Escrito hacia el 20 de febrero de 1855.

[“New-York Daily Tribune”, n.º 4332, del 8 de marzo de 1855, artículo de fondo]

Dentro de unas pocas semanas —y a menos que en Viena se firme la paz en el plazo más inmediato, cosa en la que ahora, según parece, nadie en Europa cree—, presenciaremos el estallido de una guerra en este continente, en comparación con la cual la campaña de Crimea desempeñará el insignificante papel que le habría correspondido en una guerra entre las tres naciones más grandes de la superficie terrestre. Las operaciones hasta ahora independientes en el mar Negro y en el Báltico quedarán entonces unidas por una línea de batalla que se extenderá a todo lo ancho del continente que separa estos dos colosales mares interiores; y ejércitos cuya magnitud corresponda a la extensión casi infinita de la llanura sármata lucharán por su dominio. Entonces, y sólo entonces, se podrá decir que la guerra se ha convertido realmente en una guerra europea.

La campaña de Crimea nos obliga únicamente a unas pocas observaciones adicionales. Hemos descrito tan a menudo y con tanto detalle su carácter y sus perspectivas, que sólo nos queda referir algunos hechos nuevos que confirman nuestras exposiciones. Hace una semana señalábamos <Véase el presente tomo, pág. 50> que esta campaña ha degenerado en una carrera de obstáculos por los refuerzos y que los rusos probablemente saldrán vencedores de ella. Ahora apenas cabe duda de que los rusos, en cuanto la estación permita operaciones planificadas de larga duración, tendrán en la península de 120.000 a 150.000 hombres, frente a los cuales los aliados, con un sobrehumano esfuerzo, quizá puedan oponer 90.000. Aun suponiendo que tanto Francia como Inglaterra dispongan de tropas suficientes para enviarlas allí, ¿de dónde sacarán los medios de transporte mientras tres de cada cuatro barcos despachados al mar Negro son retenidos allí con toda clase de pretextos? Inglaterra ha desbaratado ya por completo su servicio de vapores-correo transatlánticos, y en estos momentos no hay nada que tenga mayor demanda que los vapores oceánicos, pero la oferta está agotada. Lo único que podría salvar a los aliados sería la llegada oportuna a Crimea de un cuerpo austríaco de unos 30.000 hombres, que podría ser embarcado en la desembocadura del Danubio. Sin ese refuerzo, ni el cuerpo piamontés ni el napolitano, ni los escasos refuerzos anglo-franceses ni el ejército de Omer Pachá pueden serles de verdadera utilidad.

Examinemos ahora qué parte de sus propias fuerzas armadas tienen ya empeñadas Inglaterra y Francia en Crimea. Sólo hablaremos de la infantería, pues las proporciones en que la caballería y la artillería acompañan a tales expediciones son tan variables que no pueden extraerse conclusiones seguras al respecto. Además, la totalidad de la fuerza activa de un país se empeña siempre en proporción a su infantería. De Turquía no hablamos, porque ésta, con el ejército de Omer Pachá, empeña en esta lucha su último y único ejército. Lo que le queda en Asia no es un ejército; es sólo un montón de gentuza harapienta.

