65.000 a 75.000 hombres (incluidos de 15.000 a 20.000 hombres de la guarnición del lado norte) y 10.000 de caballería. Pero tan pronto como el cuerpo de flanqueo empiece a amenazar el flanco izquierdo y la retaguardia de los rusos, las fuerzas que se le opondrían serían relativamente débiles, ya que los destacamentos del lado norte no podrían exponerse al peligro de verse aislados de su campamento atrincherado en torno a la ciudadela; y por consiguiente, los aliados, estando en condiciones de emplear todo su ejército de campaña disponible dondequiera que quieran, serían muy superiores. En este caso, pues, podrían contar con un éxito seguro; pero si atacan a los rusos sin esa ayuda y la proporción numérica de ambos ejércitos, tal como se indica de fuente fidedigna, es correcta, sólo tienen escasas probabilidades de éxito. Su cuerpo de flanqueo sería demasiado débil y podría ser completamente ignorado por los rusos, quienes, a su vez, mediante una audaz salida de sus líneas, podrían precipitar a los debilitados aliados abismo abajo, hacia el Chórnaya.

Se considera también posible otra maniobra de los aliados: un asalto inmediato al lado sur de Sebastopol. Se dice incluso que desde París se telegrafió una orden terminante de emprender este asalto, y que Canrobert dimitió por no poder responsabilizarse de ejecutar un movimiento que, en su opinión, habría significado la pérdida de 40.000 hombres. A juzgar por lo que hemos llegado a conocer de las ideas militares de Luis Bonaparte, que exhibe mediante su intromisión en la presente campaña, no es en absoluto increíble que se haya podido dar semejante orden. Pero es aún menos probable que incluso un sabreur tan temerario como Pélissier hubiera asumido la ejecución de tal orden. El mes pasado, los soldados franceses deben de haberse hecho una idea bastante cabal de la resistencia con que toparán en un asalto. Y una operación que no puede ejecutarse sin la pérdida de unos 40.000 hombres –lo que supone más de un tercio de todo el ejército disponible para el asalto– tiene ciertamente muy pocas perspectivas de éxito. Puede que Pélissier esté ansioso por recoger el bastón de mariscal que se ha escurrido de las manos de Canrobert, pero dudamos mucho que sea lo bastante bonapartista como para poner en juego su suerte y su reputación contra una fuerza tan superior. Pero aun suponiendo que el asalto tuviera éxito, que no sólo se tomara la primera línea de defensa, sino también la segunda, que incluso las barricadas, las casas aspilleradas y los barracones de los defensores que cierran el acceso a los fuertes de la costa, que también estos fuertes de la costa fueran tomados y todo el lado sur cayera en manos de los aliados, con una pérdida de, digamos, sólo 30.000 frente a una pérdida de 20.000 rusos, ¿qué ocurriría entonces? Los aliados habrían perdido 10.000 hombres más que los rusos, la plaza fortificada tendría que ser abandonada al instante, y la campaña se volvería aún más difícil que antes.

Pero hay un factor que descarta de inmediato la idea de un asalto general directo. Basándonos en informes semioficiales, nos habíamos visto obligados, sólo por mor de la polémica, a admitir en un artículo anterior sobre el asedio <Véase el presente volumen, pág. 203> que los rusos habían sido expulsados de sus nuevas obras exteriores ante Sebastopol. Al mismo tiempo señalamos que teníamos sobradas razones para dudar de la exactitud de tales informes, ya que los aliados habrían proclamado en voz alta e inequívoca cualquier éxito de este tipo. Ahora sabemos positivamente, por parte rusa, que los reductos de Kamtschatka (el Mamelon), Selenginsk y Wolhynsk siguen en su poder, mientras que informes del campamento aliado no sólo lo confirman, sino que admiten que los sitiados han levantado más obras exteriores. La ventaja que obtuvieron los aliados al acercar sus aproches avanzados a la fortaleza ha sido, pues, completamente compensada por los contraaproches de los rusos, y la línea en la que ambos bandos pueden encontrarse con fuerzas iguales está todavía lejos del foso principal. Pero un asalto sólo es aconsejable cuando la línea en la que la fuerza del atacante, en las operaciones de asedio habituales, iguala a la del defensor, corre a lo largo del foso principal. Está claro que, de lo contrario, las columnas de asalto serían abatidas y aniquiladas antes de poder alcanzar siquiera el borde del parapeto. Así pues, mientras no se pueda hacer retroceder a los rusos más allá del foso principal, será imposible asaltar la muralla principal situada detrás de ese foso. En cuanto a la segunda línea erigida detrás de este foso, no puede hablarse en absoluto, por el momento, de tomarla.

Es posible que exista una oportunidad para el éxito de un ataque parcial sobre el lado izquierdo o lado de la ciudad, en el sector que va del bastión de la Cuarentena al bastión de la Bandera, donde se ejecuta el ataque principal de los franceses. Pero a este respecto, la política del gobierno francés nos mantiene completamente a oscuras en lo que concierne a la extensión y fuerza de las obras exteriores rusas, y las últimas noticias rusas, transmitidas recientemente todas por telégrafo, no contienen ninguna descripción precisa y detallada. Sin embargo, los propios rusos admiten que las obras francesas junto al bastión de la Bandera están cerca de la muralla principal y que allí ha estallado una mina, aunque sin resultados significativos. Aquí, por tanto, un asalto local podría tener éxito, pero dada la posición saliente de este bastión y el terreno dominante detrás de él (el reducto ruso Jasonowski <en el texto inglés: "the Russian Garden Battery" (la Batería rusa del Jardín)>), es muy dudoso que se ganara algo con la conquista de este bastión,
<238
> que debe de haber sido aislado de las demás obras de fortificación por uno o dos travases en su retaguardia, impidiendo así a las columnas de asalto establecerse allí, o al menos seguir avanzando.

Ya se intente el asalto o se emprendan operaciones de campaña, los aliados tendrán que luchar con dificultades considerables. Pero, en cualquier caso, el adormecido modo de hacer la guerra que se ha practicado desde la llegada de los aliados ante Sebastopol se acerca a su fin, y ahora pueden esperarse acontecimientos apasionantes, así como operaciones de verdadero interés militar.