El mero hecho de haberse acordado entablar negociaciones deja libres al mismo tiempo tantos soldados rusos del ejército de observación en la frontera austríaca como puedan ser reemplazados en dos meses o diez semanas —es decir, por lo menos 60.000-80.000 hombres. Dado que todo el antiguo ejército del Danubio ha dejado de existir como tal, que el 4.º Cuerpo se encuentra en Crimea desde fines de octubre, que el 3.º Cuerpo llegó allí en los últimos días de diciembre, y que el resto del 5.º Cuerpo, junto con la caballería y las reservas, se halla ahora en marcha hacia allá, estas tropas en el Bug y el Dniéster han de ser reemplazadas por fuerzas frescas, que habrán de tomarse del Ejército del Oeste, en Polonia, Volinia y Podolia. Por consiguiente, si la guerra se traslada al centro del continente, dos o tres meses de tiempo son de la mayor importancia para Rusia. Pues en el momento actual, las fuerzas diseminadas a lo largo de la extensa línea que va de Kalisch a Ismail no están en condiciones, sin refuerzos, de resistir al número creciente de tropas austríacas que se les oponen. Este tiempo lo ha ganado ahora Rusia, y pasamos a exponer el estado actual de sus preparativos militares.

En ocasiones anteriores hemos bosquejado brevemente la organización militar rusa. El gran ejército activo, destinado a operar contra el sur y el oeste de Europa, constaba originalmente de seis cuerpos de ejército de 48 batallones cada uno, dos cuerpos de tropas selectas, de 36 batallones cada uno, junto con un número relativamente grande de caballería, regular e irregular, y artillería. Como ya informamos, el gobierno no solo llamó a las reservas para formar los batallones cuarto, quinto y sexto de las tropas selectas y el quinto y sexto de los otros seis cuerpos de ejército, sino que mediante nuevas levas se había formado incluso el séptimo y octavo batallón en cada regimiento, de modo que el número de batallones de los seis cuerpos de línea se duplicó y el de las tropas selectas (guardias y granaderos) se más que duplicó. Estas fuerzas pueden ahora estimarse aproximadamente como sigue:

Guardias y granaderos —  
los primeros cuatro batallones por regimiento  
96 batallones a 900 hombres  
86.400

Guardias y granaderos —  
los últimos cuatro batallones por regimiento  
96 batallones a 700 hombres  
67.200

1.º y 2.º Cuerpo (no empeñados todavía) —  
los primeros, o activos, cuatro batallones por regimiento  
96 batallones a 900 hombres  
86.400

1.º y 2.º Cuerpo — los últimos cuatro batallones por regimiento  
96 batallones a 700 hombres  
67.200

3.º, 4.º, 5.º, 6.º Cuerpo — los batallones activos  
192 batallones a 500 hombres  
96.000

3.º, 4.º, 5.º, 6.º Cuerpo — los últimos cuatro batallones por regimiento  
192 batallones a 700 hombres  
134.400

Cuerpo de Finlandia  
16 batallones a 900 hombres  
14.400

Total  
784  
552.000

Súmanse:  
Caballería regular  
80.000  
Caballería irregular  
46.000  
Artillería  
80.000  
Total  
758.000

Una parte de estas estimaciones puede parecer elevada, mas en realidad no lo es. El vasto reclutamiento efectuado desde el comienzo de la guerra debía, a pesar de las pérdidas sufridas —que recayeron todas sobre los 96 batallones activos de los cuerpos 3.º, 4.º, 5.º y 6.º—, hacer engrosar las filas del ejército en una medida aún mayor; pero hemos descontado ampliamente los reclutas que mueren antes de llegar a sus regimientos. Además, nuestra estimación con respecto a la caballería es muy baja.

