Londres, 24 de mayo. Tan pronto como la moción de Disraeli planteó la perspectiva de una batalla campal en la Cámara de los Comunes entre los *Ins* y los *Outs*, Palmerston dio la voz de alarma y citó, unas horas antes de la apertura de la sesión, a su séquito ministerial, junto con los peelitas, la Escuela de Manchester y los mal llamados «Independientes», a su residencia oficial de Downing Street. Comparecieron 202 parlamentarios, incluso el señor *Layard*, que se sintió incapaz de resistir al canto de sirena ministerial. Palmerston diplomaciqueó, confesó, se arrepintió, aplacó, embaucó. Sonriente, encajó las reprimendas magistrales de los señores Bright, Lowe y Layard. Dejó a lord Robert Grosvenor y a sir James Graham la tarea de mediar con los «exaltados». Desde el momento en que vio agrupados en su residencia oficial a los descontentos, mezclados con sus leales, ya los tuvo seguros. Estaban desazonados, pero necesitados de reconciliación. El resultado de la sesión de la Cámara de los Comunes quedó, por tanto, anticipado; no restó más que la representación parlamentaria de la comedia ante el público. Se había desvanecido el golpe de efecto. Daremos un breve esbozo de esta comedia en cuanto se haya representado el acto final.

El retorno del tiempo cálido y húmedo ha reavivado las formas de enfermedad propias de la estación de primavera y verano en Crimea. El cólera y las fiebres frías han reaparecido en el campamento aliado, por ahora todavía sin gran violencia, pero lo bastante para ofrecer una advertencia para el futuro. La miasma exhalada por la masa de materia animal en descomposición que, en toda la superficie del Quersoneso, yace enterrada a solo unas pulgadas bajo la capa de tierra, se ha hecho sentir. Al mismo tiempo, el estado moral del ejército sitiador es todo menos satisfactorio.

Después de haber soportado las penurias y peligros de una campaña invernal sin igual, el retorno de la primavera y las promesas incesantemente repetidas de un rápido y glorioso final del asedio mantuvieron a los soldados en cierto orden y buen ánimo; pero los días transcurrían sin que avanzaran un paso, mientras que los rusos salían de sus líneas y levantaban reductos en el terreno en disputa entre ambos bandos. Los zuavos se volvieron indisciplinados y, en consecuencia, fueron conducidos a la carnicería del monte Sapun el 23 de febrero.

Se manifestó luego por parte de los generales aliados algo más de movilidad —no puede llamársele actividad—; pero no se siguió consecuentemente ningún objetivo seguro, ningún plan definido. El espíritu de motín entre los franceses fue contenido nuevamente por las constantes salidas de los rusos, que les daban algo que hacer, y por la apertura del segundo bombardeo, que esta vez, sin embargo, debía rematar con toda seguridad con la pieza espectacular del gran asalto. Sobrevino un lamentable fiasco.

Vienen luego las operaciones de ingeniería, lentas, penosas, estériles en resultados, poco aptas para mantener el ánimo de los soldados. Pronto se hartaron de esos combates nocturnos en las trincheras, donde caían centenares sin que se viera progreso alguno. De nuevo se exigió el asalto y de nuevo Canrobert se vio empujado a hacer promesas cuyo cumplimiento sabía imposible. Pélissier lo salvó de la repetición de escenas de motín con el ataque nocturno del 1 de mayo. Cuéntase que lo ejecutó a pesar de una contraorden de Canrobert, que llegó en el instante mismo en que las tropas ya habían sido lanzadas adelante. Este feliz encuentro parece haber reavivado el coraje de las tropas. Mientras tanto, llegó la reserva piamontesa, y el Quersoneso se fue llenando. Los soldados, con estos refuerzos, se creyeron en condiciones de pasar a una acción inmediata. Era *forzoso* hacer algo. Se decidió la expedición a Kerch y la escuadra se hizo a la mar. Pero antes de que alcanzase la rada de aquella ciudad, un despacho de *París* movió a Canrobert a ordenar que *retrocediese*. Raglan accedió, como era natural. Brown y Lyons, comandantes de las fuerzas terrestres y navales británicas de la expedición, suplicaron a sus colegas franceses que atacasen la plaza *a pesar* de la contraorden. En vano. La expedición tuvo que regresar. Esta vez la indignación de las tropas ya no pudo ser dominada. Los propios ingleses empleaban un lenguaje que no daba lugar a equívocos; los franceses se hallaban en un estado rayano en el motín. A Canrobert, pues, no le quedó más remedio que renunciar al mando de un ejército sobre el cual había perdido toda influencia y todo control. Pélissier era el único sucesor posible, ya que los soldados, hartos desde hacía mucho de los generales crecidos en el invernadero del bonapartismo, *habían reclamado una y otra vez un jefe salido de la vieja escuela de África.*

Pélissier goza de la confianza de los soldados, pero asume el mando supremo en circunstancias difíciles. Tiene que actuar, y actuar con rapidez. Puesto que el asalto es imposible, no queda más remedio que marchar a campo abierto contra los rusos, y no por el camino que describimos anteriormente, en el que todo el ejército tendría que avanzar por *una sola* carretera, fuertemente atrincherada además por los rusos, sino distribuyendo las tropas por los muchos senderos de montaña y pasos, hollados casi exclusivamente por ovejas y sus pastores, que permiten flanquear la posición rusa. Aquí se presenta una dificultad.

Los franceses no cuentan con más medios de transporte que los necesarios para unos 30.000 hombres a muy corta distancia de la costa. Los medios de transporte de los ingleses quedarían agotados con solo emplazar una única división no más lejos que Tschorgun, a orillas del Tschornaja. Cómo salir al campo, cercar el lado norte en caso de éxito, perseguir al enemigo hasta Bajchisarái y establecer enlace con *Omer Pachá* es difícil de adivinar, dada esta escasez de medios de transporte. Tanto más cuanto que los rusos, conforme a su costumbre, se cuidarán de no dejar tras sí más que ruinas, de modo que solo podrá obtenerse un abastecimiento de carretas, caballos, camellos, etc., después de que los aliados les hayan infligido una derrota total. Veremos cómo Pélissier se desenreda de estas dificultades.

Ya hemos señalado antes algunas circunstancias singulares relacionadas con el nombramiento de Pélissier. Con todo, hay aquí todavía un punto de vista que considerar. Al comenzar la guerra, el mando supremo fue confiado al general bonapartista por excelencia, S[ain]t-Arnaud. Él hizo a su emperador el servicio de morir en el acto. Luego no se designó a ninguno de los bonapartistas de primer rango, ni a Magnan, ni a Castellane, ni a Roguet, ni a Baraguay d’Hilliers. Se recurrió a Canrobert, hombre de tintura bonapartista menos profunda y no tan antigua, pero de mayor experiencia africana. Ahora, al cambiar de nuevo el mando, se excluye a los bonapartistas *du lendemain* igual que a los *de la veille*, y el puesto se entrega a un simple general de África, sin matiz político alguno definido, pero de largo escalafón y conocido en el ejército. ¿No tiene esta línea descendente que conducir necesariamente a *Changarnier*, *Lamoricière* o *Cavaignac*, es decir, fuera del bonapartismo?

¡Incompetencia para la paz como para la guerra, tal es nuestra situación! —observó hace unos días un estadista francés para quien todo está en juego con el régimen imperialista. Que tenía razón lo demuestra cada acto del restaurado imperio, incluido el nombramiento de *Pélissier*.