Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" núm. 453, del 28 de septiembre de 1855]

Londres, 24 de septiembre.

El estado comercial y financiero, no solo de Gran Bretaña, sino especialmente también de Francia, ocupa en estos momentos a la opinión pública casi tanto como la guerra de Crimea. El Banco de Francia, como se sabe, ha elevado al 5 por ciento el descuento sobre títulos del Estado y garantías análogas, mientras descuenta efectos comerciales al 4 por ciento. Los directores del Banco francés, alarmados por la salida de metal precioso de sus sótanos, habían ya resuelto elevar también el descuento de los efectos comerciales al 5 por ciento, cuando el ministro de Hacienda intervino directamente y les prohibió esa operación. Para el gobierno se trata, naturalmente, de mantener cuanto sea posible la apariencia de un mercado monetario fácil y de un crédito abundante y de conservar de buen humor al mundo de los tenderos.

«Las exigencias impuestas a la riqueza de Francia durante los dos últimos años —dice el “Manchester Examiner”— han sido enormes. En dos años, el gobierno de Luis Napoleón ha gastado 200.000.000 de libras esterlinas; la Municipalidad de París ha empleado grandes sumas de dinero prestado en el embellecimiento de la capital; se han formado, por impulso y bajo la protección del gobierno, proyectos que requieren una riqueza extraordinaria; el Crédit Mobilier, por sí solo, fue el padre de por lo menos media docena de grandes compañías, cada una de las cuales ha inflado sus acciones con una prima enorme; el capital de esas compañías está aún por desembolsar, y una masa interminable de papel de acciones pasa de mano en mano sin consideración al día del ajuste de cuentas. La situación financiera del gobierno, el carácter puramente especulativo de la mayor parte de esas empresas, el estado actual del mercado monetario francés, la presión de otra cosecha mediocre sobre la masa popular y sobre la Bolsa, todo esto apunta a posibles catástrofes, tan perturbadoras para la guerra en Oriente como para la paz interior y la prosperidad de Francia.»

Con referencia al mercado de cereales, el periódico citado observa en particular:

«No cabe duda alguna de que ambos países, Francia e Inglaterra, serán importantes importadores de grano. Los pedidos que desde aquí han partido ya hacia las provincias del Danubio inducirán a los Estados Unidos a enviar cereal a Europa en vez de oro. La cosecha del año pasado fue la mejor que jamás haya tenido Inglaterra, y sin embargo, desde agosto de 1854 hasta agosto de 1855 importamos 2.335.000 quarters de trigo y 1.588.892 quintales de harina, y el precio medio se mantuvo, no obstante, por encima de los 70 chelines durante todo el año. Este año necesitaremos importaciones mucho mayores para contener un alza aún más alta de los precios. ¿De dónde obtener los suministros, fuera de Norteamérica? También en el norte de Alemania la cosecha está por debajo del rendimiento medio, y los Estados Unidos envían harina al mar Báltico, de donde solíamos recibir, en tiempos de escasez, considerables suministros. Austria, según anuncia su gobierno, goza de una cosecha mediana, pero es dudoso que disponga de un excedente para la exportación, y en toda Italia meridional reina una grave escasez que no puede cubrirse, como hasta ahora, mediante envíos del mar Negro. Así, Francia tendrá que competir por la demanda de cereales no solo con Inglaterra, sino con una gran parte del continente europeo. Nada muestra mejor cuán incómoda es esta situación para su gobierno que el artículo, mitad consolador, mitad aleccionador, del “Moniteur”.»

En cuanto a las numerosas nuevas sociedades por acciones en Francia mencionadas por el “Manchester Examiner”, un escrito aparecido recientemente en París, “Opérations de Bourse”, muestra que en un solo ramo —los bancos por acciones— el número, solo en París, se ha sextuplicado desde la revolución de Febrero. Antes de 1848 solo existían 2; actualmente hay en París 12 de esos bancos, a saber: la Banque de France, la Caisse Commerciale, el Comptoir d’Escompte, un banco en comandita bajo la firma Lediheur y Cía., el Crédit Foncier de France, la Martinique Bank, la Banque de Guadeloupe, la Banque de l’île de la Réunion, la Banque d’Alger, el Crédit Mobilier, la Société Générale du Crédit Maritime, la Caisse et Journal des Chemins de Fer, el Comptoir Central, el Crédit Industriel y la Banque de Senegal. El capital desembolsado de estos bancos importa tan solo 151.230.000 francos, y su capital bancario total apenas 252.480.000 francos, o alrededor de 10.000.000 de libras esterlinas, lo que no iguala al capital del Banco de Inglaterra por sí solo.

«La enorme superestructura que el crédito ha levantado sobre esta estrecha base de capital —dice el “Economist” de Londres, órgano gubernamental— no es en modo alguno tranquilizadora. El Banco de Francia, por ejemplo, emite, contra un capital de 91.250.000 francos, billetes por valor de 542.589.300 francos, es decir, por el séxtuplo de su importe. El Crédit Mobilier está autorizado a emitir bonos por el décuplo de su capital. El Crédit Foncier de France, cuyo capital nominal solo importa 30.000.000 de francos, ha emitido bonos por un monto de 200.000.000 de francos. Podemos, pues, prever que un pánico o una desvalorización de esta inmensa masa de obligaciones provocará en París y en Francia una miseria considerable.»