De las tropas arriba mencionadas, 8.000 hombres (una división del 5.º Cuerpo) se hallan en el Cáucaso y, por tanto, deben deducirse, pues aquí dejamos a un lado las fuerzas empeñadas fuera de Europa. Los 750.000 hombres restantes están distribuidos aproximadamente como sigue: En las costas del mar Báltico, el Ejército del Báltico al mando del general Sievers, compuesto por el Cuerpo de Finlandia y las reservas de guardias, granaderos y del 6.º Cuerpo, junto con caballería y artillería, unos 135.000 hombres; a una parte de ellos, sin embargo, se los puede considerar como reclutas aún no instruidos y batallones apenas organizados. En Polonia y en la frontera de Galitzia, desde Kalisch hasta Kamenez, los guardias, granaderos, el 1.º Cuerpo, una división del 6.º Cuerpo y algunas reservas de los granaderos y del 1.º Cuerpo, con caballería y artillería, aproximadamente 235.000 hombres. Este ejército es la mejor parte de las tropas rusas; contiene las tropas selectas y lo mejor de las reservas. En Besarabia y entre el Dniéster y el Bug se hallan dos divisiones del 2.º Cuerpo y una parte de sus reservas, alrededor de 60.000 hombres. Éstas formaban parte del Ejército del Oeste; pero, después de ser enviado el ejército del Danubio a Crimea, fueron destacadas para ocupar su lugar. Ahora se enfrentan a las tropas austríacas en los Principados, bajo el mando del general Panjutin. Para la defensa de Crimea están destinados, al mando de Menschikow: los cuerpos 3.º y 4.º, una división del 5.º Cuerpo, dos divisiones del 6.º Cuerpo y algunas reservas que ya se encuentran allí, además de sendas divisiones de los cuerpos 2.º y 5.º en marcha; el conjunto forma, junto con caballería y artillería, una fuerza que difícilmente puede estimarse en menos de 170.000 hombres. El resto de las reservas y de las nuevas formaciones, en especial de los cuerpos 1.º, 2.º, 3.º, 4.º y 5.º, está siendo organizado ahora como un gran ejército de reserva por el general Tscheodajew. Se concentran en el interior de Rusia y deben sumar aproximadamente 150.000 hombres. Cuántos de ellos marcharán hacia Polonia o hacia el sur, naturalmente, no puede decirse.

Así, el emperador Nicolás, que el verano pasado contaba con menos de 500.000 hombres en la frontera occidental de su imperio, desde Finlandia hasta Crimea, tiene ahora allí 600.000 hombres, aparte de una reserva que se está formando en el interior del país con una fuerza de 150.000 hombres. No obstante, frente a Austria es ahora más débil que entonces. En agosto o septiembre había en Polonia y Podolia 270.000 rusos y en el Prut y el Dniéster el ejército del Danubio, que ascendía a unos 80.000 hombres; este último se mantenía allí más por razón de los austríacos que por ninguna otra cosa. En total, 350.000 hombres que podrían haber operado contra Austria. Ahora hay allí, como hemos visto, solo 295.000 hombres concentrados a lo largo de la línea de puestos avanzados austríacos, mientras que Austria puede oponerles directamente ahora 320.000 hombres y, en su apoyo, 70.000-80.000 en Bohemia y Moravia. Esta momentánea inferioridad numérica por parte rusa, así como la gran incertidumbre de que, en esta época del año, lleguen a tiempo nuevas formaciones desde el interior del país, y en un país donde toda la administración es corrupta, son razones sobradas para que el gobierno ruso intente ganar el mayor tiempo posible. Tal inferioridad numérica incapacita a los rusos para operaciones ofensivas, y en un país abierto como Polonia, sin grandes líneas fluviales entre ambos ejércitos, esto equivale a la necesidad de retirarse a una posición defendible al primer choque. En este caso particular, ello significa dividir el ejército ruso en dos partes, de las cuales una tendría que replegarse sobre Varsovia y la otra sobre Kiev; entre ambas mitades se interpondrían los pantanos impenetrables de Polesia, que se extienden desde el Bug (no el Bug meridional, sino un afluente del Vístula) hasta el Dniéper. De hecho, sería una suerte mayor de la que suelen tener los rusos en tales casos si un gran número escapara al peligro de ser empujado a esas ciénagas. Por consiguiente, incluso sin batalla, la mayor parte del sur de Polonia, Volinia, Podolia, Besarabia, y la región de Varsovia a Kiev y Jersón tendrían que ser evacuadas. Por otra parte, un ejército ruso superior podría, con igual facilidad y sin arriesgar una batalla decisiva, expulsar a los austríacos de Galitzia y Moldavia y apoderarse de los pasos hacia Hungría; las consecuencias de semejante resultado se imaginan fácilmente. En verdad, en una guerra tal como la de Austria contra Rusia, el primer movimiento ofensivo afortunado es de la mayor importancia para cada parte, y cada una hará lo imposible por establecerse primero en el territorio de la otra.