Inglaterra posee en total 99 regimientos o 106 batallones de infantería, de los cuales al menos 35 batallones se hallan en servicio colonial. Del resto, las cinco primeras divisiones enviadas a Crimea se llevaron aproximadamente otros 40 batallones, y por lo menos 8 batallones han sido despachados desde entonces como refuerzo. Quedan, pues, unos 23 batallones, de los cuales apenas uno solo puede ser distraído. En consecuencia, con sus últimas medidas militares, Inglaterra reconoce abiertamente que los efectivos de paz de su ejército están completamente agotados. Se recurre a diversos ardides para remediar lo que se ha descuidado. A la milicia, que cuenta con unos 50.000 hombres, se le ha permitido asumir voluntariamente servicio en el extranjero. Ocupará Gibraltar, Malta y Corfú, liberando así unos 12 batallones del servicio colonial, que podrán ser enviados a Crimea. Se ha decretado una legión extranjera, pero por desgracia los extranjeros no parecen dispuestos a dejarse reclutar para un ejército en el que impera el látigo de nueve colas. Finalmente, el 13 de febrero se dio orden de formar segundos batallones para 93 regimientos —43 de 1.000 hombres cada uno y 50 de 1.200—. Esto daría un aumento de 103.000 hombres, además de unos 17.000 para la caballería y la artillería. Sin embargo, hasta ahora no se ha reclutado ni un solo hombre de esos 120.000. Y una vez reclutados, ¿cómo se los instruirá y se los dotará de oficiales? La excelente organización y dirección general del ejército británico han conseguido emplear, de un modo u otro, casi toda la infantería, con excepción de las compañías de depósito y algunos batallones de depósito —no sólo los hombres, sino también los cuadros—, entre Crimea y las colonias. Ahora bien, generales, coroneles y mayores a media paga figuran en abundancia en la lista del ejército británico y pueden utilizarse para esta nueva fuerza. Pero, por lo que sabemos, hay una falta total o casi total de capitanes a media paga, mientras que no se encuentran por ninguna parte tenientes, alféreces y suboficiales instruidos. Materia prima hay de sobra; pero los oficiales no formados nunca sirven para ejercitar a reclutas aún no instruidos, y los viejos suboficiales, experimentados y firmes, constituyen, como bien se sabe, el principal sostén de todo ejército. Además, sabemos por la mejor autoridad —sir W[illiam] Napier— que se necesitan tres años completos para adiestrar al «tag-rag» y «bob-tail» <«lumpenproletariado»> de la vieja Inglaterra hasta convertirlo en lo que John Bull llama «los primeros soldados del mundo» y «la mejor sangre de Inglaterra». Si esto es así incluso en tiempos en que los cuadros existen y sólo hay que completarlos, ¿cuánto tiempo hará falta entonces —sin oficiales subalternos ni suboficiales— para fabricar héroes con 120.000 hombres que aún no se han encontrado? Podemos suponer que, hallándose empeñadas en tal grado las fuerzas militares de Inglaterra en esta guerra, el gobierno británico, en los próximos doce meses, como máximo, sólo podrá mantener ante el enemigo una «pequeña banda heroica» de 40.000 o 50.000 hombres. Esa cifra sólo podría ser superada por períodos muy breves, y ello con grave perturbación de todos los preparativos para futuros refuerzos.

Francia, con un ejército mucho mayor y una organización de guerra incomparablemente más completa, no tiene empeñadas sus fuerzas en la misma medida ni mucho menos. Francia posee 100 regimientos de infantería de línea, 3 regimientos de zuavos, 2 regimientos de legión extranjera, cada uno de 3 batallones, además 20 batallones de cazadores con fusil y 6 batallones africanos; en total, 341 batallones. De éstos, 100 batallones —o sea, uno por cada regimiento de línea— están previstos como batallones de depósito para la recepción y formación de reclutas. Sólo los dos primeros batallones son enviados al servicio activo fuera del país, mientras que los batallones de depósito, que preparan los refuerzos, están destinados a mantener aquéllos con efectivos completos. Por consiguiente, hay que deducir de una vez esos 100 batallones del total. Si, como ocurrió a menudo bajo Napoleón, estos batallones de depósito se utilizan como base para un tercer batallón de campaña, ello se hace enviándoles un número extraordinario de reclutas, y entonces siempre se necesita cierto tiempo hasta que resultan aptos para el servicio de campaña. Por lo tanto, las fuerzas utilizables en este momento en el ejército francés no pasan de 241 batallones. De éstos, Argelia necesita al menos 25; cuatro se hallan en Roma; nueve divisiones de infantería, o sea alrededor de 80 batallones, han sido enviadas a Crimea, Constantinopla y Atenas. En total, pues, están empeñados alrededor de 110 batallones, es decir, casi la mitad de la infantería francesa utilizable en pie de paz, una vez descontados los depósitos. Las mejoras introducidas en el ejército francés —a saber: la organización oportuna de los batallones de depósito, la llamada de los soldados licenciados con permiso durante su último año de servicio, la posibilidad de llamar a filas cada año el cupo completo de los conscriptos, más los reclutamientos extraordinarios, y, finalmente, la particular aptitud militar de formación de los franceses—, permiten al gobierno duplicar el número de su infantería en unos doce meses. Si tomamos en consideración el armamento silencioso pero ininterrumpido llevado a cabo desde mediados de 1853, la creación de 10 o 12 batallones de guardias imperiales y la fuerza con que las tropas francesas pasaron revista en sus respectivos campamentos el pasado otoño, podemos suponer que la fuerza de su infantería en el interior del país es tan grande como lo era antes de que las nueve divisiones abandonaran el país, y que, teniendo en cuenta la posibilidad de formar terceros batallones de campaña a partir de los batallones de depósito sin afectar esencialmente su eficacia como depósito, es aún más fuerte. Sin embargo, si estimamos en 350.000 hombres la fuerza de infantería que Francia tendrá en su propio territorio a fines de marzo, habremos hecho un cálculo más bien alto que bajo. Con la caballería, la artillería, etc., una fuerza de infantería semejante representaría, según la organización existente en Francia, un ejército de aproximadamente 500.000 hombres. De éstos, al menos 200.000 hombres tendrían que permanecer en el interior del país como cuadros para los depósitos, para el mantenimiento del orden interior y para los talleres militares u hospitales. Francia podría, pues, entrar en campaña hasta el 1 de abril con 300.000 hombres, entre ellos unos 200 batallones de infantería. Ahora bien, estos 200 batallones no están a la par, ni en organización, ni en disciplina ni en firmeza bajo el fuego, con las tropas enviadas a Crimea. Contendrían muchos jóvenes reclutas y muchos batallones formados especialmente para la ocasión. Todos los cuerpos en que los oficiales y los soldados son extraños entre sí, en los que existe una organización apresurada según el plan reglamentario que acababa precisamente de completarse para la partida, están muy por debajo de aquellos antiguos cuerpos de tropa en los cuales la costumbre de un largo servicio, de los peligros compartidos y del trato diario durante años ha creado ese esprit de corps que muy pronto arrastra bajo su poderoso influjo hasta a los más jóvenes reclutas. Hay que admitir, pues, que los 80 batallones enviados a Crimea representan una parte incomparablemente más importante del ejército francés de lo que indica la relación puramente numérica. Si Inglaterra ha empeñado, casi hasta el último hombre, la mejor parte de su ejército, Francia ha enviado al Oriente casi la mitad de sus mejores tropas.

