Friedrich Engels

La campaña de Crimea

Del inglés.

Escrito hacia el 9 de febrero de 1855

[*New-York Daily Tribune* núm. 4323 del 26 de febrero de 1855, artículo de fondo]

Inmediatamente después de la batalla del Alma y de la marcha de los aliados hacia Balaklava, expresamos la opinión de que el resultado final de la campaña de Crimea podría depender de cuál de las partes contendientes lograse primero llevar al terreno suficientes tropas frescas para hacerlas superiores a su adversario en número y en capacidad de combate. Desde entonces, la situación ha cambiado considerablemente y se han destruido muchas ilusiones. Sin embargo, durante todo este tiempo, tanto los rusos como los aliados han estado empeñados en una especie de carrera de obstáculos por los refuerzos, y debemos decir que los rusos llevan ventaja en esta pugna. A pesar de todos los tan cacareados progresos en el terreno de la técnica y de los medios de transporte, un ejército de bárbaros rusos recorre trescientas o quinientas millas de caminos con mucha mayor facilidad que un ejército de franceses e ingleses altamente civilizados dos mil millas marinas, sobre todo cuando estos últimos se empeñan en desatender todas las ventajas que les brinda su elevada civilización, y los bárbaros rusos pueden permitirse el lujo de perder dos soldados por cada uno de los aliados sin perder por ello su superioridad final.

Pero ¿qué es lo que puede esperar a los aliados, cuando uno de sus ejércitos –el británico–, desesperado ante la idea de ser aniquilado por los rusos, se afana en aniquilarse a sí mismo con una perseverancia sistemática, un celo y un éxito que eclipsan todas sus hazañas anteriores, sea cual fuere el terreno? Y tal es el caso. La fuerza británica, según se nos informa ahora, ha dejado de existir como ejército. De 54.000 hombres apenas quedan unos pocos miles bajo las armas, e incluso éstos figuran como «aptos para el servicio» únicamente porque en los hospitales no hay espacio para que vayan a morir. De los franceses puede que haya ahora unos 50.000 hombres bajo las armas, del doble de efectivos. En todo caso, han conseguido mantener en estado combativo por lo menos cinco veces más soldados en proporción a los británicos. Pero ¿qué son cincuenta o sesenta mil hombres para mantener durante el invierno el Quersoneso Heracleótico, bloquear Sebastopol por el lado sur, defender las trincheras y –con lo que aún les pueda quedar– emprender la ofensiva en primavera?

Entretanto, los británicos han dejado de enviar refuerzos. De hecho, parece que Raglan, que ha abandonado su ejército, tampoco desea recibirlos, pues no sabe cómo avituallar, alojar y dar ocupación al resto que le queda. Puede que los franceses tengan listas nuevas divisiones para embarcar en marzo, pero ya tienen bastante que hacer para estar preparados en caso de una gran campaña de primavera en el continente. Por lo demás, hay diez probabilidades contra una de que lo que envíen sea o demasiado débil o llegue demasiado tarde. Para remediar este estado de cosas, se han dado dos pasos, y ambos dan prueba de la total impotencia de los aliados para conjurar el destino que, lenta pero inexorablemente, se cierne sobre sus ejércitos en Crimea. En primer lugar, para reparar el colosal error de haber emprendido esta expedición con cuatro meses de retraso, cometen un error incomparablemente mayor al enviar a Crimea, cuatro meses después de su propia llegada y en lo más crudo del invierno, el único resto de un ejército decente que aún posee Turquía. Este ejército, ya arruinado y en vías de disolución en Shumla a causa de la negligencia, la incapacidad y la corrupción del gobierno turco, una vez desembarcado en Crimea, se fundirá por el frío y el hambre en una proporción que hará palidecer incluso los logros del Ministerio de la Guerra inglés en este terreno, a no ser que los rusos tengan la sensatez de dejar a los turcos a su suerte por algún tiempo, sin atacarlos. Si el tiempo permite un ataque, los turcos serán aniquilados inmediatamente, aunque a un precio más alto y difícilmente con ventaja alguna para los rusos, salvo moral.