Hemos dicho a menudo que esta guerra no tendría el interés militar que propiamente se atribuye a las guerras europeas hasta que Austria se declarase contra Rusia. Incluso los combates en Crimea no son más que una gran guerra en pequeña escala. Las enormes marchas de los rusos y los sufrimientos de los aliados han reducido de tal modo los ejércitos beligerantes que no se ha librado ninguna batalla verdaderamente grande. ¿Qué combates son ésos en los que cada parte arroja al combate solo de 15.000 a 20.000 hombres? ¿Qué operaciones estratégicas de interés realmente científico pueden tener lugar en el reducido espacio de Quersoneso a Bajchisarái? E incluso allí, pase lo que pase, las tropas nunca bastan para ocupar toda la línea. El interés consiste más en lo que no se hace que en lo que se hace. Por lo demás, en lugar de historia se representa una anécdota.

Cosa muy distinta será, empero, cuando los dos grandes ejércitos que ahora se enfrentan en la frontera de Galitzia entren en acción. Cualesquiera que sean las intenciones y capacidades de los jefes, solo la magnitud de los ejércitos y la naturaleza del terreno vedan toda guerra fingida y toda indecisión. Rápidas concentraciones, marchas forzadas, estratagemas y maniobras envolventes del mayor estilo, cambios de bases y líneas de operaciones: en verdad, maniobrar y combatir en gran escala y de acuerdo con principios verdaderamente militares se tornarán aquí necesidad y cosa natural. Entonces, el comandante que se deje influir por consideraciones políticas o actúe con falta de decisión perderá su ejército. En semejante escala y semejante país, la guerra inmediatamente cobra un cariz serio y objetivo. Eso, si estalla, convertiría una guerra ruso-austríaca en uno de los acontecimientos más interesantes desde 1815.

En cuanto a las perspectivas de paz, distan mucho de ser tan claras como parecían hace pocas semanas. Si los aliados están dispuestos a poner fin a la lucha sustancialmente bajo las condiciones del statu quo, podría llegarse a la paz, pero no necesitamos explicar a nuestros lectores cuán poca esperanza hay de ello. Ciertamente, no podemos esperar que Rusia —puesto que la mitad de Alemania actúa cuando menos moralmente en su favor y después de haber levantado los inmensos ejércitos cuya fuerza hemos expuesto más arriba— acceda a cualesquiera condiciones que Francia e Inglaterra probablemente propongan o aprueben. A la serie casi ininterrumpida de tratados de paz ventajosos, desde Pedro el Grande hasta el Tratado de Adrianópolis, difícilmente seguirá ahora un tratado que abandone el dominio del Mar Negro antes de que Sebastopol haya sido tomada y solo se haya empeñado un tercio de las fuerzas rusas. Pero si la paz no puede concertarse antes de la caída de Sebastopol o antes de que la expedición aliada se haya desplegado plenamente, será menos probable después de que la campaña de Crimea esté decidida. Si cae Sebastopol, el honor de Rusia no lo permitirá —si los aliados son derrotados y arrojados al mar, su honor no les permitirá concertar un acuerdo hasta que no se hayan alcanzado resultados más decisivos. Si los preparativos para la conferencia hubieran estado acompañados de un armisticio, como insinuamos cuando supimos que el zar había aceptado los cuatro puntos, habría habido motivo para seguir abrigando esperanzas de paz; pero en las circunstancias actuales debemos admitir que una gran guerra europea es mucho más probable.