No es necesario repetir aquí los datos sobre las fuerzas rusas, puesto que solo hace muy poco hemos comunicado su número y distribución. <Véase el presente volumen, págs. 12-14> Basta decir que del ejército activo ruso, o sea del ejército previsto para operaciones en la frontera occidental del Imperio, hasta ahora solo los cuerpos 3.º, 4.º, 5.º y 6.º han sido empeñados durante la guerra. Los cuerpos de la Guardia y de granaderos se hallan completamente intactos, así como el 1.er cuerpo; el 2.º cuerpo parece haber destacado aproximadamente una división hacia Crimea. Además de estas tropas, se estaban formando o se formarán ocho cuerpos de reserva, iguales en número de batallones a los ocho cuerpos del ejército activo, aunque no iguales en fuerza numérica. De este modo, Rusia está desplegando hacia occidente una fuerza de unos 750 batallones, de los cuales 250 aún no están del todo formados y se mantendrán siempre numéricamente débiles, mientras que otros 200 han sufrido fuertes pérdidas en las dos últimas campañas. En lo que respecta a la reserva, el quinto y el sexto batallón de los regimientos se componen principalmente de soldados veteranos, si se ha seguido el plan de organización original; en cambio, el séptimo y el octavo batallón habrán de formarse con reclutas y serán poco útiles, pues el ruso, a pesar de su docilidad, solo con extrema lentitud aprende el servicio militar. Además, toda la reserva está mal provista de oficiales. Rusia, por lo tanto, ha empeñado ya aproximadamente la mitad de su ejército activo regularmente organizado. La otra mitad, la aún no empeñada —los cuerpos de la Guardia, de granaderos, el 1.er y 2.º cuerpo—, constituye, sin embargo, la flor de su ejército, la tropa predilecta del emperador, de cuya eficiencia él cuida con especial esmero. ¿Y qué ha logrado, además, Rusia con haber empeñado la mitad de su ejército activo?

Ha aniquilado casi por completo la capacidad ofensiva y defensiva de Turquía; ha forzado a Inglaterra a sacrificar un ejército de 50.000 hombres y la ha incapacitado para el combate por al menos doce meses; además, ha obligado a Francia a empeñar tropas en la misma proporción que la propia Rusia. Y mientras los mejores regimientos africanos de Francia se hallan ya frente al enemigo, la propia élite de Rusia no ha disparado aún un solo tiro.