Además, los aliados han tomado a su sueldo a 15.000-20.000 piamonteses –sólo así puede expresarse–, destinados a llenar las diezmadas filas del ejército británico y a ser nutridos por la Intendencia británica. Los piamonteses se mostraron soldados valientes y buenos durante 1848 y 1849. Mayoritariamente montañeses, poseen una infantería que, para las escaramuzas y el combate en terreno quebrado, resulta incluso más apta que la francesa, al paso que las llanuras del Po proporcionan una caballería cuyos talles esbeltos y bien proporcionados recuerdan a los regimientos de élite de los *Horse Guards* británicos. Además, las duras campañas revolucionarias no han dejado de serles provechosas. Sin duda, estas dos divisiones piamontesas resultarán una buena «legión extranjera» en esta guerra. Pero ¿qué van a hacer estos muchachitos de pies ligeros, ágiles, diestros, bajo el mando de un viejo martinet británico <nombre de un general francés bajo Luis XIV; aquí, jefe severo (se refiere a Raglan)>, que no tiene ni idea de maniobrar y que de sus soldados sólo espera la obstinación cerril que constituye la gloria y, a la vez, la única cualidad militar del soldado británico? Se les pondrá en posiciones inadecuadas para su modo de combatir, impidiéndoles hacer aquello para lo que sirven, mientras se espera de ellos cosas que un hombre sensato jamás les exigiría. Llevar a un ejército británico al matadero de manera tan insensata, directa y estúpida como se hizo en el Alma, puede ser el camino más corto para que resuelva las tareas que tiene ante sí. El viejo duque <Wellington> solía tomarse las cosas con la misma ligereza. Tal vez se pueda obligar a las tropas alemanas a hacer lo mismo, si bien la elevada instrucción militar de los oficiales alemanes no tolerará a la larga semejante falta de genio militar. Pero intentar algo semejante con un ejército francés, italiano o español –con tropas destinadas principalmente al servicio de infantería ligera, a maniobrar y a aprovechar las ventajas del terreno, es decir, con tropas cuya capacidad combativa depende en medida considerable de la agilidad y del golpe de vista de cada soldado– es imposible; tan torpe método de hacer la guerra jamás surtirá efecto. Sin embargo, los pobres piamonteses probablemente se verán libres de la prueba de combatir a la manera inglesa. Deberá avituallarlos esa famosa corporación, la Intendencia británica, que jamás ha sido capaz de avituallar a nadie que no sea ella misma. Así, compartirán la suerte de las tropas británicas que van llegando. Al igual que entre éstas, morirán cien hombres en una semana, y tres veces más irán a parar a los hospitales. Si Lord Raglan cree que los piamonteses aceptarán su incapacidad y la de sus comisarios con la misma mansedumbre que las tropas británicas, es probable que se halle en un grave error. Sólo los británicos y los rusos permanecerían obedientemente en su puesto en tales circunstancias, y tenemos que decir que ello no honra a su carácter nacional.

Esta melancólica campaña –tan melancólica y áspera como la meseta pantanosa de Sebastopol– seguirá probablemente este curso: en cuanto los rusos estén completamente concentrados y el tiempo lo permita, atacarán probablemente primero a los turcos de Omer Pachá. Así lo esperan británicos, franceses y turcos, tan bien conocen la nada envidiable posición que se ha asignado a estos últimos; en todo caso, ello demuestra que a los turcos se les envía al norte con plena conciencia de lo que se hace. No cabe imaginar mejor prueba de la situación desesperada de los aliados que la contenida en este involuntario reconocimiento de sus propios generales. Que los turcos serán derrotados puede darse por seguro. ¿Cuál será entonces la suerte de los ejércitos aliados y de las tropas piamontesas? Las bravatas sobre un asalto a Sebastopol han cesado casi por completo. En el *Times* de Londres encontramos, sobre este capítulo, una carta del coronel E[dward] Napier, fechada el 3 de febrero, en la que dice que, si los aliados atacan el lado sur de Sebastopol, es muy probable que penetren en la ciudad; pero el fuego abrumador de los fuertes y baterías del norte los hará papilla, al mismo tiempo que serán sitiados por el ejército ruso en campaña. Este ejército, dice el coronel Napier, debería ser derrotado primero, y luego se debería cercar tanto el lado norte como el lado sur de la ciudad. Como ejemplo pertinente, recuerda el hecho de que el duque de Wellington levantó dos veces el sitio de Badajoz para marchar contra un ejército de socorro. El coronel Napier tiene toda la razón, y *The Tribune* dijo lo mismo en la época de la famosa marcha de flanco hacia Balaklava. Sin embargo, en lo tocante a la penetración de los aliados en Sebastopol, parece pasar por alto la especial naturaleza de las obras defensivas rusas, que hacen imposible tomar la plaza por un solo asalto. Allí hay, en primer lugar, obras exteriores, luego la muralla principal y, detrás, los edificios de la ciudad convertidos en reductos, calles con barricadas, manzanas de casas aspilleradas y, finalmente, las murallas traseras aspilleradas de los fuertes de la costa, que uno tras otro requieren un ataque particular –quizá un sitio particular e incluso operaciones de mina–. Además, las exitosas salidas de los rusos han demostrado suficientemente desde hace algún tiempo que el sitiador se ha aproximado a la ciudad hasta un punto en que las fuerzas de ambos adversarios se equilibran por completo y el ataque, salvo en lo que respecta a la artillería, está desprovisto de toda superioridad. Mientras no se puedan frustrar las salidas, toda idea de asalto es ridícula. El sitiador que es incapaz de mantener al sitiado limitado al recinto de la fortaleza propiamente dicha, es aún menos capaz de apoderarse de esta fortaleza por un combate cuerpo a cuerpo.

De este modo, los sitiadores seguirán vegetando en su campamento. Atados por su debilidad y por el ejército ruso en campaña, continuarán fundiéndose mientras los rusos traen nuevas fuerzas. Si el nuevo ministerio británico no pone en marcha algunos recursos totalmente inesperados, llegará el día en que británicos, franceses, piamonteses y turcos sean barridos del suelo de Crimea.