Por el momento, pues, la superioridad está del lado de Rusia, aunque las tropas por ella empleadas en Europa no pueden enorgullecerse de ningún éxito, sino que, por el contrario, han tenido que ceder en toda acción importante y abandonar cada una de sus propias empresas. Pero esto cambiará por completo tan pronto como Austria entre en la guerra. Dispone de aproximadamente 500.000 hombres listos para el servicio de campaña, además de 100.000 en depósitos y 120.000 en la reserva. Su fuerza total puede ser llevada, mediante un reclutamiento no excesivo, a 850.000 hombres. Tomaremos, sin embargo, como su número la cifra de 600.000, incluidos los depósitos y sin tener en cuenta la reserva que aún no ha sido llamada a filas. De estos 600.000 hombres, 100.000 se hallan en los depósitos, unos 70.000 en Italia y en otras partes del interior no amenazadas por Rusia. Los 430.000 restantes están concentrados en diversos ejércitos, desde Bohemia hasta Galitzia y el bajo Danubio. De ellos, 150.000 hombres pueden ser concentrados en cualquier punto dado en un plazo muy breve. Este formidable ejército crea de inmediato una superioridad frente a Rusia en cuanto Austria empiece a actuar contra ella; pues desde que todo el anterior ejército ruso del Danubio fue destacado hacia Crimea, los austriacos son superiores a los rusos en todo punto y pueden llevar su reserva a la frontera con igual rapidez, pese a la ventaja que Rusia ha obtenido. Solo cabe señalar que la reserva austriaca es, numéricamente, mucho más limitada que la rusa, y que una vez llamados a filas los 120.000 hombres de la reserva, todo incremento nuevo habrá de provenir de reclutamientos nuevos y, por lo tanto, se producirá con gran lentitud. De ahí que cuanto más demore Austria su declaración de guerra, mayor ventaja concede a los rusos. Se nos dijo que, para compensar esto, un ejército auxiliar francés estaba en marcha hacia Austria. Pero el camino de Dijon o Lyon a Cracovia es bastante largo, y sin una buena organización el ejército francés puede llegar demasiado tarde, cuando el verdadero valor del reorganizado ejército austriaco lo torna capaz de equipararse incluso a un número algo mayor de rusos.

Así pues, Austria es el dueño de la situación. Desde que ha ocupado una posición militar en sus fronteras orientales, mantiene su superioridad sobre los rusos. Si la llegada a tiempo de reservas rusas llegara a privarla momentáneamente de su superioridad, puede confiar en sus experimentados generales —los únicos, junto con unos pocos húngaros, que en los últimos años han dado muestras de talento militar— y en sus bien organizadas tropas, la mayoría de las cuales ya ha estado bajo el fuego. Unas pocas maniobras hábiles, una retirada del todo insignificante, obligarían a su adversario a realizar destacamentos que le asegurarían oportunidades favorables. Desde el momento en que Austria ponga en movimiento su ejército, Rusia se ve arrojada a la defensiva, considerado el asunto desde un punto de vista puramente militar.

Aún hay que mencionar otro punto. Si Francia eleva su ejército en el interior a 500.000 hombres y Austria su ejército total a 800.000, entonces cada uno de estos países será capaz, en doce meses, de llamar a las armas al menos a 250.000 hombres más. El zar, en cambio, si completa el séptimo y el octavo batallón de sus regimientos de infantería y eleva su ejército activo total a 900.000, habrá agotado casi por completo los recursos de que dispone para la defensiva. Sus últimos reclutamientos, según se dice, han tropezado ya en todas partes con dificultades considerables: hubo que reducir la talla exigida y recurrir a otros medios extraordinarios para obtener el contingente necesario. El decreto del emperador que llama a las armas a toda la población masculina del sur de Rusia —lejos de proporcionar un aumento efectivo del ejército— no revela sino la incapacidad de proseguir el reclutamiento regular. Este recurso se empleó en la época de la invasión francesa de 1812, cuando el país fue efectivamente invadido, y aun entonces solo en 17 provincias. Moscú aportó 80.000 voluntarios, el 10 por ciento de la población de la provincia; Smolensk envió 25.000, etc. Pero durante la guerra no se los encontró en parte alguna, y esos cientos de miles de voluntarios no impidieron que los rusos llegaran al Vístula en un estado tan deplorable y en una disolución tan completa como los propios franceses. Esta nueva leva en masa significa, además, que Nicolás está decidido a llevar la guerra hasta el extremo.

Pero si, desde el punto de vista militar, la participación de Austria en la guerra obliga a Rusia a ponerse a la defensiva, no es forzoso que ocurra lo mismo desde el punto de vista político. El gran medio ofensivo político del zar —sobre el cual hemos llamado la atención más de una vez— es la insurrección de los eslavos de Austria y de Turquía y la proclamación de la independencia húngara.

Hasta qué punto temen esto los estadistas austriacos es bien sabido de nuestros lectores. No cabe duda de que, en caso necesario, el zar recurrirá a este medio; con qué resultado, está por verse.

No hemos hablado de Prusia: es probable que termine por marchar con Occidente contra Rusia, aunque tal vez solo después de algunas tormentas que nadie puede prever. En todo caso, es improbable que sus tropas, antes de que se produzca un movimiento nacional, desempeñen un papel muy significativo, y por ello apenas necesitamos tomarlas en consideración por el momento.